El eco de los espíritus del bosque Capítulo 2  Educación universal #3
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Capítulo 2  Educación universal #3

—Los humanos tienen una magia distinta, poseen una sensibilidad que muchos seres mágicos no—. Aelyn se mordió el labio—. Aunque adivino, en realidad eres un chico media sangre con predominio humano. ¿Por parte de madre o de padre ?

—Mmm, sí, lo soy —respondió Edgard sonriendo—. De padre…y eso de la sensibilidad suena a debilidad.

—No es así. La sensibilidad es una cualidad necesaria para cambiar el mundo, Edgard —le dijo, sosteniéndole la mirada.

Edgard dio un pequeño brinco, tomado por sorpresa. No esperaba que alguien como ella, tan llena de magia, tuviera una visión de esperanza sobre los humanos.

—¿Tienes poderes? —se interesó Edgard cortes.

—Sí, tengo poderes, pero no se necesita de la magia para impresionar a nadie.

—Por eso piensas así, porque si no lo has notado, en esta escuela todos ostentan habilidades mágicas… —Solo es mi opinión —aclaró Aelyn.

—Lo entiendo, solo deseo que lo veas desde mi posición —sonrió Edgard.

Aelyn tomó una galleta de jengibre del plato cercano y se la ofreció. Sus manos se rozaron y Edgard sintió un leve cosquilleo en la punta de sus dedos.

— ¡Me encanta la navidad! —dejó escapar Edgard con el primer mordisco a la galleta.

—Nuestro secreto, ¡a mí también! —le guiñó un ojo.

—¡Ajá!, te descubrí, también eres media sangre humana —dijo riendo Edgard, aunque sorprendido—. ¿Por parte de padreo madre? —dijo imitando su voz con picardía.

—De padre también. Una familia media sangre, dos hijos con apariencia elfa y uno humana, aunque todos poseemos algún tipo de poder mágico—. Los ojos de Aelyn se entristecieron—. Se separaron y mi hermana de apariencia humana decidió vivir con él, dijo que deseaba protegerlo.

—Eso pasa. Yo viví hasta hace poco con mi abuela. Ella murió y vine aquí con mamá y mi familia —le confesó Edgard.

—Mientras nosotros estuvimos juntos como familia, siempre la celebramos con el árbol, el muñeco de nieve y la botas en la chimenea, esperando los regalos de Santa—. Pero ahora está prohibida en casa. Órdenes de mamá, una elfa estricta.

De pronto, las primeras notas de una melodía navideña llenaron el salón, y Edgard sintió un cálido cosquilleo en el pecho.

Era la canción que su abuela solía entonar cada año, con una sonrisa que ahora parecía reflejarse en él.

Sin pensarlo mucho, comenzó a tararearla, al principio con timidez, mientras sus pies marcaban el ritmo de forma casi inconsciente.

Aelyn lo observaba, y su sonrisa se hacía más amplia al notar cómo Edgard parecía perderse en la música. Él, animado por su mirada, dejó que su voz se elevara un poco más, cantando con más confianza mientras sus pasos tímidos se convertían en un pequeño baile.

Bajo el pino, la luna guía, canta la magia en sintonía.

Cristales brillan, la nieve cae, el corazón jamás se apaga.

Es tiempo de amar, de creer, de soñar, que la luz del mundo nos pueda abrazar. En cada rincón, la magia está, ¡Navidad eterna, aquí vivirá!

—¿Te gustaría bailar? —le preguntó, extendiéndole la mano con un gesto que mezclaba nervios y entusiasmo.

Ella aceptó, y aunque ambos estaban nerviosos y lejos de dominar el baile, la torpeza compartida se convirtió en parte del encanto.

Entre pisotones que arrancaban carcajadas y miradas tímidas que se transformaban en sonrisas cálidas, Edgard sintió cómo la música borraba cualquier otra preocupación.

En ese instante, no importaba quiénes eran o de dónde venían; solo estaban ellos dos, dejándose llevar por el ritmo y la magia de la Navidad .

Poco tiempo después, salieron juntos al pasillo, y cuando llegaron al patio, escucharon el grito de un niño.

—¡Eh, humano! ¡Aléjate de mi hermana! —se escuchó el grito de un elfo de apenas unos nueve años, pero con la lengua afilada como una espada—. Aelyn, ven aquí, él solo traerá problemas ¡Te lo dije!, ¡Nada de andar con humanos en la escuela! Órdenes de mamá.

Antes de que Edgard y Aelyn pudiesen reaccionar, una ráfaga de chispas verdes salió de las manos del pequeño y lo alcanzó. De repente, todo su cuerpo comenzó a picar y, sin control, empezó a saltar de un pie al otro.

—Elrick, ¡elimina el hechizo! —le ordenó Aelyn, horrorizada, llevándose las manos a la boca muy apenada.

—¡No! —se negó el pequeño elfo, riendo a carcajadas—. ¡Se lo merece! Los humanos son seres malos.

Edgard jadeaba sin control, sacudiéndose torpemente hasta que sus pies resbalaron sobre la capa de nieve, y cayó de espaldas con un ruido seco. Quedó tendido, largo y despatarrado, sintiendo el frío del hielo atravesar su ropa.

Alzó la mirada, aturdido, mientras un círculo de estudiantes comenzaba a formarse a su alrededor, destacando entre ellos un rostro familiar, Tolmark. Algunos lo observaban con el ceño fruncido, sus expresiones llenas de preocupación, mientras otros, incapaces de contenerse, se reían a carcajadas.

—¡Por todos los cuervos desplumados! —dijo su hermano, abriéndose paso entre los estudiantes—. ¿Quién te hizo esto? ¡Voy a convertirlo en un saco de pulgas mágicas! — miró a su alrededor dispuesto a contraatacar al agresor de su hermano.