Capítulo 21 Matías
«Sus deseos son órdenes para mí». La frase resonó en su interior y, a pesar de todo, no se arrepentía de haberla dicho. Al fin y al cabo, era cierta.
El auto los esperaba a pocos metros de la Torre Eiffel, estacionado junto a la acera mientras el flujo constante de turistas seguía moviéndose por el Campo de Marte.
La torre brillaba sobre ellos con sus miles de luces doradas encendiéndose y apagándose a un ritmo hipnótico.
Natalia permanecía embelesada, con el rostro inclinado hacia arriba, contemplando la enorme silueta de hierro iluminada contra el cielo oscuro.
Lucía hermosa, con una sonrisa enorme y los ojos brillantes.
—¿Cenamos? —preguntó Matías en su oído.
—Por supuesto —respondió Natalia, volviendo sus enormes ojos castaños hacia él—. Solo te pido que no me lleves a comer caracoles.
Matías no pudo contener una carcajada.
—¡No lo haré! Hay otras muchas delicias de la cocina francesa que podemos disfrutar.
Ella asintió y envolvió su mano en la de él.
Avanzaron hasta el auto y el conductor les abrió la puerta.
Natalia entró primero, acomodándose junto a la ventanilla.
El interior era cálido y silencioso, aislado del murmullo de la ciudad.
Cuando el auto arrancó, ella volvió la cabeza una última vez.
La Torre Eiffel quedaba detrás de ellos, recortada contra el cielo nocturno.
El auto avanzó hacia el río y, después de cruzar el puente, se incorporó a una avenida más amplia.
—¿A dónde vamos ahora? —le preguntó.
—A cenar —respondió Matías, y ella lo miró alzando una ceja—. Supongo que será otra sorpresa.
El vehículo tomó la amplia avenida de los Campos Elíseos y las vitrinas de las tiendas brillaban como pequeños escenarios iluminados.
A lo lejos, al final de la avenida, se distinguía la silueta iluminada del Arco del Triunfo.
Natalia apoyó la cabeza en el respaldo mientras el auto avanzaba entre el tráfico.
—Todavía no entiendo cómo organizaste todo esto sin que me diera cuenta —murmuró.
—No fue tan complicado.
—Me pediste el pasaporte diciendo que era para Rodrigo.
Matías soltó una risa breve.
—Técnicamente no mentí del todo.
—Matías.
—Bueno… tal vez un poco.
Natalia lo miró con expresión divertida.
—Eso fue muy manipulador de tu parte.
—Pero fue efectivo también.
—Es verdad.
Finalmente doblaron una esquina y entraron en una plaza amplia y muy iluminada.
En el centro se alzaba la columna napoleónica de la Place Vendôme, rodeada por fachadas clásicas de piedra clara.
Entraron al Ritz Paris y Matías la guio hasta el Restaurante Espadon.
El ambiente era íntimo y elegante. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos impecables, y pequeñas velas iluminaban cada espacio.
El maître los recibió antes de conducirlos hasta una mesa junto a una ventana que daba a un pequeño jardín interior.
Cuando el camarero se retiró, Natalia dejó escapar un suspiro.
—Este ha sido el día más inesperado de mi vida.
—Espero que también sea uno de los mejores.
—Sin duda lo es.
El camarero regresó con dos copas de vino. Matías tomó la suya y la levantó, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho.
—Por ti.
Natalia alzó su copa también y le sonrió.
—Por nosotros.
Las copas tintinearon con suavidad, una contra la otra.
—Tengo que preguntarlo —comentó Natalia.
—Adelante.
—¿Por qué has hecho todo esto?
Matías escogió con cuidado sus palabras. «Porque creo que estoy enamorado de ti» no parecía ser una respuesta apropiada.
—Porque dijiste que querías venir.
Ella lo miró en silencio.
—Pensé —continuó— que si íbamos a pasar un fin de semana juntos… tal vez era el lugar adecuado.
—Eso es terriblemente romántico de tu parte —dijo Natalia con los ojos brillantes.
La cena se prolongó entre conversaciones y sonrisas. Compartieron platos que Natalia observaba con curiosidad antes de probarlos. El vino los relajó a ambos y, cuando abandonaron el restaurante, el vestíbulo del hotel estaba en silencio. Matías la rodeó con los brazos de camino al ascensor.
—¿Cansada? —preguntó, dándole un beso en la coronilla. Antes, no era dado a ese tipo de gestos y ahora no podía parar.
Natalia negó con la cabeza.
—No. Tengo demasiada adrenalina en el cuerpo como para poder dormir.
—El jet lag también hace lo suyo —respondió él—. Pero estoy más que dispuesto a acompañarte en el insomnio si es lo que quieres.
Las puertas del ascensor se cerraron sin hacer ruido y, durante el breve trayecto hacia su piso, ninguno habló.
