El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 29 Matías
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Capítulo 29 Matías

Cuando Rodrigo llegó al apartamento de Matías eran pasadas las diez de la noche. Él lo estaba esperando con una taza de café humeante lista sobre la encimera. Supuso que una cerveza no sería lo más apropiado en ese momento.

—Todo esto es un lío de mierda. Ojalá no hubieras ido nunca a Santo Domingo —gruñó Rodrigo, dejándose caer sobre uno de los sofás, ignorando el café y apoyando sus codos en las rodillas.

Matías lo siguió con la vista, antes de ofrecerle la taza y un cigarrillo. Rodrigo inspiró, tomando ambas cosas, lo que lo sorprendió aún más. Estaba seguro de que su amigo no fumaba desde la universidad, por lo menos.

—Explícame de nuevo en qué momento decidiste que nos meteríamos en todo esto —empezó, luego miró a su alrededor y preguntó—: ¿Dónde están tus empleados?

—Vienen temprano y se van antes de que regrese. Es más tranquilo así —respondió Matías encogiéndose de hombros.

Rodrigo encendió el cigarrillo dándole una calada antes de liberar el humo despacio.

—Se suponía que esto sería solo un caso más, algo tranquilo, sin mayores inconvenientes —comentó, pasados unos minutos de silencio—, y ahora tengo que regresar a Toronto.

—¿Pasó algo allá que no me estás contando? —Matías no se consideraba curioso, pero la actitud de Rodrigo estaba siendo demasiado misteriosa.

—¿Conoces a Laura? —preguntó mirándolo a los ojos, con una expresión que Matías no había visto nunca en los ojos de su amigo.

—¿La amiga de Natalia?

—La misma.

—Solo de oídas, y he visto unas fotos. Nada más. ¿Qué hay con ella?

—Nada —respondió Rodrigo haciendo una mueca y dando otra calada a su cigarrillo.

Matías no insistió. Terminó de beber su café y dejó la taza sobre la encimera, mientras Rodrigo se perdía en sus propios pensamientos.

Pasó un tiempo indeterminado antes de que reaccionara.

Buscó su maletín, que había quedado olvidado al lado del sofá, y extrajo una carpeta que extendió en su dirección.

Matías la abrió. A primera vista, parecían solo un conjunto de movimientos administrativos.

Pero a medida que pasaba las páginas, la estructura se volvía clara hasta mostrar las transferencias y los pagos a nombre de Andrew.

En la esquina de varias autorizaciones estaba la firma de su padre. Apretó la mandíbula.

—Ya veo.

—Por eso seguí tirando del hilo —Rodrigo apagó la colilla y cruzó las manos—.

Hay otra cosa que necesitas saber —continuó, bajando la mirada y pasando una de sus manos por su cabello castaño—.

No es sobre la clínica, sino sobre… cómo empezó todo esto.

Sobre cómo llegó tu padre a enterarse de tu relación con Natalia.

Matías cerró la carpeta con un golpe seco.

—Lo he estado pensando y no entiendo cómo lo supo. Yo no le dije nada. Nadie en la empresa lo sabía. Y tú…

Rodrigo bajó la mirada.

—Yo tampoco se lo dije, Matías.

—Entonces, ¿quién fue?

—Fue Martha —respondió Rodrigo.

Matías frunció el ceño, confundido.

—¿Qué Martha?

—Mi… pareja. ¿Recuerdas las constantes visitas a tu madre?

—Rodrigo desvió la vista, luciendo avergonzado—.

Ella se molestó por mi viaje imprevisto a Toronto, quizás le mencioné que habías conocido a alguien.

Después de mi regreso, las cosas entre nosotros han sido…

complicadas. Y llevaba semanas molesta conmigo. No es excusa, pero…

Matías respiró hondo, antes de preguntar:

—¿Se lo contó a mi padre?

Rodrigo asintió.

—Ella esperó a que él estuviera en la casa en una de sus visitas. Estaba resentida, explotó… y se lo dijo todo. Después de eso, tu padre movió los hilos.

La furia inundó a Matías, que apretó los puños intentando contener su frustración y su rabia. Rodrigo lo observó con cautela.

—Lo siento, Matías —dijo—. No tenía forma de saberlo. Tu padre lo averiguó todo sobre ella y contactó con Andrew. Sus abogados entraron en el juego y me dejaron fuera. Hay mucho dinero corriendo de mano en mano. Logré averiguar que el último viaje de tu padre fue a Santo Domingo.

Matías lo miró a los ojos, con el ceño fruncido.

—¡¿Cómo?!

—Su piloto me debía un favor, así que lo sé con certeza.

—Él fue a verla —murmuró, y la idea le heló la sangre—. A decirle que tenía los óvulos, a amenazarla. Lo conozco bien y eso es lo que hace.

