Capítulo 27 Matías
El despertador sonó a las seis, como todos los días, y Matías se incorporó sin pensarlo.
Su cuerpo conocía el camino antes que su mente.
Puso los pies sobre el suelo frío antes de darse una ducha caliente.
La toalla estaba colgada en el mismo ángulo en el que la había dejado la noche anterior y el agua caía con la misma monotonía que sus pensamientos.
Se negaba rotundamente a aceptar que había un antes y un después de Natalia en su vida.
No quería darle ese poder ni convertirla en un punto de quiebre.
Él no era así, o al menos eso quería creer.
En su departamento todo era silencio. Encendió la cafetera, observando cómo el vapor ascendía en lentas espirales burlándose de él. El sonido del goteo le trajo una imagen que no logró desterrar a tiempo.
Otra cocina. Otra mañana. El aroma del café recién molido llenaba el aire incluso antes de que el sol terminara de entrar por los ventanales. La luz de la mañana dibujaba líneas doradas sobre la mesa y el suelo. Matías fruncía el ceño frente a la estufa, girando una perilla con frustración.
—Hace un segundo esto funcionaba —murmuró.
A su espalda, Natalia soltó una risa, apoyando la cadera contra la isla de la cocina mientras lo miraba con los brazos cruzados.
—No, no funcionaba —replicó, divertida—. Lleva diez minutos sin funcionar.
Él negó, obstinado, volviendo a intentarlo.
—Es la estufa, no yo.
—Claro —dijo ella, acercándose despacio—. La estufa tiene un problema personal contigo.
Matías resopló, pero no se apartó cuando Natalia se colocó a su lado. El roce de la piel desnuda de su brazo contra el suyo fue leve, pero suficiente para hacerlo consciente de su presencia de una forma que lo desarmaba por completo.
—A ver —murmuró ella, inclinándose un poco—. No es tan complicado.
Giró la perilla con seguridad y, con un clic limpio, la llama apareció al instante. Matías la miró, incrédulo.
—Eso no estaba así hace un momento.
Natalia volvió a reír, sacudiendo la cabeza.
—Eres imposible.
Él la observó, deteniéndose en la forma en que la luz le rozaba el rostro.
—Bueno —dijo, recuperando un tono más firme—. Al menos el café sí sé cómo hacerlo.
—Eso espero —respondió ella, apoyándose en la encimera.
Matías alzó una ceja, fingiendo ofensa.
—¿Ah, sí? —preguntó, avanzando un paso hacia ella.
—Sí —confirmó, mirándolo con una sonrisa ladeada—. No quiero arriesgarme a que provoques un incendio.
Él negó con la cabeza mientras se acercaba más a ella.
Rodeó su cintura con las manos y la alzó para dejarla sentada sobre la isla de la cocina y acomodarse entre sus piernas.
El sonido del agua comenzando a hervir llenó el espacio, mezclándose con el silencio que se instaló entre ambos.
Natalia lo miró a los ojos y él no se atrevió a romper el contacto.
Tenía unas palabras en la punta de la lengua que estuvo a punto de pronunciar.
Matías parpadeó y la cocina vacía regresó de golpe. El aroma del café no estaba en el aire, la luz no era cálida y Natalia no estaba apoyada contra su cuerpo.
***
Se aferró a su horario mientras revisaba los correos acumulados en su bandeja de entrada con la taza de café olvidada junto al ordenador portátil.
Todo en la empresa había seguido su curso, aunque sabía que su padre aún no le perdonaba lo ocurrido con el proyecto.
Los accionistas se habían negado a avanzar y el expediente había quedado archivado a la espera de un contexto más favorable.
Matías no se engañaba, su padre no era hombre de renuncias definitivas, pero él había dejado clara su posición.
Se vistió con la misma meticulosidad de siempre: camisa blanca ocultando el tatuaje de su brazo, corbata azul oscuro y traje gris, replicando como un autómata los movimientos que se sabía de memoria.
Cuando se miró al espejo, no reconoció al hombre que lo observaba en el reflejo.
Parecía más viejo, o quizás estaba más cansado.
La ciudad despertaba al otro lado de sus paredes.
Santiago se extendía con su ritmo implacable de autos, bocinas y luces, aunque en su habitación reinaba el silencio.
Matías pensó que, de algún modo, la ciudad también lo había devorado.
Antes, el ruido lo impulsaba; ahora, solo lo aturdía.
Tomó el teléfono y vio un mensaje sin abrir de Rodrigo.
Lo dejó pasar. No tenía energía para otra conversación laboral tan temprano.
Encendió un cigarrillo y se terminó el café, ya frío, de un trago, sintiendo el amargor en la lengua.
Al cerrar la puerta a sus espaldas, escuchó el eco del pestillo resonar en el departamento.
Era el sonido de una casa que no tenía nombre, ni historia, ni olor a nadie más… a ella.
Natalia.
Se detuvo frente al ventanal del pasillo en su camino hacia el ascensor.
