Capítulo 7 Poderes mágicos
E l frío que recorría Ravenpine no era natural. Era un gélido aliento que parecía brotar del bosque, invadiendo calles, casas y almas. Después de la tragedia, las clases en el pueblo se suspendieron; los niños permanecían en casa, y las puertas se cerraban con más cerrojos de los necesarios.
El sendero del bosque, trazado por la arboleda que dividía en dos mitades al pueblo —el bullicioso norte y el solitario sur—, se había convertido en una frontera sombría, cruzada solo por necesidad y siempre con una sensación de algo acechando entre las sombras.
En el norte, la parte céntrica del pueblo, los habitantes evitaban estar afuera, sobre todo de noche.
Salían solo cuando era necesario y mantenían en las casas las ventanas, cubiertas con cortinas o persianas y puertas cerradas.
Las tiendas y lugares de esparcimiento, antes bulliciosos, se mantenían solitarios.
Por las calles solamente transitaban algunos vehículos oficiales y algunos pocos transeúntes.
Los niños y ancianos se mantenían a resguardo.
En el sur, donde las viviendas eran más dispersas y los caminos más estrechos, reinaba un silencio aún más espeso, como si los árboles quisieran tragar todo sonido. Nadie sabía exactamente qué era, pero todos intuían que la oscuridad era real.
La mayoría que necesitaba pasar de sur a norte o viceversa, prefería ir por las carreteras que bordeaban el bosque, aunque fuera un viaje más largo y que obligaba a ir en autobús o vehículo particular.
Aquellos pocos que se aventuraban por los senderos de la arboleda, que unían ambas partes del pueblo y eran los más directos para cruzar el bosque, lo hacían con pasos rápidos y ojos alertas.
Los rumores sobre la “furia oscura” crecían como un fuego maldito.
Ya era 8 de diciembre y los días pasaban lentos.
Edgard se entretenía entre los videojuegos y la lectura de novelas cortas de fantasía que había traído de casa.
Pero las horas de ocio y las continuas siestas de la tarde estaban cambiando su rutina y a veces por la noche no lograba conciliar el sueño.
A Tolmark le pasaba igual, aunque se defendía culpando a Edgard de no dejarlo dormir con sus constantes movimientos en la cama.
Esa tarde, decidió, mantenerse despierto con la idea acumular el cansancio hasta la hora de dormir y se puso a leer un libro recostado en el sofá. Pero no lo logró… Así, comenzó el sueño.
Avanzaba sin piernas ni cuerpo, era una presencia, una sombra hambrienta. Cada movimiento del niño que perseguía era un llamado, una invitación irresistible. No quería atraparlo, pero no podía detenerse. El pequeño elfo tropezó y gritó, un chillido agudo que hizo a los cuervos huir.
Cuando lo alcanzó, una fuerte vibración sacudió el bosque, y una explosión energética lo lanzó por los aires. Una luz cálida y cegadora lo envolvió, como una llama que lo abrazaba, pero en un instante se desvaneció, dejando una sensación helada que le besó el alma.
El bosque se sintió como un vacío absoluto, como si la tristeza fuese lo único que podía acompañarlo. Entonces vio una energía opaca que flotaba sobre un montículo de nieve, de donde sobresalía una pequeña mano, inerte.
Despertó jadeando, el cuerpo cubierto de sudor frío. La habitación estaba en penumbras, pero sus propios labios le devolvieron el nombre del niño.
—Elrick...
Se abrigó apresuradamente y corrió hacia el exterior de la ventana. Se trepó sobre el alfeizar exterior y se asomó al nido de Pluma, haciéndola brincar con un alboroto de plumas.
—Edgard ¿qué haces? Toda dama requiere de privacidad —graznó enfadada el ave que descansaba plácidamente en el calor de su pajarera.
—Lo siento, necesito saber. ¿Han descubierto algo del caso de Elrick? —preguntó él.
—Aún no he podido descubrir qué es lo que encontraron cerca del cuerpo del pequeño Elrick —le respondió Pluma—.
El comisario Brondar fue quien lo halló, pero es hermético.
Lo he seguido de cerca por el bosque, mientras dirige los grupos de policías que buscan pistas, pero no comenta nada sobre el caso.
Edgard decidió guardar silencio sobre su sueño, temiendo ser blanco de burlas una vez más.
Sin embargo, la imagen de aquella sombra voraz devorando al elfo se aferraba obstinadamente a su mente.
Era algo que desafiaba cualquier explicación, pero lo que más le inquietaba era la sensación persistente de una tristeza opresiva en el bosque, como un peso invisible que se negaba a disiparse en el aire.
Pasaron otro par de días angustiosos para Edgard, sumido en la inquietud por Aelyn.
No podía dejar de pensar en ella, deseando poder ir a su casa para saber cómo estaba.
Cada vez que se lo pedía a su madre, Fulgor le respondía con la misma negativa, “la familia está muy angustiada como para recibir visitas”.
