Capítulo 5 En lo alto de la colina
—V iene de la casa de Beltrank —bramó Durk con el ceño fruncido—. Algo grave debe estar pasando.
—Vamos a ayudarlo —respondió Fulgor, su voz firme como el eco de una campana en la oscuridad—. Ustedes dos, ¡a sus camas! Pluma, ya sabes qué hacer —añadió mientras desaparecía por la puerta con Durk, rumbo a la habitación.
No se tomaron más tiempo que el necesario para abrigarse. Salieron al frío nocturno, ella con su rifle etéreo brillando débilmente en su mano. La nieve, arrastrada por un viento helado, trazaba espirales erráticas en el aire.
Durk lideraba el avance con paso firme mientras Fulgor miraba hacia la colina, donde los cuervos giraban en círculos inquietos bajo el cielo estrellado.
Era la colina más alta del pueblo, un umbral entre el borde del bosque y la seguridad del valle.
Desde su posición, el único acceso rápido era un sendero serpenteante que partía detrás del cobertizo de Talos.
—Los acompaño —gruñó una voz profunda y rasposa. Talos emergió de las sombras del cobertizo, su figura gigantesca parecía absorber la luz de la luna.
Sin más palabras, comenzaron a ascender por el sendero cubierto de nieve.
La oscuridad parecía cerrarse a su alrededor mientras las ramas de los árboles se inclinaban como si trataran de detenerlos.
Los cuervos graznaban desde las alturas, sus sombras danzaban sobre ellos, proyectadas por el parpadeo de la linterna encantada que Durk sostenía.
En la casa, Edgard permanecía junto a la ventana, observando con los ojos muy abiertos cómo las figuras se perdían entre la penumbra de la colina.
Entonces lo sintió: un temblor, sutil al principio, que vibró bajo sus pies ascendiendo como un eco emitido por los ancestros de la tierra.
El recuerdo de aquella otra noche lo golpeó como un relámpago.
Se quedó inmóvil, con el aliento atrapado en su garganta, sus manos hicieron un ademán para buscar el hombro de Tolmark, pero no completaron el movimiento.
Algo en su interior le decía que su madre, Durk y Talos enfrentarían algo terrible.
—¿Ves algo? —murmuró a Tolmark, que también miraba por la ventana con una mezcla de confusión y temor. Pero él negó con la cabeza.
El bosque parecía contener la respiración.
Fulgor, ahora una luz flotante en la distancia voló en círculos alrededor de la casa de la colina, explorando el terreno.
Desde su posición, todo parecía sumido en un inquietante silencio.
Pero Edgard sabía que no era tranquilidad lo que se ocultaba allí arriba.
Era algo que esperaba, algo que se alimentaba de la quietud antes de atacar.
Instantes después, un estruendo desgarró el silencio, seguido por un coro de sonidos caóticos: rugidos que parecían rasgar la noche, gritos distantes, crujidos como si ramas gigantes se rompieran, y el eco seco de impactos contundentes.
Entonces, un golpe sordo reverberó en el aire, como si algo descomunal hubiera caído sobre la tierra con una fuerza inimaginable.
Esa vibración cargada de peso se extendió como un latido hasta la casa, culminando en un destello cegador que iluminó el paisaje en un blanco espectral, seguido por un fogonazo que hizo temblar las ventanas y dejó un leve olor metálico en el aire.
—¿Qué fue eso? —preguntó Edgard, su voz apenas un susurro lleno de nerviosismo .
—El rifle etéreo de mamá —respondió Tolmark con los ojos fijos en la colina.
Escucharon las sirenas de una ambulancia, y un rato después divisaron la figura de Talos descendiendo.
Cuando llegaron cerca de la casa, la escena les heló el corazón: Fulgor, muy débil, descansaba sobre el hombro del gigante, mientras Durk caminaba cojeando detrás, arrastrando una pierna.
Un hilo de sangre verdosa corría por su frente.
—¡Mamá! —gritaron ambos al unísono al verla tan pálida como la nieve bajo sus pies.
—Estoy bien, calma —murmuró Fulgor, esforzándose por esbozar una sonrisa mientras bajaba del hombro del gigante para besar las frentes de sus hijos.
Unas pixies cruzaron volando, sus destellos dorados trazaron curvas fugaces en el aire antes de desaparecer en el bosque, como estrellas errantes.
—¡Disparaste tu rifle! —exclamó Tolmark, aún incrédulo.
—Sí, su madre usó su rifle —bramó Durk entre risas, sus carcajadas resonaron graves como truenos—. ¡Pero nadie tiene mejor puntería que ella! Ya ven cómo me conquistó… de un solo disparo—. La broma fue seguida de un cariñoso gesto al despeinar a Fulgor.
Edgard dio un paso al frente, la voz le temblaba: —¿Lograste acabar con ese espíritu?
