El eco de los espíritus del bosque Capítulo 1 Un espiral de sombras devoró todo a su alrededor
2%
El eco de los espíritus del bosque

El eco de los espíritus del bosque

Por July Camacho

© inepub.com

Capítulo 1 Un espiral de sombras devoró todo a su alrededor

S e despertó sobresaltado. El temblor comenzó lento, como si el mismo bosque tratara de colarse por las paredes de su habitación.

Su cama se sacudía, pero Edgard estaba seguro de que no se trataba de un desastre natural, él creía que esa energía no provenía de la tierra, sino de los espíritus.

Su madre siempre decía que era cosa de humanos temerle a los “espíritus”.

Se quedó petrificado, observando su entorno, con el corazón martillándole en el pecho y sudando por el terror.

¡No puedo ser un cobarde! —trató de darse ánimos. ¡Podríamos estar en peligro! —repetía su mente en alerta, sintiendo la urgencia como un zumbido en sus oídos. Tomó un impulso valeroso y se incorporó.

La nevada había ocasionado una falla eléctrica y todo parecía sumido en una completa oscuridad. Decidido a salvar a su familia, encendió la linterna de su teléfono y avanzó temblando hacia la cama de su hermano Tolmark, que estaba al lado, notando que dormía plácidamente.

Observó a su alrededor y todo se veía en calma, aunque sus sentidos le alertaban que la situación no era normal. ¡Debo avisar a mamá! —se dijo con la mente más despejada, pero aún en estado de alerta.

Caminó hacia la puerta, abrió el picaporte y se aventuró por el pasillo hasta la habitación de su madre. Pegó la oreja en la puerta y no escuchó ruidos. Que ella estuviese durmiendo alivió su preocupación y decidió desandar sus pasos.

¿Tuve una pesadilla? —se preguntó Edgard mientras regresaba a su cama. Se acostó y arropó dispuesto a dormirse.  Al mirar por la ventana hacia la distancia, algo llamó su atención ¡los faroles del camino estaban encendidos!

Se levantó de nuevo a mirar a través del cristal.

¡Su casa era lo único que no tenía luz! Algo andaba mal, porque siempre que había fallas de electricidad debido a las nevadas o vientos huracanados toda la zona quedaba a oscuras.

Una sensación de frío caló sus huesos recorriendo su columna hasta impactar en su nuca.

Entonces lo vio y sus pupilas se dilataron al máximo, mientras su boca se secaba.

Al borde del bosque, había un ente siniestro que se acercaba hacia la seguridad de su hogar, entre la espesa niebla, donde la oscuridad se confundía con la bruma.

Edgard estaba seguro de que no era un animal, incluso, parecía humano, pero vibraba con una intensa energía sobrenatural.

—¡Un espíritu! —exclamó Edgard con un eco de terror.

La tensión en sus piernas, que lo había mantenido en vilo, lo hacía huir hacia su cama. Dio solo unos pasos cuando un eco reverberó junto a él, helándole la sangre.

—“Soy la oscuridad. Si entorpeces mis deseos, vendré a llevarte a las profundidades del inframundo” Ja, Ja, Ja… —. La carcajada macabra resonó justo detrás de la nuca de Edgard, mientras unos dedos largos y fríos se cerraban sobre su brazo y unas garras rasguñaban su piel.

—¡EL ESPÍRITU OSCURO HA VENIDO POR MÍ—! Edgard liberó todo el aire que había quedado atrapado en sus pulmones por el susto y soltó un grito desgarrador—. ¡AHHH!, ¡AHHHHH!

Edgard levantó la mirada hacia la ventana, esperanzado en que Pluma vendría en su rescate, pero solo logró distinguir una sombra demoníaca a contraluz que se deslizaba dentro de una aureola de luz sobre la pared.

Apenas notó su cabeza coronada en picos, cuando sintió que una sustancia pegajosa se deslizaba por su cuello .

Instintivamente trató de limpiarse con la mano y sus dedos quedaron embarrados y escurriendo una baba repulsiva. Cerró los ojos, aterrado, esperando el mordisco que le arrancaría la cabeza.  Su aliento agitado formaba fantasmas de vapor frente a él, pero pronto incluso eso desapareció.

Sabía que un humano sin poderes no podría vivir en un territorio mágico —pensó. La vista se le nubló, las piernas cedieron, y un espiral de sombras devoró todo a su alrededor. No supo más de sí mismo.

—¡“MAGISK LYS”! —graznó Pluma entrando a la oscura habitación e invocando uno de sus poderes.

En ese momento regresó la electricidad y se encendieron las luces del porche y de su mesa de noche. Pluma emitió un graznido agudo al ver a Edgard tirado sobre el piso.

—¿Qué está pasando—? Fulgor entró “volando” a gran velocidad—. ¿Qué fue todo ese escándalo?

—No lo sé. Acabo de llegar —graznó Pluma todavía asustada—. Entré y todo estaba oscuro. Utilicé mi poder luminoso y lo encontré ahí tirado.

Tolmark, que estaba agachado junto a Edgard, se levantó para darle paso a ellas.

Caminó rápidamente hacia el extremo de la habitación, pasando delante de su lámpara de noche.

Su gigantesca sombra de orejas largas y puntiagudas se proyectó sobre la pared, haciéndolo sonreír imaginando lo que su hermano mayor creyó ver.

Si, Tolmark era el hermano menor de Edgard, un goblin de piel verde con un tono cálido, uno muy travieso. Se rasco la cabeza mientras comenzaba a explicar lo sucedido.

—Estoy esperando, Tolmark —dijo Fulgor con voz severa después de comprobar que lo de su hijo mayor era solo un desmayo por pánico.

