Capítulo 2 Educación universal #4
Aelyn, nerviosa pero decidida, finalmente recordó cómo deshacer el encantamiento. Concentrándose, recitó las palabras necesarias con cuidado, y pronto los efectos comenzaron a disiparse. Edgard seguía tumbado en el suelo, jadeando y con la piel enrojecida como un tomate.
—Lo siento muchísimo, Edgard —murmuró Aelyn, inclinándose a su lado mientras lo observaba con ojos llenos de preocupación—. Ya el hechizo está anulado, pero es probable que te sientas incómodo un rato.
Hizo una pausa, acariciándole el brazo en un gesto tranquilizador, antes de añadir:
—Cuando llegues a casa, prepárate un té de menta. Te ayudará a recuperarte más rápido.
—¡FUISTE TÚ, DUENDE! — bramó Tolmark.
—¡Soy un ELFO! —respondió Elrick en actitud retadora. —Ey, por favor, no lo ataques. Podrías causarle un daño permanente —le suplicó Aelyn—. Él aún no maneja ni es consciente de sus poderes mágicos. Es pequeño y cree que me está defendiendo, pero esta confundida, hablaré con él.
—¡Que no se te ocurra volver a acercarte a mi hermano! —dijo Tolmark, apuntando a Elrick con su dedo índice—. ¡Pídele disculpas!
—le exigió.
—¡Jamás! —vociferó el pequeño.
—Tolmark, déjalo ya, es solo un niño —le pidió Edgard.
—Mi hermanito es imprudente y exaltado—. Su hermana lo tomó de la mano—. Discúlpate.
Elrick se sacudió y avanzó en dirección a la salida del colegio.
—Nunca logro que me obedezca. Hablaré con mamá, lo prometo. Ella se encargará —pidió, y se fue detrás de su hermanito enfurecido.
—Deben enseñarlo a respetar —se quejó Tolmark.
El goblin se volteó con mirada de pocos amigos hacia los estudiantes que los rodeaban y de inmediato todos comenzaron a dispersarse.
— Vamos, hermano, busquemos ese té de menta que te aliviará—. Tolmark sonrió, intentando animarlo—. No dejes que un mocoso te arruine el día. Ya sabes cómo son los elfos...
Edgard sabía que su hermano intentaba ayudar, pero él no podía entenderlo.
—No es justo... — murmuró Edgard en voz baja, mientras caminaba rápido, alejándose de la escuela—. La primera chica que me habla y su familia odia a los humanos...
—¡Vamos, hermano! Mira el lado bueno, ¿has visto cómo te miraba ella? —le dijo Tolmark sonriendo de oreja a oreja, intentando cambiar el tema, mientras corría resoplando detrás de él tropezando
—¡No puedes comprender cómo es para mí! ¡Todos se creen con derecho a burlarse de los humanos porque somos los más débiles! —vociferó Edgard, con su piel roja e hinchada por la agresión—. Tú puedes reírte de todo y vivir feliz solo por ser un goblin, un consentido del universo.
—Al menos con la ira, ya no te ves tan pálido —bromeó Tolmark .
—No es gracioso.
—Ed, te diré algo. Por naturaleza los seres mágicos poseemos poderes, pero los humanos tienen una gran imaginación, siempre admiré eso de ti —le confesó después.
Edgard suspiró antes de alejarse con pasos firmes, sin mirar atrás.
Quería espacio, aire fresco, un respiro de todo.
El bosque lo recibió con ramas susurrantes y un cielo apenas visible tras el denso follaje.
Mientras avanzaba, sentía cómo la rabia se iba desvaneciendo, reemplazada por un frío que no solo venía del entorno.
La calma del lugar era engañosa, casi opresiva, y su respiración nublaba el aire como un eco de su agitación.
No supo cuánto había caminado, ni hacia dónde.
El crujir de la nieve bajo sus botas marcaba el único ritmo en ese silencio absoluto.
Un leve hormigueo recorrió sus manos, hinchadas por el frío o por el hechizo que aún las hacia palpitar.
Se detuvo, buscando señales conocidas, pero el bosque se había convertido en un laberinto monocromático.
Fue entonces cuando un aroma peculiar, distinto al de la nieve o la madera húmeda, le hizo detenerse.
Era el inconfundible olor de algo quemándose.
Siguiendo el rastro, Edgard llegó a un claro.
El suelo cedió bajo sus pies y se encontró al borde de un hoyo profundo, donde velas parpadeaban, resistiendo al viento.
Los cerillos quemados esparcidos a su alrededor lo hicieron pensar en las travesuras de goblins o trolls.
Pero algo no cuadraba. La disposición de las velas no era aleatoria; formaban un patrón, uno que parecía casi deliberado. ¿Una broma o un ritual?
Sus ojos se fijaron en las huellas al otro lado del agujero, largas y pesadas, como de una criatura que había llegado, atraída por el calor.
Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y se dio cuenta de que estaba solo, temerariamente solo.
Se inclinó para apagar las llamas, su respiración acelerada.
Pero mientras cubría el fuego con nieve, el bosque pareció encogerse a su alrededor, cada sombra más profunda y cada sonido más agudo.
Cuando se enderezó, el aire se sintió más denso, cargado de una quietud inquietante. Algo lo observaba, sin lugar a duda lo sentía. Tragó saliva, ajustándose la bufanda con dedos temblorosos. El bosque ya no olía a hogar, sino a advertencia, un recordatorio de lo fácil que sería perderse allí.
Debo volver a casa — pensó, pero sus pies no se movieron. Una risa, suave y susurrante, resonó, y supo que no estaba solo. Con el corazón palpitando en su garganta, corrió.