Capítulo 22 Natalia #2
—Si no lo aclaras, te vas a quedar para siempre con la duda de lo que pudo haber sido —dijo Irene.
Natalia suspiró.
—Lo sé.
El silencio volvió, convertido en el espacio donde no hacía falta decir nada para sentirse sostenida. Natalia volvió a mirar la pantalla del teléfono.
—Gracias, mis amores. —Hizo una pausa antes de añadir—: Les prometo que lo haré si él de verdad regresa.
Natalia apoyó el móvil sobre su pecho. Aunque Matías no estaba y no sabía qué pasaría después, tenía algo que nunca cambiaba.
A ellas.
La llamada de su madre más tarde esa noche no la tomó por sorpresa, aunque provocó que la calma que había conseguido después de conversar con sus amigas se resquebrajara.
Al fin y al cabo, llevaba semanas esquivándola con la excusa del trabajo y respondiendo con monosílabos en el chat familiar, creyendo que eso bastaría para mantenerla a raya.
Evidentemente, ya no era suficiente. Suspiró, resignada, y se obligó a sonreír antes de deslizar el dedo sobre la pantalla.
Cuando habló, su voz sonó más alegre de lo que realmente se sentía.
—¡Hola, mamá!
—Natalia, hija, si no te llamo, no hablo nunca contigo —fue la respuesta inmediata, cargada de reproche.
Natalia giró los ojos y se concentró en remover la cena que burbujeaba en la olla, buscando en el sonido del hervor un poco de paciencia.
—¿Cómo están? —preguntó, ignorando con diplomacia la acusación.
—Bueno… ahí vamos. Tu padre tiene gripe, y ya sabes cómo es. Parece que se está muriendo —dijo su madre con ese dramatismo natural que podía convertir cualquier situación en una tragedia nacional.
Natalia sonrió con sinceridad al pensar en su padre.
—Es lógico, mamá, si se siente mal. ¿Han ido al doctor?
—¿Para qué? ¿Para que le mande el mismo medicamento de siempre? Mejor lo atiendo yo aquí en la casa. Así todos estamos más tranquilos.
Natalia apoyó una mano en la encimera y contó mentalmente hasta diez para que la irritación no se colara en su tono.
—Mamá… tú no eres médica. Quizás pueda ser una neumonía, o algo más serio. Vayan al doctor, por favor, al menos para que yo me quede tranquila.
El silencio se dilató al otro lado de la línea, seguido de un bufido.
—¡Ah, claro! Cuando yo lo digo nadie me hace caso, pero si lo dices tú, entonces sí. ¡Tú siempre te preocupas por tu padre, y a mí, que me trague la tierra!
Natalia reprimió el impulso de responderle. Conocía ese guion de memoria: las frases cargadas de culpa, el tono lastimero y el chantaje emocional disfrazado de afecto.
—No es eso, mamá, sabes que me preocupo por los dos.
—Claro, claro, eso dices siempre. Pero apenas llamas. No sabes cómo me duele eso, Natalia.
—He estado ocupada, mamá. El trabajo no me deja mucho tiempo libre.
—Siempre es el trabajo. Un día de estos te vas a dar cuenta de que lo importante es la familia. Acuérdate de que tu familia somos nosotros.
Natalia miró su reflejo en el vidrio de la ventana, cansada de la misma conversación de siempre.
—Por supuesto, mamá.
«Es imposible de olvidar».
El silencio en la línea duró poco antes de que su madre cambiara el tema con maestría.
—¿A que no adivinas con quién estuve conversando el otro día? —preguntó, con la voz llena de ese entusiasmo que Natalia conocía demasiado bien. Era el preludio de algo que no quería escuchar.
—No tengo idea —respondió con cautela, aunque ni siquiera tuvo tiempo de terminar la frase.
—¡Con Andrew! —exclamó ella, cantando las sílabas—. Ay, es tan encantador. Me contó que va a ser papá dentro de poco. ¿No es una maravilla? ¡Qué hombre tan responsable! La verdad, todavía no entiendo cómo dejaste ir semejante tesoro.
Natalia sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Se frotó el puente de la nariz con la mano libre, intentando contener el impulso de colgar.
—Quizás —respondió al fin, fingiendo una calma que no sentía— fue porque me engañó con la madre de su futuro hijo. Un pequeño detalle insignificante dentro de su perfección.
Hubo un silencio incómodo, antes de que su madre retomara la conversación como si nada.
—Ay, hija… siempre tan dura. Te lo dije mil veces: los hombres se equivocan, pero hay que saber mantenerlos cerca. Andrew era un gran partido, y tú te concentrabas solo en el trabajo. Al final, se fue con una mujer que lo valoró, que le dio su lugar.
Las palabras se clavaron en ella como agujas, una tras otra, sin dejarle espacio para respirar.
—Tu padre y yo estamos muy orgullosos de ti, ya lo sabes, pero trabajas demasiado y al final, eso es lo que pasa: te quedas sola.
Natalia apretó los labios y sostuvo el teléfono con más fuerza de la necesaria.
—No estoy sola —replicó, y en su mente podía escuchar las palabras de sus amigas y ver el rostro de Matías sonriéndole debajo de la Torre Eiffel.
—¡Claro que lo estás! —replicó su madre sin dudar, con ese tono que mezclaba afecto y condescendencia a partes iguales—. Sin marido, sin hijos, y no te estás poniendo más joven, cariño. Nosotros solo queremos cuidarte, ayudarte a que no termines sola. Si yo no te digo estas cosas, ¿quién lo hará?
Natalia sintió cómo algo dentro de ella se tensaba, una cuerda muy estirada y que sentía al borde de romperse.
—Nadie, mamá —su voz temblaba—. Hay cosas que nadie tiene que decirle a otra persona. ¿Acaso crees que disfruté de mi divorcio? ¿Piensas que fue divertido ver cómo siete años de mi vida se iban a la mierda? ¡Por favor, mamá!
—No quiero que te alteres…
—No, déjame terminar, por favor —alzando un poco la voz, Natalia sintió que por fin el aire le entraba en los pulmones—.
Estoy cansada de tus críticas constantes, de tus comentarios disfrazados de preocupación, de esa manera en la que insinúas que no soy capaz de cuidar de mi propia vida —suspiró, agotada—. Es mi vida, mamá.
Al otro lado de la línea se mantuvo el silencio.
—Si tanto quieres a Andrew, puedes adoptarlo —continuó Natalia, con una risa amarga que se quebró al final—. Y así te olvidas de que tienes una hija.
—Natalia…
—No puedo seguir escuchándote ahora mismo —concluyó—. Saluda a papá de mi parte.
Colgó antes de que su madre pudiera responder.
Su relación siempre había sido tensa, por decirlo con suavidad.
Había entre ellas una distancia tan grande que ni el paso de los años había logrado acortar.
Natalia siempre sintió que, sin importar lo que hiciera, jamás estaba a la altura de sus expectativas.
Tal vez por eso había postergado la idea de ser madre.
Le aterraba parecerse a ella, repetir los mismos patrones incluso sin querer.
Porque, ¿cómo evitarlo? Su madre era su modelo más cercano y la idea de convertirse en una versión suya la paralizaba.
Por eso también había mantenido silencio durante los tratamientos.
No quería darle más armas. Su madre no supo de las visitas al médico, ni de las hormonas, ni de las esperas fallidas.
Al menos en eso, Andrew había cumplido su palabra de no decirle nada.
No quería que aquello que había sido su mayor deseo y su peor frustración se convirtiera en otra cosa que su madre pudiera usar para recordarle lo que no había logrado.