—Bueno, mamá, eh… no es lo que parece —dijo cruzando las manos tras la espalda—. Es que Edgard empezó a gritar que había visto un espíritu y… le jugué una broma,

algo pequeño, ¡te lo juro!

—¡¿Un espíritu?! —Fulgor alzó una ceja, con los brazos en jarra—. Tolmark… —dijo mientras inspeccionaba las manos de su hijo manchadas de una sustancia verdosa.

— Mamá, te lo juro, fue totalmente inocente Eso es solo un poco de crema espumosa—. Intentó disminuir el drama—. Creo que vio mi sombra en la pared y de repente grito como un loco, puso los ojos en blanco y... ¡puf! —hizo un ademán con las manos—. ¡Se desplomó! No me lo esperaba, de verdad.

—¿Y qué esperabas? ¿Que se riera? —repitió Fulgor, cruzándose de brazos mientras su aura brillaba con un destello más intenso.

—¡No, pero escúchame, por favor! —La interrumpió rápidamente, señalando con ambas manos hacia Edgard—. Yo solo quería demostrarle que es muy tonto asustándose por nada, mamá. ¡Míralo ahora mismo! Parece que está soñando con unicornios zombis o algo así.

—Tolmark... —. Fulgor se frotó las sienes para calmarse.

—¡Espera! —levantó un dedo, interrumpiéndola otra vez—. Papá también lo piensa, dice que él es un miedoso porque tú lo consientes demasiado.

—¿Eso dice tu padre…? —Fulgor entrecerró los ojos, intentando frenar el resplandor que surgió de ellos, como una centella furiosa, mientras agitaba sus alas traslúcidas para acercarse a su hijo mayor.

—No quise delatar a papá... No le digas—. Tolmark intentó reír, pero su voz salió temblorosa al ver el ceño fruncido de su madre—. ¡Oye, no dispares al mensajero!

—Tolmark, no es gracioso—. Fulgor acarició el cabello de Edgard tendido en el suelo—. ¿Por qué nunca piensas en los demás? Sabes que tu hermano está intentando familiarizarse con nuestro estilo de vida y las circunstancias que se le van presentando en este lugar.

—Mamá, ¡es él quien no puede controlarse! —protestó Tolmark, señalando el desastre en la habitación—. ¿Yo qué culpa tengo de que grite, haga karate tumbando repisas y de paso se desmaye—?  Suspiró— ¡Han criado a un cobarde!

—Tolmark, en serio. Eres tú quien debería apoyarlo — le dijo Fulgor cerrando los ojos y respirando profundo, como si buscara paciencia en un lugar muy lejano—.

¿Has pensado qué harías tú si te tocara irte a vivir con él y su abuela rodeado de humanos?

Seguramente él te haría sentir en casa. Así que deja de hablar y de culpar hasta al viento por esto.

—Vale, entendido —dijo al ver moverse a su hermano—.

Me callo... por ahora.

—Mamá —balbució Edgard abriendo sus ojos.

—Hijo, ¿estás bien—? Le preguntó preocupada.

—Sí, mamá —le aseguró Edgard—. ¿Tolmark está bien?

—Sí, Ed. Tu hermano está perfectamente bien. ¿Qué te sucedió? —preguntó su madre.

—Vi un espíritu en el bosque y después entró a la habitación —le aseguró su hijo.

—Lo que pasó aquí adentro fue el gracioso de tu hermano que te asustó aprovechando la oscuridad. Se valió de espuma y de su reflejo en la pared con la luz de su teléfono —le aclaró su madre—. Pero lo que viste en el bosque puede ser algo diferente. ¿estás realmente seguro de que no fue un sueño?

—Sí —respondió Edgard sin vacilar.

—¡Oh, no es posible—! Se alarmó Fulgor, saliendo apresuradamente hacia su habitación.

Edgard se levantó y corrió hasta la ventana. Se estrujó los ojos y volvió a ver al horizonte, no quedaba ni rastro de lo que vio.

—Edgard, vuelve acá —graznó Pluma alterada—. Es peligroso asomarse cuando hay intrusos afuera—. Lo protegió con sus alas y lo llevó hasta su cama.

—Tú lo viste, Pluma, ¿verdad? — le preguntó Edgard frenético respirando tan rápido que comenzaba a marearse.

—No, Ed, cuando te oí gritar estaba dormida en mi cálido nido —graznó triste Pluma, porque sabía cuánto le afectaba—. La ventana estaba cerrada por dentro y tuve que entrar por la puerta para mascotas. Volé tan rápido que no me detuve a mirar.

—Mamá no me creerá, Pluma. Pensará que es un sueño o mi imaginación —susurró derrotado—. Todos en esta casa suponen que, como soy humano y no tengo poderes, me invento cosas porque me asusto y no quiero estar solo.

—Yo sí creo que algo te está afectando y quiero ayudarte — graznó el ave con afecto—. Juntos lo averiguaremos. Palabra de corneja.

—Una corneja extraña, ¿sabes? —murmuró Edgard abrazándola. En efecto, era una corneja mágica, un ave negra cuyo graznido tenía su encanto.

—Quisiera regresar el tiempo y que mi abuela viviera, porque no me acostumbró a vivir aquí —susurró para sí mismo.

Fulgor ​ regresó a la habitación volando ​ con sus alas extendidas que emitían un leve zumbido al agitarse.

Venía con su rifle etéreo que se iluminaba cuando ella lo portaba, un arma delicada y letal con una empuñadura que se adaptaba perfectamente a la palma de su mano, con un cañón oscuro y pulido de obsidiana que estaba

rodeado de inscripciones que brillaban tenuemente con la misma luz que sus ojos.