El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Epílogo Matías
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Epílogo Matías

Cuando Matías llegó al apartamento, Natalia seguía trabajando.

La encontró en la mesa del comedor con el portátil abierto, varios planos extendidos y una libreta llena de anotaciones escritas con esa letra desordenada que siempre lo hacía pensar que, si alguien pudiera ver cómo organizaba las ideas, entendería por qué era tan buena en lo que hacía.

Su cerebro procesaba todo a una velocidad impresionante.

Habían inaugurado su propia empresa de diseño y estaban felices, porque el trabajo marchaba viento en popa.

Ella tenía una taza de café a medio terminar a un lado y levantó la vista al verlo. «Esos ojazos».

—Llegaste tarde.

Matías dejó las llaves sobre el mueble de la entrada y avanzó para besarle la coronilla. Ella le sonrió con calidez y buscó sus labios.

—Perdí la noción del tiempo —murmuró él sobre su boca.

Ella se alejó para mirarlo a los ojos con el ceño fruncido.

—Y también se te olvidó escribirme para avisar.

Matías sonrió un poco.

—También. Lo siento.

Natalia cerró el portátil y se levantó, enfrentándolo.

—La cena está lista. No pude esperarte porque tenía hambre.

Hace unos años habría pensado que aquello era una señal de distancia, pero ahora entendía que era exactamente lo contrario. Era confianza construida día tras día, saber que uno podía llegar tarde y el otro seguiría con su día. Matías se acercó, rodeando su cintura con las manos.

—¿Habrá postre? —preguntó, dejando un beso suave en su cuello.

—Eso depende de ti.

—¿Recibiste los resultados?

Ella asintió.

—¿Y? ¿Cómo salió?

Natalia tenía esa expresión que él había aprendido a reconocer en ella cuando estaba intentando ordenar algo antes de decirlo en voz alta.

—La reserva sigue baja.

Matías sostuvo su mirada, con un nudo apretándose en su garganta.

—Pero no tanto como pensaban.

Él soltó el aire que estaba conteniendo. Entonces ella sonrió un poco y lo miró a los ojos.

—No estoy entrando en una menopausia prematura todavía. La doctora dice que sí hay disminución, pero que todavía tengo posibilidades reales.

—¿Posibilidades reales? —preguntó él con una sonrisa enorme—. ¿De verdad?

Ella asintió.

—Y estoy ovulando.

Él la miró y Natalia soltó una carcajada.

—Suena menos romántico de lo que pensé cuando se dice así.

Matías no respondió. Pensó en todas las veces que había dicho que no importaba, que estaba bien. Pero él se preguntaba si alguna vez había dejado de dolerle o si solo había aprendido a aceptarlo y continuar.

—La doctora dijo que, si queríamos… podíamos intentarlo de forma natural durante un tiempo antes de considerar cualquier otra cosa.

Él apoyó su barbilla en la coronilla de ella.

—¿Qué quieres tú?

—No lo sé. Supongo que hace años quería un hijo porque sentía que era el siguiente paso. Después dejé de quererlo porque pensé que no podría tenerlos y al final entendí que ser madre no cambia todo lo demás que sí soy. Ahora no estoy segura de lo que quiero.

Hizo una pausa y levantó la mirada para encontrar sus ojos.

—Me gustaría que lo que hagamos sea porque nosotros lo elegimos. No porque estemos corriendo detrás de una fecha o intentando recuperar algo.

Matías se quedó en silencio. Ellos ya formaban una familia, así como estaban, y lo que le había dicho muchos meses atrás, cuando regresó por ella, seguía siendo cierto.

Era suficiente con lo que tenían juntos, aunque ahora, la idea de tener un hijo con ella, un pequeño ser humano que heredara sus ojos y su dulzura, abría una nueva gama de posibilidades que lo asustaba y emocionaba a la vez.

—Entonces… ¿qué hacemos?

Ella lo observó antes de encogerse de hombros.

—Nada extraordinario. Vivimos. Y si queremos… lo intentamos.

Él sonrió.

—Me encantaría intentarlo.

Natalia sostuvo su mirada un poco más antes de responder con una sonrisa que le iluminó los ojos.

—Sí. Pero te aviso que ahora tengo una aplicación que me dice cosas muy poco románticas sobre mis ovarios.

Matías soltó una risa y ella sonrió también.

—Entonces, señorita Osorio, podemos empezar en la ducha, ¿te parece?

Era mucho más tarde cuando el celular de Matías comenzó a vibrar con insistencia sobre la mesita de noche. Natalia dormía, tranquila, a su lado. Miró la pantalla, somnoliento, y frunció el ceño al leer el nombre. «Gael».

—Hola.

Del otro lado hubo una pausa.

—¿Estás ocupado?

—¿Dormir cuenta?

—No especialmente. —Hizo una pausa, en la que Matías escuchó su respiración del otro lado de la línea—. Tengo que hablarte sobre tu padre.

—¿Qué pasa con él?

—Estaba revisando unos papeles viejos que mi madre había escondido en una pequeña caja fuerte que encontré hace poco. En fin, una cosa llevó a la otra y descubrí algo bastante importante.

Matías se frotó los ojos con la mano libre y se levantó del todo. Esta conversación llevaría más tiempo del que había previsto y no quería despertar a Natalia.

—Continúa.

—No estoy diciendo que sea verdad. Tampoco tengo todas las pruebas. Pero hay suficientes cosas raras como para pensar que Rodrigo es en realidad hijo de Sergio.

El desconcierto lo invadió.

—¿Rodrigo? ¿Estás seguro de lo que estás diciendo?

—Todo lo seguro que puedo estar, y no sé si él lo sabe, aunque lleva tiempo investigando por su cuenta.

—No lo creo. Sabes cómo es, me lo hubiera dicho.

Ambos se quedaron en silencio un momento. Después Matías preguntó:

—¿Vas a seguir investigando?

—Por supuesto, ya me conoces.

Matías asintió sin decir nada, porque, en efecto, lo conocía. Escuchó pasos y Natalia apareció para buscar agua. Lo miró, preocupada.

—¿Está todo bien?

Matías se encogió de hombros y ella se acercó, colocándole una mano sobre el pecho. Estaba seguro de que podía sentir el corazón desbocado bajo sus dedos.

—Mantenme al tanto y no hables con Rodrigo sobre esto. Cuando tengamos más elementos, yo mismo lo haré.

—De acuerdo.

Colgaron, y Matías rodeó a Natalia con ambos brazos, apoyando la mejilla sobre su cabello y llenándose los pulmones con su aroma.

—¿Qué pasó? —preguntó ella.

—Gael piensa que Sergio podría tener otro hijo.

Natalia frunció el ceño.

—¿Qué?

Matías exhaló.

—Cree que ese hijo podría ser Rodrigo.

Ella se separó un tanto para mirarlo a los ojos, con los suyos abiertos como platos por la sorpresa.

—¿Estás hablando en serio?

Matías asintió.

—¿Y qué vas a hacer?

—Ni idea. De momento, dejar que Gael me dé toda la información antes de hablar con Rodrigo y después, ya veremos. Esto no cambia que sea mi mejor amigo, pero sé que, si es verdad, lo va a sacudir.

Ella asintió y no dijo nada, solo estrechó el abrazo una vez más. Matías sabía que el futuro no estaba escrito, que hay cosas que uno hereda y otras que elige. En realidad, nunca había sido tan feliz por saber distinguir entre ambas.