El eco de los espíritus del bosque Capítulo 1 Un espiral de sombras devoró todo a su alrededor #2
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Capítulo 1 Un espiral de sombras devoró todo a su alrededor #2

Sin apartar la vista de lo que había más allá del cristal de la ventana, se acercó para abrirla. Clavó su mirada hacia el bosque, adentrándose en las sombras entre los árboles, hacia el lugar que le describió Edgard .

El cuerpo de Fulgor vibraba por su fortaleza, con cada músculo prensado por la tensión. Su postura era impecable, erguida, apoyando los pies en el suelo con los talones apenas levantados. El rifle, empuñado con firmeza entre sus manos, apuntando hacia el exterior.

Fulgor observaba el vacío de la noche con la calma de alguien que ha enfrentado muchas tormentas. Su respiración calmada pero profunda. Sabía, sin embargo, que la situación podría volverse peligrosa en cualquier momento.

El tiempo parecía alargarse mientras sus ojos se desplazaban de un lado a otro, registrando cada sombra y movimiento en la distancia. Cuando un destello brilló en la oscuridad, sus dedos apretaron el rifle, sintiendo la fricción del metal en su palma.

Sus músculos, rígidos como cuerdas a punto de romperse, palpitaban por la adrenalina. El viento helado acarició su rostro, y por un instante, la respiración se le aceleró, pero sus manos seguían firmes.

No obstante, después de unos segundos que parecieron eternos, la amenaza resultó ser solo una linterna de keroseno con su luz titilando en la oscuridad y creando sombras engañosas. Quien la portaba era una figura conocida que cortaba ramas semi desprendidas por el viento.

Fulgor exhaló profundamente, el brillo de sus ojos se hizo más tenue, sus músculos se relajaron y su postura se aflojó deslizando el rifle lentamente hasta su hombro.

—Es solo un reflejo —dijo aliviada, mostrando de nuevo su frágil belleza y mágico brillo —. Edgard, ven aquí ahora mismo El joven, aunque estaba asustado, obedeció.

—Asómate y dime qué ves —le dijo con voz contenida y sus ojos azules centellantes como el hielo bajo la luna llena.

—Es el leñador con su saco y su hacha —respondió Edgard casi sin aliento .

En efecto, cerca de la ladera del bosque el único movimiento que se observaba era el del señor Leo, cortando ramas rotas de los árboles que luego transformaba en leños de chimenea y pequeñas motas de nieve que caían suavemente sobre el hielo.

Desde que se mudó a casa de su madre, asociaba al leñador con Papá Noel, porque también vestía trajes coloridos con grandes cinturones o elásticas para sujetar sus pantalones y más durante el invierno, porque los combinaba con gorro, bufanda, guantes y botas negras de cuero.

—¿Y Leo se parece a un espíritu? —le preguntó Fulgor a su hijo mayor.

—No, mamá, pero cuando me asomé por la ventana y vi al espíritu, el señor Leo no estaba allí, lo juro —respondió, sabiendo tanto como Tolmark lo que significaba su madre enojada.

—Hijo, sé que este ambiente mágico te asusta, porque no sabes que esperar —le dijo comprensiva Fulgor—. Pero para sobrevivir en situaciones adversas debes aprender a controlarte.

Edgard intentó explicarle una vez más lo que había visto y sufrido, y al terminar le aseguró que Pluma lo había protegido con un hechizo—. ¿Verdad, Pluma?

—Hijo, creo que tuviste una pesadilla, lo entiendo —sugirió Fulgor—. Quizás es porque te alteran esos videojuegos.  Y bueno paso a mayores por la broma pesada de tu hermano —opinó.

—No quise que te desmayarás —comentó Tolmark.

—¡No me desmayé! Tropecé y me caí —protestó Edgard, cruzándose de brazos y lanzando una mirada fulminante a Tolmark.

—Claro, claro... ¿Y tus gritos eran un “mantra de guerrero”?

—Tolmark soltó una risa, apoyándose contra el marco de la ventana—.

Porque si a los espíritus les gusta el terror y no estaban en este plano, con esos alaridos los invocaste a todos.

