Capítulo 4 Magia y brillo
—¿H as notado la forma en que camina Bryna? Es como si... estuviera flotando —comentó Tolmark mientras caminaban por el bosque.
—Se mueve como todos, usando sus pies —respondió Edgard, algo desconcertado.
—No me entiendes, Ed. La veo con los ojos del amor —dijo Tolmark con una sonrisa traviesa antes de unirse a sus amigos: el goblin Runk, el enano Haldrek y el orco Zruk, que ya estaban corriendo por el patio.
Durante la mañana, en la clase de idiomas antiguos, Tolmark aprovechó la oportunidad para escabullirse y recibir la flor morada que él mismo había elegido, confiando en que Pluma se la traería tal como le había pedido.
Apenas sus compañeros salieron al receso, él se adentró en el salón y dejó cuidadosamente el regalo sobre el asiento de Bryna.
Cuando regresaron del recreo, Bryna notó la flor y la tomó con rapidez.
—¡Qué delicioso aroma! —exclamó ella, llevándola cerca de su rostro—. ¿Fuiste tú, Zruk? — le preguntó a su compañero orco, que se sentaba a su lado.
Y para sorpresa de Tolmark, el canalla se llevó el crédito.
—¿Te ha gustado? —respondió Zruk sonrojado por la mirada de ella.
—Eres muy amable —agradeció Bryna.
Tolmark apretó los dientes, claramente molesto, y dio un pequeño golpecito en la mesa con los nudillos para llamar la atención de Zruk.
Su mirada se encontró con la del orco, una expresión tensa cruzó su rostro mientras, por un breve momento, se planteaba si debía confrontarlo allí mismo o esperar.
Al salir de clases, Tolmark, aún molesto, se acercó a sus otros amigos, buscando algo de consejo.
—Solo quería que Bryna se sintiera feliz —les contó Tolmark a Runk y Haldrek, con la irritación claramente escrita en su rostro—.
Ayer me metí en el bosque y me dirigí a la casa de la vieja ogra, la que tiene el jardín más grande y brillante de todo el pueblo.
Pasé más de una hora buscando la flor más hermosa, arriesgando la vida entre espinas y la amenaza constante de acabar en la caldereta de la ogra.
—¿Casa de la ogra? ¿Estás loco? Dicen que come criaturas como nosotros —gritó Haldrek.
—Lo importante es que ¡finalmente la encontré!
Corté la bendita flor, corrí con ella en la mano, con la lengua fuera y un sudor frío recorriéndome la espalda, como si en cualquier momento fuera a caer muerto…
—. Arriesgué mi vida ¿Y para qué? ¿Para que Zruk se lleve todo el crédito?
No esperaba que uno de mis mejores amigos resultara ser un embustero estafador.
Runk levantó una ceja, sin mostrar simpatía alguna por Tolmark.
—¿Y qué esperabas, Tolmark? ¿Que lo negara? —le contestó con una sonrisa burlona—. Yo también habría hecho lo mismo que Zruk. Si hubiera dicho que no, la flor habría quedado en el aire y tú serías el bufón del día. ¿Lo piensas?
—Exacto —asintió Haldrek, con una mirada cómplice—.
Aquí, el único culpable eres tú. Cuando quieres impresionar a la chica que te gusta, le ofreces una flor en privado, en un gesto elegante.
Así ella tiene la libertad de decidir, sin presión.
Vaya, amigo, parece que aún te falta algo de educación en estos temas…
Deberías sentarte a charlar con tu padre.
Se alejaron juntos, riendo a carcajadas, mientras Tolmark se sentaba en un banco del patio, intentando calmarse y recuperar algo de su dignidad. No había comprendido lo doloroso que era sentirse tan pequeño, como si sus amigos se estuvieran riendo de su humillación, dejándolo expuesto y vulnerable.
¿Cómo pude ser tan débil? —pensó Tolmark, apretando los puños.
Había elegido no acercarse a Bryna, escudándose en que solo era su compañera de clase, cuando en realidad le temía al rechazo, a la humillación de ser visto como un tonto por ella.
¿Qué hubiera pasado si lo hacía? ¿Qué si me hubiera atrevido a hablarle, a darle la flor como un acto valiente y directo?
Esa tarde, cuando Tolmark abrió la puerta de la casa, vio que Durk ya había llegado. Sin pensarlo, saltó sobre su padre, se aferró a su cuello y escondió la cabeza, buscando consuelo en su abrazo.
—Si me vas a recibir así cada vez que me vaya, viajaré mucho más seguido —dijo Durk.
—Hola, Durk —saludó Edgard con una sonrisa—. Más tarde adornaremos la casa con motivos navideños. Será divertido, ¿te gustaría unirte?
—Saludos al humano que viene llegando —dijo Durk con una reverencia exagerada, su risa resonando por la sala—. No te preocupes, conseguiré un pino pequeño, acorde con tu fragilidad. Aunque, debo advertir, sus luces jamás brillarán más que las de tu madre.
