El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 30 Natalia
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Capítulo 30 Natalia

«Le informamos que, debido a una orden ejecutiva y al proceso de reorganización de nuestros bancos genéticos, los ovocitos anteriormente almacenados a su nombre fueron descartados de acuerdo con el protocolo general.

Lamentamos cualquier inconveniente o malestar que esta notificación pueda causarle… »

Las palabras flotaban sobre la pantalla, asépticas y ajenas a la vida que representaban.

Natalia las leyó una vez. Luego otra. Era solo la profunda constatación de un hecho.

Su nueva realidad. Lo había sabido, desde que decidió no ceder al chantaje.

Bloqueó el teléfono y lo dejó encima de la mesa de noche.

Se llevó las manos al regazo, suspendida en el silencio del amanecer.

La quietud solo reflejaba la ausencia de algo de lo que ya se había despedido mucho antes.

«Podría llorar». Sería lógico, incluso esperado. Pero las lágrimas habían quedado atrás, así que respiró hondo.

—Ya está —murmuró para sí misma.

El futuro siempre es incierto y solo se puede controlar el presente.

¿La decisión la había cambiado? No. Seguía siendo la misma.

La maternidad, o la ausencia de ella, no la definiría nunca y, aunque la pérdida era real, la herida no sangraba.

Solo le quedaba la cicatriz, ese recordatorio que acompaña a las despedidas inevitables.

Natalia permaneció un largo rato de pie frente al espejo antes de prepararse para el trabajo, mientras el amanecer terminaba de colorear las calles.

La claridad avanzaba despacio, empujando las sombras hasta los rincones, demostrando que la luz siempre llega a todas partes, aunque a veces tarde.

No podía dejar de pensar en él. En Matías.

En su nombre, que seguía provocando una vibración dentro de su pecho cuando lo pronunciaba.

Sentía una nostalgia profunda por lo que había quedado inconcluso entre ellos.

Una historia que no fue, pero que le había recordado partes de sí misma que ella había mantenido escondidas demasiado tiempo.

No era justo lo que le había dicho al terminar.

Volvió sobre sus pasos, tomó el teléfono y lo desbloqueó.

Podía ignorar todo, incluso podría seguir adelante sin mirar atrás y ahorrarse ese momento.

Pero no sería justo con ninguno de los dos, ni con lo que podían haber sido.

Abrió la ventana de mensajes. No tenía su chat eliminado; simplemente lo había dejado dormir allí, congelado en la última conversación.

A veces releía los mensajes, extrañándolo con más fuerza de la que imaginó. Respiró hondo y comenzó a escribir.

«Matías, he pensado mucho si escribirte o no, y creo que lo correcto es hacerlo. Te debo una disculpa y no sé por dónde empezar, así que lo diré directamente: lo siento mucho. Merecías más que las palabras duras que te dije. Espero que algún día puedas perdonarme».

El botón de «Enviar» brillaba bajo su dedo y, aunque creyó que no podría tocarlo, para su sorpresa, lo presionó sin dudar.

La pantalla volvió a la calma. El sol había terminado de asomarse del todo, iluminando su habitación con un brillo tibio.

Natalia dejó el teléfono en el mismo lugar, esta vez sin sentir que dejaba algo pendiente.

La oficina estaba casi vacía cuando llegó.

Las luces del pasillo seguían en modo nocturno, apenas iluminando las paredes con un resplandor azul suave.

Atravesó el torniquete usando su tarjeta y, esta vez, el pitido de acceso no la irritó.

La rutina era un consuelo después de las últimas semanas.

Al entrar en su cubículo, acomodó su bolso y encendió el monitor.

El sistema tardó unos segundos en iniciarse, suficientes para que ella respirara y acomodara su silla.

Miró el escritorio y lo encontró limpio y ordenado, sin los post-it arrugados y las tazas vacías de café que se acumulaban cuando no tenía cabeza para nada.

Lo había organizado la tarde anterior, en un impulso que le resultó liberador.

Era la primera mañana en muchos días en la que se sentía…

funcional. No estaba particularmente feliz, pero sí era dueña de sí misma.

Aunque no había tenido noticias de Matías.

Ella no esperaba una respuesta, pero no podía negarse a sí misma que habría estado bien recibirla.