Fulgor y Pluma estaban demasiado ocupadas investigando el caso y ellos seguían con órdenes de no salir de casa hasta nuevo aviso.
Edgard hacía intentos de seguir con su rutina dejando que sus horas se deslizaran entre juegos, lecturas y charlas, pero la pesadilla lo perseguía.
No podía evitar que su mente volviera una y otra vez a Aelyn y su dulce sonrisa, la suavidad de su voz y su gran tristeza.
Deseaba con todas sus fuerzas poder estar allí, junto a ella, en ese preciso momento para consolarla.
Iniciaba el atardecer del día 10 del mes, cuando decidió adentrarse en su videojuego favorito en un intento por distraerse antes de cenar.
Sin embargo, cuando su personaje se vio atacado por un espíritu que lo sorprendió por la espalda, el pánico lo invadió y, con un golpe rápido, apagó la consola.
Respiró profundo, tratando de recuperar el control, y luego tomó su libro favorito, buscando la calma en sus páginas.
La familiaridad de las letras lo reconfortó, como un abrazo cálido de los que solía darle su abuela.
El cansancio de días que le parecieron interminables se apoderó de él y, sin darse cuenta, sus ojos se cerraron, sumiéndolo en un sueño que lo arrastró hacia una pesadilla.
Edgard flotaba, suspendido en un espacio sombrío donde la gravedad no existía.
Podía sentir la fría mordedura del aire nocturno, pero no tocaba nada.
Todo a su alrededor estaba envuelto en una quietud inquietante, como si la misma oscuridad respirara.
El aire estaba impregnado con un olor a madera envejecida y humedad, un ambiente pesado que presagiaba algo terrible.
Desde su altura lograba dominar toda la escena a la perfección. Observó el gigantesco árbol que se erguía en la parte norte del bosque, el hogar de una familia de sátiros, un macizo tan viejo que su tronco hueco parecía haber absorbido las historias de siglos pasados.
La casa árbol se alzaba como una criatura dormida, los ventanales permanecían oscuros y cerrados.
Dentro, la familia de sátiros descansaba.
El pequeño sátiro dormía en su habitación.
Estaba solo y sin sospechar lo que se avecinaba.
Los débiles sonidos de la naturaleza que acompañaban su descanso se cortaron de golpe.
Entonces, una vibración sutil recorrió el aire, como una corriente de electricidad, y el primero de los sonidos llegó: un leve crujido, como si algo pesado estuviera deslizándose por el bosque.
Afuera, un lobo negro se movió con una velocidad imposible, como si fuese una sombra, un manto negro que atravesaba la nieve sin dejar rastro.
El sátiro despertó. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, como si la pesadilla ahora tuviese un rostro.
La mirada del lobo resplandeció con una oscuridad profunda al abalanzarse sobre el muchacho, que intentó defenderse, sin gritar para no llamar la atención de sus hermanos pequeños que dormían en el cuarto contiguo.
El animal carnívoro le lanzó una mordida hacia el cuello, alcanzando al sátiro más abajo del hombro y arrastrándolo hasta fuera del árbol, haciendo que su cuerpo cayera y chocara con la nieve.
Un jadeo ahogado entre dolor y miedo salió de su garganta, pero no se rindió.
El sátiro actuó con una astucia feroz y, en medio de la lucha, le dio una coz a esa fiera oscura.
Al recibir el golpe, la sombra se desvinculó momentáneamente del lobo, que logró escapar y perderse entre unos arbustos.
El sátiro sabía que ahora ese ente sombrío vendría por él y también provechó ese instante para correr, internándose en el bosque.
Jadeando, después de mucho correr, encontró un invernadero y se escondió entre macetas de plantas altas y velas encendidas.
Sin él saberlo, esas pequeñas llamas parpadeantes fueron su salvación.
Edgard lo había seguido desde las alturas y el aire olía a cera derretida y tierra húmeda.
Entonces, llegaron los pasos: pesados, lentos, unas botas de cuero que avanzaban con calma perturbadora.
Temblando, el joven se quedó inmóvil mientras un saco de leña caía junto a él con un sonido seco.
Edgard despertó de golpe, con el corazón acelerado y la mente invadida por la inquietante certeza: Han atacado a otro niño. Sin perder tiempo, buscó a su madre y le explicó lo sucedido.
Juntos idearon una estrategia convincente para presentar ante las autoridades, cuidando cada detalle para que su testimonio no levantara sospechas.
Más tarde, acudieron al comisario Brondar.
Fue Fulgor quien asumió el papel principal, declarando que la desaparición del niño había sido percibida por ella, dándole un toque de credibilidad a la denuncia.
Edgard no se equivocó. Gracias a la información proporcionada por Fulgor, una intensa búsqueda se desplegó en la oscuridad del bosque. Antes del amanecer, el joven sátiro fue hallado con vida dentro del invernadero. Tembloroso, pero a salvo.
