El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 24 Natalia
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Capítulo 24 Natalia

Cuando sonó el telefonillo, Natalia abrió la puerta con una sonrisa que le nació sin pensarlo. Era una cálida tarde de jueves y no esperaba a nadie, menos aún después de todo el día en la oficina. Solo podía ser él.

«Matías».

La otra noche, cuando hablaron, le había dicho que esperaba regresar pronto. El corazón le dio un vuelco breve y tibio, de esos que anuncian una presencia antes de verla, mientras aguardaba el poco tiempo que le llevaría llegar hasta su apartamento.

Pero la sonrisa se le congeló en los labios.

Frente a ella no estaba Matías, sino Sergio Balmaceda en persona.

Lo reconoció por todas las fotos que había visto de él en internet y por el parecido escalofriante con su hijo.

Durante dos segundos enteros, Natalia no supo qué hacer con las manos ni con la expresión que se le borraba del rostro.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente, tensándose de golpe.

El hombre la observó desde el umbral con un gesto altivo que parecía haber nacido con él.

No necesitaba decir nada: su sola presencia llenaba el pequeño apartamento con su autoridad.

Vestía un traje impecable, confeccionado con el tipo de tela que no se arruga ni siquiera cuando el dueño se sienta, y su perfume discreto tenía el peso de lo caro.

Natalia se sintió expuesta y humillada, con su sencillo vestido de estar en casa, los pies descalzos y el cabello alborotado.

Se cruzó de brazos sin darse cuenta, queriendo cubrirse de una mirada que la desnudaba sin tocarla.

Ese hombre tenía el rostro muy parecido al de su hijo, aunque en él no había ni un rastro de calidez.

Solo exudaba elegancia fría, cuando en Matías había un tono de vida, de inquietud y de deseo.

En su padre solo había distancia y la seguridad helada de quien sabe que puede aplastar a cualquiera sin ensuciarse las manos.

¿Le habría pasado algo a Matías? ¿Era eso?

¿Una tragedia, un accidente? El pensamiento la atravesó como un cuchillo.

—Buenas tardes, señorita Osorio.

Su voz era grave, modulada, con ese acento que ella había empezado a amar cuando Matías le susurraba al oído. Ahora sonaba como un dictamen.

—Buenas tardes —alcanzó a responder, con un hilo de voz que hizo pasar por cortesía—. Pase, por favor.

Retrocedió un paso. Sergio Balmaceda entró con la naturalidad de quien nunca pide permiso, seguro de que cada espacio del mundo le pertenecía de antemano. El ambiente del apartamento, cálido y familiar segundos atrás, se volvió opresivo. El aire olía a miedo. El de ella.

El hombre recorrió el lugar con la mirada, y Natalia sintió cómo cada rincón era pesado, medido y tasado. No había ni un solo gesto casual en él; ni siquiera sus ojos se movían sin propósito. Cuando volvió a mirarla, comprendió que no había pasado la prueba.

—¿Puedo ofrecerle algo? ¿Agua? ¿Un café? —preguntó, aferrándose a la cortesía como a una cuerda que pudiera salvarla del vacío.

—No. Estoy bien. Lo que tengo que decir será rápido.

El tono fue tan seco que la palabra «rápido» sonó a amenaza.

Natalia bajó la mirada porque ya intuía de qué se trataba.

Había imaginado este momento más de una vez, como quien teme un terremoto, pero vive sobre la falla.

«Deje a mi hijo, aléjese de él y no destruiré su trabajo».

La frase flotaba en su mente incluso antes de que él hablara.

Suspiró y le indicó el sofá, pero Balmaceda no se sentó.

Permaneció de pie, imponente, con las manos cruzadas detrás de la espalda.

La miró con esos ojos de halcón que debían haber intimidado a más de un ministro y a decenas de jueces.

Ella decidió que, si de todas maneras iba a amenazarla, al menos no se dejaría amedrentar con facilidad.

—Es cierto que usted es atractiva —comenzó, sin preámbulos—. Por demás, diría. No me sorprende que mi hijo haya perdido la cabeza.

Natalia sintió las palabras como un golpe en el estómago, dichas sin emoción, sin pudor y sin dejarle siquiera espacio para ofenderse.

—No lo digo como un insulto —prosiguió—. Matías aún cree que puede permitirse ciertas licencias. Yo no tuve ese lujo, pero lo entiendo. El deseo de algo más que no podemos tener…

Natalia guardó silencio, obligándose a no reaccionar de inmediato. Parecía que él estaba hablando consigo mismo más que con ella.

—Vengo de muy abajo. De un lugar donde nadie te regala nada y donde un error puede costarte todo.

Ella alzó las cejas, confundida.

—Todo lo que tengo no apareció por arte de magia. Se levantó a fuerza de decisiones difíciles, muchas de ellas impopulares. O dolorosas.

Se inclinó hacia adelante.

—Por eso soy cuidadoso con lo que entra en la vida de mi hijo. No porque no confíe en su inteligencia, sino porque sé lo fácil que es perder el foco cuando uno confunde los deseos personales con las responsabilidades mayores.

Natalia sintió el impulso de defenderse, pero algo en la convicción impenetrable con la que él hablaba la detuvo.

