El eco de los espíritus del bosque Capítulo 6 Tragedia en el bosque
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Capítulo 6 Tragedia en el bosque

—H ola, Aelyn —la saludó Edgard al llegar al colegio.

—¿Estás bien? Me siento apenada por lo que te hizo

Elrick —se disculpó de nuevo.

—Ya me recuperé, gracias al té de menta —dijo alegre Edgard—. ¡Qué suerte que recordaste el contrahechizo!

Ella soltó una risita.

—Fue un momento tenso. Pero me alegra escuchar que lo superaste—. Se acomodó los guantes, mientras continuaba hablando—. Elrick no vino hoy, se quedó ayudando a mamá. Es que necesita hablar seriamente con él.

Caminaron juntos hacia al salón de clases.

La jornada del tercer día de diciembre transcurrió con normalidad.

Al salir se despidieron y Edgard se encontró con Tolmark en la puerta del colegio.

Debían esperar la llegada de Pluma, porque, desde ese día hasta que comenzaran las vacaciones de invierno, ella debía acompañarlos ida y vuelta. Orden de mamá.

—Hola, chicos—. Pluma llegó aleteando apresurada diciendo que el contraviento estaba muy fuerte.

Iban camino a casa cuando Tolmark vio a una ardilla que parecía estar en problemas.

—¡Paren! —les advirtió—. La pobre no está bien — aseguró, mientras se inclinó en la nieve para examinarla.

—¡Auxilio! —Pluma comenzó a graznar sin cesar, mientras sobrevolaba la zona aleteando como loca .

—Cálmate, Pluma. Así no ayudas, la estás asustando —le dijo Tolmark—. Parece que tiene algo atorado en su garganta.

Edgard, busca una rama pequeña a ver si puedo sacarlo.

Edgard escarbó en la nieve hasta encontrar una.

—Perfecto, esto será útil —exclamó Tolmark mientras le seguía aplicando maniobras de resucitación al mamífero roedor.

De pronto, comenzó a arreciar una ventisca, envolviendo el bosque en un remolino blanco que dificultaba cada paso. Las ráfagas de nieve helada cortaban la piel como cuchillas diminutas. Pluma aleteó para refugiarse junto a los muchachos.

—¿Tolmark? ¿Estás bien? —gritó Edgard, pero su voz se perdió entre los ululantes vientos .

Hizo visera con sus manos para intentar ver entre los copos de nieve y el viento blanquecino. En ese instante, sintió el suelo estremecerse y se quedó inmóvil.

De repente, un aullido desgarrador resonó en la ventisca, seguido de un empujón brutal que lo lanzó al aire. Sintió cómo el frío mordía su cuerpo mientras caía, como si el tiempo se alargara en una cámara lenta inquietante. La nieve lo recibió con un golpe seco entre un grupo de árboles.

Cuando abrió los ojos, el bosque parecía diferente, más oscuro, más siniestro. Su respiración se entrecortó al darse cuenta de que no reconocía el lugar. “No puede ser” —pensó, intentando razonar con el caos en su mente. No podía haber llegado tan lejos del camino.

Se levantó con esfuerzo, la ventisca formando espirales a su alrededor, y avanzó tambaleante hasta que un claro se abrió frente a él.

Allí, una cabaña se alzaba, oculta por la vegetación retorcida.

Velas parpadeaban en un extraño círculo a su alrededor, como si intentaran desafiar la oscuridad que la envolvía.

Edgard avanzó con cautela. El polvo cubría cada rincón visible desde las ventanas sucias, y una sombra de abandono pesaba sobre el lugar. Se acercó al cristal, donde alguien había dibujado una estrella fugaz con un mensaje grabado debajo en letras torcidas:

La luz se apaga si la energía se agota, el alma se pierde si el reflejo la atrapa...

Leyó en voz alta, y un escalofrío le recorrió al sentir un murmullo, tan cercano que parecía rozarle el oído.

Era una voz infantil, susurrante y perturbadora:

—Si ves a un cuervo aquejado... ¡huye!

El eco de esas palabras se hundió en la ventisca, y el bosque pareció enmudecer, como si la naturaleza contuviera la respiración.

—Edgard, ¿dónde te metiste? —el llamado de Tolmark se filtró entre los vientos.

La nieve caía con furia, envolviendo el bosque en un manto de blanco cegador.

Edgard se detuvo por un instante, su corazón aun golpeando con fuerza tras la extraña aparición de la cabaña.

La ventisca aullaba como si mil voces quisieran advertirle de algo, y un frío más profundo que el del invierno comenzó a apoderarse de él. Edgard giró sobre sus talones.

Entonces, lo vio .

Una figura fornida emergió, envuelto en un abrigo pesado que parecía parte del paisaje.

Su silueta, sin embargo, no se confundía con el entorno; la oscuridad parecía emanar de él, impregnando el aire a su alrededor.

