El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 24 Natalia #2
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Capítulo 24 Natalia #2

Él la observó con una calma que le revolvió el estómago.

—Creo que ya debe suponerlo. Quiero que deje a Matías. Pero no me refiero a una separación cualquiera. Quiero que lo destruya.

La palabra cayó con el peso de una sentencia.

—Usted es una mujer con experiencia —continuó—. Sabe leer las situaciones y sabe actuar en consecuencia. No le pido nada que no esté dentro de sus capacidades. Quiero que él la rechace, que no tolere siquiera escuchar su nombre. Que la recuerde como un error que no desea repetir.

No elevó la voz. Tampoco necesitó hacerlo.

—Mi hijo atraviesa un momento decisivo —prosiguió—.

Está a punto de asumir responsabilidades que no admiten distracciones ni fisuras.

Necesita una esposa que represente a esta familia, que encaje en la imagen que hemos construido con años de trabajo.

Con sacrificios que usted no es capaz ni siquiera de imaginar.

Hizo una pausa breve, lo justo para acomodarse la chaqueta antes de sacar el teléfono del bolsillo interior. No había prisa en sus movimientos.

—No hay nada personal en esto, señorita Osorio, se lo aseguro —dijo con calma—. Pero no me agrada lo que sé, ni lo que veo. Nada sobre usted encaja con aquello por lo que he luchado toda mi vida. Y créame: no hablo desde el desprecio, sino desde la experiencia.

Natalia sostuvo su mirada, tensa.

—Sé perfectamente de dónde viene —añadió—. Y, siendo justo, debo reconocer que lo que ha conseguido por sí misma es admirable. Por eso mismo voy a darle una opción. Una salida digna. La posibilidad de elegir su futuro sin que nadie más resulte dañado en el proceso.

Desbloqueó el teléfono y giró la pantalla hacia ella.

—Usted y yo sabemos cómo funcionan las cosas —continuó—. Los hombres somos inconstantes. Usted misma lo ha vivido y yo no estoy dispuesto a permitírselo a Matías, pero para demostrarle que hablo en serio, he decidido ofrecerle un incentivo.

Natalia observó la pantalla que él le mostraba sin comprender del todo las imágenes. Había bandejas metálicas alineadas, etiquetas y tubos numerados. Al fondo de todo, una cámara frigorífica.

—Son sus óvulos —explicó él—. Solicité a la clínica que los dividiera en tres grupos. Ese que ve ahora es uno de ellos.

Ella levantó la vista con los ojos anegados en lágrimas que se negaba a derramar. Buscó algún rastro de humanidad en su rostro, pero no lo encontró.

—Fueron descongelados —añadió—. Ahora el resto depende de usted.

Natalia sintió el rugido del silencio en los oídos, el corazón desbocado y la rabia golpeando las costillas desde dentro con cada latido.

Un grito se le formó en la garganta, pero lo contuvo, mordiéndose la lengua.

Una lágrima solitaria escapó, trazando una línea húmeda hasta su barbilla.

La secó con furia, intentando borrar también la humillación.

Balmaceda guardó el teléfono con un gesto tranquilo.

—Ahora sabe que hablo en serio.

El tono fue amable, y eso la aterrorizó más que cualquier amenaza.

—Trasladamos los óvulos a una clínica de fertilidad aquí en Santo Domingo —añadió—.

No puedo compartirle el nombre todavía, por razones obvias.

Pero cuando haga lo que le digo, le devolveré los óvulos restantes.

Además, dejaré pagada la cuota para cinco años más de preservación.

Tiempo suficiente para que usted decida qué hacer con ellos.

Natalia respiró hondo, intentando mantener la voz firme.

—¿Y cómo sabré que cumplirá su palabra? —preguntó, más por ganar tiempo que por verdadera curiosidad.

—Soy un hombre de palabra, señorita Osorio —respondió él, con un leve destello de orgullo—.

Por eso estoy aquí. Matías la dejará atrás, y en ese momento mi abogado le entregará el contrato que la convertirá en la única propietaria del material.

Sin cláusulas ocultas, sin segundas intenciones.

Pero para que eso ocurra, él tiene que odiarla. ¿Quedó claro?

—Como el agua —susurró Natalia.

—Bien.

—Ahora váyase de mi casa.

Balmaceda le sonrió antes de dirigirse hacia la puerta con paso lento, sin volver la vista.

Salió y el sonido del cerrojo tras él fue definitivo.

Natalia permaneció de pie, incapaz de moverse.

Luego el cuerpo cedió. Se dejó caer sobre el sofá, sin fuerzas, con las manos apretadas sobre el pecho para contener los temblores.

Sintió el pulso en las sienes, el sabor metálico en la boca y las lágrimas que amenazaban con salir, pero no lo hacían.

Había algo peor que la tristeza: la sensación de haber sido despojada de sí misma.

Durante años había creído que el dolor tenía un límite, que después de cierto punto el cuerpo se acostumbraba, que uno aprendía a sobrevivir.

Pero ese hombre acababa de demostrarle que no.

Podía oler todavía el perfume de Balmaceda, mezclado con el aroma del café frío que había dejado en la mesa antes de abrir la puerta.

Miró a su alrededor. Todo en su apartamento lucía más pequeño: los libros, los adornos, los cuadros en las paredes.

Todo reducido a una escala miserable bajo la sombra de ese hombre y su poder.

Sintió la tentación de romper algo, de gritar, de destrozar el teléfono o las fotos, pero no lo hizo.

En lugar de eso, se llevó las manos a la cara y respiró.

Una, dos, tres veces, tratando de entender cómo seguir adelante en un mundo donde los poderosos podían comprar hasta el dolor de los demás.