—¿Por qué huiste de casa? —preguntó uno de los oficiales, mientras traían a sus padres.
—No escapé, me atrapó un lobo oscuro —respondió el niño—. No pedí ayuda para evitar más problemas. Mi hermanita es una bebé aún.
—¿Cómo te salvaste? —volvió a preguntar el oficial—. ¿Tienes poderes?
—No los sé utilizar y fallé, pero lo sorprendí con una coz — explicó haciendo el gesto. Después continuó explicando todo lo sucedido.
—Toma nota de que estaba en terrenos del leñador —dijo Brondar a su ayudante.
Era temprano aquella mañana del día 11 del mes cuando Edgard, fiel a su rutina matutina, arrancó la hoja del 10 de su calendario, un gesto que marcaba el inicio de cada jornada. La casa estaba en completo silencio, por lo que tomó cereal.
—Buenos días, hijo —lo saludó su madre cuando él ya fregaba el tazón—. Me gustaría charlar contigo en un rato.
—Buenos días, madre —respondió—. ¿Ha sucedido algo—?
Preguntó él inquieto.
—No. Desayuno y hablamos —le dijo Fulgor entrando a la casa.
Edgard aceptó. De pronto, escuchó el estruendoso cantar de Talos y salió.
—Hola, Talos—. Saludó, mientras observaba las dos gárgolas que custodiaban la casa, figuras antiguas que su madre había traído de una vieja misión, diseñadas para repeler cualquier energía oscura.
El gigante preparaba chocolate caliente y le invitó a tomar una taza. Después de disfrutar la bebida, Edgard volvió con Fulgor.
—Aquí estoy, soy todo oídos —susurró Edgard estrujándose las manos.
—Edgard, estás descubriendo tu magia en el poder de la percepción —le reveló Fulgor.
—¿QUÉ? —se sorprendió Edgard—. ¿Tengo poderes mágicos? —. Arrugó la nariz—. Pero soy un humano.
—Sí, pero también eres mi hijo—. Sonrió ella—. Tienes un poco de esencia silfo en tu interior.
—¡Es genial! —exclamó—. ¿Manifiesto mis poderes en mis sueños? —preguntó.
—Tus poderes van más allá de los sueños. Tu habilidad está relacionada a la percepción. Lo que ocurre, hijo, es que como no has sido entrenado, estás manifestando tu magia atropelladamente —aclaró Fulgor.
—Pero ¿no debí mostrar mi magia cuando era más pequeño? —se cuestionó Edgard.
—La vida es un constante proceso de transformación.
Desde pequeños desarrollamos los cinco sentidos básicos que nos conectan con el mundo que nos rodea—.
Le acarició el pelo—. Pero ahora, al entrar en la adolescencia, se están comenzando a despertar percepciones extrasensoriales en ti.
Sospecho que, al madurarlas por completo, serás capaz de interpretar los hechos a través de la telepatía, la intuición, la clarividencia y la premonición.
—¿De qué va eso?
—De dominar la magia de tu sexto sentido —dijo ella, apoyándose en la baranda del porche mientras el viento agitaba levemente su cabello—.
Con la telepatía, podrás conectarte mente a mente con otros seres, compartiendo pensamientos como si fueran palabras.
Con la intuición, comprenderás cosas al instante, sin necesidad de razonarlas, como si una verdad oculta se revelara ante ti.
Se giró hacia Edgard, observándolo con atención, como si buscara asegurarse de que sus palabras calaran profundo.
—Con la clarividencia, serás capaz de ver hechos y conocimientos ocultos que ocurrieron en el pasado o que están sucediendo en este momento, aunque estén fuera de tu alcance.
Y con la premonición... —bajó la voz, como si cada palabra cargara un peso especial—. Tendrás una ojeada al futuro un sentimiento o un presentimiento de que algo está a punto de ocurrir, antes de que el mundo dé señales de ellos.
La madera bajo sus pies crujió levemente cuando se movió un poco, inclinándose hacia él para besar su frente.
—¿Por eso vi lo ocurrido en la colina y en el bosque? ¿Por qué puedo ver cosas malignas? —preguntó inquieto.
—No sabemos exactamente qué está pasando, pero no te preocupes —lo tranquilizó su madre, colocando una mano en su hombro—. Pluma es la experta guardiana. Ella será tu entrenadora, te guiará en el desarrollo de tu magia y te enseñará a controlarla, a utilizarla de la manera correcta.
De repente, una nariz helada se presionó contra su rostro. Edgard se paralizó al ver unos ojos azules, desorbitados de terror, mirándolo con una intensidad que le heló la sangre.
—¿Quuién eres? —apenas pudo preguntar.
La niña, pálida y temblorosa, gritó con un horror palpable:
—SOY LY…
Y antes de decir su nombre, desapareció, dejando un vacío helado en el aire.