Capítulo 23 Matías #2
Esa mañana llegó a la oficina antes de que amaneciera del todo.
La ciudad todavía se desperezaba cuando dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla y encendió la lámpara del escritorio.
Le gustaba esa hora: el silencio, la sensación de control momentáneo, la idea de que aún podía decidir el rumbo del día.
No había terminado su primer café cuando su teléfono vibró sobre el escritorio, atrayendo su atención.
«Convocatoria urgente. Presidencia. 9:00 a. m. — S. Balmaceda».
Matías entrecerró los ojos, extrañado. A las nueve en punto cruzó el umbral del despacho de su padre.
Sergio estaba de pie junto al ventanal, impecable como siempre, observando la ciudad mientras bebía de su taza a sorbos lentos.
Sobre el escritorio, perfectamente alineados, reposaban varios documentos encuadernados.
—Buenos días, hijo —saludó, antes de continuar—: Llegaron los pronósticos finales del estudio ambiental del proyecto en República Dominicana. Los socios ya los revisaron. Vamos a seguir adelante.
Matías asintió con un gesto automático y tomó uno de los informes.
—Necesito que lo estudies a fondo —continuó Sergio— y prepares una presentación clara para la próxima reunión. Quiero que seas tú quien exponga los resultados.
El papel crujió cuando Matías pasó las primeras páginas. Gráficos, proyecciones, notas técnicas. Todo parecía en orden hasta que una palabra captó su atención. Luego otra. Y otra más. Se detuvo. Volvió atrás y leyó con más cuidado.
—Aquí dice que existe una probabilidad alta de contaminación del río en la zona del proyecto —señaló al fin, levantando la vista—. No es un afluente menor. Abastece a varios poblados.
Sergio se giró despacio.
—El informe también contempla medidas de mitigación —afirmó.
—Medidas cuyo costo es altísimo —replicó Matías—. Y que, siendo honestos, rara vez se aplican con el rigor que prometen.
Hubo un silencio breve, cargado de incomodidad.
—No sería el primer proyecto con ese nivel de riesgo —respondió su padre—. Ni el último. El desarrollo siempre tiene un precio.
Matías cerró el informe con cuidado, para que el gesto contuviera lo que sentía realmente.
—¿Y quién lo paga esta vez? —preguntó—. Porque no serán las empresas. Será la gente que vive allí. Comunidades que, en muchos casos, ya están al límite.
Sergio volvió a su asiento y lo miró con una expresión calculada.
—Precisamente por eso quiero que estés involucrado.
Vas a asumir más responsabilidades. No puedo permitirme idealismos cuando estás tan cerca de tomar decisiones mayores.
Anoche en la cena me quedó claro que quieres más responsabilidades y, hasta ahora, te he mantenido separado de este tipo de decisiones.
Es el momento de que comiences a asumirlas.
Siempre habrá un riesgo cuando se hacen proyectos de esta índole.
Matías sostuvo su mirada. Recordó los pueblos que había visitado, las casas humildes, el agua limpia en los márgenes, los niños jugando cerca del río.
—Si esto es lo que implica el control, no estoy seguro de quererlo —dijo, dejando la frase suspendida entre ambos—. Esto no se parece en nada a lo que hemos hecho antes, porque no he estado ajeno a los otros proyectos.
—Esto es un negocio —sentenció Sergio—. Siempre lo ha sido. Y necesito saber que lo entiendes. Si nos quedamos como antes, perdemos, así que estamos obligados a crecer. Créeme cuando te digo que pagaremos el dinero suficiente para que las consecuencias se olviden con rapidez.
Matías recogió el informe. Sus dedos temblaron lo justo para que solo él lo notara. La voz de la secretaria de su padre resonó en el altavoz del escritorio.
—La señorita Valdés está aquí para verlo, señor Balmaceda.
