El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 28 Natalia
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Capítulo 28 Natalia

La luz tenue del baño se derramaba sobre el espejo, revelando el reflejo de una mujer que, a primera vista, estaba agotada.

Natalia apoyó ambas manos en el borde del lavamanos, respiró hondo y sostuvo su propia mirada.

¿Cuántas veces había evitado este momento?

¿Cuántas veces había esquivado verse de frente?

Había convertido su reflejo en un cruel recordatorio de todas las batallas que libraba en silencio.

Tenía el cabello corto desordenado y la piel del rostro enrojecida por la falta de sueño.

Sus curvas generosas, esas que la acompañaban desde siempre, habían sido moldeadas por las hormonas y los tratamientos posteriores.

Curvas que, para muchos, serían motivo de incomodidad o de insatisfacción, pero que ella había aprendido a apreciar.

Recordó los dolores punzantes de la endometriosis mes tras mes, esos que la doblaban en dos en medio de la noche y que todavía la acompañaban, pero que había aprendido a manejar con calmantes la mayoría de las veces.

Sabía que su caso no era de los peores y estaba agradecida por ese pequeño consuelo.

Recordaba bien las pastillas, los parches y las inyecciones.

También la montaña rusa emocional que venía con cada ciclo.

Recordaba la ilusión, breve pero luminosa, de congelar los óvulos, convirtiéndolos en una apuesta segura contra el tiempo y en una promesa de futuro.

Lo peor de toda esa experiencia era constatar cómo otros habían reclamado alguna forma de propiedad sobre su cuerpo.

Los médicos que opinaban sin mirarla a los ojos.

Andrew, que la traicionó de mil formas distintas y cada una peor que la otra.

Sergio Balmaceda, que convirtió sus sueños en un arma.

Y ella misma, tantas veces, cediendo terreno por miedo a perder lo poco que aún poseía.

Natalia deslizó los dedos sobre su vientre, en un gesto que era más de reconocimiento que de tristeza.

Ya no estaba angustiada, ni sentía ese pánico que la invadió cuando supo que podía perderlos.

Lo que le quedaba ahora era solo serenidad, porque por fin había decidido abandonar una guerra inútil.

Después de todo, entendía su valor. No estaba ahí, en lo que había perdido ni en lo que otros esperaban de ella.

Sostuvo la mirada de su reflejo sin pestañar.

«Hasta aquí».

***

El vivero quedaba bastante cerca de su apartamento y era una especie de oasis en medio del ruido del tránsito y el olor metálico del asfalto caliente.

Bajó de su auto y respiró hondo. El aire tenía un toque a humedad reciente porque había llovido durante la mañana.

A ella le gustaban los días así, con el mundo recién lavado y limpio.

Caminó entre los pasillos estrechos, bordeados de macetas de todos los tamaños.

Algunas plantas eran pequeñas y obstinadas; otras se abrían en abanicos verdes.

Había flores de un rojo intenso, en amarillo solar, en morados que parecían pintados con acuarelas.

La tierra despedía un olor espeso y dulce, que se le metió por la nariz y le relajó los hombros.

Se agachó para tocar el mantillo de una mesa de cultivo, pasándolo entre los dedos.

Era áspero y suave a la vez, como la vida cuando se la mira de frente.

—Saludos, ¿puedo ayudarla, dama? —preguntó un empleado.

Natalia negó con una sonrisa amable.

—Saludos. De momento solo estoy mirando, gracias.

Continuó caminando hasta que la vio en un rincón.

Era una planta mediana, de hojas alargadas y brillantes, con una única flor blanca abierta en la punta.

No era la más vistosa, pero tenía justo lo que ella necesitaba.

Tomó la maceta con cuidado para verla mejor y el olor de la tierra húmeda le trajo un recuerdo lejano.

Era pequeña. Tenía doce, tal vez trece años y estaba sentada en un escalón, con las rodillas pegadas al pecho, escuchando.

—No quiero seguir postergándolo —decía la voz de su madre desde la cocina. Se escuchaba irritada, como solía estar últimamente sin importar lo que Natalia o su padre hicieran para alegrarla—. Ya no tengo veinte años.

—No es una cuestión de querer o no querer —respondió su padre, inflexible, como pocas veces lo había escuchado—. No tenemos las condiciones para eso.

