Capítulo 21 Matías #2
Ella deslizó las manos por su espalda mojada, con sus dedos recorriendo los músculos tensos bajo la piel caliente.
Lo acercó más, sus palmas planas contra sus omóplatos, antes de clavar las uñas y arrastrarlas hacia abajo.
Matías gruñó contra su boca mientras apretaba la curva de su cintura.
Natalia arqueó la espalda y Matías deslizó su mano derecha por el estómago de ella, con las yemas de los dedos rozando la piel antes de sumergirse.
Ella aspiró con fuerza al sentir su contacto, empujándose contra él.
Matías mordió el lóbulo de su oreja mientras sus dedos continuaban con su asedio entre sus piernas.
Ella gimió su nombre y tiró de su cabello oscuro, desesperada.
Él se detuvo con una sonrisa traviesa antes de que el orgasmo la arrasara, sentándose en el escalón de la bañera y colocándola encima.
Natalia se deslizó sobre él con urgencia, mordiéndose el labio inferior, y el agua se agitó alrededor de sus cuerpos mientras la espuma blanca se derramaba por el borde.
Matías murmuró su nombre, con las pupilas dilatadas fijas en su rostro y sus manos guiando sus movimientos.
Levantó las caderas, golpeando hacia arriba, empujando profundamente en su interior e incrementando el ritmo.
Ella arqueó la espalda mientras el agua se arremolinaba a su alrededor.
Todos los sonidos del mundo fueron sustituidos por sus respiraciones entrecortadas y el roce de la piel húmeda.
Natalia tensó los muslos, con sus dedos clavándose en los hombros de Matías cuando el orgasmo la atravesó, mientras soltaba un gemido que resonó contra las paredes del baño. Él la siguió, sin fuerzas para resistirse a su contacto.
La noche de Matías quedó reducida a ese pequeño espacio de mármol, luz dorada y vapor.
Su mundo quedó reducido a ella.
***
Nunca le había dolido tanto una despedida.
Quizás era porque nunca antes se había despedido de alguien que realmente le importara.
Matías siempre había creído que las separaciones eran inevitables.
Pero esa última noche con Natalia, después de su regreso de París y de los días mágicos que pasaron allá, le había dejado una marca profunda.
La forma en la que ella lo miró antes de quedarse dormida entre sus brazos casi lo hizo decir las palabras que llevaba varios días conteniendo.
Esa mañana, antes de irse al aeropuerto, todo había parecido perfecto.
El desayuno compartido, el roce de sus manos sobre la mesa y el beso que ambos sabían que tendría que durar demasiado.
Sin embargo, ahora que estaba en el aeropuerto, con los protocolos cumplidos, el equipaje despachado y el pasaporte en la mano, todo se sentía incorrecto.
La lógica y la rutina no tenían sentido frente a lo que dejaba atrás.
Incluso después de tomar asiento en primera clase, Matías no logró deshacerse de la sensación de vacío que se instaló en su pecho. Miró por la ventanilla mientras el sol comenzaba a elevarse sobre la pista, dorando las nubes en un resplandor cálido que contrastaba con el frío que sentía por dentro.
Era absurdo. Solo serían unas semanas. Había prometido regresar. Se pasó una mano por el cabello, intentando disipar el nudo que se formó en su garganta. No podía sacudirse la sensación de que la mejor parte de él, la más real, se quedaba allí, en Santo Domingo.
Fue Rodrigo quien lo recogió en el aeropuerto.
Cuando se fue de Santiago, Matías había decidido dejar su propio auto en su casa y pidió a uno de los choferes de la empresa que lo llevara hasta allí.
Esta vez, el vuelo de regreso había sido largo, pero no lo suficiente para ordenar las ideas que seguían dando vueltas en su cabeza.
El reencuentro con esa ciudad, con su clima más frío y el aire saturado, le devolvió de golpe la sensación de distancia.
Rodrigo lo esperaba apoyado contra su vehículo, revisando algo en el teléfono, con el ceño fruncido y una expresión que no le gustó en absoluto.
Su amigo solía ser la calma personificada, el equilibrio perfecto entre sensatez y humor, pero esa noche lucía tenso e irritable.
Ambos se saludaron con un abrazo breve pero sincero, de camaradas que han compartido demasiadas cosas, y luego Matías guardó su equipaje en la cajuela antes de acomodarse en el asiento del copiloto.
Rodrigo encendió el motor sin decir palabra.
El trayecto comenzó con un silencio espeso, interrumpido solo por el ruido del tráfico y el murmullo bajo de la radio. Matías observó por la ventanilla los edificios conocidos pasar uno tras otro, pero nada había cambiado, aunque él sentía que todo lo había hecho.
—¿Está todo bien contigo? —preguntó, rompiendo el silencio.
Rodrigo no respondió enseguida. Mantenía los ojos fijos en el asfalto y los nudillos blancos sobre el volante.
