Capítulo 22 Natalia
«Lo extrañaba demasiado. Y estaba mal, muy mal, sentirse así».
Habían pasado solo unos días desde su partida, pero el eco de su presencia seguía rondando cada rincón de su mente.
Aunque había recuperado su rutina, le resultaba imposible desconectarse por completo de su recuerdo.
Matías se le había quedado prendido en la piel, como una sombra cálida que se negaba a disiparse.
Estaba en sus pensamientos más simples, en la música que ponía para matar el silencio y en la frialdad de sus sábanas.
Era su memoria empeñada en repetir una historia que no tenía futuro a largo plazo.
Quizás era porque él la llamaba todos los días.
Porque, aun con la distancia, su voz seguía encontrando el camino hasta ella.
Matías le escribía mensajes a deshoras, contándole sobre el tedio de sus jornadas en Santiago, sobre sus reuniones interminables y los almuerzos en los que nadie decía nada importante.
Cada palabra suya se había convertido en una cuerda invisible que la mantenía atada, sostenida en una ilusión que no sabía si debía alimentar o dejar morir.
Ella, a pesar de querer poner distancia, no podía evitar responder.
Le gustaba saber de él. Le gustaba sentir que todavía existía aquello entre ambos, aunque no tuviera nombre o se sostuviera solo de palabras y silencios compartidos a través de una pantalla.
Matías prometió que regresaría pronto, y ella quería creerle.
Quería aferrarse a esa idea como quien se aferra al último refugio antes de la tormenta.
Natalia sabía que no debía sentirse así.
Que lo inteligente era aceptar que aquello había sido un paréntesis, un respiro entre el caos insípido en el que se había convertido su vida.
Pero no podía, porque su propia mente había decidido que Matías llegó para quedarse, de una forma u otra, y se negaba a aceptar que lo suyo tenía fecha de caducidad.
Sin embargo, dolía incluso más de lo que estaba dispuesta a admitir, más de lo que creía que podría doler una ausencia.
No era justo. Ella siempre había sido buena para soltar, o al menos eso pensaba.
Había aprendido a dejar ir trabajos, amistades, incluso un matrimonio entero, sin mirar demasiado atrás.
Pero esto… esto era otra cosa. Cada intento de olvido era como tratar de borrar un tatuaje recién hecho: dolía, y el resultado era inútil.
Sus amigas, como siempre, se habían vuelto su refugio seguro.
Ahora que podía hablarles de Matías sin reservas no tenía sentido guardarse nada para ella.
Exhaló, recostándose contra el respaldo del sofá, con la taza de café enfriándose entre las manos.
Su teléfono descansaba sobre la mesa. Lo tomó sin pensarlo mucho, lista para compartir un poco de todo lo que la abrumaba. Abrió el chat y escribió dos palabras.
—Lo extraño.
El mensaje quedó ahí apenas un segundo. Tal vez no estaba siendo del todo justa con ellas, traspasándoles sus penas, pero no tenía a nadie más. Era en esos momentos cuando se sentía más sola.
—Lo sé, cariño —respondió Elena, de inmediato.
—¿Has sabido de él? —intervino Irene.
Natalia miró alrededor antes de responder.
—Sí. Me escribe todos los días y me llama cada noche.
—¿En serio? —preguntó Irene—. ¿Tú no le escribes nunca?
—Sí, pero me contengo. Normalmente espero a que él me escriba antes porque no quiero ilusionarme de más. Ahora parece como si lo de París no hubiera sido real —respondió en el chat y suspiró antes de enviar el mensaje.
—Eso pasa cuando algo es demasiado bueno —dijo Laura.
—O cuando sí fue real y ahora duele más —añadió Elena.
Natalia exhaló despacio.
—Es que fue perfecto. Demasiado perfecto.
—Te llevó a París —respondió Irene, y se percibía un suspiro de anhelo entre las letras—. Eso ya es otro nivel.
—No es solo eso —escribió Natalia—. Es cómo fue todo. Él… conmigo.
—Entonces, ¿qué te preocupa realmente? —preguntó Irene.
Natalia dudó. Esa era la parte difícil.
—Que no somos iguales.
—¿En qué sentido? —preguntó Laura.
—En todo —respondió Natalia—. Su mundo, su vida, su dinero y la forma en que resuelve todo. Yo no encajo ahí y esto no es una novela. Ese tipo de historias no pasan en la vida real.
—Natalia —escribió Irene—, eso suena más a una inseguridad tuya que a la realidad que estás viviendo.
—No —insistió ella—. Ustedes no lo vieron. Todo es más grande, más fácil para él. Yo me sentía fuera de lugar por momentos y no era porque él hiciera o dijera algo incorrecto, es que se percibía la diferencia entre nosotros por mucho que intentáramos maquillarla.
—Pero te llevó con él —respondió Elena—. No parece que nada de eso le importara.
—No le importa —admitió Natalia—. Pero no sé si eso significa que funcionará lo que sea que tengamos ahora.
Hubo una pequeña pausa.
—¿Te dijo algo más antes de irse? —preguntó Laura.
—No… nada importante.
—¿Qué te dijo? —replicó Irene.
Natalia apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.
—Me dijo que regresaría lo antes posible. Eso puede ser la semana próxima o nunca. La verdad, estoy esperando que lo que tenemos se disuelva por sí solo.
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó Laura.
Natalia tardó unos segundos en responder; no podía mentirles.
—No.
—Entonces ahí está el problema —dijo Irene—. No es la diferencia entre ustedes. Es que no sabes qué significa esto para él.
