Capítulo 25 Matías
Matías llegó temprano y fue directo a la oficina de Rodrigo.
Su amigo parecía llevar horas allí. La estancia olía a café recién hecho, así que se acercó a la cafetera que descansaba en un rincón y sirvió dos tazas antes de sentarse frente al escritorio.
Empujó una de las sillas de cuero negro sin decir nada.
Rodrigo levantó la vista del monitor, enfocó sus ojos castaños en él y alzó una ceja, un gesto que Matías conocía bien.
Pasando por alto la curiosidad de su amigo, bebió un sorbo y recién entonces el cansancio le recordó que llevaba horas despierto.
No había podido sacarse de la cabeza la conversación con su padre ni la extraña visita de la madre de Rodrigo.
—¿Desde qué hora estás aquí? —preguntó Matías, señalando con un gesto distraído los antebrazos expuestos de Rodrigo, su cabello revuelto y la chaqueta del traje abandonada, sin el menor cuidado, sobre una de las sillas vacías.
Rodrigo sostuvo la taza entre los dedos antes de responder.
—Digamos que… quizás nunca fui a casa —admitió, desviando la mirada hacia la pantalla.
Matías lo observó con atención, decidido a no presionarlo.
—¿Está todo bien contigo?
Rodrigo exhaló despacio, calibrando su respuesta.
—Sí —dijo al fin—. Solo tengo demasiado trabajo.
Matías no insistió. Conocía ese tono: no era una mentira, pero tampoco era toda la verdad.
—¿Estás al tanto del informe que llegó de Santo Domingo? —preguntó Matías—. Los pronósticos de contaminación a largo plazo son devastadores.
Se aseguró de que Rodrigo dejara lo que estaba haciendo antes de continuar. Su amigo levantó la vista, claramente sorprendido.
—No tenía idea —admitió.
Matías asintió y apoyó los antebrazos sobre el escritorio, entrelazando los dedos. Había pasado la noche leyendo y releyendo aquellas páginas, buscando una grieta que no existía.
—Lo supuse. El río abastece a más de diez poblados —dijo al fin—. No son solo números. Son personas que dependen de él para todo: agua potable, cultivos, ganado… su subsistencia entera.
Hizo una pausa breve, tomando distancia incluso de sus propias palabras.
—Las medidas de mitigación están contempladas, sí —continuó—, pero solo en el papel. El costo real de aplicarlas con responsabilidad vuelve el proyecto inviable si se pretende mantener la rentabilidad que esperan los socios.
Rodrigo se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más, y exhaló.
—¿Y qué piensas hacer con esa información? —preguntó—. Ambos sabemos cómo funciona esto. Las ganancias siempre van primero. A cualquier precio.
Matías sostuvo su mirada.
—Lo sé —respondió con franqueza—. Y mi padre también lo sabe. Precisamente por eso me pidió que estudiara el informe y preparara la presentación. Quiere que me responsabilice por este tipo de decisiones. Al final de cuentas, es lo que he estado esperando durante bastante tiempo.
Dejó escapar una risa sin humor y Rodrigo frunció el ceño.
—¿Y entonces?
Matías negó.
—No es lo que quiero para mí. No así. —Se recostó en la silla—. Puedo entender el negocio, los riesgos, incluso ciertos márgenes grises. Pero esto… esto implica empobrecer aún más a gente que ya tiene muy poco.
Hizo una pausa y desvió la vista hacia la ventana, aunque apenas se podía ver nada con la tenue claridad del amanecer.
—Estuve ahí. Vi esos pueblos y hablé con ellos. La empresa puede crecer de otras formas, tú y yo lo sabemos. Hasta ahora, hemos estado involucrados en otros negocios mucho más limpios.
Guardó silencio otra vez antes de añadir, en voz baja:
—Si avalo esto, no podría decir que no sabía.
Se recostó en el respaldo de la silla y se pasó una mano por el rostro, intentando ordenar lo que llevaba días dándole vueltas en la cabeza.
—No se trata solo de contradecir a mi padre. Podría hacerlo, porque siempre hay maneras. Pero no es eso lo que me tiene así.
Rodrigo lo observó con atención, dándole el espacio necesario para seguir.
—Mi abuelo nunca hizo negocios de este tipo. Perdió oportunidades, dinero, incluso prestigio… pero jamás cruzó ciertas líneas. Cuando hablaba de trabajo, hablaba de responsabilidad. Decía que uno podía equivocarse, pero no mirar hacia otro lado de forma deliberada.
Hizo una pausa y entrelazó los dedos.
—Mi padre siempre ha dejado claro que la empresa creció a escala internacional gracias a él, y no le falta razón. Pero los cimientos de todo esto los levantó mi abuelo.
Alzó la vista con determinación.
