El eco de los espíritus del bosque Capítulo 2  Educación universal
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Capítulo 2  Educación universal

A l salir para ir al colegio, Edgard notó la ausencia de Talos, quien siempre los despedía con un gesto amable cada mañana.

Una sonrisa se asomó en su rostro al imaginarlo en “su refugio”, aún atrapado entre las sábanas o disfrutando del desayuno caliente en su enorme sofá, tratando de evitar el frío que tanto detestaba.

Echó un vistazo rápido hacia el fondo del jardín trasero y vio que desde su chimenea brotaba una delgada columna de humo.

Seguro está ahí acurrucado —pensó mirando la cómoda construcción que habitaba el gigante, un cobertizo adaptado a sus necesidades, que había edificado en el solar de la casa de Fulgor y Durk.

De pronto, escuchó el estruendo de su ronquido. No era una exageración. Los resuellos del gigante del valle, como le decían los habitantes del lugar, eran tan fuertes que podían escucharse a bastante distancia. —Un momento —Edgard se detuvo de pronto—. ¡Talos está durmiendo!

—¿Y qué? Si no durmió anoche es su problema —respondió Tolmark.

—¿No lo entiendes? ¡Algo lo mantuvo en vigilia! —le explicó inquieto. Al instante recordó al espíritu y sintió un estremecimiento recorrer su espina dorsal—. Tuvo que sentir o ver algo que lo hizo permanecer en guardia para protegernos.

El corazón de Edgard comenzó a latir con fuerza, ahogando casi por completo el crujido de sus pasos sobre la nieve fresca. El aire, que debería ser puro y revitalizante, le parecía pesado e inquietante. Aquella nevada navideña, en lugar de transmitirle paz, le daba una sensación de peligro latente.

—No seas tonto, Edgard. Lo de anoche fue solo una pesadilla —dijo Tolmark con teatralidad, mientras se dejaba caer, imitando el desmayo de su hermano y soltaba una carcajada estruendosa—. ¿Lo entiendes, Ed? —añadió, sacudiéndose la nieve de la ropa con un movimiento exagerado.

—Solo me tropecé... —murmuró Edgard, frunciendo el ceño.

—Sí, claro, te tropezaste con tu propio miedo. ¡Ja, ja, ja!

Edgard optó por callar. Intentar que Tolmark lo tomara en serio era como discutir con el viento: inútil.

Tolmark siempre había sido el alma espontánea y chispeante que todos adoraban.

Pero para Edgard, ese encanto constante a menudo se tornaba agotador, especialmente cuando él era el blanco de sus bromas.

A los pocos minutos llegaron al borde del bosque, donde comenzaba uno de los caminos que unían el sur y el norte del pueblo.

Un cartel de madera colgado de un travesaño de tronco, que Edgard ya había visto antes, llamó su atención.

Aunque las letras talladas componían un nombre que solía parecerle ridículo, esta vez algo era diferente.

—Mira, Tolmark, la madera... tiene perforaciones, como si alguien hubiera intentado dejar un mensaje. Las marcas no parecen accidentales...

—¡Qué tontería! No les veo un patrón evidente. Son bastante pequeñas, deben ser de aves— comentó Tolmark sin darle importancia.

—A mí me parece inquietante, porque esa madera es fuerte y gruesa, el pico de un ave normal no podría con eso —insistió Edgard.

—O quizás pudiera ser un ave como Pluma, ¿no crees? Te la pasas viendo cosas extrañas—se burló Tolmark.

El sendero era tan angosto al principio que tuvieron que caminar uno detrás del otro. Había nevado durante la noche y el viento helado silbaba entre los troncos, su sonido afilado como un cuchillo deslizándose bajo la piel.

La nieve, acumulada en lo alto, doblaba las extremidades de los árboles hacia ellos, creando arcos oscuros que parecían envolverlos en una trampa.

La luz de la mañana luchaba por abrirse paso, pero quedaba atrapada entre las ramas nudosas, proyectando sombras retorcidas que se movían con cada ráfaga .

Tolmark avanzaba sin una pizca de preocupación, ignorando el inquietante “hechizo” que envolvía el lugar. Un graznido rompió el silencio. Edgard se sobresaltó, clavando la mirada en las sombras que serpenteaban entre los troncos y quiso apurar el paso, pero sus botas se hundían en la nieve.

—¡Vamos, está empezando a nevar otra vez! —lo llamó Tolmark desde unos pasos adelante.

—Es que mis pies se hunden en la nieve —se quejó Edgard.

—¿Piensas quedarte ahí petrificado? —dijo Tolmark regresando unos pasos—. Eso te pasa por usar botas tan pesadas. Tienes que andar a brincos como yo. ¿Ves? Apenitas dejo huellas.

Entonces Edgard notó que las huellas de sus propias botas ¡habían desaparecido!, como si el mismo bosque intentara borrar cualquier rastro de su paso.

—¡No me empujes! —protestó Edgard al sentir los dedos alargados de su hermano en la espalda impulsándolo para moverlo.

—Es que pareces un lirón congelado en plena tormenta —rio Tolmark.

—Yo avanzo más rápido que tú —refutó Edgard, con la voz ahogada por la bufanda que casi le cubría la cara—. Tú vas como una ardilla perdida buscando su nido, de un lado a otro.

—¡Ja! ¿Más rápido? Si te quedas más tiempo ahí, te confundirán con un muñeco de nieve, paliducho, con bufanda y todo.