—¡Tolmark, yo no grité así! —bufó Edgard—.

¡Y, además, fuiste tú quien me agarró del brazo!

Si no lo hubieras hecho, no habría pasado nada.

—¡Por favor! Solo trataba de enseñarte algo de carácter—. Tolmark levantó las manos, fingiendo inocencia.

Edgard lo miró por un momento, con la sensación de que su madre y su hermano podrían tener algo de razón. Tal vez debía empezar a acostumbrarse a la diversidad de seres y poderes existentes en esa comunidad y los peligros que venían con ella. No tenía otra opción.

—Espera, ¿esto que tengo en mi cabello es baba de goblin? —preguntó dudoso Edgard al tocarse la parte de atrás de la cabeza.

—Es espuma —respondió Pluma—. O eso dijo Tolmark — concluyó dudosa.

—De pronto las dos cosas ¿y si se me escapo un poco de baba cuando me carcajeaba—? El goblin se encogió de hombros.

—Voy a lavarme…

—Espera, Ed, ven que te ayudo —le dijo su madre, mientras buscaba en el armario unas toallas húmedas y se acercaba a limpiarlo con dulzura.

En ese momento, Edgard se perdió en sus pensamientos. Lo único que compartía con Tolmark era el color marrón de su cabello y el amor por su madre.

Se esforzaba por entender su carácter y adaptarse a sus costumbres, intentando integrarse en la dinámica familiar.

Sin embargo, Tolmark no se lo hacía fácil.

No era solo su actitud distante, sino el hecho de ignorarlo deliberadamente e, incluso, parecer avergonzado de su presencia frente a su grupo de amigos.

—Hermano, te la pasas pegado a esa pantalla todo el día, jugando a ser un hechicero virtual, pero mira, tienes magia alrededor —le dijo Tolmark, sonriendo de lado—. ¿No crees que es hora de vivir algo de aventura real?

—Edgard, tal vez deberías relacionarte más con tus compañeros del colegio. Tu hermano puede ayudarte con eso —sugirió Fulgor procurando ayudar en la adaptación de su hijo.

—También podemos dar paseos por el bosque o los alrededores del pueblo y presentarte a algunos vecinos contemporáneos contigo —se ofreció Pluma.

—Excelente idea —se alegró Fulgor—. También cuentas con Durk y conmigo.

—Piénsalo, Edgard. Siendo hijo de mamá, quizás hasta tengas alguna virtud especial que mantienes encerrada — dijo en tono de broma.

Ese último comentario le dolió. Al escucharlo, sintió que la distancia entre él y su hermano era tan abismal como cabría esperar entre un humano y un goblin. Los constantes comentarios burlones de su padrastro no solo no ayudaban, sino que parecían reforzar la actitud fría de su hermano hacia él.

—Tolmark… No abrumes a tu hermano con eso de los poderes, se dan casos… —intervino Fulgor, cortando la conversación.

—Ahora, duerman. Hablaremos de esto mañana, cuando regresen del colegio —susurró Fulgor asegurándose de que ambos estuvieran arropados en sus camas, después apagó la luz de la habitación.

Pluma se despidió y salió volando para acurrucarse en su cálido nido, construido entre los grandes alfeizares superior e inferior de la ventana de la habitación de los muchachos.

Un nicho perfecto que la resguardaba de los embates del tiempo y Fulgor salió del dormitorio y cerró la puerta en silencio.

Edgard se volteó hacia la pared para intentar conciliar el sueño. Sin importar lo sucedido. Ya era de madrugada y, al fin, diciembre había llegado, ¡Bienvenido el mes de la Navidad! —pensó antes de que el sueño lo venciera.

Ya en el pasillo, dejó salir el aire contenido en sus pulmones. Pluma la había mirado a los ojos antes de irse, afirmando que la narrativa de Edgard estaba relacionada en algún punto con las sombras.

La historia podría repetirse, porque Edgard era solo un humano como su padre sin manifestación de ningún tipo de poder espiritual que pudiera brindarle protección en Ravenpine, un pueblo lleno de esplendorosos encantos, pero también de colosales desafíos, quizás no tan puros…