El sol comenzaba a levantarse y la luz dorada se filtraba entre los edificios.
El esmog no dejaba ver el paisaje a lo lejos.
Ese era el castigo de los que vivían en Santiago: estar rodeados de la naturaleza más salvaje y no poder vislumbrarla.
Suspiró, preparándose para enfrentar su día.
***
Llevaba veinte minutos revisando informes sin leer nada en realidad, esperando que Rodrigo apareciera con las carpetas del día. Cuando por fin entró, estaba inquieto.
—¿Todo bien?
Rodrigo negó con un gesto rápido. Tenía el ceño fruncido y un sobre manila en la mano, cerrado con un clip metálico.
—No respondiste mi mensaje —reprochó.
—Disculpa, olvidé leerlo.
—No importa. Necesitamos hablar.
Matías recostó su espalda en la silla y frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Rodrigo no respondió enseguida. Se acercó al escritorio, dejó el sobre frente a él y tomó asiento.
—Hace unos días le pedí a la clínica en Toronto una actualización del estado del caso de Natalia.
El corazón de Matías dio un vuelco incontrolable al escuchar su nombre.
—Pensé que te había dicho que dejaras ese asunto. Ella no quiere mi ayuda.
—Quizás para ti sea un asunto cerrado, pero para mí, como su abogado, no lo es y lo sabes de sobra.
—¿Qué pasa con eso, entonces? —preguntó Matías—. Lo último que me dijiste fue que la clínica estaba revisando la documentación y que el proceso estaba detenido.
—Sí —Rodrigo exhaló—. Y ya no lo está. Me respondieron esta mañana.
Matías lo miró sin comprender.
—¿Y?
Rodrigo abrió el sobre, extrajo unas copias y las deslizó sobre el escritorio.
—Los óvulos fueron reclamados legalmente hace cinco semanas.
El silencio se instaló entre ambos. Matías bajó la mirada hacia los papeles, sin entender lo que veía.
—¿Reclamados? ¿Por quién?
Rodrigo sostuvo su mirada.
—Por Andrew. Su exesposo.
Matías estaba confundido.
—Eso no tiene sentido. Andrew no tiene ningún derecho sobre ellos. Los óvulos eran de Natalia porque no estaban fecundados.
Rodrigo asintió.
—Lo sé. Pero, según los documentos, él presentó una reclamación respaldada por una oficina de abogados bastante implacable asociados a una compañía chilena. Una que, casualmente, pertenece a una subsidiaria del Grupo Balmaceda.
El nombre cayó como un peso muerto entre los dos. Matías se inclinó hacia adelante.
—¿Estás diciendo que mi padre tuvo algo que ver con esto? —preguntó, con la rabia filtrándose en su voz.
Rodrigo no respondió de inmediato.
—No puedo asegurarlo todavía, pero hay algunos rastros. Firmas electrónicas, autorizaciones y transferencias. Todo está demasiado bien hecho como para ser una coincidencia.
Matías tomó una de las hojas, revisando los sellos y las firmas con creciente incredulidad. Reconocía el logotipo de una empresa que alguna vez había visto en los informes financieros. Apretó la mandíbula.
—Esto no puede ser…
—Créeme, lo revisé tres veces —repitió Rodrigo—. Los documentos son legales y la clínica los aceptó. Andrew figura como «coautor del material biológico».
Matías apretó los puños sobre el escritorio.
—Eso es imposible. Natalia jamás habría permitido algo así.
—A menos —intervino Rodrigo, con cuidado—, que ella no hubiera sabido nada del asunto hasta que estuvo hecho.
Si yo, como su abogado, no fui informado por los canales correspondientes, Natalia no tenía cómo saberlo.
Me comuniqué con la clínica y ellos intentaron desentenderse del asunto.
Un juez declaró que Andrew tenía derecho económico sobre los óvulos y el contrato original no era lo suficientemente claro al respecto.
Los óvulos fueron trasladados a otra clínica, pero no tengo acceso a esa información.
Las palabras flotaron entre ellos. Matías levantó la vista y en su expresión ya no quedaba ni rastro del cansancio con el que había comenzado el día.
—Entonces mi padre está involucrado en esto.
Rodrigo se encogió de hombros.
—No tengo pruebas aún, pero… todo apunta en esa dirección.
Matías se recostó en la silla, hundiendo el rostro entre las manos.
—Voy a seguir investigando, pero si lo que sospechamos es cierto, esto no es solo una manipulación emocional. Es un delito. Podemos presentar una contrademanda, pero tendría que ir a Canadá otra vez.
Matías levantó la cabeza con los ojos encendidos. Algo en la expresión de su amigo se ensombreció al mencionar el viaje, pero intentó disimularlo sin mucho éxito al notar su mirada.
—Hazlo. No me importa lo que cueste. Quiero saber hasta dónde llega todo esto.
Rodrigo asintió y se puso de pie, dejando los documentos sobre el escritorio.
—Ten cuidado, Matías. Si tu padre está detrás de esto, no le gustará que empieces a hurgar.