—Matías está destinado a hacerse cargo de algo que lo supera —prosiguió—. Un entramado de personas, inversiones y compromisos que no admite distracciones. Yo no construí todo esto para verlo diluirse por sus decisiones emocionales.

—No tengo intención de distraerlo de sus responsabilidades —acotó Natalia, armándose de valor.

Sergio hizo una breve pausa, frunciendo el ceño por su interrupción.

—No tengo nada personal contra usted. Pero sí tengo claro qué debo proteger y hasta dónde estoy dispuesto a llegar para protegerlo. Es lo que he hecho toda la vida, incluso a costa de mí mismo, si me permite la confesión.

El silencio inundó la estancia una vez más. Natalia sostuvo su mirada, comprendiendo con claridad que para ese hombre ella no era una enemiga, sino un riesgo que no estaba dispuesto a correr.

—¿Sabía usted que Rodrigo es un abogado excelente?

Le tengo un cariño especial a ese muchacho —continuó él, avanzando un paso hacia ella.

Natalia se negó a retroceder y Sergio sonrió—.

Por supuesto, yo mismo me encargué de que se formara con los mejores.

Sin embargo, no es, ni de lejos, el mejor de mis abogados.

Natalia frunció el ceño, intentando comprender una conexión que se le escapaba. ¿Por qué le hablaba de Rodrigo? ¿Qué tenía que ver en todo eso?

—No sé qué tiene eso que ver conmigo.

—¿Sabe una curiosidad sobre los contratos médicos? —prosiguió Sergio, empleando ahora un tono didáctico—. Tienen cláusulas de amplia interpretación.

Dio dos pasos más, lo suficiente para invadir su espacio personal. Natalia se irguió, apretando las manos que mantenía cruzadas frente a su pecho y enfrentando sus ojos. Al menos no eran verdes, como los de Matías, sino café con motas doradas. Unos ojos bonitos para un hombre despreciable.

—Verá, cuando una pareja decide someterse a un tratamiento de fertilidad —continuó—, la clínica los obliga a firmar un contrato, ¿recuerda?

En ese documento se especifica la propiedad del material preservado: óvulos, esperma, embriones.

Lo interesante es que no todos los contratos son tan claros como deberían.

Natalia sintió cómo la sangre se le retiraba del rostro. Su respiración se volvió superficial sin poder evitarlo.

—Y cuando el matrimonio se disuelve —prosiguió él—, puede ocurrir que esos óvulos entren en una disputa judicial.

—Eso no es posible —dijo ella—. Si solo contienen la información genética de la mujer, legalmente son de ella.

—¿O no? —replicó él alzando una ceja—. Si el esposo pagó el tratamiento, el tribunal podría otorgarle derechos económicos.

No biológicos, claro, pero suficientes para reclamar parte del material o, en su defecto, una compensación.

Si la mujer no puede afrontar los costos de mantenimiento…

bueno, el juez podría considerar que cederle los óvulos al hombre es una solución razonable.

Las palabras se clavaron en el aire. Natalia necesitó varios segundos para procesarlas.

—Yo… —balbuceó.

—Verá, señorita Osorio —la interrumpió él, retomando la conversación con frialdad—, los hombres somos criaturas débiles cuando hay dos cosas en juego: las mujeres y el dinero.

En eso mi hijo me ha decepcionado bastante, aunque no puedo negar que me recuerda un poco a mí con su edad.

Su exesposo, por otro lado… —Hizo una pausa y se llevó un dedo al mentón—.

Andrew, creo que se llama. Él ha demostrado tener prioridades más… pragmáticas.

El nombre la golpeó como un mazo. «Andrew». Siete años de vida compartida convertidos en un bisturí que ahora le abría el pecho.

—Mi abogado fue a verlo —continuó Balmaceda—. Le explicó la situación y le ofreció una suma generosa a cambio de iniciar la reclamación legal sobre los óvulos que ustedes congelaron. No tardó en aceptar. Tiene una nueva familia que mantener, ya sabe.

Natalia sintió que el suelo se disolvía bajo sus pies.

El pecho se le llenó de hielo a pesar de los latidos desenfrenados de su corazón.

Quiso hablar, pero la voz se le quebró antes de salir.

«Andrew…». El hombre con el que había compartido años de proyectos, sus días más grises y los intentos fallidos por alcanzar un sueño que se le escurría de las manos cada vez.

La persona que mejor la había conocido. El hombre que había prometido no hacerle daño.

Le temblaron las manos. Intentó ocultarlo, apretando los puños en sus costados.

Balmaceda caminó a su alrededor con lentitud, midiendo cada paso, como un cazador que da vueltas alrededor de su presa.

Natalia lo sintió rodearla, sin tocarla, sin levantar la voz.

No necesitaba hacerlo. Su dominio era silencioso y absoluto.

—Rodrigo está peleando contra una quimera —dijo al fin, deteniéndose frente a ella—, porque esos óvulos ahora son míos.

Natalia alzó la mirada con un esfuerzo que le dolió en los músculos del cuello.

—¿Y qué es lo que quiere? —preguntó, su voz apenas audible.