El eco de los espíritus del bosque Capítulo 3 El sótano #2
20%

Capítulo 3 El sótano #2

Se recostó en el sofá, dejándose envolver por el cansancio.

A medida que su mente comenzaba a relajarse, pensó en Aelyn, imaginó caminar juntos por el parque, o incluso ir a patinar.

Su pecho se llenó de una sensación cálida.

Reconoció a regañadientes que Tolmark tenía razón, no podía dejar que el pequeño hermano de ella se interpusiera.

Cuando despertó, recordó que era muy importante bajar pronto al sótano.

Edgard buscó a Fulgor y a Pluma, pero no vio ni rastro de ellas. Quizás estaban con Talos, o habían ido a caminar al bosque o de compras a la tienda. Me adelantaré —pensó.

Él solo había bajado una vez para ayudar a guardar las cosas que le dejó su abuela.

N o saldrá ningún espíritu, son solo sombras —se repetía una y otra vez mentalmente, intentando calmarse mientras avanzaba hacia la entrada del sótano.

La puerta, al abrirse, soltó un crujido largo y perturbador, como si protestara por el paso del tiempo, lo que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

Pulsó el interruptor casi con desesperación, pero la tenue bombilla al pie de la escalera apenas logró disipar la penumbra.

Su luz amarillenta delineaba los primeros peldaños, mientras las sombras se agolpaban en los rincones, como espíritus al acecho.

Cada paso hacia abajo resonaba con eco inquietante, amplificando el crujir de los escalones bajo su peso.

El aire, denso y helado, parecía adherirse a su piel, mientras un olor a madera húmeda y olvido llenaba sus pulmones.

Las sombras parecían moverse al ritmo de su respiración, como si lo observaran, burlonas.

Los viejos trastos desgastados, apilados, colgados o amontonados en las estanterías componían un caótico rompecabezas que parecía contener historias que nadie se atrevía a contar.

Edgard acarició suavemente la etiqueta en la caja, el nombre escrito con la caligrafía de su abuela le arrancó una sonrisa llena de ternura.

“La Navidad de Edgard”, leyó en voz baja, como si esas palabras fueran un hechizo cálido que lo transportara a los días felices donde ella lo abrazaba mientras decoraban el árbol.

Por un instante, su miedo al sótano desapareció.

Cerró los ojos, imaginando las risas de su abuela y el aroma a galletas horneadas llenando la casa.

Sintió una presencia familiar que lo envolvía, como si ella estuviera allí.

—Abuelita Tavi, este año pondremos tus adornos — murmuró en voz baja.

Entonces, volvió a ocurrir…

El ambiente pareció cambiar de golpe. Un sudor frío resbaló por su nuca, y un escalofrío recorrió su espalda.

Algo en el aire se sentía mal, opresivo.

Miró a su alrededor con nerviosismo, buscando la fuente de esa sensación.

Se arrodilló y colocó las palmas sobre el suelo.

Una vibración tenue, casi imperceptible, comenzó a recorrer sus manos, como si un grito etéreo resonara bajo de él, haciendo temblar el mismo tejido del plano terrenal.

—No... no otra vez —murmuró, con la respiración entrecortada.

Con un impulso frenético, se puso de pie y giró hacia las escaleras, decidido a salir. Pero entonces, algo oscuro y veloz saltó hacia su cabeza.

—¡AHHHHH! —gritó, el sonido reverberando en las paredes del sótano mientras su corazón golpeaba como un tambor desbocado .

Sintió un rasguño en su cuero cabelludo, y después un jalón, algo se aferraba con fuerza. Edgard comenzó a manotearse desesperado, sus gritos llenos de pánico. No puede estar pasando de nuevo. ¡NO PUEDE! —pensó, mientras daba vueltas, tropezando con las cajas.

—¡CÁLMATE! —graznó una voz familiar sobre el ruido, pero Edgard no registraba nada más que su terror.

—¡PLUMA! ¿Dónde estás? ¡Ayúdame! ¡Por favor! —suplicaba entre gritos, sin darse cuenta de que el supuesto atacante era, efectivamente, Pluma.

—Estoy en tu cabeza, niño. Literalmente —graznó la corneja, tratando de liberarse del cabello enredado en sus garras mientras Edgard seguía en su frenesí .

Finalmente, el chico se detuvo, jadeando, y alcanzó a ver las plumas negras frente a su rostro.