—Mi bufanda me queda bien. Y no soy paliducho—. Resopló—.

Los humanos no somos verdes.

A medida que avanzaban, el sendero se ensanchaba, revelando un camino más amplio entre los árboles oscuros. Pero el viento helado insistía en colarse entre las capas de ropa de Edgard, recordándole que los inviernos del pueblo donde creció nunca fueron tan crudos como este.

—¡Oh, Ed! No te pongas así —dijo Tolmark—.

Para lo raro que eres, te vistes bastante bien.

Me recuerdas a Talos. ¿Te has fijado que siempre tiene buena pinta?

Aunque no entiendo de dónde consigue camisas para un gigante—.

Soltó una carcajada antes de agregar—. Eso sí, despierto es todo un caballero, pero dormido... ¡ruge como una trompeta desafinada!

—Ja, ja, pero yo no ronco así —respondió Edgard, con una sonrisa leve.

Edgard se concentró en ajustar las orejeras de su gorro. Sin embargo, los guantes, demasiado gruesos dificultaban la tarea. Tolmark, sin notarlo, continuó hablando.

—Talos quizás conquistó a una gigante, ¿y tú? —bromeó Tolmark, con una sonrisa traviesa—. ¿Te arreglas para que te admire quién? ¿El duende que colecciona calcetines sucios o el gnomo que esconde botones?

—¡Cállate, Tolmark! —gruñó Edgard, con las mejillas encendidas—. Me arreglo porque quiero, no porque me importe lo que piensen. Además, deberías aprender a cerrar la boca antes de que tus “bromas” te metan en problemas de verdad.

—¿Problemas? ¡Por favor! Aquí solo estamos nosotros. ¡Mira, Edgard, tu hermano oficialmente perdió la cabeza! —exclamó alzando la voz hacia los árboles, como si esperara respuesta del bosque y se dejó caer en la nieve, moviendo los brazos y las piernas para formar un ángel improvisado.

Edgard suspiró, masajeándose las sienes, pero no pudo evitar que una sonrisa escapara de sus labios. La energía de Tolmark, aunque exasperante, tenía una forma extraña de alegrarle el día.

—Ya, Tolmark, basta de hacer el bobo. Mi primera clase es matemáticas y no me apetece lidiar con la profesora Erilda si llego tarde —dijo mientras echaba un vistazo a su reloj.

—¿Qué? ¡No puedes dejarme aquí tirado! —protestó Tolmark, aún en el suelo.

—A tu profesor seguro que le encantará tu historia sobre duendes y botones cuando le expliques porque llegas después de la hora —respondió Edgard .

Sin replicar, su hermano se incorporó rápidamente y lo siguió, mientras cantaba.

¡Cucharas, piedras y un calcetín! ¡Un mapa roto, un violín sin fin! Todo lo guardo, todo es genial, ¡mi montaña de cosas es espectacular!

Un sombrero que un orco olvidó, lo encontré cuando el viento sopló.

Y una bruja me quiso engañar, ¡le cambié su escoba por un collar!

¡Cuidado! No toques mi tesoro, que aquí todo vale más que el oro.

¡Una tetera, un queso mordido, y un hechizo que nunca he entendido!

Cuando llegaron a la escuela, Tolmark, que hasta ese momento venía jugando con la nieve y tarareando esa absurda canción goblin, se detuvo en seco, como si hubiera pisado un campo de runas pestilentes, esas que los orcos encantan para castigar a los curiosos.

De repente, adoptó un andar firme y confiado, casi exagerado, como si estuviera desfilando frente a un jurado invisible. Con movimientos rápidos, se peinó el cabello con los dedos, dejando un mechón rebelde apuntando al cielo, y sacudió la nieve de su abrigo con la precisión de un sastre obsesivo.

—¿Y ahora qué haces? —preguntó Edgard, conteniendo una sonrisa.

—¿Qué? Nada. Siempre camino así. Es natural —respondió Tolmark, con voz casual pero las orejas encendidas como brasas.

Edgard alzó una ceja mientras veía cómo su hermano daba un vistazo furtivo hacia un grupo cerca de la entrada. Entre ellos, estaba Bryna, un goblin de orejas puntiagudas y sonrisa encantadora que parecía no notar el espectáculo que Tolmark estaba montando.

Cuando Bryna se rio de algo que alguien dijo, Tolmark no dudó en seguir su ejemplo, soltando una risa nerviosa, como si compartieran un chiste privado. Edgard no pudo evitar morderse los labios para contener la carcajada.

Tolmark acaba de crear la guía definitiva de los pasos más torpes que un goblin debería evitar cuando está frente al amor de su vida —pensó, casi imaginando a su hermano anotando cada error en un cuaderno invisible.

Con un andar energético, Edgard se acercó al grupo.

—Hola, Bryna, ¿Oliver ya entró? —saludó, mencionando al hermano de ella, quien, por coincidencia, era uno de los pocos que le hablaban en clase, a pesar de que Edgard recién se había integrado.

—Sí, nadie quiere llegar tarde con la profesora Erilda — respondió Bryna, con su tono melodioso que, al instante, comenzó a tener un efecto hipnótico sobre Tolmark.

—Por cierto, ¿conoces a Tolmark? Creo que van al mismo curso — comentó.

Tolmark, que ya había abierto la boca para decir algo, se quedó mudo.

Su sonrisa pasó de amplia a congelada en una fracción de segundo.

Sus ojos iban de un lado a otro, como si tratara desesperadamente de encontrar el botón de “escapar”.