—Si acepto esto, no es solo aprobar un proyecto. Es aceptar que todo vale mientras los números cierren. Y eso… eso no es algo que esté dispuesto a hacer.
Rodrigo asintió.
—Entonces ya sabes hasta dónde estás dispuesto a llegar.
—Sobre todo, hasta dónde no —corrigió Matías—.
No quiero un legado construido sobre personas que nunca tendrán voz en la mesa.
No quiero escudarme en la idea de que, si no lo hacemos nosotros, lo hará otro.
Y no quiero convertirme en alguien que necesita justificarse constantemente por haber elegido el camino más fácil.
Rodrigo apoyó los codos sobre el escritorio.
—Eso va a tener un costo.
—Lo sé.
Cuando las palabras salieron de sus labios, Matías sintió que podía volver a respirar sin que un peso en el pecho lo aplastara.
***
La sala de reuniones estaba llena esa tarde cuando Matías tomó su lugar al frente.
Reconoció algunos rostros, otros apenas le resultaban familiares; hombres y mujeres acostumbrados a decidir el destino mediante cifras, que rara vez tenían nombre propio.
Sergio Balmaceda no estaba. Viaje imprevisto, había informado su asistente esa misma mañana.
La ausencia flotaba en el ambiente como una nota discordante que nadie se atrevía a señalar.
Matías conectó el proyector y aparecieron las diapositivas que había preparado.
—Buenas tardes a todos —comenzó.
La mayoría devolvió el saludo. Otros tantos solo asintieron.
—Voy a ser directo. Estos son los resultados finales de los estudios ambientales del nuevo proyecto en República Dominicana.
Un par de accionistas alzaron la vista de inmediato. Otros cruzaron los brazos, atentos a sus palabras.
—Con las medidas de mitigación aplicadas de forma estricta —continuó, pasando a la siguiente lámina—, el margen de ganancia se reduce entre un veintiocho y un treinta y dos por ciento.
Un murmullo bajo recorrió la mesa.
—¿Eso incluye los ajustes por inflación local? —preguntó uno de los socios más antiguos, sin disimular su ceño fruncido.
—Incluye inflación, logística y supervisión externa —respondió Matías sin titubear—. Todo lo necesario para que las medidas funcionen como fueron diseñadas.
Cambió la diapositiva. Un mapa ocupó la pantalla.
—Si esas medidas no se implementan de forma sostenida —prosiguió—, el impacto ambiental es alto y acumulativo. Este río —señaló una línea que cruzaba el mapa— no es un curso secundario. Abastece a más de diez poblados. Agua potable, riego y subsistencia básica.
—¿Estamos hablando de un escenario extremo? —intervino alguien—. Porque los informes suelen cubrir el peor de los casos.
Matías sostuvo su mirada.
—Estamos hablando del escenario más probable si se prioriza la rentabilidad a corto o mediano plazo.
El silencio sustituyó los murmullos previos.
—En términos financieros, el proyecto es viable solo bajo supuestos que, en la práctica, rara vez se cumplen sin un sobrecosto posterior.
En términos éticos y reputacionales, el riesgo es considerable.
No inmediato, pero sí inevitable. Tendremos, además, un serio problema con Medio Ambiente, lo que implicaría, a mediano plazo, la pérdida de toda la inversión.
—¿Entonces está recomendando que no avancemos? —preguntó alguien al fondo de la mesa.
Matías respiró hondo antes de responder, separando su opinión personal del contexto en el que se encontraba.
—Estoy recomendando que se vote con toda la información sobre la mesa.
Se intercambiaron miradas cargadas de intención. Hubo quien tomó notas con más fuerza de la necesaria. Nadie habló durante varios minutos.
—Agradecemos la franqueza —comentó uno de los directores—. No es habitual.
Matías asintió, sin sonreír.
—Es lo correcto.
La reunión se dio por concluida tras una pausa larga e incómoda. Todos estaban sopesando las consecuencias que no deseaban asumir. Matías recogió los documentos, aceptando el peso de lo que acababa de poner en juego.
Gael lo alcanzó en el pasillo, cuando ambos estaban lejos de la sala.
—No te guardaste nada —comentó, con su media sonrisa característica.
—Esa era la idea —respondió Matías, sin aminorar el paso.
Caminaron juntos hacia el ascensor.
—Estuve en Cuba hace poco, por orden de tu padre —mencionó Gael, cuando las puertas se cerraron, dejándolos solos en el pequeño espacio—.
Hay lugares donde la gente vive con lo mínimo, pero cuida lo poco que tiene como si fuera sagrado.
El agua, la tierra… todo tiene un valor distinto cuando no sobra nada. Votaré que no.
Matías lo miró, sorprendido por el comentario, y pensó en Natalia.
—A veces olvidamos eso desde nuestras oficinas con aire acondicionado —añadió Gael—. Hiciste bien en decirlo. Aunque no sea agradable.
