El eco de los espíritus del bosque Capítulo 3 El sótano
17%

Capítulo 3 El sótano

—¿D ónde estabas, jovencito? —preguntó Fulgor, saliendo apresurada, esparciendo su brillo natural al sentir la llegada de Edgard—. ¡¿Qué te pasó?! —exclamó con los ojos abiertos como platos al ver su piel enrojecida.

—¡Tranquila, mamá! No es para tanto. ¿O es que crees que tu “hijito humano” es tan frágil como para derretirse con un poco de sol? —soltó Tolmark con una sonrisa descarada, acomodándose como si nada—. Como te dije se fue a pasear un rato con sus... “nuevos amigos del bosque”.

Tolmark le lanzó un guiño exagerado a Edgard, quien tuvo que disimular la risa. Claro, él tenía un plan. Captó el mensaje: lo había cubierto. ¿Quién lo diría? Tal vez no era madurez, pero algo había cambiado: por primera vez, sentía que su hermano estaba de su lado.

Fulgor observó a su hijo menor con la ceja levantada, mientras su propio cabello ondeaba en un halo luminoso compuesto por hilos gris plata. Una mirada que podía hacer temblar a cualquier criatura, aunque ya el chico parecía inmune.

—Solo debo tomar infusión de menta y se me pasará — dijo Edgard para tranquilizar a su madre, ocultándole lo ocurrido en el colegio.

Su madre optó por no insistir más en el tema y puso agua a calentar en la tetera. Luego, se dirigió a la sala, donde se unió a sus hijos. Edgard se acomodó en el sofá, mientras Tolmark, con su habitual desparpajo, se dejó caer en el mueble largo.

—Sobre lo ocurrido anoche, tuve una conversación con Pluma.

Ella me confirmó que solo nuestra casa quedó sin luz y piensa que eso tuvo que ver con algo oscuro, aunque no vio nada más —les informó Fulgor a sus muchachos—.

Por eso tomaremos acciones de protección, pero eso lo discutiremos como familia cuando llegue Durk.

— Allá los que no tienen poderes. Yo ya aprendí a manejar los míos y puedo defenderme con astucia. ¿A qué hora volverá papá? —preguntó Tolmark ilusionado—.

—No digas eso, en este hogar todos nos protegemos unos a otros —le respondió con severidad Fulgor—. Regresará mañana cuando termine el trabajo y espero que encuentre a un hijo más respetuoso

—¿Otra noche fuera de casa? —se quejó molesto—. A lo mejor las sombras se enteran de que estamos solos y vuelvan a visitar a Edgard esta noche.

—No es tiempo de bromas, Tolmark. ¿Entiendes lo terrible que fue hacer que tu hermano se desmayara? Pudo resultar en tragedia —lo regañó.

—¡Que no me desmaye por él! —protestó—. Fue la visión del espíritu.

Fulgor escuchó el sonido de la tetera y se acercó a preparar la infusión de menta.

Mientras vertía el agua sobre las hojas secas, una sonrisa se dibujó en su rostro.

Un cálido sentimiento de plenitud la invadió, disfrutando del momento y de la cercanía con sus hijos.

El aire se llenó de una chispa mágica, la esencia de su amor maternal, envolviendo el ambiente en una sensación de calidez y seguridad.

—¡Esto es injusto! Creo que papá nos abandonó —protestó el chico siguiendo a su madre hacia la cocina.

—Deja la malacrianza y no digas esas cosas —lo reprendió su madre—. Es la primera vez que tu padre viaja por trabajo y son solo dos noches. Agradece que eres un hijo afortunado.

Edgard comprendía el sentimiento de frustración de Tolmark y sabía perfectamente a lo que se refería su madre.

Él tenía años sin saber de su padre y cada noche, miraba la foto que le había quitado la última vez que lo vio.

Estaba desgastada, pero su imagen se distinguía claramente.

Los que lo conocieron decían que él era su vivo retrato, con la misma mirada, mandíbula cuadrada y cabello marrón.

—Mamá, ya llegó diciembre, ¿podemos adonar la casa de navidad? —preguntó Edgard aprovechando el momento, mientras se tomaba el té de menta.

—Claro, aunque debes comprender que la celebración de la navidad, tal como la conoces, es una tradición humana y no tengo experiencia en prepararla, tendrás que enseñarnos.

—Sí, mi abuela solía ser quien se encargaba de todo.

Desde los inflables en el jardín, hasta el árbol de navidad, que siempre era especial, lleno de luces y adornos de esferas, santas, muñecos de nieve, renos, flores, cintas y pequeñas campanas que comprábamos juntos —respondió Edgard, sin poder evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro— Ah, y en la ventana no faltaba el Papa Noel de luces.

Recuerdo que preparaba castañas asadas y el aroma llenaba la casa.

—Eso de los adornos es como loco. Para colocar pinos, muérdagos y muñecos de nieve, mejor van y lo disfrutan en la naturaleza —comentó Tolmark riéndose—. ¿Y comen solo castañas?

—No. En la noche de Navidad no puede faltar la típica cena con cerdo al horno y un par de tartas de manzana — suspiro con añoranza el chico—. Eso sin mencionar la música navideña, ¿sabes? Todo parecía más... mágico.

—Tolmark, no todos tienen esa oportunidad.