Al principio Edgard no lo reconoció, hasta que notó que bajo el brazo llevaba un hacha enorme, y el filo resplandecía con un destello siniestro contra la nieve.

Era el leñador avanzando hacia él con pasos lentos que producían un crujido metódico, un sonido que hacía latir el corazón de Edgard con desesperada rapidez.

La mirada de Leo era un abismo, vacía, como un pozo insondable que prometía arrastrar a quien se atreviera a sostenerla demasiado tiempo. Sin apartar la vista, levantó el hacha. El filo brilló bajo la tenue luz, proyectando su sombra alargada sobre el chico como un augurio de tragedia.

Edgard retrocedió en pánico y cayó al suelo, soltando un suave grito agónico.

—Escuincle... —gruñó el leñador con una voz ronca y grave que se mezclaba con los aullidos del viento—. Apártate del camino.

Edgard se arrastró hacia el tronco más cercano, su única esperanza de protección. Sintió la corteza fría y rugosa, abrazándose al árbol como si este pudiera detener el inminente golpe. Mantuvo sus ojos fijos en el filo del hacha, esperando el movimiento fatal que nunca llegó.

—Resguárdate, ¿acaso no ves que hay una ventisca? —continuó el hombre, su tono algo más brusco que amenazante.

El leñador se acercó al compartimiento trasero de su furgoneta y guardó el hacha con un movimiento lento y mecánico.

En el interior, se apilaban troncos recién cortados, aún impregnados de savia.

De cerca, su rostro revelaba un cansancio profundo, casi indiferente, como si cada golpe del hacha le hubiera arrancado algo más que fuerza .

—Sí, señor Leo... Tolmark y Pluma me esperan para regresar a casa —respondió con voz temblorosa. Se incorporó y comenzó a desandar sus pasos, sintiendo cómo la presión en su pecho comenzaba a aflojarse.

Antes de marcharse, dio una mirada atrás, la cabaña había desaparecido, como si la tormenta se la hubiera tragado.

La ventisca comenzaba a ceder cuando un graznido rompió el aire, y el fuerte aleteo de Pluma le indicó que había llegado con Tolmark.

—Vamos. — Su graznido se escuchó inquieto mientras vigilaba a un cuervo que daba vueltas sobre ellos —.

Gracias a tu hermano, la ardilla ya está bien, pero él quiere llevarla a casa para cuidarla, porque teme que no encuentre su nido de ardilla con este viento—.

Sacudió sus plumas— No perdamos tiempo...

este bosque guarda secretos que es mejor no descubrir.

Se dirigían a casa, pero la mente de Edgard seguía atrapada en esa cabaña.

¿Un cuervo aquejado? ¿Estaría relacionado a la magia antigua de esas tierras?

Si lo pensaba bien, Ravenpine era un pueblo cuyo nombre honraba a los cuervos, símbolos de transformación y sanación para los seres de luz.

Algo en esa conexión le removía una inquietud que aún no lograba entender.

Al llegar se encontraron con la visita de Beltrank, quien traía en agradecimiento una cesta llena de galletas de jengibre recién horneadas. Los chicos saludaron y subieron a dormir la siesta.

—Mamá, ¿quedan galletas de jengibre? —le preguntó Edgard, el primero en despertar, asomando la cabeza por la puerta de la cocina.

—Claro —respondió Fulgor, saliendo hacia el jardín trasero con una cesta para recoger la cosecha de bayas—. ¡Que delicia de arándanos! —la escuchó decir a lo lejos.

Edgard disfrutaba las galletas, cuando vio a Pluma salir apresurada, y se asomó a la ventana de la sala.

—Tolmark salió al bosque escondido, iré tras de él —grazno Pluma —. Lleva entre los brazos a la bendita ardilla que salvó. Quizás la va a regresar a su “hogar” — sonrió el ave .

—Sí, recuerdo que habló sobre eso todo el camino “su familia la va a extrañar” —sonrió Edgard—. Se la da de duro, pero sufre por cada animal desvalido.

Unos minutos después, Edgard descansaba en el sofá, absorto en un libro ilustrado. La puerta se abrió de golpe y Tolmark irrumpió, jadeando y cubierto de barro.

—Traté de alcanzarlo, pero lo perdí de vista —dijo, su voz temblorosa.

Edgard dejó el libro a un lado y se levantó para abrazarlo. A pesar de la apariencia alocada de su hermano, con sus bromas y su naturaleza de goblin, Edgard iba descubriendo que Tolmark era un joven de buen corazón.

Horas después se desató el caos…

Luces parpadeaban en la oscuridad nocturna y sirenas se escuchaban en la distancia.

Fulgor y Durk se abrigaron y salieron junto a Pluma en dirección al bosque.

Al llegar, Fulgor saludó al comisario Brondar, quien, con la mirada fija en el suelo, se tocaba la nuca y movía los hombros de un lado a otro como si intentara liberar algo más que su malestar.

