Capítulo 2 Educación universal #2
De repente, sus manos empezaron a hacer un espectáculo propio.
Primero las frotó contra los pantalones, luego intentó organizarlas como si fueran dos serpientes intentando bailar.
¡Y ahí fue cuando la tocó! Sin querer, apenas un roce, pero fue suficiente para hacer que Tolmark se pusiera tan rojo que hasta los copos de nieve parecían brillar más cerca de él.
—¡Ay! —exclamó, mientras daba una risita nerviosa que se convirtió en algo entre tos y estornudo.
Pero lo peor estaba por venir: al intentar saludarla, se le escapó un gallo tan fuerte que las aves cercanas volaron despavoridas — Ya ves, estás...
muy abrigada... ¡Muy abrigada para este clima!
—comentó, mientras veía lo hermosa que le quedaba su bufanda morada.
Bryna levantó una ceja, visiblemente confundida, mientras Tolmark hacía un esfuerzo por sonreír, pero su rostro estaba tan tenso que parecía más bien una mueca de sufrimiento.
—Ah, ¿sí? —dijo Bryna, mirando sus propios guantes y su bufanda.
El muchacho movió los pies de un lado a otro, sin saber qué hacer con tanto espacio vacío que se había creado. Bryna, visiblemente sorprendida por la extraña mezcla de incomodidad y caos de Tolmark, levantó una ceja y luego, con una mezcla de incredulidad y amabilidad, dijo:
—Eh, ¿estás bien?
Tolmark, como si no pudiera resistir más el “verbo de vergüenza”, comenzó a reír sin control, pero una pequeña gota de saliva le cayó por la barbilla, lo que lo hizo frotarse la cara con desesperación.
—Sí, estoy excelente… Ah... ¡quiero decir! Que te... te ves muy bien, quiero decir... ¡eh! —añadió rápidamente, mientras su voz se hacía cada vez más alta, más incomprensible.
—Ah, gracias. Fue un regalo de mi tía, Iriana.
Finalmente, los dos intercambiaron un saludo tan rígido que incluso los golems que pasaban por allí notaron la falta de fluidez.
—Bueno, los dejo —dijo Edgard, intentando contener la risa—. Hoy seguro me toca pasar a la pizarra. ¡Suerte, Tolmark!
Pero antes de que llegará al salón de clases escuchó el murmullo de su hermano.
—¿¡Estás loco!? Casi me matas del susto.
Edgard se giró, encontrándolo con las orejas más rojas que un fuego hechizado por un goblin.
—¡Tranquilízate! —le dijo Edgard comprensivo—. Háblame con naturalidad y no gesticules.
—¿Qué? Ah, bueno sí — se rascó la cabeza—. Ay, no debo hacer esto —dijo bajando la mano—. Es que ella es tan... tan perfecta. Con su largo y sedoso pelo verde con reflejos azul aguamarina y, ¿Has visto cómo brillan sus orejas bajo el sol?
Como... bueno, lo que sea que sea brillante, pero bonito… aah, como dos pequeñas lunas verdes.
Edgard levantó una ceja.
—¿Lunas verdes? Estás más loco de lo que pensaba.
Ahora vete, entra a tu curso y cuando tengas la oportunidad de hablarle a Bryna, coméntale en tono casual que no sabías que yo era amigo de su hermano.
Todavía estás a tiempo de sentarte cerca de ella en clases.
Mira que sacrifiqué mis matemáticas por ti.
Tolmark se golpeó la frente, como si acabara de descubrir la rueda.
—Gracias, Ed, ¡tienes razón! —dijo, antes de salir disparado en dirección al aula de clases en busca de Bryna, tropezando un poco con sus propias botas ligeras mientras intentaba lucir relajado.
¿Tolmark agradeciendo? Eso sí era nuevo. Él era de los que se consideraban merecedores del universo. Apenas Edgard entró al salón cuando la profesora, con mirada severa, lo señaló con un dedo que parecía una vara de juicio inapelable.
—¡Edgard! Eres el último en llegar. Pasa a la pizarra y resuelve el ejercicio —le indicó la profesora.
Edgard se congeló, sintiendo que el mundo caía a sus pies. Tragó saliva tratando de calmar su corazón desenfrenado, mientras se acercaba a uno de los lugares desocupados para dejar su bolso.
Llegó tembloroso hasta la pizarra, las manos sudorosas apretaban la tiza con tal fuerza que la partió en dos.
Se agachó a recoger la parte que cayó al suelo, antes de seguir con su tarea.
Frente a él, la ecuación escrita parecía distorsionarse, sus símbolos deslizándose como sombras, incapaces de tomar forma.
Respiró profundamente, pero su pecho seguía oprimido, y cada intento de escribir algo en el tablero solo lo hacía sentir más perdido, como si estuviera mirando un código incomprensible que se burlaba de su esfuerzo.
Confianza —recordó su propio consejo a Tolmark. Cerró los ojos por un momento, intentando calmar la presión que lo ahogaba. Al abrirlos, se dio la vuelta, dispuesto a rendirse. Fue entonces cuando su mirada se encontró con los de una chica sentada en el primer asiento.
Pertenecían a una joven elfa con largos cabellos rojizos y sonrisa cálida. Tenía la piel clara y vestía una túnica de colores fríos, como si el invierno mismo la hubiera creado. Ella le sonrió y luego moduló con sus carnosos y rojos labios “tú puedes”, dándole ánimos.