Su padre se levantó con rapidez, dejando la taza de café a medio beber sobre una esquina del escritorio. Se frotó las manos una contra la otra antes de contestar, apretando un botón:
—La atenderé en breve.
—¿Es la madre de Rodrigo? —preguntó Matías, frunciendo el ceño.
—Eh, sí. No sé qué asunto puede haberla traído hasta aquí.
Su padre se alisó los pliegues invisibles de su chaqueta oscura y se ajustó el nudo de la corbata. Matías no dijo nada mientras lo observaba con los ojos entrecerrados. Sergio pareció recordar que estaba ante su hijo y volvió a mirarlo, recobrando su calma habitual.
—¿Entiendes lo que está en juego aquí?
Matías hizo una pausa, calibrando los últimos segundos en su cabeza.
—Lo entiendo.
Salió de la oficina de su padre y le dirigió un saludo cortés a la madre de Rodrigo al cruzarse con ella.
Regresó a su oficina con el informe bajo el brazo, y cerró la puerta con más cuidado del habitual.
Aún no había terminado la mañana, pero el día ya le pesaba como si hubiera atravesado una jornada entera.
Dejó el documento sobre el escritorio y permaneció con la mirada fija en la ventana, observando la ciudad; todo seguía funcionando con una normalidad insultante.
Finalmente abrió el informe. Necesitaba comprobar que no estaba exagerando con su primera reacción. Pasó las páginas, deteniéndose en las advertencias formuladas con el lenguaje neutro que hacía que cualquier catástrofe pareciera manejable.
«Riesgo de contaminación progresiva del cauce principal».
El río. Volvió a ver los rostros de las personas que había conocido durante su última visita: hombres y mujeres que hablaban del agua como de un miembro más de la familia; comunidades enteras organizadas en torno a ese cauce que no solo regaba la tierra, sino que sostenía la vida misma.
Recordó la forma en que lo habían mirado cuando les aseguró que el proyecto traería desarrollo, empleo y oportunidades.
Cerró el informe.
Su padre había hablado de medidas de mitigación con la seguridad de quien ni siquiera entiende las consecuencias.
Medidas costosas y difíciles de fiscalizar.
Matías conocía bien cómo funcionaban esos mecanismos una vez que la obra estaba en marcha: presupuestos recortados, controles laxos e informes maquillados.
No era un ingenuo y nunca lo había sido, a pesar de lo que creía su padre.
Esa situación no se trataba solo de un desacuerdo técnico ni de una diferencia de criterios empresariales.
Era una grieta que atravesaba la idea misma de lo que significaba asumir el tan esperado control de ese imperio que tenía como herencia.
Sergio Balmaceda había sido claro: no era el primer proyecto así, ni sería el último.
Era precisamente por eso que Matías debía acostumbrarse. Entender. Aceptar.
Apoyó los codos sobre el escritorio y se pasó una mano por el rostro. Sabía cómo funcionaba ese mundo, conocía las reglas, los márgenes grises y las renuncias que se exigían a cambio del poder y de la continuidad. Lo que no sabía era si estaba dispuesto a pagar el precio.
Tomó aire, con la necesidad de anclarse a algo firme.
Cualquier decisión que tomara iba más allá de obedecer sin cuestionar o de rebelarse sin una estrategia.
Abrió de nuevo el informe y tomó un bolígrafo.
Marcó algunos párrafos, anotó sus observaciones al margen y subrayó las cifras.
Si su padre quería que estudiara el documento, lo haría a fondo.
Pero no para justificarlo, sino para entender exactamente hasta dónde llegaba la línea que le pedían cruzar.
Sabía que esa presentación ante los socios era una prueba.
No solo de competencia profesional, sino de carácter.
Comprendió que asumir el control no significaba necesariamente continuar con el camino trazado para él, sino decidir si tenía la fuerza suficiente para desviarlo, o para renunciar.
Ya no le importaba lo que esperaba su padre de él, sino quién estaba dispuesto a ser cuando llegara el momento de decidir.