Matías observaba el reflejo de ambos en las paredes cubiertas de espejos; estaba feliz por estar ahí con ella.
Cuando llegaron a la suite, abrió la puerta y la dejó pasar primero.
Las cortinas permanecían abiertas, y la noche de París se extendía más allá de las ventanas.
Natalia se descalzó de manera automática y él la imitó, dejando los calcetines abandonados junto a los zapatos.
Disfrutó de la sensación de la alfombra bajo sus dedos.
—Este lugar es impresionante —susurró ella—. Tengo miedo de dormir y darme cuenta de que todo es un sueño.
Matías dejó su chaqueta sobre una silla y se aproximó hacia ella, recorriendo sus brazos con una caricia, antes de alzarle la barbilla para que lo mirara.
—No es un sueño.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo —supo, nada más que las palabras abandonaron sus labios, que estaba prometiendo mucho más que solo eso.
Ella sonrió otra vez, justo antes de desaparecer en dirección al baño, solo para regresar a toda velocidad con una expresión sorprendida.
—Matías… tienes que ver esto.
Él frunció el ceño, curioso, y la siguió.
El baño era enorme. Mármol claro, espejos amplios y una bañera profunda que parecía más una piscina privada que una bañera convencional. Sobre la superficie del agua llena de burbujas, flotaban decenas de pétalos de rosa. Natalia se volvió hacia él con una sonrisa incrédula.
—¿También organizaste esto?
Matías alzó las manos en un gesto inocente.
—Tal vez.
Ella rio. El agua desprendía un suave aroma a lavanda y el vapor comenzaba a llenar el espacio con una calidez que contrastaba con el aire fresco de la noche. Natalia se inclinó y pasó la punta de los dedos por la superficie del agua, moviendo ligeramente los pétalos.
—Creo que el hotel intenta asegurarse de que tengamos un buen recuerdo de nuestra estancia.
Matías apoyó un hombro contra el marco de la puerta, observándola.
—No creo que tenga problemas para recordar este viaje.
Natalia levantó la mirada hacia él.
—Después de todo esto… —comentó ella con una pequeña sonrisa mientras comenzaba a desabrochar los botones de su blusa—, creo que te mereces un momento de descanso.
Matías arqueó una ceja, enfocando la mirada en su escote.
—¿Eso es una invitación? —preguntó, y tuvo que reconocer que su voz parecía más un gruñido.
Ella sostuvo su mirada.
—Puede ser.
El deseo entre ellos se volvió tangible de inmediato. Matías dio un par de pasos hacia ella, acortando la distancia entre sus cuerpos.
—Natalia…
Ella no retrocedió. El aire tibio del baño lo envolvió mientras la ciudad seguía latiendo muy lejos, detrás de los muros del hotel.
—¿Sí? —preguntó ella en voz baja, mirándolo a los ojos con los labios entreabiertos.
Matías levantó la mano y acarició su clavícula expuesta y su cuello, antes de dejar que sus dedos resbalaran sobre su escote y encontraran los restantes botones de su blusa.
La tela se abrió bajo sus manos, justo antes de que resbalara por sus hombros y cayera al suelo.
Natalia no apartó la mirada mientras él terminaba de desvestirla.
Matías la contempló embelesado hasta que ella dio un paso atrás y entró con cuidado en la enorme bañera.
Los pétalos de rosa se arremolinaron mientras el agua tibia la envolvía.
El leve chapoteo resonó en el silencio del baño.
Él sintió crecer la urgencia de su cuerpo mientras ella se acomodaba en la bañera, inclinando la cabeza hacia atrás mientras el agua apenas cubría su cintura.
Los pétalos flotaban a su alrededor y se pegaban a su piel.
Cuando volvió a mirarlo, su deseo estaba claro también.
Matías se desnudó, pieza a pieza, sin apartar los ojos de los de ella, antes de acercarse al borde de la bañera.
Sus piernas encontraron el agua primero, tibia y perfumada.
Natalia se incorporó cuando él la rodeó por la cintura para acercarla.
El contacto provocó un movimiento que hizo oscilar los pétalos a su alrededor.
El vapor empañaba los espejos y difuminaba todos los contornos.
Matías inclinó el rostro hacia ella y la besó, llegó despacio al principio, aunque la cautela duró poco.
Natalia deslizó las manos por su espalda, acercándolo aún más, y su toque se volvió urgente.
Se mantuvieron entrelazados, respirando el mismo aire.
Las manos de Matías recorrieron su piel; Natalia se estremeció bajo su contacto y apoyó la frente en su hombro.
Matías hundió el rostro en el hueco de su cuello, respirándola, antes de comenzar a recorrerla con los labios, mordisqueando y besando cada rincón de piel expuesta.