El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 20 Natalia #2
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Capítulo 20 Natalia #2

Ella entrecerró los ojos, estudiándolo, intentando decidir si hablaba en serio o si se trataba solo de una ocurrencia momentánea.

—¿A dónde quiera? —repitió, divertida—. Entonces diría París… aunque me temo que está un poco lejos para un fin de semana.

Matías alzó una ceja, con seriedad.

—¿París? ¿De verdad?

Natalia dejó escapar una risa y negó con la cabeza.

—Bueno, es la ciudad del amor —dijo con un leve encogimiento de hombros—. Pero no soy tan exigente. Me conformo con cualquier lugar que esté más cerca… mientras podamos estar juntos.

El comentario quedó suspendido entre ambos. Matías la observó durante un largo rato.

—Entonces será fácil —respondió al fin, bajando la voz—. El destino no importa.

Se inclinó hacia ella, con una media sonrisa.

—Mientras estemos juntos.

El apartamento se llenó de sus respiraciones sincronizadas, del deseo convertido en certeza y de la promesa de que el regreso de Matías no era una simple palabra, sino la evidencia de que, de alguna manera, siempre encontrarían el camino de vuelta el uno al otro.

Al final la había llevado a París. Natalia apenas podía creerlo mientras el avión descendía entre las nubes sobre el Aeropuerto Charles de Gaulle.

Apoyó la frente contra la ventanilla, intentando asimilar lo que veía: una extensión ordenada de pistas, hangares y edificios que se abrían paso entre el gris claro de la mañana.

Más allá, apenas visible entre la bruma, se extendía la ciudad.

«París». Incluso el nombre le resultaba irreal. Matías le había pedido su pasaporte hacía unos días y ella pensó que era para enviarle algún dato a Rodrigo, cuando en realidad había sido para gestionar su visa.

—No puedo creer que lo hayas hecho —murmuró, sin apartar la vista del paisaje que se acercaba debajo del avión.

Matías, sentado a su lado, la observaba con una sonrisa.

—Tú dijiste París.

Natalia giró la cabeza para mirarlo.

—Lo dije en broma.

—Las mejores ideas suelen empezar así.

Ella negó con la cabeza, aunque una sonrisa inevitable se dibujó en sus labios.

El avión tocó tierra con una ligera sacudida. Natalia volvió a mirar por la ventanilla mientras el aparato avanzaba por la pista hasta perder velocidad y detenerse del todo. Habían viajado en clase ejecutiva, cómo no, y las largas horas del vuelo fueron las más cómodas de su vida.

—Esto es una locura.

—¿Una locura buena o una mala?

Ella lo miró.

—La mejor clase de locura.

El aire de la mañana en París era frío y fresco cuando salieron del aeropuerto.

El cielo estaba cubierto por una capa de nubes blancas que dejaban pasar la luz suficiente para iluminar la ciudad con un tono suave.

Un auto los esperaba a la salida. Durante el trayecto hacia el centro de la ciudad, Natalia permaneció pegada a la ventanilla, observándolo todo con fascinación.

Los edificios comenzaron a cambiar poco a poco: primero zonas industriales, luego barrios residenciales, y finalmente las amplias avenidas flanqueadas por edificios de piedra clara y balcones de hierro forjado que parecían sacados de una postal.

—Es exactamente como lo imaginaba —susurró.

Matías la observó con una enorme sonrisa y los ojos brillantes.

—Esperaba que dijeras eso.

El auto atravesó varias avenidas hasta detenerse finalmente en una plaza elegante, rodeada de edificios clásicos. El portero se acercó para abrir la puerta. Natalia levantó la vista hacia la fachada del hotel y sus ojos se abrieron con sorpresa.

—Matías…

—¿Sí?

—Este lugar es… —hizo una pausa—. Demasiado.

El letrero dorado confirmaba lo que ella sospechaba. El Ritz Paris se alzaba frente a ellos con elegancia. Se le hizo un nudo en la garganta.

—Solo estaremos aquí el fin de semana —dijo Matías, alzándose de hombros y descartando cualquier otra objeción.

El interior del hotel era aún más impresionante.

Mármol pulido, alfombras gruesas, arreglos de flores frescas que llenaban el aire con su aroma.

La luz de las lámparas de cristal se reflejaba en cada superficie con un brillo cálido.