Edgard apretó los dientes, conteniendo la tensión que crecía dentro de él.
Sin hacer ruido, se giró y se encaminó hacia su habitación.
Al pasar cerca de la cocina, el suave tarareo de su madre llegó a sus oídos, junto con el reconfortante aroma a chocolate caliente, pero no hizo más que seguir adelante, sin detenerse.
Fue directo a su cama, hundiendo su cabeza en la almohada. ¿Por qué su familia no respetaba sus raíces humanas? —pensó molesto. Solo quería volver a disfrutar la navidad, pero eso parecía escaparse de sus manos. Se incorporó, encendió una vela sobre su mesa de noche, y se arrodilló en frente.
—Agradezco todo lo que hiciste por mí, abuelita Tavi. Te honro y deseo que la luz te guie donde estes —le rezó, después sopló, apagando la llama.
Abajo, Fulgor sacó las galletas del horno y puso a calentar el chocolate de taza.
—¿Dónde está Edgard? —preguntó extrañada.
—Creo que subió a la habitación —respondió Tolmark, algo incómodo, mirando a su padre.
—Durk, ¿qué le dijiste—? Le lanzó una mirada desafiante—. Edgard es mi hijo y en esta casa nadie lo molesta ¿está claro? Celebraremos la navidad en honor a las costumbres que su abuela le inculcó cuando yo no estuve en su vida.
—Lo siento, solo bromeaba —dijo Durk en tono de disculpa.
—Deja de molestarlo o dormirás con el gigante —le advirtió Fulgor con sus ojos brillando tanto como su nombre—.
Tolmark, ve en busca de tu hermano.
Tolmark obedeció y un minuto después ya estaba arriba.
—Edgard, mamá quiere que bajes —le dijo a su hermano—. Siento que papá se burlara de ti. Hoy sentí en carne propia lo que es ser humillado y tampoco quiero que eso te suceda de nuevo —susurró Tolmark. A continuación, le contó lo sucedido en el aula con Bryna.
Edgard se sentó en su cama y, con un gesto invitó a Tolmark para que lo imitara.
—Mi abuela siempre me decía algo que creo que te ayudaría. “Si vas a lanzarte al abismo, hazlo con los ojos abiertos” —le dio una palmada en el hombro—. Tolmark, si quieres salir con Bryna, debes ser el chico que la hace sonreír.
Tolmark lo miró en silencio, sorprendido.
—Ahh, lo entiendo, si realmente quiero algo, debo dar todo de mí—. Colocó su largo dedo índice en su sien—. Nunca pensé que los humanos dieran tan buenos consejos…
—Respecto a tus amigos, ya sabes cómo son. Hay personas que no saben cómo decir lo que piensan, y ni siquiera se dan cuenta del daño que hacen. Pero solo tú puedes saber si son verdaderos amigos, Tolmark — dijo Edgard.
—Pero Zruk me traicionó —se quejó su hermanito.
—A veces el lobo feroz puede esconderse detrás de una buena acción, ¿piensas que en un mal acto pueda estar perdida una chispa de bondad—? —Edgard arrugó la nariz.
Tolmark se quedó pensativo, y luego abrazó a Edgard con fuerza.
—Bueno, por ahora puedo decir que al menos no los cocinaré en el caldero de la ogra .
—¿Qué—? Los dos soltaron la carcajada—. Tolmark, prométeme algo, que nunca me defenderás ante tu padre. No tiene malas intenciones hacia mí, solo cree que ser rudo me hará bien. Pero déjaselo a mamá, ella sí que puede ser más dura que él.
Ambos rieron, y así contentos y abrazados, los encontró su madre al entrar a buscarlos. Fue hacia ellos y se les unió.
Unos minutos después, dijo —Tolmark, el chocolate está listo, ve al cobertizo y llévale una taza a Talos y otra a Pluma.
—Talos se tomará las dos —se quejó el goblin.
—Hazlo, hijo.
Cuando Tolmark salió tarareando algo de goblin en sus trasteros, Fulgor miró a los ojos a su hijo mayor.
—Edgard, sé que las cosas no han sido fáciles para ti. Eras aun un infante cuando tu padre te llevó a vivir con la abuela. En ese entonces sabía muy poco de los humanos. Y no pude evadir mis responsabilidades como sílfide.
—Eso no lo recuerdo muy bien —confesó Edgard.
—Deseo que sepas que eres el resultado de un gran amor que se vio obligado a marchitarse —le señaló Fulgor con vehemencia—. Tomamos decisiones pensando en lo mejor para ti.
—¿Odias a mi padre? —le preguntó él
—No —aseveró Fulgor mirándolo a los ojos—. En ocasiones la magia y la tradición no pueden combinarse, tal como el hierro y la arena.
—Entonces, ¿cómo pudieron enamorarse?