El tono fue tan bajo que Rodrigo se tensó.

—¿Pudiste averiguar en qué clínica están ahora? —preguntó Matías, mirándolo a los ojos.

—No, lo siento. Esa es información clasificada a la que no pude acceder. ¿Qué vas a hacer ahora con todo esto?

—Lo que debí hacer desde el principio.

Matías llegó a la oficina de su padre sin avisar. Esa mañana, cada paso por los impecables pasillos de mármol le pareció el recorrido hacia una trampa que había pisado sin darse cuenta durante toda su vida. La secretaria de Sergio se levantó de un salto en cuanto lo vio.

—El señor Balmaceda está en una reunión. ¿Desea que—

—Voy a pasar —la interrumpió Matías, sin dejar espacio a la negociación.

Abrió la puerta sin tocar. Sergio estaba sentado en la cabecera de la mesa de juntas, flanqueado por dos ejecutivos. Un gráfico de proyecciones ocupaba la pantalla. Alzó la vista, molesto por la interrupción, y su expresión se tensó al verlo.

—Déjennos —ordenó.

Los dos hombres recogieron sus cosas con rapidez y salieron sin hacer preguntas. Cuando la puerta se cerró, Sergio se recostó en la silla.

—Acabas de interrumpir una reunión importante. Espero que tengas un buen motivo.

Matías dejó la carpeta sobre la mesa. Sergio bajó la mirada, antes de volver a observarlo con atención.

—Transferencias y autorizaciones firmadas por ti —reclamó Matías—. Un viaje a Santo Domingo que nunca mencionaste. Y una reunión con Natalia que tampoco consideraste necesario comentarme.

Sergio acomodó los puños de su camisa.

—¿Natalia? —preguntó, y Matías apretó la mandíbula con fuerza.

—Sabes bien quién es. Fingir nunca ha sido lo tuyo.

—Si has revisado todo eso —suspiró Sergio—, imagino que ya sabes por qué lo hice.

—Eso es lo que quiero oír de ti. No como mi padre, sino como el hombre que tomó esa decisión.

Sergio entrelazó las manos.

—Hice lo que consideré necesario para protegerte.

Matías sostuvo su mirada.

—¿Protegerme de qué?

—De decisiones que no eres capaz de ver en su totalidad ahora. De esas personas que entran en tu vida en el momento equivocado. De errores que no se pagan con arrepentimiento, sino con consecuencias reales. Reputación, control y el futuro de esta familia.

Matías respiró hondo antes de contestar.

—No era una amenaza para el grupo. Es una persona. Y era mi elección.

—Justamente —replicó Sergio—. Tus elecciones están empezando a comprometer cosas que te exceden. No puedes permitirte ese margen cuando estás llamado a asumir responsabilidades mayores.

—¿Responsabilidades u obediencia? Porque no es lo mismo, aunque tú creas que sí.

Sergio se puso de pie, apoyando las manos en la mesa.

—Siempre fuiste brillante, pero demasiado confiado. Crees que el mundo responde a la buena fe. No es así. Yo aprendí eso a golpes, y no pienso dejar que tú lo aprendas del mismo modo.

—Lo que hiciste no fue enseñarme. Fue decidir por mí. Manipulaste información, usaste contactos y presionaste a alguien que no tenía ninguna obligación de enfrentarse a ti.

—Lo hice para sacarla de tu vida antes de que te desviara. Antes de que olvidaras quién eres.

Matías negó con la cabeza.

—No. Ella me recordó quién soy. Algo que tú llevas años intentando redefinir a tu conveniencia.

Sergio lo observó como si viera a un extraño.

—Te estaba utilizando —insistió.

—El único que ha usado mi vida como una extensión de su poder eres tú —respondió Matías—. Y no voy a seguir permitiéndolo.

Su padre dio un golpe con las manos abiertas sobre la mesa. Matías no se inmutó.

—¿Crees que puedes apartarte de todo esto sin consecuencias? —exclamó.

—No —admitió Matías—. Pero prefiero asumirlas a seguir viviendo la vida que tú eliges para mí.

Su padre lo apuntó con un dedo.

—¡Estás cometiendo un error!

—Tal vez —concedió Matías—. Pero no lo creo.

En ese momento la puerta se abrió. Su madre apareció en el umbral, con el rostro pálido y apretando su bolso. Había escuchado. Matías lo supo de inmediato.

—¡¿Es cierto?! —preguntó ella, mirando a Sergio con incredulidad—. ¡¿Hiciste todo eso?!

Su padre no respondió. Su madre avanzó, los tacones firmes, la espalda recta y los ojos brillantes. Matías no sabía si era por la rabia o porque estaba conteniendo las lágrimas.