Fulgor suspiró y abrazó a ambos jóvenes, sus palabras fueron suaves pero cargadas de un peso invisible: —No lo sé, hijo. Pero estén tranquilos, Durk y yo los protegeremos.
El contacto cálido de su madre calmó los temblores de Edgard. Cerró los ojos, y, como si un destello atravesara su mente, una visión fugaz lo hizo entrar en un trance. Su tono de voz cambió, sereno pero firme: — Somos cuatro en el retrato……— Entonces abrió los ojos y tomó una bocanada de aire.
Fulgor apoyó con suavidad la mano sobre la barbilla de su hijo, ladeando delicadamente su rostro para inspeccionarle el cabello, recorriéndolo con su mirada de la raíz a las puntas con atención, para luego apretar sus labios y mirar hacia Pluma.
El ave, que permanecía quieta sobre la repisa, inclinó la cabeza, con las plumas ahora erizadas sutilmente, comprendiendo que tenían que hablar, pero no en ese momento.
—Busquen un libro en la estantería y lean hasta que les dé sueño —dijo eligiendo calmar a los chicos, acompañándolos a su habitación.
Después de unos minutos, Fulgor salió en busca de Durk, pero al revisar la casa y no encontrarlo, frunció el ceño.
—Está con Talos en el cobertizo —grazno Pluma, volando a su nido.
La sílfide los encontró tumbados en la nieve, contemplando el cielo estrellado mientras compartían risas y comentarios despreocupados.
Habían limpiado sus heridas y colocado varios parches de forma apresurada e irregular, una barrera improvisada para prevenir cualquier rastro residual de energías sobrenaturales.
—Una infusión de frutos rojos nos ayudaría a relajarnos esta noche —comentó Fulgor.
Durk se levantó con esfuerzo, su figura aún imponente a pesar del cansancio.
—Yo la preparo —ofreció, al notar la sombra de agotamiento en los ojos de Fulgor.
No tardó en regresar con una bandeja de madera, cargada con tazas humeantes cuyo aroma dulce llenó el aire.
—¿Quedaron luces de esas que usaron antes? —preguntó Talos mientras tomaba un sorbo de la infusión. Una chispa de humor iluminó su rostro—. Adornar el cobertizo puede ser mi única defensa contra el juicio severo de Edgard.
Fulgor soltó una breve risa, y pronto las carcajadas de Durk resonaron en la noche, filtrándose hasta el interior de la casa.
Los chicos dormían profundamente en su habitación.
Sin embargo, el eco de aquellas risas cesó abruptamente cuando Tolmark se incorporó de golpe, con la mirada fija en su hermano.
Edgard sudaba, susurrando palabras incomprensibles entre dientes.
Tolmark se acercó, tocándole la frente con cuidado, solo para encontrarla fría como el hielo.
Inquieto, miró hacia la ventana. Esa noche, Pluma dormía profundamente sobre el alfeizar interno de la ventana para acompañarlos y emitía un suave graznido al roncar, murmullo que evocaba el canto de un ruiseñor herido.
Edgard se estremeció en su cama, atrapado en una pesadilla que, aunque invisible para Tolmark, llenaba la habitación con una presencia que parecía desbordar la misma noche.
“A través de la ventana, Fulgor vio a Beltrank, el anciano que habitaba la pequeña colina, forcejeando desesperadamente en su cocina.
Sus gritos pedían auxilio mientras una figura grotesca lo envolvía.
No era una serpiente común; el ente, de un negro reluciente y verde brillante, destilaba pura maldad.
Su mirada vibraba con un resplandor hipnótico, y las sombras a su alrededor parecían moverse, como si obedecieran su voluntad.
Durk y Fulgor irrumpieron en la casa, mientras Talos vigilaba afuera con ojos atentos.
Sin titubear, Durk se lanzó contra la criatura, sus brazos de acero tratando de liberar al anciano de las fauces de ese mal.
Pero la serpiente, con una fuerza antinatural, lo atrapó al caer, enrollándose rápidamente en sus pies y ascendiendo hacia su torso con un movimiento inhumano.
—¡Me quema! —el alarido de Durk resonó con un dolor desgarrador, cada palabra reverberando en las paredes como un eco macabro.
Los vidrios se rompieron cuando la poderosa mano de Talos apareció desde el exterior.
—¡SUÉLTALO, MALDITO ENGENDRO! —gritó, agarrando a la serpiente con una fuerza descomunal. Pero incluso para él, la criatura se resistía con ferocidad.
Fulgor, con los ojos encendidos de determinación, alzó su rifle etéreo que chisporroteaba como un presagio de tormenta.
—¡Apártate, Beltrank! —ordenó, mientras el gatillo cedía. El disparo fue un estruendo que cortó el aire, atravesando el cuello del ente con una precisión mortal. La serpiente soltó un chillido sobrenatural, un grito que parecía surgir de las profundidades de algún abismo perdido.