—¿P-Pluma? ¿Eras tú? —preguntó con la voz temblorosa.

—Sí, y si dejas de revolverte, podré soltarme antes de arrancarte el pelo —respondió con sarcasmo, mientras Edgard trataba de recuperar la compostura, aunque su corazón seguía martillando con fuerza.

Cuando recuperó el aliento, se levantó y comenzó a organizar las cajas tan rápido como le fue posible.

—Pluma, no puedes simplemente aparecer así —se quejó.

—Tu madre me envió a acompañarte —graznó—. Ya había oído que eres un asustadizo, pero no imaginé que tanto.

—Los sótanos son espeluznantes —aclaró Edgard—. ¡Auch! —chilló cuando Pluma logró soltar su garra, arranchando un mechón de su pelo.

—¡A mí me encantan los sótanos! —replicó la corneja, alzando el pico con orgullo—. De hecho, tengo uno propio en un pueblo cercano. Paso días enteros ahí, tranquila, disfrutando de la paz. Y cuando mi pareja puede, me visita.

Edgard se detuvo en seco, mirando a Pluma con incredulidad.

—¿Tienes novio? —preguntó, tratando de no sonar tan sorprendido como se sentía.

—Por supuesto que sí, un petirrojo —respondió Pluma, alisándose las plumas con aire coqueto—. ¡Y es un verdadero encanto!

Edgard soltó un suspiro mientras pensaba: Parece que es la temporada del amor.

—¿Sabías que a veces duermo en el hombro de Talos? — dijo Pluma, inflando las plumas con aire de importancia—. Es tan cómodo, como acurrucarse en un tronco cálido en invierno, firme pero lo suficientemente blando para no incomodarte .

Edgard ladeó la cabeza con una sonrisa escéptica.

—¿Y no te preocupas de que estornude y te mande volando como una hoja en otoño?

Pluma dejó escapar un graznido indignado y batió sus alas con dramatismo.

—¡Por favor! Talos sabe perfectamente cómo tratar a una dama. Además, con este plumaje espectacular y mi porte distinguido, ¿quién no querría tenerme cerca?

Edgard alzó las manos, simulando rendirse.

—Está bien, está bien, reina de las cornejas. Me queda claro que Talos no es el único gigante en esta historia.

—Cierto. Tengo a Zorzal, mi gigante espiritual, que se destaca con su amor, deseando siempre mi bienestar — graznó Pluma mirándolo con un brillo satisfecho en sus ojos almendrados, mientras se posaba en un estante cercano, como si acabara de ganar una pequeña batalla de egos—.

Pero también tengo a Talos que se excede en tamaño tanto como en amistad y protección ¡Talos y Pluma, el equipo de veladores nocturnos!

La idea le sacó una sonrisa a Edgard, mientras recordaba lo que contaba su madre.

Siempre decía que Pluma había sido un regalo del destino, que una noche oscura, cuando Tolmark era apenas un recién nacido y él un niño pequeñito, la corneja llegó a la ventana como si respondiera a un llamado silencioso.

Desde entonces, se convirtió en vigilante constante y protectora fiel. Pero ¿había algo más en esa historia?

—¿Puedo preguntarte algo sin que te enfades? —soltó Edgar de pronto.

—Claro, no soy un ogro —le respondió revoloteando a su alrededor.

—¿Eres una media sangre? —preguntó Edgard, con la voz apenas temblorosa—. Lo digo porque puedo entender tu graznido, y no soy... ya sabes, mágico ni nada parecido.

—¡No! —replicó en tono severo, desplegando las alas con un movimiento firme y aleteando con intensidad hasta quedar suspendida en el aire.

Su pico permanecía ligeramente abierto, mientras sus ojos negros, penetrantes, se clavaban en los de Edgard—.

Soy un ave, y lo demás no son más que habladurías sin fundamento. ¿Quedó claro?

—Sí... muy claro —respondió Edgard, aunque una pizca de duda se le coló en la voz.

—Apúrate, Edgard, debo dormir un temprano.

—Solo voy a llevarme algunas cosas —anunció el chico mientras quitaba la tapa del cajón de madera.

Sin detenerse demasiado, comenzó a sacar varios objetos que, con movimientos rápidos, guardó en la bolsa de tela que había traído consigo—.

Listo, Pluma. Vámonos de aquí antes de que este sótano decida devorarnos.