Matías lo dejó marcharse sin responder, pensando en Sergio Balmaceda, mientras miraba las hojas extendidas frente a él y sintiendo cómo una sombra bastante parecida al desprecio crecía en su interior.
***
La noche había caído sobre la ciudad como un manto, pero Matías no había encendido ninguna lámpara al llegar a su apartamento.
La oscuridad lo envolvía ofreciéndole una tregua necesaria después del día que terminaba.
Desde el ventanal, las luces de la ciudad parecían un mar lejano, indiferente a su agitación interna.
Los documentos que Rodrigo le había entregado estaban extendidos sobre la mesa del comedor, justo donde los había dejado más temprano.
No los había tocado desde entonces. El nombre de Andrew, impreso en tinta negra, se burlaba de él cada vez que su mirada se desviaba hacia esas hojas.
Se pasó una mano por el cabello, intentando ordenar los pensamientos, pero no podía; todo se había desmoronado con una facilidad aterradora.
Se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre el sofá para arremangarse y encender otro cigarrillo. Cuando el humo ascendió en espirales elegantes hacia el techo, se permitió recordar el momento en el que ella lo miró por última vez. Entendió el tono de su voz y su distancia helada.
«No te quiero en mi vida. No te necesito y estoy perdiendo el tiempo contigo».
Hasta ahora, había creído que solo era cruel, producto quizás de su propio orgullo. Pero si su padre había tenido algo que ver…
Entonces no era orgullo. Era miedo.
Cerró los ojos y aspiró otra bocanada de humo, sintiendo cómo le quemaba la garganta.
Observó su reflejo en el vidrio de la ventana y lo que vio lo dejó helado.
El hombre que tenía frente a sí no era el que había querido ser.
Era una sombra de Sergio Balmaceda: el mismo porte rígido, la misma mirada, la misma ira bajo la piel.
Se acercó un poco más, hasta ver los ojos, de un verde apagado, la mandíbula tensa, los hombros cargados con la herencia de una familia que nunca aprendió a amar sin poseer.
—¿En qué me voy a convertir? —murmuró hablando para nadie.
La pregunta quedó suspendida en el aire.
***
La mañana siguiente amaneció gris, reflejando el mismo cansancio que Matías llevaba sobre los hombros.
Llegó a la empresa antes que todos, como era su costumbre, con la esperanza absurda de encontrar algo de paz en el silencio del edificio casi vacío.
Los ventanales del piso ejecutivo ofrecían una vista impecable de la ciudad, pero a Matías ya no le parecía una promesa de éxito.
A media mañana, entró su asistente con una carpeta más gruesa de lo habitual.
—El señor Balmaceda pidió que revisara personalmente los contratos antes de enviarlos a los socios —pidió, con una sonrisa tensa, dejando los documentos ante él—. Dijo que era importante que su firma esté en cada página.
Matías la miró antes de asentir. Mientras hojeaba los documentos, una conocida voz femenina lo sacó de sus pensamientos.
—Tu padre está orgulloso de ti, aunque no lo diga a menudo. —Alzó la vista, sorprendido, porque no había escuchado la puerta—. Dice que eres como él.
Era su madre, de pie en el umbral. Vestía impecable, como siempre, pero en sus ojos convivían una ternura y una condescendencia que a Matías le resultaban incómodas desde hacía años. No sonrió.
—No estoy seguro de que eso sea un cumplido, madre.
Ella bajó la mirada, jugueteando con un anillo en su mano.
—Lo sé. Pero tu padre… solo quiere proteger lo que ha construido. A su manera, y a veces olvida que tú también tienes tu propio camino.
—¿Olvida, dices?
No, su padre no olvidaba nada. Su madre se fue sin agregar nada más, y Matías se dio cuenta, tarde, de que ni siquiera le había preguntado qué hacía allí. Tal vez porque verla en las oficinas resultaba tan improbable como verla sin su sonrisa social, lejos de sus compras o de sus tardes de té.
Volvió a concentrarse en los contratos sobre el escritorio.
Frustrado, porque todo era como una red perfecta, diseñada para que nadie, ni siquiera su propio hijo, pudiera moverse sin su aprobación.
Lo que había pasado con el proyecto tendría consecuencias seguras.
Ahora su padre supervisaba cada uno de sus movimientos.
Dejó caer el bolígrafo. Se levantó y caminó hacia el ventanal.
La ciudad hervía allá abajo: autos, ruido y gente que corría sin mirarse.
Aunque desde esa altura todo era ordenado y hermoso.
El sonido del teléfono rompió la calma. Matías lo sacó del bolsillo y miró la pantalla: Rodrigo.
Una punzada de inquietud se instaló en su estómago.
—Hola.
La voz de Rodrigo sonó más grave que de costumbre.
—Necesito verte hoy. Es urgente. No puedo hablarlo por aquí.
Cortó la llamada sin decir nada más y volvió a mirar el horizonte desde la oficina. El cielo se había oscurecido: una tormenta se formaba sobre los Andes.