Hay lugares en los cuales no nieva, no hay pinos o que están lejos de la vegetación — dijo lentamente Fulgor acercándose para levantar la barbilla de Edgard con una mano delicada, mientras con la otra se la llevaba al pecho, cerrando el puño como si pudiera sostener su propio corazón.

—Esta navidad será perfecta, hijo, aunque no prometo castañas —le sonrió Fulgor .

Los ojos de la sílfide brillaron con calidez al sentir la emoción de su hijo, como si todo su ser se iluminara con su alegría.

Sin embargo, con un suspiro breve, su mirada cayó al suelo al recordar que cuando el padre de Edgard se fue, no supo cómo criar a un humano.

¿Cómo pude perderme esos momentos? —pensó.

Toda la sala estaba iluminada por la luz cálida de las lámparas, y con el suave murmullo de la chimenea que creaba una atmósfera acogedora.

—¡Ah, las tradiciones humanas! —Tolmark dejó escapar un suspiro dramático mientras se encogía de hombros, claramente fastidiado por la conversación—. Para mí siguen siendo tan raras— se quejó, cruzando los brazos y mirando al techo como si buscara alguna revelación.

—¿Cómo son las festividades en Ravenpine—? Edgard sintió curiosidad.

Tolmark, ahora en calcetines y con una sonrisa pícara, se levantó del mueble y se subió a la parte trasera, con los brazos extendidos como si estuviera presentando un gran espectáculo.

—Ed, los seres mágicos las llamamos ceremonias y realizamos rituales relacionados con la celebración de la espiritualidad y la naturaleza— le explicó con tono calmado.

—Dicho así suenan aburridas y ¡Son espectaculares!

— exclamó con entusiasmo Tolmark—. Todo el pueblo se reúne en el claro del bosque.

El mejor ritual es el de invocación a nuestros ancestros.

Con un poco de suerte podemos escucharlos cantar, ¡o incluso los vemos bailar!

—. Se echó atrás, riendo por lo bajo—. Zruk me dijo que su tatarabuelo le contó un chiste increíble.

¿Puedes creerlo? Yo no se lo creo, porque los orcos no son graciosos.

—¿QUÉ? —. Edgard se asombró con cierto temor.

El sonido de pesados pasos resonó desde el exterior, como tambores anunciando la llegada de Talos. Su enorme sombra se proyectó brevemente oscureciendo la ventana, antes de que la puerta de su cobertizo crujiera al abrirse.

Con el fuerte movimiento, un pequeño portarretratos que descansaba sobre la chimenea cayó al suelo. Fulgor se apresuró a recogerlo y, al mirar la imagen, una sonrisa suave iluminó su rostro. Allí estaba Pluma, con Tolmark siendo un bebé, mientras Edgard apenas daba sus primeros pasos.

Tengo que buscarle un lugar más seguro —pensó sabiendo que no lo haría, porque le gustaba tenerlo ahí, a su alcance y a la vista. Era uno de sus tesoros más preciados. Lo puso

de nuevo en la chimenea y volvió a poner el foco en la conversación.

—Las ceremonias con sus rituales nos permiten cultivar libremente nuestra espiritualidad —señaló Fulgor—. Cada ser mágico brilla con su propia luz, o se ampara en su oscuridad. Entre esos dos extremos, solo hay intencionalidad interior, que se traduce en brillo o en opacidad.

—Mamá, es increíble que mi familia brille en estas fechas con su luz interior, pero soy humano, y el único brillo navideño a mi alcance son las luces y los adornos del árbol —argumentó con fervor, su voz llena de un sentimiento profundo.

Tolmark, desde su improvisado trono sobre el mueble, arqueó una ceja y, con su típica irreverencia, respondió:

—¡Ah, claro! Es cierto que los humanos tienen sus propios encantos. ¡Y sus luces de Navidad son todo un espectáculo! Aunque me temo que no son tan mágicas como las de nosotros.

Fulgor lo miró con una sonrisa llena de cariño, pero también con una advertencia.

—Tolmark, baja de ahí ahora mismo— le regañó, antes de sonreír abiertamente—.

Está decidido, esta familia multidiversa celebrará en grande la Navidad.

Y tú, Edgard, brillas con tu propia luz, no lo olvides.

Te aseguro que, desde ahora, podrás disfrutar de todo lo que las tradiciones humanas y mágicas tienen para ofrecer.

Tolmark saltó del mueble, riendo mientras hacía una reverencia exagerada.

—¡Eso es lo que quiero oír! ¡Fiestas mágicas para todos! —exclamó, antes de girarse hacia la ventana, donde Talos había entrado finalmente a su cobertizo.

—¿Puedo bajar al sótano a buscar algunos adornos y luces? —pidió Edgard.

Fulgor revisó la piel de su hijo, notando que la inflamación había disminuido, sorprendida por el efecto del té de menta.

—Sí, pero que Pluma te acompañe.

Edgard aceptó la compañía con gusto, pues el sótano nunca le había gustado.

Aunque era una habitación grande, el débil resplandor del bombillo apenas iluminaba el espacio, creando sombras que parecían moverse por su cuenta.

Las escaleras crujían con cada paso, y el aire húmedo lo hacía sentir como si estuviera descendiendo a un lugar del que no pudiera escapar fácilmente.

Tolmark, al escuchar la petición, no pudo evitar reír:

—¡Jaja! Ese miedoso va a agradecer tener una niñera en el sótano.