Sin embargo, lo más prudente era cerrar ese capítulo de su vida para siempre, justo como prometió que haría.

Abrió la hoja de cálculo con los informes de seguimiento del último proyecto que revisaba.

Durante días había postergado actualizar ese documento, pero hoy estaba convencida de poder enfocarse.

Mientras revisaba los parámetros, detectó un error en uno de los reportes del equipo de campo.

En otro momento, ese tipo de fallas la habría irritado, poniéndola en un estado de sobreanálisis, preguntándose si estaba perdiendo el control de su propio trabajo. Ese día solo hizo el ajuste.

Unos pasos se acercaron desde el pasillo, indicándole que ya no estaba sola.

—Buenos días, Natalia —era Santa, con un café en la mano y una mirada extraña en el rostro. Él sospechaba que ella no estaba del todo bien.

—Buenos días —respondió Natalia con una sonrisa, girando la silla en su dirección.

Santa la examinó con la mirada, buscando rastros del derrumbe que había percibido semanas atrás.

—Te ves diferente —comentó después de su análisis—. Más… tranquila.

—Estoy bien —dijo Natalia, sin tener que esforzarse por sonar convincente.

Santa le tendió la taza de café y asintió.

—Si necesitas algo, por favor, avísame.

—Gracias. Lo haré.

Su jefe asintió una vez más y se fue. Ella se quedó allí, con la taza entre los dedos y una enorme gratitud en el pecho.

El flujo de trabajo avanzó con una rapidez que casi había olvidado.

Su mente no saltaba todo el tiempo a pensamientos intrusivos.

Había espacio y quietud, aunque cada tanto la memoria le traía la imagen de Matías.

El color verde intenso de sus ojos, el tacto de sus dedos sobre su piel, su sonrisa…

Pero ella dejaba que esos pensamientos se alejaran flotando.

Podía reconocer que sentía por él más de lo que nunca admitió en voz alta, incluso a sí misma.

Todo lo que vivieron fue real, y ahora los recuerdos eran suyos, para saborearlos hasta que pasaran.

Porque la vida siempre, siempre, sigue adelante.

Cuando salió de la oficina tenía el cansancio prendido a los hombros y la mente dispersa en su lista de pendientes que no había terminado de ordenar, pero estaba contenta. El aire de la tarde era cálido, y pensó que era un momento perfecto para disfrutar de una copa de vino desde su balcón.

Entonces lo vio.

Matías estaba apoyado junto a la entrada de su edificio, vestido con una camisa blanca, sin chaqueta y sosteniendo un ramo de flores que desentonaba con la sobriedad de la acera.

No miraba el teléfono, aunque parecía un poco impaciente.

El corazón de Natalia dio un vuelco y se le cortó la respiración.

Durante una fracción de segundo pensó que se trataba de una de esas trampas de la nostalgia que el cuerpo fabrica cuando todavía no ha aprendido a soltar del todo.

Pero él levantó la vista, la miró directamente a los ojos y sonrió con una expresión tan hermosa que le aflojó las rodillas.

—Matías… —murmuró sin aire, deteniéndose a pocos pasos de él.

La sorpresa genuina inundaba su voz.

—Hola —respondió él, avanzando un paso hacia ella y dejando que su aroma la envolviera—. No estaba del todo seguro si llegarías a esta hora, pero quería intentarlo.

Natalia observó las flores y sintió una oleada de emociones contradictorias.

—Viniste.

—Te lo prometí.

Le tendió el ramo y Natalia dudó antes de aceptarlo con una sonrisa, mientras su corazón latía acelerado en su pecho.

—No esperaba… —comenzó ella—. Pensé que… —se interrumpió, negando con la cabeza—. Da igual.

—No da igual —replicó él—. Recibí tu mensaje esta mañana, cuando ya había aterrizado. Hay cosas importantes que necesitamos hablar.

Natalia lo observó con atención, expuesto ante ella y con la vulnerabilidad a flor de piel.

Asintió antes de indicarle con un gesto que la siguiera hasta su apartamento.

Podían compartir esa copa de vino en el balcón, la misma en la que había pensado antes, y hablar con tranquilidad.

El apartamento estaba en penumbras; solo entraba la luz dorada del atardecer por la ventana.