Entonces ocurrió lo más espeluznante: de la herida surgió una pequeña nube gris, retorciéndose en el aire como un espíritu desencadenado, al tiempo que la casa se llenó de un canto etéreo, inquietante:
Que la una nos reúna.
Con los dos un adiós.
Fuimos tres y un revés.
Somos cuatro en el retrato…
La nube giró en espirales sobre las cabezas, llenando el ambiente con un frío insoportable, antes de escapar por la ventana hacia el bosque oscuro.
El cuerpo de la serpiente comenzó a convulsionar, como si una lucha se librara en su interior.
Pero no era el final. Un rugido ensordecedor emergió del interior del reptil, apagando cualquier rastro de luz en la habitación.
Todo quedó sumido en tinieblas por un instante, al tiempo que un ente oscuro surgió de su interior, dejando solo la piel, para luego desaparecer.
Entonces, el cuerpo de la víbora se desmoronó, como un testamento vacío de lo que había sido.
Beltrank, con la voz quebrada, murmuró:
—Solo estaba empaquetando unas galletas de jengibre para los chicos... y esa cosa apareció. Se las comió, pero no pareció disfrutarlas, sino solo destruirlas… luego me atacó.
Talos, limpiando sus manos con las cortinas rasgadas, sentenció:
—Esto no es natural. Es la oscuridad. La misma que no deja rastros visibles, pero corrompe todo a su paso.
Fulgor se acercó para calmar a Beltrank—. Llamamos al comisario Brondar, llegará pronto con los servicios de emergencia.
Antes de que Beltrank subiera a la ambulancia, señaló un portarretratos que yacía entre los restos del enfrentamiento. Durk lo recogió y, tras limpiar el cristal roto, le entregó la imagen: una mujer elegante, un joven apuesto y dos niños idénticos.
La ambulancia, diseñada para terrenos difíciles, avanzaba con cautela sobre la colina nevada.
Sus ruedas robustas y neumáticos todo terreno mordían la nieve, desplazándose con firmeza por los caminos irregulares y escarpados.
A pesar del terreno traicionero, el vehículo se mantenía firme, desafiando la oscuridad que había dejado atrás el ente.
La presencia del mal se sentía en el aire, flotando como una sombra invisible que prometía que aquello era solo el principio. ”
Edgard despertó aturdido y se encontró con los ojos de Tolmark abiertos como platos y con las pupilas dilatadas. —¿Estás bien? —le preguntó.
—Pluma, despierta... —susurró Fulgor al filo del amanecer.
El ave abrió los ojos lentamente y, con un batir de alas ligero, se posó sobre el hombro de Fulgor. Juntas se elevaron hacia los cielos claroscuros que bordeaban el bosque, observando con atención el paisaje cubierto de nieve. Mientras volaban, sus voces rompían el silencio del alba.
—Beltrank enciende demasiadas velas, tanto dentro como fuera de su casa —comentó Fulgor, con un tono reflexivo—. A veces, los que buscan desesperadamente la luz lo hacen porque la oscuridad ya los está cercando desde dentro.
Pluma giró la cabeza hacia ella, su plumaje destellando a la luz del amanecer.
—He visto cerillos quemados en lo profundo del bosque, como si hubieran realizado rituales. ¿Crees que esté conectado?
Fulgor apretó los labios, desviando la mirada hacia las copas de los árboles.
—No lo sé... Pero esta vez llegamos a tiempo. No podemos confiar en que siempre será así. Debemos organizarnos, fortalecer nuestra comunidad y estar listos para lo que venga.
—Es una situación arriesgada que debe ser manejada por el comisario Brondar. ¿Viste a otros vecinos por aquí para ayudar? Pues yo no —Pluma soltó su postura—. Involucrarse es “buscar lo que no se ha perdido” .
—Quizás tengas razón, aunque pienso que él nos neutralizaría manteniéndonos fuera de la acción.
“La mejor defensa es el ataque” y “en la unión está la fuerza.” Sí, yo también me sé refranes —sonrió Fulgor—.
Si queremos defender la luz, tenemos que apoyarnos para confrontar a la oscuridad en todos los flancos posibles.
Desde ese punto de vista, tenemos que involucrarnos.
Sería inútil escondernos y solo pasar desapercibidos.
—Sé que te gusta ser la defensora de los desvalidos, pero pienso que esta vez has ido demasiado lejos —opinó Pluma—.
Por ayudar a un vecino nos pusiste en la mira de un enemigo, arriesgándonos a todos en esta casa.
Ten en cuenta que siguen llegado cuervos y aves de la muerte que sobrevuelan el pico de la montaña.
Fulgor la miró y la sensación de que la oscuridad vigilaba muy de cerca a Edgard le produjo un escalofrió...