Natalia caminó despacio por el vestíbulo, observándolo todo y sintiéndose fuera de lugar con su sencillo vestido y sus zapatillas blancas.

—Esto parece una película.

—No te acostumbres —respondió Matías con una sonrisa, mientras tomaba su mano y entrelazaba sus dedos—. O tendremos que venir más a menudo.

Subieron a su habitación después de pasar por recepción, donde él habló en un francés elegante con la recepcionista mientras Natalia se derretía con el acento y la cadencia de su voz.

La suite era amplia, con ventanales altos que daban a un pequeño jardín interior lleno de árboles bien podados.

Natalia dejó su bolso sobre uno de los sillones y caminó hacia la ventana.

—París —repitió en voz baja.

Matías se apoyó contra la pared, observándola.

—¿Te gusta?

Ella se volvió hacia él inmediatamente.

—Muchísimo.

Esa misma tarde salieron a caminar y París parecía diseñada para perderse en ella.

Las calles se abrían en pequeñas plazas, los cafés ocupaban las esquinas con mesas diminutas y el aroma del pan recién horneado escapaba de cada panadería.

Cruzaron el Puente Alexandre III, donde las esculturas brillaban bajo la luz del atardecer.

Natalia se detuvo en medio del puente, apoyando las manos en la barandilla.

El río Sena fluía bajo ellos, reflejando el cielo que comenzaba a teñirse de tonos rosados.

—Esto es increíble.

Matías la rodeó con los brazos.

—Aún no hemos visto lo mejor.

Continuaron caminando por la orilla del río, pasando junto a librerías antiguas y músicos callejeros.

Doblaron una esquina y entonces Natalia se detuvo abruptamente.

Frente a ellos, elevándose sobre los árboles y los edificios, estaba la Torre Eiffel.

La estructura de hierro se recortaba contra el cielo del atardecer, imponente.

—Es… más grande de lo que imaginaba.

—Lo es.

Se acercaron caminando por los jardines del Campo de Marte, donde varias parejas y turistas se sentaban sobre la hierba observando la torre.

Cuando las primeras luces comenzaron a encenderse, un murmullo recorrió el lugar.

Miles de pequeños destellos iluminaron la estructura metálica. Natalia soltó una risa de sorpresa.

—Esto sí que no me lo esperaba.

—París suele tener ese efecto.

Ella lo miró.

—¿Sabías que iba a ser así?

—Ya había estado en la ciudad —comenzó, y Natalia lo miró con una ceja alzada—, pero nunca tan bien acompañado, y tampoco me había detenido aquí.

Se sentaron en el césped, observando la torre mientras el cielo se volvía cada vez más oscuro.

La ciudad se transformaba de noche con las luces reflejadas en el Sena, el sonido lejano de la música y las conversaciones en distintos idiomas a su alrededor.

Natalia apoyó la cabeza en el hombro de Matías.

—Gracias.

—¿Por el viaje?

—Por todo.

—Pensé que te gustaría.

Ella levantó la mirada hacia la torre iluminada.

—No es solo la ciudad.

—¿No?

Natalia lo miró con una sonrisa.

—Es que estoy aquí contigo.

La Torre Eiffel comenzó a brillar nuevamente con miles de luces intermitentes, iluminando el cielo nocturno como si alguien hubiera encendido un gigantesco candelabro sobre la ciudad.

—Creo que ahora entiendo por qué la llaman la ciudad del amor.

Matías volvió la cabeza hacia ella.

—¿Ah, sí?

—Sí —respondió ella con una sonrisa—. Creo que todo aquí está diseñado para que la gente recuerde lo que de verdad importa.

El viento movió su cabello mientras las luces de la torre continuaban parpadeando.

—Y tal vez para que confiese cosas.

Matías la rodeó con los brazos.

—¿Hay algo que quieras confesar? —preguntó.

El corazón de Natalia latía a mil por hora, pero se había prometido a sí misma que no sería la primera en decirle que lo quería.

—No sabía que hablabas francés —comentó, esquivando la pregunta.

—Solo un poco. ¿Te gustó?

—Bueno… solo puedo decir que estoy esperando que me hables francés al oído.

Matías se inclinó para murmurar en su oído:

—Vos désirs sont des ordres pour moi.