Por el cuerpo de Edgard comenzó a recorrer un fuego líquido. Sus mejillas ardían y sus manos palpitaban. Volvió a respirar profundo y un momento de quietud lo envolvió, hasta que un torrente de claridad estalló en su mente, como el tapón de una botella de champán.
La pizarra, antes opaca y desconcertante, ya no parecía amenazante. Ahora era solo un espacio, amplio y abierto, donde las ideas encajaban con naturalidad. La solución, antes elusiva, se desveló sin esfuerzo, como si ya hubiera estado allí todo el tiempo.
—¡Bien hecho!, Edgard —lo felicitó la profesora—. Ejercicio perfectamente resuelto y con explicaciones acertadas. Me alegra ver que has respondido con seguridad.
Durante el recreo, Edgard recibió un panfleto, y al ver lo que decía, sus ojos se iluminaron. No se había enterado antes, y esa sorpresa lo impulsó a dirigirse rápidamente al Salón de Exposiciones.
Edgard no lograba encajar en la diversidad del Sistema de Educación Universal, donde la mayoría de los estudiantes eran media sangre, descendientes de seres mágicos de distintas razas con poderes sobrenaturales o de linaje puro descendientes herederos de una sola raza mágica.
Puros o media sangre, lo cierto es que estudiaba rodeado de seres míticos y/o mágicos que fuera de clases conversaban principalmente sobre sus habilidades extraordinarias o se escondían de los profesores para demostrar o competir entre ellos por el nivel alcanzado sobre sus poderes o virtudes mágicas.
Los seres que destacaban por su apariencia pura o combinada eran zaires (semi-unicornios), orcos, hadas, sátiros, elfos, ninfas del bosque, centauros, golems, goblins, trolls, quimeras, duendes, enanos, gigantes y hasta humanos, pero todos tenían en común que poseían habilidades mágicas.
Con su apariencia humana, sin manifestación de haber desarrollado algún tipo de poder mítico y para colmo, sin otro silfo, a excepción de Tolmark, Edgard no sentía ningún nexo de afinidad en el colegio.
Aunque se consideraba totalmente ajeno a ese mundo, Edgard trataba de pasarla lo mejor posible, por eso se dirigía al Salón de Exposiciones donde cada inicio de diciembre se inauguraba la actividad interactiva “Festividad Navideña”.
Mi mayor deseo en esta época es acercarme lo más posible a lo que la abuela me enseñó, disfrutando de una auténtica Navidad al estilo humano —pensó.
Cuando Edgard entró al, sus ojos se iluminaron y un torpe, pero sincero salto de alegría escapó de su cuerpo.
Las luces doradas bañaban el lugar con un cálido resplandor, y en medio de la decoración, junto al majestuoso pino de Navidad, la vio.
La elfa que estaba en la clase anterior.
Su vestido verde caía suavemente hasta sus botas altas, destacándose entre la multitud.
Tomó una bocanada de aire y avanzó, sus manos comenzando a sudar mientras se las secaba disimuladamente en los bolsillos de su pantalón.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, la joven alzó la mirada, y sus ojos se encontraron.
Edgard no recordaba haber visto una belleza así antes.
Ella movió un mechón de cabello rebelde detrás de su oreja, dejando al descubierto un pequeño colgante con forma de estrella brillando en su lóbulo.
Esa imagen le pareció tan perfecta que su corazón dio un vuelco.
—Hola, parece que aquí se toman muy en serio la Navidad del Rey del Universo —dijo ella con una sonrisa en los labios.
—Así parece —respondió—. Una buena celebración de la Navidad humana en un colegio universal.
Su mirada vagó por el salón, deteniéndose en los detalles. Había algo en la calidez de las luces y la disposición de las decoraciones que le recordaba a la Navidad en casa de su abuela. No era magia, sino esa sensación acogedora de pertenencia, de un lugar al que siempre se quiere regresar.
—Soy Aelyn —dijo, extendiéndole la mano. Su movimiento era tan elegante que Edgard tardó un segundo en reaccionar antes de estrecharla.
—Me llamó Edgard —respondió, sintiendo lo suave que era su piel mientras sus nervios se disparaban. Su voz salió un poco más baja de lo que pretendía, y rápidamente aclaró su garganta—. Encantado.
Ella ladeó la cabeza, con una curiosidad evidente en sus ojos.
—¿Eres nuevo aquí? —preguntó, soltando su mano con un pequeño movimiento que parecía casi calculado para dejarlo con ganas de más.
—Algo menos nuevo que tú, me mudé aquí hace unos meses —respondió. Luego, señaló la malta con chocolate—. ¿Quieres probar? Es tradición…
Aelyn tomó el vaso, observó el líquido y luego dio un gran trago. Se llevó una mano a la boca, fingiendo asombro.
—¡Esto es lo mejor que he probado en mi vida! —exclamó.
Edgard no pudo evitar soltar una carcajada, su risa sincera mezclándose con la de ella. Fue en ese instante, mientras la observaba con el vaso en alto y los ojos brillantes, que supo que quería seguir compartiendo momentos como ese. La conexión entre ellos era inexplicable, pero innegable.
Aelyn lo miró, sus ojos llenos de una chispa de picardía.
—No es tu apariencia humana lo que destaca. Tu energía es... diferente —dijo ella.
—¿Diferente cómo? —preguntó Edgard, intrigado.