Su camisa, que ya había dejado de ser un aliado, luchaba por mantener un botón en su lugar, que parecía a punto de despegar como un cohete fuera de control.

La enorme pansa del comisario se mecía de un lado a otro, como si estuviera tan llena de preocupaciones como de pastelitos .

—¿Qué ocurre, Brondar? Vernos dos días seguidos no es una buena señal —comentó Fulgor.

—Oh, Fulgor. No es buen momento para hablar. ¡Ha desaparecido un niño! El pobre no conoce la zona y con la ventisca de la tarde se debe haber desorientado.

Después, sin detenerse a escuchar la respuesta de Fulgor, el comisario dio dos palmadas fuertes para llamar la atención de los presentes.

—Vecinos, se ha extraviado un pequeño. Debemos organizar la búsqueda, así que los que estén dispuestos a ayudar fórmense a este lado y permanezcan atentos a las instrucciones de mis compañeros.

Durk y Talos se alistaron de inmediato y fueron incluidos en un grupo donde les dieron impermeables y linternas, antes de unirse a la búsqueda.

Pluma sobrevolaba la zona. Fulgor, y los chicos que se acercaron pocos minutos después, se dirigieron al campamento de emergencia a ofrecer su ayuda para atender a los voluntarios.

Los familiares del pequeño se encontraban resguardados dentro de una carpa y había una gran cantidad de pobladores por los alrededores. Todos preguntaban en voz baja ¿Conoces al pequeño? Parece que es de una familia recién llegada.

Tan pronto escuchó los comentarios, Edgard no tuvo dudas, era la familia de Aelyn.

Se asomó en la carpa y la vio, sentada en una silla plegable. Estaba llorando y con su cuerpo tembloroso. Llevaba un vestido blanco y sus delicadas manos se apretaban sobre su regazo.

—¿Es uno de tus hermanos? —le preguntó arrodillándose frente a ella.

—Sí, es Elrick —sollozó—. Estaba enfadado porque lo castigaron y escapo de casa.

—Jovencito, salga, nadie puede estar con los familiares —le ordenó un policía .

Horas después se esparció la noticia, habían encontrado al niño muerto. La realidad golpeó a todos como un martillo cuando vieron llegar la camilla que transportaba el pequeño cuerpo cubierto con una manta y oyeron los gritos desesperados de su madre y hermanos.

Fulgor lo supo al instante. La oscuridad comenzaba a reclamar lo que creía suyo. No podía creer que se ensañaría con un niño indefenso.

Edgard no durmió en toda la noche. Se quedó sentado en el alfeizar interior de la ventana, observando el cielo a través del vidrio y escuchando los lejanos ruidos del bosque. Sabía que Talos tampoco había pegado un ojo, pues sus ronquidos estuvieron ausentes.

Dentro de poco amanecería, pero él solo recordaba los gritos desesperados y el sufrimiento de Aelyn y su familia. Elrick, no se merecía algo así.

—Edgard, el comisario Brondar encontró una pista sobre dónde hallaron a Elrick —le había confiado Pluma minutos antes. El ave no había dejado de volar, yendo y viniendo desde el bosque durante toda la noche—. Te prometo que averiguaré qué es.

Poco después despertó Tolmark y se sentó junto a Edgard en la ventana.

—Tengo una confesión que hacerte —le dijo—. Ayer cuando dejaba a la ardilla en su madriguera, ese niño apareció de pronto. Comenzó a lanzarme bolas de nieve con pantano, mientras que yo trataba de proteger al pobre animalito.

—¿Le hiciste algo? —lo interrumpió Edgard.

—¡Claro que no! —protestó su hermano en tono triste—. En cuanto me aseguré de que la ardilla estuviera a salvo, me volteé para asustarlo un poco, pero ya había escapado.

—Es una lástima lo que le ocurrió. Era terrible, pero no se merecía morir —dijo Edgard impotente—. ¿Quién le haría daño a un niño?

—No lo puedo imaginar—. Tolmark se encogió de hombros—.

Escucha, Edgard. Mientras trataba de limpiar la nieve y el barro de mi ropa, lo escuché gritar —le confesó nervioso—.

Me regresé a buscarlo y recorrí los alrededores, llamándolo por su nombre varias veces, pero no lo encontré.

Entonces creí que se estaría burlando de mí escondido entre la maleza y regresé a casa.

—¡Por la magia de los pixies, Tolm! ¿Dejaste a un pequeño abandonado en el bosque—?

—Él llegó solo, sin mostrar señales de estar perdido ni asustado —le explicó Tolmark—. Si realmente creyera que corría peligro, habría pedido ayuda—. Dejó escapar el aire contenido—. La culpa que siento ahora es insoportable —le confesó Tolmark, con lágrimas brillando en sus ojos.

—Es una dura experiencia, pero ciertamente no fue tu responsabilidad —susurró Edgard apretando su hombro.