Las puertas del ascensor se abrieron y su primo lo dejó solo antes de que Matías pudiera responder.
Esa noche, de regreso en su apartamento, dejó el teléfono sobre la mesa y frunció el ceño.
Ningún mensaje nuevo. Ninguna llamada perdida.
Natalia no había respondido desde el día anterior.
Releyó el último mensaje que le había enviado.
Había sido breve, pero sus palabras estaban llenas de añoranza.
Esa mujer se le había quedado clavada en el alma.
Sintió una inquietud desagradable por la ausencia de noticias.
Le timbró, como cada noche desde que había regresado. Sin respuesta.
Tomó el teléfono otra vez, dudó… y finalmente compró el primer boleto disponible. Iría a verla. Ese día, después de mucho tiempo, había elegido con claridad quién quería ser. Ahora solo esperaba no llegar demasiado tarde a todo lo demás.
***
Cuando el taxi dobló en la calle de su edificio, el pulso se le aceleró con una fuerza dolorosa. No había ensayado sus palabras, solo lo guiaba la urgencia de verla abrir la puerta y confirmar que estaba bien.
Pero no fue eso lo que encontró. Natalia apareció ante él con un gesto abatido, marcada por un cansancio que solo le había visto una vez antes, cuando le habló de sus óvulos y de la clínica.
Esta vez, sin embargo, había una frialdad extraña en ella, que se esforzaba por marcar una distancia que no necesitaba palabras para hacerse evidente.
Matías se quedó inmóvil en el umbral. Dudó entre acercarse o esperar, entre tocarla o darle espacio.
El silencio que se tendió entre ambos lo congelaba todo y, por esta vez, no supo cómo romperlo.
—Regresé —anunció, con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Estaba preocupado por ti. Quería verte.
Ella no respondió el gesto. Se limitó a abrir un poco más la puerta, lo suficiente para dejarlo pasar, y luego se apartó sin mirarlo. Matías dejó la maleta junto a la entrada y avanzó con cautela, deteniéndose frente a ella.
—¿Qué pasa?
Intentó tomarle la mano. Natalia la retiró con un movimiento, aunque él percibió que sus dedos temblaban. Sus ojos se enfocaron en la alfombra, decidida a no mirarlo. Algo se le hundió en el pecho.
—Se acabó —dijo ella, alzando la mirada, mientras colocaba sus manos cerradas en puños a ambos lados de su cuerpo.
Sus ojos, que tantas otras veces habían brillado al encontrar los suyos, eran ahora como un lago helado. Durante un momento, Matías no comprendió lo que había dicho. Las palabras tardaron en asentarse, antes de caer como plomo sobre su corazón.
—¿Cómo dices? —preguntó, más sorprendido que incrédulo.
Natalia respiró hondo antes de repetirlo, esta vez con una calma que dolía más, si es que eso era posible.
—Lo nuestro se acabó.
El aire entre ambos podía cortarse con un cuchillo. Matías quiso acercarse, pedirle que le diera algo a lo que aferrarse. Una explicación. Cualquier cosa. Pero algo en su rigidez y en la distancia deliberada que mantenía lo detuvo. Estaban frente a frente, sí, pero ya no compartían el mismo lugar.
—¿Te gustaría explicarte mejor?
Ella sostuvo su mirada durante unos segundos interminables; sus ojos estaban enrojecidos y más oscuros de lo que los había visto nunca.
—No te quiero en mi vida —respondió, sin poder ocultar el ligero temblor de su voz—. No te necesito. Y estoy perdiendo mi tiempo contigo.
Las palabras se le clavaron una a una, sin dejarle margen para la defensa.
—¿Perdiendo tu tiempo?
—Sí —respondió ella, sin titubear—. Todo esto fue un error.
Matías la miró como si intentara reconocerla.
No era la mujer que había dormido entre sus brazos, ni la que le había hablado de sus miedos en la penumbra.
Ni la que había conocido París a su lado, llena de ilusión.
Parecía distinta e inaccesible, como tallada en hielo a pesar de la calidez de sus ojos y su piel.
—No entiendo —dijo, y la voz se le quebró sin que pudiera evitarlo.
—No tienes que hacerlo. Solo acéptalo.
Él guardó silencio. Había aprendido, con los años, que insistir a veces no era valentía, sino negación.
Que el orgullo podía convertirse en una trampa, y que ciertas batallas se perdían en el mismo instante en que se intentaban ganar.
Respiró hondo, conteniendo el impulso de tocarla, de buscar una grieta en la muralla que ella había levantado.
No la encontró. Tomó su maleta y salió, cerrando la puerta con suavidad tras él, mientras se tragaba las lágrimas que picaban en las esquinas de sus ojos.
Nunca había llorado por una mujer y ahora confirmaba que siempre había una primera vez para todo.