—Sí —cortó, con una voz que no sonaba del todo a él.
Matías lo miró de reojo, frunciendo el ceño.
—¿Seguro? Tienes cara de que chupaste un limón o algo por el estilo. ¿Tan mal te fue en Toronto?
Rodrigo soltó un resoplido breve, como una risa sin humor.
—¿Natalia te dijo algo? —preguntó, sin mirarlo.
Matías giró la cabeza para observarlo, intrigado.
—¿Algo sobre qué?
—Sobre nada. Olvídalo —murmuró Rodrigo, dando un par de golpecitos con los dedos sobre el volante, un gesto que solo hacía cuando algo lo incomodaba—. En Toronto todo fue… complicado.
Matías arqueó una ceja.
—Me imagino que te costó avanzar con los documentos en la clínica. Sé que, a veces, esas formalidades se vuelven un infierno burocrático.
Rodrigo apretó los labios antes de asentir.
—Sí… eso mismo.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez Matías no insistió; lo conocía bien. Si Rodrigo no quería hablar, no lo haría, por más que lo presionara.
—¿Cómo están las cosas por la empresa?
—Demasiado calmadas, y cuando todo está tan tranquilo es porque algo se está gestando. Ya sabes cómo funciona tu padre.
Matías asintió, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Sí, lo sé. La calma es la antesala del caos.
Rodrigo giró en la rotonda principal y tomó la vía hacia el centro, aprovechando la pausa para subir un poco el volumen de la radio. Una melodía instrumental llenó el silencio, hasta que Matías volvió a hablar:
—¿Has sabido algo de Gael?
Rodrigo negó con la cabeza.
—Nada desde que regresó. Por suerte, la última vez que hablamos, todo en La Habana había quedado en nada —hizo una pausa, frunciendo el ceño—. Además de que estuvo más concentrado en hacer turismo que en cualquier otra cosa.
Matías soltó un bufido.
—Conociéndolo, no me sorprende. Gael siempre ha tenido talento para el desastre.
—Sí, pero esta vez podría haberse metido demasiado hondo —Rodrigo lo miró de reojo—. Tu padre no está contento. Dice que su comportamiento es un reflejo de la falta de disciplina de nuestra generación.
Matías arqueó una ceja, divertido.
—Mi padre piensa que todos somos un reflejo de algo que hizo mal en el pasado. Pero en el caso de Gael, se equivoca —dejó escapar una risa sincera, aunque amarga—. Lo cree un idiota, pero en realidad es una serpiente. Lo va a morder cuando menos se lo espere.
La imagen se instaló en su mente con una claridad placentera: los colmillos imaginarios de su primo, cargados de veneno, hundiéndose en la mano autoritaria de su padre. Rodrigo lo observó de reojo, esbozando una sonrisa nerviosa.
—Tienes una mente retorcida, ¿lo sabías?
—La genética no miente —replicó Matías con ironía, mirando por la ventanilla. El paisaje de Santiago se extendía ante ellos, con su mezcla de modernidad y decadencia—. En mi familia, el veneno siempre ha corrido por las venas de todos. Solo cambia la forma en la que lo usamos.
Rodrigo no respondió.
—¿Cómo está Martha? —preguntó Matías rompiendo el silencio.
Rodrigo, que hasta ese momento conducía con la mirada perdida en la carretera, parpadeó un par de veces, desconcertado.
—¿Martha? —repitió, con un deje de sorpresa que no le pasó inadvertido.
Matías lo observó de reojo, ladeando la cabeza con una expresión inquisitiva.
—Sí, Martha —insistió, modulando el tono—. Tu novia.
Rodrigo apretó el volante con ambas manos.
—Ella está bien —dijo al fin, con voz neutra.
Matías arqueó una ceja.
—¿Solo «bien»? —replicó—. Eso suena a que no está tan bien.
Rodrigo exhaló por la nariz.
—Ya sabes cómo es. Últimamente ha estado más enfocada en sacar el tema de la boda y en pasar tiempo con tu madre. Mi estancia en Toronto no le hizo mucha gracia tampoco.
La explicación sonó convincente, pero algo en la rigidez de su tono lo traicionaba.
—Parece que está más que dispuesta a ponerte el lazo al cuello —dijo Matías, mirando por la ventanilla con fingida indiferencia—. Lo que me sorprende es su cercanía a mi madre a estas alturas.
Rodrigo desvió la vista hacia él, pero no dijo nada y el silencio volvió a adueñarse del auto. Matías giró el rostro y notó el leve tic en la mandíbula de su amigo. Esa tensión le confirmó todo sin necesidad de preguntar más.
—Dale mis saludos.
Rodrigo asintió sin mirarlo.
—Lo haré.
No volvieron a mencionar a Martha durante el resto del trayecto. Matías apoyó el codo contra la puerta y miró al frente. La ciudad seguía siendo la misma, pero intuía que todo lo demás había cambiado demasiado. O quizás el que había cambiado era él.