Capítulo 26 Natalia
Suspirar, abrir los ojos, quedarse inmóvil.
El sonido del despertador llevaba varios segundos insistiendo sobre la mesita antes de que Natalia alargara la mano para silenciarlo.
No se incorporó de inmediato. Se quedó mirando el techo, sintiendo el peso de su propio cuerpo hundido en el colchón.
Sabía que levantarse implicaba mucho más que iniciar el día.
Era siempre igual. Contar hasta tres. Ignorar el vacío en el pecho. No pensar.
Uno. Dos. Tres.
Se sentó.
Esa era su rutina cada vez que el despertador rompía el silencio al amanecer, marcando el inicio de otro día igual de malo que el anterior.
Lo hacía sin pensar, con cada movimiento convertido en una cuerda que la mantenía unida al mundo.
Ducharse. Vestirse. Evitar el espejo más de lo necesario y, sobre todo, no revisar el teléfono.
Al final de cuentas, esa rutina la había sostenido durante las últimas semanas.
Era lo único que no se desmoronaba cuando todo lo demás se le había escapado entre los dedos.
Tenía la certeza de que nadie muere de amor.
Nadie. Elena no lo había hecho, y ella era, sin duda, la que más había sufrido de todas.
Si Elena había sobrevivido con el corazón hecho trizas, pero viva, Natalia también podía hacerlo.
Sobre todo, porque ella no estaba enamorada de Matías.
Había sido solo un algo casi nada en su vida y esas historias sin pies ni cabeza tarde o temprano terminan.
Siempre terminan.
Mejor antes, cuando apenas hay sentimientos involucrados, cuando todavía es posible escapar sin demasiadas cicatrices. Al menos, eso intentaba repetirse una y otra vez, como una letanía. Pero había momentos en los que la memoria no la obedecía.
Aquella mañana en París, él la despertó antes de que amaneciera, insistiendo en que tenía que ver la ciudad desde el balcón. Natalia protestó, medio dormida, escondiendo el rostro contra la almohada, pero él tiró de la sábana y la obligó a incorporarse.
—Confía en mí —le dijo al oído.
El frío le había erizado la piel al salir, pero él se colocó detrás de ella, rodeándola con los brazos y apoyando el mentón sobre su coronilla. Se quedaron en silencio mientras salía el sol, con sus respiraciones convertidas en pequeñas nubes de vapor mientras la ciudad despertaba teñida de luz.
Ella no quería recordar nada más. Cerró los ojos con fuerza y apartó la imagen.
A la larga, no habría significado nada. Era más fácil aferrarse a esa idea que aceptar que había perdido algo que no sabía nombrar, algo que la había hecho sentir viva de una forma que no recordaba hasta entonces.
No estaba preparada para enfrentar esa pérdida. No ahora. Tal vez nunca.
La mirada de Matías, sus ojos brillando con ese reflejo de incredulidad y desilusión cuando le dijo que todo había sido un error, que se marchara…
eso sí no había manera de borrarlo. Se había quedado adherido a su memoria con una precisión cruel.
Desde entonces, una pregunta la acosaba con la persistencia de una sombra: ¿De verdad una maternidad ficticia era razón suficiente para justificar todas las mentiras?
Un hijo…
Para ella, esa idea era tan remota e intangible como alcanzar el arcoíris.
No porque no lo hubiera deseado alguna vez, sino porque con el tiempo había aprendido a no construir sueños sobre algo que no podía controlar.
Había transformado esa posibilidad en un concepto lejano, reducido a decisiones aplazadas.
Esos óvulos no eran un hijo. Eran una posibilidad.
La única que había conservado. Un fragmento de futuro que le pertenecería a ella, incluso cuando todo lo demás había fallado.
Matías, por otro lado, había estado ahí.
Era real. Había sido una presencia concreta, firme, alguien dispuesto a quedarse incluso en medio de lo imposible.
Ella lo supo desde aquella tarde en que el padre de Matías apareció en el umbral de su puerta, con su traje impecable y su frialdad.
Si no hubiera sido algo serio, si su hijo no hubiera estado realmente involucrado, Sergio Balmaceda jamás se habría tomado la molestia de intervenir.
Eso dolía. Porque significaba que lo que habían tenido importaba lo suficiente como para ser destruido.
Todavía no había reunido el valor de contarle a sus amigas lo que había hecho.
Sabía exactamente cómo reaccionaría cada una.
Laura intentaría consolarla. Irene le diría que luchara.
Y Elena… Elena simplemente lloraría. No podía permitirlo.
No quería ver reflejado en sus voces el eco de su propia derrota.
Tenía que enfrentar sola las consecuencias de todas sus decisiones. Sin testigos y sin compasión.
Últimamente había vuelto a pensar en Andrew con una rabia que rozaba el desprecio.
Se preguntó si valía la pena llamarlo, aunque solo fuera para decirle todo lo que no le había dicho en otro tiempo.
Estaría bien dejarle claro que lo consideraba un imbécil, un traidor a su historia, aunque no le debiera nada realmente, que seguía siendo ese hombre vacío que fingía tener principios.