—¿Amenazaste a esa muchacha?

—No sabes de lo que hablas —respondió su padre con dureza.

—Oh, sí lo sé. Martha me lo contó al final. —La voz de ella temblaba, pero no retrocedió—. Sé perfectamente hasta dónde eres capaz de llegar cuando sientes que alguien te desafía. Lo he visto toda mi vida.

Matías sintió un vuelco en el estómago. Nunca había escuchado a su madre hablarle así a su padre. Ella se giró hacia él.

—No tienes por qué seguir soportándolo.

Sergio alzó la voz:

—¡No te metas en esto!

—¡Me meto! ¡Ya es suficiente! Estoy cansada de verte aplastar a esta familia y proteger lo que realmente amas. A esa… esa.

Su madre se interrumpió y tomó aire con fuerza. Matías no entendía a qué se estaba refiriendo con eso último que había dicho. ¿Su padre tenía otra mujer? Silvia se aclaró la garganta y continuó, bajando la voz:

—Nunca te importó lo que Matías quisiera… y aun así él te siguió y te respetó.

Su padre frunció el ceño, pero se mantuvo en silencio y ella se volvió hacia él.

—Si decides irte, si quieres dejar la empresa o tomar distancia de tu padre… hazlo. Tendrás mi apoyo y me aseguraré de que no salgas con las manos vacías.

Sergio resopló, incrédulo.

—No puedes ofrecerle algo así. No entiendes lo que implicaría.

—Lo entiendo perfectamente —replicó ella, sosteniéndole la mirada—. Y aun así estoy dispuesta a hacerlo. O lo liberas, o el escándalo será tan grande que ni todos los abogados del mundo te van a librar.

La mirada que intercambiaron sus padres fue significativa, pero él no se detuvo a analizarla.

Estaba claro que ellos tenían sus secretos.

Las palabras de su madre le permitieron dejar de sentirse observado solo como un heredero o como una extensión del apellido Balmaceda, para ser un hombre capaz de elegir.

—Mamá… —murmuró, sin encontrar las palabras para expresar la gratitud y la sorpresa que lo atravesaban.

Ella le tomó la mano con un gesto firme.

—Ve tras aquello que te dé paz.

Sergio golpeó la mesa con el puño.

—¡Esto es una locura!

Matías lo miró a los ojos.

—No. La locura ha sido permitirte decidir mi vida durante tanto tiempo.

Se dio la vuelta y salió de la sala. Su madre lo siguió unos pasos después, dejando atrás a su padre, cuya figura no parecía más que la de un hombre enfrentado a la pérdida del control que durante años había creído incuestionable.

Matías llegó a su oficina sin recordar realmente su trayecto de regreso.

Se apoyó contra el escritorio y respiró como si hubiera corrido.

Natalia. La rabia por lo que le habían hecho le subió a la garganta como si hubiera recibido un golpe seco en el estómago.

Caminó hasta la ventana y apoyó la frente contra el cristal frío.

—¿Por qué no me lo dijiste? —susurró, sin esperar respuesta, mientras su aliento empañaba el vidrio, nublando el paisaje ante sus ojos.

El silencio pareció empujar la pregunta de vuelta hacia él.

Recordó la forma en que ella había evitado mirarlo.

Su dolor y las huellas de sus lágrimas cuando le contó todo.

Y él… él no había llegado a tiempo. No había podido ayudarla.

Se apartó del cristal y comenzó a caminar por la oficina, necesitando liberar la energía acumulada.

Intentó organizar sus próximos pasos para devolverle lo que su padre le había arrancado. Si aún era posible.

Matías hundió las manos en su cabello, frustrado consigo mismo.

La furia que había sentido hacía unos minutos empezaba a fracturarse, dejando ver todo lo que se escondía debajo.

Natalia no lo había dejado por ambición.

No buscaba aprovecharse de él, ni de la empresa, ni quería su dinero.

Lo había hecho por miedo. Miedo a perder la oportunidad de formar una familia y la entendía, porque él no le había ofrecido nada.

La claridad de esa idea le perforó el pecho.

Se dejó caer en uno de los sillones. Miró sus propias manos, abiertas y temblorosas.

Había pasado años entrenándose para ver fraudes y movimientos turbios, pero justo cuando debió estar más atento y ver de verdad a la mujer que tenía enfrente, su rabia había sido más fuerte que su intención de comprenderla. Al final, él también tenía miedo.

Cerró los ojos. Porque lo peor no era que Natalia lo hubiese alejado para protegerse. Lo peor era descubrir cuánto le importaba a él. Cuánto se había involucrado sin darse cuenta. El golpe final llegó en la forma de un susurro que no pudo contener:

—Estoy enamorado de ella.

Esa verdad lo desarmó.