El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 23 Matías
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Capítulo 23 Matías

Rodrigo lo llevó hasta su casa, porque Matías no tenía ánimos, después de casi nueve horas de vuelo, de enfrentarse a sus padres en una cena.

Solo quería una ducha caliente, un poco de silencio y, sobre todo, hablar con Natalia.

La necesitaba cerca, aunque fuera a través del teléfono.

Cuando cruzó la puerta, el aire pesado y el silencio lo envolvieron.

Las paredes, antes tan familiares, lo recibieron con una frialdad que nunca había notado hasta ahora.

Las obras de arte en las paredes, los muebles finos y los tonos neutros que dominaban la habitación eran más propios de una galería que de un hogar.

Todo se veía impecable, pero sin alma. Un espacio donde nada respiraba.

Se detuvo en medio del vestíbulo, observando las luces cálidas que no lograban disimular el frío del ambiente.

Se le puso la piel de gallina. Aquella casa, que durante años había sido su refugio, ahora se sentía como una escenografía de lo que alguna vez creyó que era su vida.

Miró a Rodrigo por encima del hombro. Su amigo lo seguía en silencio, con el ceño fruncido y sumido en sus propios pensamientos.

Había mantenido esa expresión durante la mayor parte del viaje, con algo carcomiéndolo por dentro.

—¿Quieres tomar un trago? ¿Una cerveza? —preguntó, intentando relajar la tensión que se había instalado entre ambos.

Rodrigo lo miró de reojo, con un destello de sorpresa.

—¿Desde cuándo bebes entre semana? —replicó, mientras se aflojaba el nudo de la corbata y caminaba hacia la nevera con paso seguro.

Matías se encogió de hombros y lo siguió.

—En Dominicana beben mucha cerveza. Cualquiera diría que es la bebida nacional —intentó sonar relajado, pero su voz salió más cansada de lo que pretendía.

El rostro de Rodrigo se suavizó con una sonrisa.

Después de todo ese intercambio, le recordó al hombre tranquilo y práctico que Matías conocía.

Sacó las botellas y las abrió con facilidad.

Se quedaron en silencio, escuchando el tic-tac del reloj en la pared.

Matías respiró hondo, con su botella en la mano, y se sentó en uno de los sillones.

—Tómate otra si quieres —dijo al cabo de un momento—. Yo voy a llamar a Natalia.

Rodrigo levantó la vista, con una sombra de sonrisa en su rostro.

—No esperaba menos —comentó, antes de darle un trago largo a su bebida.

Él asintió, sacó el teléfono del bolsillo y, mientras buscaba el número en la pantalla, pensó que quizás esa llamada era lo único que podía devolverle algo de calor en medio de tanto vacío.

***

Matías había aceptado con incomodidad que, desde hacía años, su padre se había convertido en un completo desconocido para él.

Odiaba esa sensación. Le pesaba, además, reconocerse en sus gestos, en la mayoría de sus rasgos y en tantas de sus actitudes.

Pero esa noche, sentado frente a la larga mesa del comedor familiar, esa impresión se le atragantó como una piedra.

La casa donde había crecido, con sus techos altos y su aire solemne, le parecía más un laberinto que un hogar.

La cena era esplendorosa, como solo su madre podía conseguir.

La vajilla de porcelana inglesa, los candelabros brillantes sobre el mantel de lino y el vino respirando en la decantadora de cristal: todo dispuesto con perfección.

No hacía falta más para acentuar la falsedad del momento.

—¿Cómo dejaste las cosas en Santo Domingo? —preguntó su padre antes de que sirvieran el primer plato.

Matías apenas había tomado asiento cuando sintió la pregunta caer sobre la mesa como un anzuelo.

—Sergio, prometiste que no hablarían de trabajo —intervino su madre, sentada frente a él, posando una mano en el antebrazo de su esposo. Era un gesto que pretendía ofrecerle un margen, aunque todos sabían que Sergio rara vez respetaba los límites ajenos.

—Solo quiero saber las impresiones de Matías sobre su viaje al Caribe —replicó él, con una sonrisa conciliadora y un brillo suspicaz en los ojos.

Matías eligió la respuesta más segura.

—Estuvo bien. Hacía mucho calor.

Sergio asintió, evaluando la forma en la que había dicho la frase y calibrando su respuesta.

—Me alegra que lo hayas manejado bien —aceptó al fin, reclinándose en su silla—. Los socios quedaron conformes con tu gestión.

Matías no respondió. No sabía si aquello era un halago, una advertencia o ambas cosas. Un camarero apareció para servir el primer plato: una crema suave coronada con aceite de trufa. El aroma llenó el comedor y, por un momento, pareció un respiro. Pero su padre no tardó en retomar la conversación.

—Hijo, ya tienes treinta y… —entornó los ojos, haciendo un cálculo que Matías no necesitaba escuchar— bueno, más de treinta. No te estoy presionando, pero la vida pasa rápido.

—Sergio… —exhaló su madre.