Hubo un silencio breve. Natalia apretó más los brazos alrededor de sus piernas.

—Siempre hay una excusa diferente contigo —insistió su madre—. Nunca es el momento… Tampoco lo era cuando tuvimos a Natalia y aquí estamos.

—No es una excusa —replicó él—. Es sentido común. Tener un hijo no es un asunto menor, y lo sabes. No puedes comparar nuestra situación actual con la de hace unos años.

«Un hijo».

—Entiendo todo eso, pero siempre quise tener dos hijos —insistió su madre.

Su padre no respondió.

—No pensé que iba a ser tan difícil. ¿Lo que yo quiero ya no importa en esta casa? —preguntó ella, y Natalia podía percibir el sollozo en su voz. Su madre estaba llorando y eso era algo que su padre no podía soportar: hacerla sufrir.

—Yo también quiero muchas cosas —respondió él al fin, sorprendiéndola por la frialdad de su tono—. Pero uno aprende a vivir sin ellas.

Natalia sintió algo extraño en el pecho. No entendía del todo la conversación, pero sí el tono helado.

—No es lo mismo —suplicó su madre.

—Para mí sí lo es.

El sonido de una silla moviéndose rompió la quietud. Natalia se levantó de golpe y subió los escalones en silencio.

La sensación del plástico frío entre sus manos la devolvió al presente.

Su madre deseaba otro hijo y su padre se había negado.

Tal vez era por eso que estaba resentida con Natalia.

Ella sabía que siempre fue más cercana a su padre, pero es que su carácter y el de su madre eran diametralmente opuestos.

No había sido intencional, aunque sospechaba que su madre deseaba tener ese otro hijo con la esperanza de que fuera más cercano a ella.

Algo que ella misma no era. ¿Para eso eran los hijos?

¿Para llenar las carencias afectivas de los padres?

Estaba segura de que no. O al menos, no era así para ella.

Cargó la planta hasta la caja, pagó y regresó a su casa.

Cuando llegó, se quitó los zapatos y caminó descalza, pensando cuál era el mejor lugar para colocar la maceta.

Finalmente, eligió un rincón junto a la pared cercana al balcón, donde el sol daba durante algunas horas en las mañanas.

Confiaba en que la planta se adaptara bien a ese lugar.

«No todo lo que crece debe tener mi sangre», pensó mientras giraba la maceta buscando el mejor ángulo para ver la flor. «No todo lo que deseo tiene que cumplirse para que yo siga siendo yo». Había pasado años creyendo que su cuerpo estaba defectuoso y roto cuando no era así.

El teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón. Se sacudió las manos antes de tomarlo. Eran sus amigas.

—¿A que no adivinan lo que me pasó hoy? —era Irene, escribiendo furiosa—. Tuve que atender al hombre más imbécil sobre la faz de la tierra. ¡Qué ganas de salir volando de aquí!

Natalia sonrió antes de responder:

—Dime, por lo menos, que te dejó propina.

—Sí, y una bastante alta, por cierto —un momento después continuó—. Quizás no es tan imbécil después de todo.

—¿Era lindo? —preguntó Natalia, más por molestarla que por otra cosa.

—Sabes que no me fijo en eso. Pero podría decirse que no estaba mal. Era un italiano pretencioso que me dijo que su mejor amigo le había recomendado este lugar por la belleza de sus mujeres.

Listo. Estaba segura de que el cliente era terriblemente atractivo y que intentó cualquier forma de coquetería torpe con Irene, lo que a ella no le gustó ni un poco.

—Yo también he tenido una mañana movida —anunció Natalia—, compré una planta y de paso me reconcilié con la idea de que no voy a ser madre. Decidí pasar página.

El chat se mantuvo en silencio el tiempo suficiente para que ella imaginara sus rostros. La burbuja de escritura apareció después de largos segundos.

—¿Estás segura? —Laura fue la primera en escribir.

—Pues tienes todo mi apoyo. Tu vida, tu decisión. Y si alguien tiene algo que decir, que venga a decírmelo en la cara. —Irene era como un volcán con piernas.

—Te abrazo, Naty. De verdad. Sabes que siempre estaremos aquí para ti —Elena había tardado un poco más en responder.

Natalia miró la pequeña planta recién ubicada en el rincón. Le hizo una foto y se las envió.

«Yo también estoy aquí».