—Nos encontramos y sentimos algo muy fuerte—susurró—. Nos amamos y respetamos, pero nuestras diferencias nos separaron. Eres lo mejor de nuestra unión y debes recordar lo mucho que te amamos, como hijo, hermano y nieto.
—¿Por qué me llevaron con la abuela? —preguntó.
—Tu padre consideró que debías convivir entre humanos, al menos mientras descubríamos si tenías algún tipo de poder mágico que pudiese protegerte.
—¿Por qué mi padre se fue y nos dejó solos a la abuelita Tavi y a mí? —le preguntó sereno, pero sintiendo un nudo en su garganta.
—Eso es un misterio para mí, creo que para todos —le aclaró Fulgor—. Lamento su ausencia y que te haya tocado vivir solo la muerte de tu abuelita.
—Gracias, mamá. Solo necesitaba saberlo —le aclaró Edgard.
—Lo entiendo perfectamente —le respondió su madre con suavidad—.
También comprendo que mudarte a un pueblo mágico, después de habernos visitado solo en las vacaciones, es un cambio muy grande.
Te agradezco profundamente el esfuerzo que estás haciendo para adaptarte a este ambiente tan diferente de lo que conocías.
—Encargo listo —llegó Tolmark corriendo para avisar.
—Mañana iremos a buscar el mejor pino y lo decoraremos con los otros adornos de tu abuela ¿de acuerdo? —le dijo Fulgor a Edgard.
—Yo me uno —aclaró Tolmark.
—Todo estará bien ahora —les aseguró su madre con una brillante sonrisa—. Vamos, que el chocolate se enfría.
—Y yo me petrifico en el sofá —escucharon decir a Durk desde la cocina.
Después de disfrutar del chocolate, los cuatro se pusieron a decorar, colocando las luces en las ventanas y colgando las guirnaldas por toda la casa.
Cuando las encendieron, el resplandor cálido iluminó la estancia, creando una atmósfera acogedora.
¡Lo había logrado! El corazón de Edgard saltaba de gozo.
Apenas era el segundo día de diciembre y ya se sentía en casa el ambiente de la Navidad.
Pluma, desde afuera, observó el brillo con curiosidad antes de extender sus alas y dirigirse a su nido. Poco después, se escucharon los ronquidos profundos de Talos desde su cobertizo, rompiendo el silencio con su ritmo constante.
Dentro, Fulgor miró a los chicos con ternura y paciencia infinita. Sus ojos resplandecían, y su figura se movía con una elegancia etérea. La casa, llena de risas y paz, parecía finalmente a salvo del bullicio del día.
—¿Para qué son estás botas? —preguntó Tolmark extrañado—. Parecen inútiles.
—¡No agarres esa—! Edgard le quitó una bota navideña verde—. Se guindan en la chimenea para que Papá Noel las llene de dulces o regalos.
—Papá Noel, ja ja ja, ¿qué clase de padres dejan que sus hijos reciban regalos de un extraño? —se burló Durk—. Lo dejan entrar por la chimenea, ¿no? Ja ja ja ¿Te das cuenta de esa locura? Podría ser una mala persona.
Fulgor se sintió tensa, hasta que Edgard soltó una risotada. —Es un panzón bonachón —aclaró.
—O peor —añadió Tolmark con una sonrisa traviesa—. Puede ser un secuestrador de animales indefensos. Imagina, ¡doce renos atrapados en el frío polo norte durante un año! y, además, alimentados solo con zanahorias ¿cómo pueden trabajar así 24 horas seguidas?
—Y la explotación laboral. Miles de duendes, elfos y enanos elaborando juguetes todo el año —bromeó finalmente Durk— . Yo pienso que no son voluntarios.
—Saben más de la Navidad humana de lo que quieren reconocer —bromeó Edgard.
—ja ja ja, es una suerte que no sepamos más —se carcajeó
Tolmark—. ¡NOTICIAS DEL DÍA! ¡DUENDES ENANOS DENUNCIAN ROBO DE DINERO! Esos pequeños no perdonan cuando se trata de monedas de oro.
Edgard los escuchó bastante divertido por el extraño razonamiento de su familia. Sonrió agradecido de esa actividad navideña, notando su espíritu renovado.
—¿Saben qué? —dijo Fulgor, intentando mantenerse seria, pero con una risita delatora en el rostro…—. Podría hacer que ambos se conviertan en golems de nieve si siguen bromeando sobre la navidad. ¡Y podrían asustar a ese anciano que está cortando leña!
—¡Eso sería genial! —exclamó Tolmark—. ¡Imagina sus gritos! “¡Un golems de nieve se ha escapado!”
—Ay, Tolmy, basta de asustar a las personas— Fulgor le acarició las orejas para calmarlo—. Mañana nos encargaremos del árbol. Ahora a cenar y dormir.
Cuando se daban las buenas noches en el pasillo, justo antes de entrar a sus habitaciones, se escuchó un grito desesperado. Todos se tiraron al suelo en alerta, cuando tronó un segundo aullido aterrador…