—No, está bien —murmuró Matías, aunque sentía el nudo formarse en su estómago.

Su padre continuó, apoyando los codos con suavidad sobre la mesa, mientras su madre fruncía los labios.

—Sabes que no se trata solo de ti —dijo Sergio—. Se trata de lo que construimos como familia. De lo que dejaremos. Tú sabes que no viviré para siempre, y me gustaría ver… estabilidad. Un hogar. Alguien a tu lado. Y que, cuando llegue el momento, tú seas la continuidad de nuestro legado.

Matías bajó la mirada hacia la crema intacta en su plato, organizando sus pensamientos.

Sabía que, para su padre, el imperio que había construido lo era todo.

Había una preocupación genuina en su voz, incluso un deje de afecto.

Pero también tenía una visión muy rígida de lo que debía ser una vida.

Una visión en la que él, Matías, encajaba solo a medias.

—No necesito una esposa para nada de eso —respondió, mirándolo a los ojos.

Sergio negó.

—Una esposa adecuada es imprescindible y el tiempo no es infinito —dijo con un tono que pretendía sonar comprensivo—. Las demás mujeres no son más que distracciones pasajeras.

La madre de Matías intervino para cambiar de tema, intentando cualquier cosa que pudiera aliviar la tensión.

—¿Saben que Martha está siendo de mucha ayuda para preparar la fiesta por tu cumpleaños, Sergio?

—Me ha sorprendido lo útil que ha demostrado ser esa muchacha —respondió su padre de manera críptica.

Matías ya estaba atrapado en la sensación de que, aunque intentaba mostrarse humano, incluso vulnerable, cada frase de su padre apuntaba a un destino que él no deseaba.

—Te repito que no necesito una esposa, y me niego a que decidas ese asunto por mí —dijo cuando su madre retomó su cena y el silencio inundó la estancia—. Cuando conozca a una mujer con la que desee casarme, ustedes serán los primeros en saberlo.

Apenas terminó de hablar, su mente, traicionera e inoportuna, le mostró el rostro sonriente de Natalia. Sus ojos brillantes, la curva suave de sus labios y ese gesto despreocupado que él deseaba besar más de lo que estaba dispuesto a admitir. Sacudió la imagen con un parpadeo.

—¿Sabes cómo conseguimos todo esto? —preguntó su padre, trayéndolo de regreso a la mesa justo cuando el camarero retiraba los platos y colocaba uno nuevo, humeante.

Matías no respondió. Sabía que no hacía falta. Era una pregunta que Sergio formulaba solo para abrir la puerta a su propio discurso.

—Has tenido una vida privilegiada gracias a que yo no tuve nada de eso —continuó su padre, con un tono que combinaba orgullo, resentimiento y algo parecido al cansancio—.

Yo crecí sin garantías, sin seguridades.

Todo lo que ves aquí —extendió la mano, sin necesidad de señalar nada en particular— lo levanté a pulso.

Y lo hice para que tú no pasaras por lo mismo.

También hice sacrificios por el camino. Más de los que eres capaz de imaginar.

Matías apretó los labios. Esa parte siempre le resultaba difícil. No porque fuera mentira, sino porque era demasiada verdad. Sergio siguió hablando:

—No quiero que desperdicies eso, hijo. No quiero que llegues a mi edad y te encuentres solo, sin alguien de valor a tu lado.

No se trata solo del dinero, porque lo más importante es nuestro legado.

Se trata de ti. De tu vida. De lo que vas a construir más allá de tu trabajo.

No es una simple esposa lo que necesitas: es una mujer a tu altura y que conozca su lugar.

Matías sostuvo el cubierto sin llevarlo a la boca. Miró a su padre fijamente a los ojos antes de dejarlos resbalar hacia su madre. «Una mujer que conozca su lugar» era una manera interesante de referirse a ella. Su madre bajó la mirada ante su escrutinio.

—Estoy construyendo mi vida —dijo, bajando el tenedor y volviendo la atención a su padre—.

Reconozco el privilegio que he tenido, y es justo por eso que quiero algo más que encontrar «a la esposa adecuada».

No me basta con una mujer que encaje en un molde o que luzca bien a mi lado.

Yo también tengo expectativas, aunque no siempre las compartamos.

Sergio lo miró, frunciendo el ceño, como si esa respuesta no lo convenciera, pero tampoco quisiera presionarlo más, o al menos no en ese momento.

—Solo recuerda que el tiempo no espera, y no te estás haciendo más joven —murmuró, entrecerrando los ojos antes de bajar la vista hacia su plato.

La madre de Matías los observaba en silencio, apretando su servilleta entre los dedos, como si quisiera intervenir, pero sin saber cómo hacerlo sin empeorar las cosas.

Matías respiró hondo, con la expectativa convertida en un abrigo demasiado pesado del que no podía desprenderse.

Pensó en Natalia otra vez. Tal vez el problema no era la idea de casarse, sino hacerlo bajo los términos de su padre.

***