***

Días después, Natalia seguía observando el teléfono, indecisa, con la misma sensación de frío que siempre la invadía cuando pensaba en él.

Había guardado el número esperando un día tener el valor de hacer ella la llamada.

Hoy era el día. Respiró hondo y marcó. El tono sonó varias veces. Luego, escuchó su voz.

—Señorita Osorio. —Sergio Balmaceda tenía un tono de voz condescendiente que siempre escondía un filo acerado—. Qué peculiar recibir una llamada suya. ¿A qué se debe?

La frase era una advertencia por haberse atrevido a molestarlo.

—Lo que tengo que decirle será rápido.

—¿Decirme? —repitió él, y la incredulidad de su voz se sobrepuso a la molestia previa—. Creí que todo había quedado claro. No me gustan las sorpresas.

Ella sostuvo el teléfono con firmeza.

—Lo que a usted le guste no es mi problema.

Su voz no tembló. Al otro lado de la línea, solo se escuchaba el silencio.

—Entonces vaya al punto. No tengo tiempo para rodeos.

—No me interesan los óvulos.

Hubo una pausa. Una exhalación desde el otro lado de la línea.

—¿No le interesan? —repitió él, y su voz sonó un poco demasiado alta—. ¿Está segura de lo que está diciendo?

—Totalmente.

—¿Sabe que lo está dejando todo en mis manos? ¿Es consciente de las implicaciones a largo plazo?

—Lo sé —respondió ella—. Pero esa es mi decisión.

—Está cometiendo un grave error y va a perderlo todo —gruñó él a través del teléfono.

Ella apretó los labios.

—Puede hacer lo que quiera.

—¿Pretende que le crea que simplemente… renuncia? ¿Y Matías? Si se acerca a él de nuevo puedo destruirla de muchas maneras.

—Nada de esto tiene que ver con Matías —respondió—. Déjeme en paz. Dudo mucho que le interese el escándalo, sobre todo porque estoy grabando esta conversación.

En el silencio que siguió Natalia podía escuchar los latidos de su corazón acelerado.

—Señorita Osorio —dijo Balmaceda, aclarándose la garganta—, a veces no entendemos las consecuencias que pueden traer ciertas decisiones lamentables. Todavía está a tiempo de pensarlo mejor. Podemos hacer…

—Agradezco su preocupación —lo interrumpió con ironía—. Pero no hay nada que reconsiderar.

Hubo otro silencio.

—Si está intentando demostrar algo, es bastante ingenua. Usted sabe perfectamente que aquí no tiene el control.

Natalia suspiró antes de responder.

—Señor Balmaceda, no lo llamé para tener control, sino para renunciar al suyo.

Él no dijo nada y ella continuó.

—No puede destruir lo que no le pertenece.

Colgó antes de que respondiera y bloqueó el número, aunque sería inútil si él deseaba insistir. El teléfono temblaba en sus manos. Natalia respiró profundo, bajo el peso de la liberación.

***

Cuando cayó la noche, Natalia apagó las luces del apartamento y se quedó sumida en la oscuridad.

El silencio se instaló como un abrazo a su alrededor.

Se sentó en el sofá, sin pensar en nada que no fuera ese espacio recién abierto en su pecho.

Entonces, como una compuerta que se deslizara sin resistencia, sus ojos comenzaron a llenarse.

Las lágrimas rodaron por su rostro y Natalia no se cubrió ni las enjuagó, solo las dejó caer sobre su ropa, sobre sus manos, sobre el silencio.

Después de un tiempo indeterminado, escuchó la primera gota de lluvia estrellarse contra el cristal de la ventana.

Luego vino otra y otra, hasta que la lluvia comenzó a deslizarse por los vidrios como una cascada.

Se levantó y caminó hacia la ventana. Descorrió la cortina para que la luz de los postes callejeros iluminara el interior.

Afuera, las gotas caían como diminutas semillas de vida, golpeando el pavimento y formando charcos.

Apoyó la frente contra el vidrio frío. El contraste con la calidez de sus lágrimas la estremeció. Ella había elegido. Había dicho no.

Había perdido algo que en otro momento habría sentido como una tragedia irreparable. Pero ahora había recuperado otra cosa infinitamente más valiosa: su autonomía. La capacidad de mirarse al espejo sin ver a alguien sometida. La certeza de que nada en ella podía ser utilizado como moneda de cambio.