Dejó el bolso sobre el sofá y se giró hacia él. Matías permaneció de pie en el umbral.

—¿Vino? —preguntó ella, rompiendo el silencio.

—Por supuesto.

Se dirigió a la cocina, descorchó la botella y sirvió dos copas, antes de tenderle una y salir al balcón. La ciudad comenzaba a encenderse abajo, ajena a ellos. Natalia apoyó los antebrazos en la baranda, dio un sorbo y esperó.

—Estoy al tanto de todo —empezó él, ignorando por completo el vino, con la copa entre los dedos—. Lamento lo que has pasado por mi culpa. Lo que hizo mi padre es imperdonable. Sé que te colocó en una posición imposible… y lamento aún más no haber sabido protegerte de eso.

Natalia giró el rostro para mirarlo de frente.

—Matías, no es tu culpa. No tienes que cargar con todo. Tu padre tomó decisiones que no te pertenecen. Y yo hice lo que pude con lo que tenía.

—Lo que te hizo fue cruel y no tiene perdón —replicó él—.

Creyó que podía decidir por ambos, como si no importaras, y me redujo a alguien que necesita ser corregido.

—Había una expresión de tristeza infinita en sus ojos—.

No estoy dispuesto a aceptar eso, porque perdiste lo que más deseabas y yo no sé cómo devolvértelo.

Natalia sintió que las lágrimas amenazaban con escapar. La vulnerabilidad de Matías la enfrentaba a una faceta de él que no había previsto.

—Tienes razón al decir que eso fue alguna vez lo más importante para mí.

—Caminó un paso hacia él—. Pero ya no. De hecho, no lo es desde hace un tiempo.

Me estaba aferrando a un intento de seguridad sin sentido.

—Suspiró, interrumpiéndose y desviando la vista hacia el paisaje antes de continuar—.

Ahora puedo verlo con claridad. Lo que perdemos no nos define.

—Volvió su mirada a él y ladeó la cabeza—.

Pero aquella es tu vida, todo lo que conoces y a lo que tienes derecho. ¿Qué vas a hacer ahora?

Matías sostuvo su mirada y levantó una mano, como si fuese a acariciarle el cabello, pero se detuvo antes, retrocediendo. El corazón de Natalia palpitó con fuerza en su pecho, y ella deseó que él hubiera completado el gesto.

—Lo único que no hice antes: vivir con las consecuencias de mis decisiones, aunque no sean fáciles y no me garanticen nada.

Ella contuvo el aliento, deseando tocarlo, decirle que estaba bien y que lo acompañaría en el camino si él lo deseaba, pero se contuvo.

—Eso suena aterrador.

—Lo es —concedió él—. Pero también es lo primero que se parece a la paz.

Natalia esbozó una sonrisa. Matías dio un pequeño paso en su dirección, invadiendo su espacio. Ella levantó la mirada para enfocar sus ojos.

—Lo que pasó entre nosotros no fue un error —continuó él—. Fue lo más honesto que me ha ocurrido nunca. Y perderte… —tragó saliva— me dejó claro algo que no supe nombrar antes.

Ella contuvo a duras penas el temblor de sus dedos. Creyó que la copa de vino se resbalaría de su agarre.

—Estoy enamorado de ti, Natalia.

El mundo pareció reducirse a ese balcón.

—No vine a pedirte nada —continuó Matías—. Solo a decírtelo. Porque no quería que lo último que recordaras de mí fuera el silencio.

Natalia respiró hondo antes de responder de la única forma capaz de igualar la intensidad de su confesión: se puso de puntillas y lo besó. Matías la rodeó con los brazos con fuerza; ambos evitaron a duras penas que la copa de vino terminara destrozada.

—¿Me quieres… de verdad? —preguntó Natalia sobre sus labios.

Matías se separó un poco para mirarla a los ojos y alzó una mano, apartándole un mechón de cabello del rostro antes de responder.

—Te quiero, Natalia.

—Yo también te quiero.

Matías sonrió antes de besarla de nuevo, despacio, como la confirmación de un hecho más que como una promesa.

—Te prometí que regresaría y estoy aquí. Para quedarme, si es lo que quieres.

Ella sonrió contra sus labios, entendiendo que no siempre se gana recuperando lo perdido. A veces, basta con encontrar lo que importa.