—Exacto —añadió Laura.
Natalia cerró los ojos un momento.
—No sé si para él fue tan importante como para mí.
—¿Tú crees que no? —preguntó Irene.
Natalia recordó su forma de mirarla, de cuidarla, de anticiparse a todo.
—No lo sé…
—Naty, te llevó a París —insistió Elena—. Eso no lo hace alguien al que le da igual lo que hay entre ustedes.
—Y aun así se fue como si nada —respondió Natalia.
—Porque tiene su vida allá —dijo Irene—. Y tú tienes la tuya en Santo Domingo.
—Pero eso no le resta valor o significado a lo que pasó entre ustedes ni a su relación —añadió Laura.
Natalia sabía que sus amigas tenían razón.
—La pregunta es otra —continuó Irene—. ¿Quieren algo más o no?
Ella no respondió enseguida.
—No lo sé.
El silencio en el chat se alargó.
—Bueno —intervino Elena, cambiando el tono. Ella siempre percibía cuando necesitaban un respiro—, no había podido decirles antes: me llamaron para una sesión de fotos.
—¡¿Qué?! —respondió Natalia de inmediato, con una enorme sonrisa en el rostro.
—¡¿En serio?! —añadió Irene.
—Sí —escribió Elena—. Fue algo pequeño, pero era la primera vez que me llamaban en el último año.
—Eso es enorme —dijo Natalia—. ¿Cómo estás con eso?
Ella sabía que a Elena le había costado mucho incorporarse una vez más al mundo de la fotografía y el modelaje después de lo que pasó con su esposo.
—Tranquila, de verdad. También hay algo más —continuó Elena—. Publicaron el último artículo que envié hace unos meses.
—Ok, oficialmente estás triunfando —dijo Irene y envió varios stickers muy animados al chat.
—Te lo mereces mucho, mi amor —añadió Laura.
Natalia sonrió, sintiendo algo de ligereza en el centro del pecho.
—¡Estoy muy orgullosa de ti! —escribió, y era verdad.
—Gracias… aunque estoy algo nerviosa —admitió Elena—. Me da miedo volver a estar bien. No sé si me explico, hay días que apenas puedo levantarme de la cama y otros en los que creo que me comeré el mundo.
—Que puedas contárnoslo ya significa mucho —respondió Laura—. No tienes que sentirte mal por estar mejor. Sabes que estamos aquí para ti, siempre.
—Lo sé. Gracias, de verdad, por no soltarme.
Hubo una pequeña pausa que llenaron con stickers de corazones antes de que Irene escribiera:
—Yo no tengo nada emocionante que contar.
—Eso nunca es verdad —respondió Natalia.
—Mi mamá ha estado enferma —escribió Irene—. He estado cuidándola estos días y no he podido ir a trabajar. El dueño del restaurante me ha dejado cambiar los turnos, pero tendré que regresar al trabajo lo antes posible. No quiero que me sustituyan.
El tono de la conversación cambió de inmediato.
—¿Tu mamá está mejor? —preguntó Natalia.
—Un poco, sí. Pero ustedes saben cómo es ella. Así que todo se vuelve más difícil.
—¿Y tú cómo estás? —preguntó Laura.
—Cansada, pero bien. Por suerte las cosas con Rafael están tranquilas y eso me alivia.
Rafael. El «esposo» de Irene. A ninguna de ellas le gustaba demasiado él.
—Sabes que estamos aquí para ti —dijo Natalia.
—Siempre —confirmó Elena.
Los tres puntos iban y venían en el usuario de Laura, hasta que se animó:
—Yo tampoco estoy en mi mejor momento.
Natalia se incorporó.
—¡¿Qué pasó?!
—¿Todo bien? —preguntó Irene.
Laura tardó un poco más.
—No puedo decirles mucho ahora… pero estoy pasando por algo complicado.
—¿Necesitas algo? —preguntó Elena.
—No… solo que sepan que no estoy al cien y que les contaré en cuanto pueda.
—Aquí estaremos —dijo Natalia, aunque no pudo evitar preocuparse por ella.
Laura era quien tenía la vida más estable y tranquila de todas ellas, al menos en apariencia. Esperaba que la situación no fuera grave. El chat quedó en pausa, antes de que Irene rompiera la tensión.
—Ok, volvamos a Natalia, entonces.
—Sí, por favor —añadió Elena.
—Sí, que dejamos el tema a medias —remató Laura.
Natalia sonrió.
—Qué malas son.
—Responde —insistió Irene—. ¿Te enamoraste o no?
Natalia miró la pantalla unos segundos.
—No sé.
—Eso parece un sí —dijo Elena.
—Definitivamente es un sí —añadió Laura.
Natalia exhaló.
—Creo que sí.
El mensaje pareció asentarse entre las cuatro.
—Entonces ya sabes qué hacer —dijo Irene.
—No —respondió Natalia—. No lo sé.
—Sí lo sabes —insistió su amiga—. Solo te da miedo.
—Tienes que preguntarle —añadió Laura—. Saber qué significa esto para él.
Natalia miró el techo.
—Me da miedo y no puedo hacerlo ahora que estamos lejos. Además, somos adultos y los adultos no se enamoran en unas pocas semanas.
—Te da miedo porque te importa —respondió Elena—. Pero sobre lo de enamorarte, ¿quién dice que hay un tiempo mínimo para sentirse de una forma o de otra? Naty, el amor no funciona así. Si lo sientes, ya está. Mi consejo es que lo vivas.
—Cierto —añadió Laura.