Pero luego desechó la idea porque no valía la pena.
Andrew era la prueba más irrefutable de que nunca llegamos a conocer del todo a las personas, ni siquiera a aquellos que duermen a nuestro lado.
Su verdadera naturaleza siempre se revela, aunque, a veces, lo hace demasiado tarde.
Esa mañana era idéntica a las últimas que había vivido.
Sentada en su cubículo, intentaba concentrarse en los informes que debía entregar antes de la fecha límite.
El murmullo constante de la oficina, las teclas golpeando, el zumbido del aire acondicionado…
todo era tan rutinario que dolía. Aun así, le quedaba el pequeño consuelo de no estar asignada al proyecto de los Balmaceda.
Después de todo, Maldonado, sin saberlo, le había hecho un favor.
Su celular vibró sobre el escritorio, rompiendo la quietud que la envolvía. Natalia lo miró con un nudo en la garganta, el corazón golpeándole el pecho con violencia. «¿Y si era él? ¿Y si Matías había descubierto todo? ¿Y si al final no le había creído ni una palabra de aquella cruel despedida?».
Pero el número desconocido que aparecía en la pantalla no la tranquilizó.
Era extranjero y la llamaban desde Chile.
Una punzada de miedo le recorrió el cuerpo y no se atrevió a contestar.
Matías jamás habría usado otro número para llamarla.
Entonces… solo podía ser su padre. O, peor aún, alguno de sus abogados.
El teléfono volvió a vibrar con insistencia.
Esta vez no tuvo elección. Lo tomó con manos temblorosas y se levantó de golpe, caminando con pasos rápidos hasta la sala de descanso, lejos de las miradas curiosas de sus colegas.
Respiró hondo antes de deslizar el dedo por la pantalla.
—¿Hola?
—Señorita Osorio —la voz de Sergio Balmaceda se escuchó con su calma habitual—. Supe que siguió mi consejo.
—No fue un consejo. Fue una amenaza.
—Llámelo como quiera. Lo importante es que cumplió. Mi hijo volvió a Chile, y usted evitó un desastre mayor. Ambos salieron ganando.
—¿Ganar? —Natalia apretó los dientes—. No hay nada que ganar cuando alguien te obliga a destruir algo que te importa.
—Tiene una visión demasiado romántica del asunto —contestó él, con calma—. Le expliqué mis motivos. Siempre protegeré lo que es mío.
—Matías no es suyo. Si tanto necesitaba protegerlo, quizá debería empezar por dejar que sea feliz.
Hubo silencio en la línea.
—¿Entonces piensa que es la felicidad que mi hijo necesita? Pensé que habíamos sido transparentes cuando conversamos. Creí que tenía más sentido común del que está demostrando ahora.
Natalia cerró los ojos y apretó los dientes.
—Cumplí con lo que me pidió. Ahora quiero que me deje en paz.
—¿En paz? —repitió Sergio—. No hablemos de paz, señorita Osorio. Hablemos de garantías. Recuerde que esos óvulos siguen bajo mi protección.
El silencio que siguió fue insoportable.
—¿Está amenazándome otra vez? —cuestionó Natalia.
—Para nada —replicó él—. Solo le recuerdo que la estabilidad de ese material genético depende de mi buena voluntad. No querrá que se pierda, ¿verdad? Después de tanto esfuerzo.
Natalia temblaba. Había prometido no llorar nunca más por culpa de ese hombre, pero la impotencia la asfixiaba. Entendió que nunca se libraría de él, y que Sergio Balmaceda jamás cumpliría con su palabra. El alivio y la rabia la invadieron a partes iguales.
—Usted no tiene derecho —murmuró.
—Tengo todos los derechos que usted me concedió cuando aceptó mi oferta. Usted cumplió su parte, y yo cumpliré la mía siempre que no intente volver a contactar con mi hijo.
—Toque uno solo de esos documentos y lo denuncio. No me importa cuántos abogados tenga, ni cuántos contactos le deban favores.
La respiración de Sergio se volvió más audible al otro lado de la línea.
—Cuidado, Natalia —advirtió—. No sabe con quién está hablando.
—Sí, lo sé. Con un hombre que necesita controlar la vida de los demás porque no tiene el valor de mirar la suya.
—Está cometiendo un error.
—Tal vez.
El clic del final de la llamada resonó en su oído como un disparo.
Natalia bajó el teléfono y apoyó ambas manos sobre la mesa, justo cuando su cuerpo comenzaba a reaccionar.
El temblor. La falta de aire. La presión en el pecho.
Caminó hasta el fregadero y abrió el grifo.
Se inclinó, dejando que el agua fría corriera sobre sus muñecas, sobre sus dedos.
Respiró.
Se secó las manos y tomó el teléfono otra vez.
Ahora se preguntaba si realmente valía la pena seguir resistiendo o si el precio a pagar no sería muy alto.
Porque luchar siempre tenía un costo, pero ella ya había pagado demasiado.
¿Qué era más importante, su integridad, aquello que le daba sentido incluso en los peores días, o la promesa incierta del futuro que reposaba en esos óvulos congelados?