Capítulo 20 Natalia
«¿Cómo podía pedirle a su corazón que desacelerara?
». Cada latido en su pecho resonaba con fuerza, como un tambor.
Hacía tanto tiempo que no se sentía así, que por momentos creía que iba a estallar, desbordando emociones que creía olvidadas.
Sus pensamientos se entrelazaban con la sensación de calor que le subía al pecho, un fuego que la hacía sentir viva.
Después de todo, era feliz. Era una felicidad intensa y desbordante, como un estallido que le recordaba lo complejo que podía ser el corazón humano.
Esa mañana, mientras desayunaban, con el aroma del café recién hecho y el pan tostado llenando la cocina, Matías se decidió a explicarle su plan.
Rodrigo iría a Toronto como su abogado. El contrato esperaba solo su firma.
Su misión sería negociar directamente con la clínica para trasladar los óvulos hasta Santo Domingo sin ponerlos en riesgo.
El proceso estaba plagado de burocratismos y tiempos de espera, pero al menos les permitiría asegurar la conservación de lo que para Natalia representaba su última esperanza.
Ella intentó negarse, diciéndole que no podía asumir ese gasto.
Pero Matías no estaba dispuesto a aceptar esa respuesta.
Así que, después de un tenso intercambio, llegaron a un acuerdo: él se encargaría de todas las gestiones, mientras ella pagaría poco a poco la deuda, ajustándose a sus posibilidades.
—Necesito un respaldo legal —afirmó Natalia, dejando la taza de la que apenas había bebido un sorbo—. No podemos depender solo de este acuerdo verbal.
Matías asintió con un suspiro. Rodrigo prepararía un documento que dejaría todo por escrito.
Natalia sintió que el alivio real atravesaba su pecho después de muchos días.
Era curioso lo agradable que resultaba poder apoyarse en otra persona, sentir que no estaba sola.
Había olvidado cómo algo tan simple en apariencia la podía hacer sentir tan poderosa.
«¿Siempre había sido así?» No estaba segura, y eso era lo peor: no poder recordar la última vez que se había sentido respaldada y comprendida.
Pero allí estaba Matías, ofreciendo su ayuda sin condiciones y sin exigir nada a cambio.
Ese contraste entre alivio y vulnerabilidad le resultaba extraño, pero también era reconfortante.
Natalia se permitió respirar, aceptando que, al menos esta vez, no tenía que cargar con todo sola. Que podía ser frágil y, aun así, mantener su fuerza, simplemente porque alguien más estaba allí, dispuesto a sostenerla.
Un par de semanas después de que el proyecto avanzara sin ella, Natalia no pudo evitar disfrutar en silencio, desde su cubículo y a través del cristal, de la manera en la que Matías ponía en su lugar a Joseph Maldonado en la reunión.
Había sido él la persona designada para sustituirla, y ella notaba cómo cada intervención suya era estudiada de manera implacable por Matías.
Sentía una satisfacción secreta al ver cómo su colega perdía pie frente a su autoridad.
No le había contado sus sospechas, aunque estaba casi segura de que Maldonado había sido quien presentó la queja.
Sin embargo, no hacía falta revelar nada para que la arrogancia y la tensión de su compañero se manifestaran por sí solas.
Las interacciones entre ambos hombres eran filosas y estaban llenas de matices fáciles de captar.
Natalia los observaba y no podía evitar sentir un extraño orgullo, o tal vez era más vengativa de lo que creía.
No le gustaban los abusadores y Maldonado era uno grande.
Supuso que Matías lo había notado de inmediato.
Incluso Santa parecía ligeramente preocupado, consciente de que un cliente insatisfecho podía significar un golpe para la reputación y los resultados del proyecto.
Esa tarde, Natalia se encontraba rellenando su taza de café en la sala de descanso cuando Joseph apareció de improviso, con el ceño fruncido y un gesto adusto que delataba claramente su mal humor.
La reunión de esa tarde había terminado en un cúmulo de frustración para él: había presentado los resultados y apenas había resistido las pocas preguntas que Matías le había hecho.
Natalia había observado cada uno de sus movimientos y ahora parecía que la tormenta de su colega se dirigía hacia ella.
—Ahora entiendo por qué lo hiciste —comentó Maldonado, lanzándole una mirada cargada de furia.
Ella no se dignó a preguntarle a qué se refería, pero él continuó, dejando que su arrogancia lo dominara:
—Para mí también sería fácil si pudiera acostarme con el cliente.
Natalia sintió cómo la sorpresa se mezclaba con el calor intenso de la indignación. Nunca antes se había atrevido a atacarla de manera tan directa. Su respuesta fue rápida y afilada.
—Vaya, vaya —dijo, con una sonrisa que buscaba desarmarlo más que ocultar su desdén—. ¿Nos estamos quitando las máscaras? Tal vez si fueras tan competente cómo crees, podrías obtener resultados sin tener que difamar a tus colegas en la oficina.
Joseph se quedó sin palabras, desconcertado.
—La próxima vez que me dirijas la palabra —continuó—, levantaré una queja de manera oficial y solicitaré la revisión de las cámaras. Estoy segura de que a tu esposa no le gustará enterarse de que te han grabado más de una vez entrando al almacén con la secretaria del presidente, ¿no crees?
Natalia, sintiendo la satisfacción de haberle devuelto el golpe, respiró hondo y se permitió disfrutar de ese pequeño triunfo.
La sala de descanso, normalmente anodina, se llenó de una electricidad que la hacía sentirse viva.
Le gustaba que Matías la apoyara, pero la sensación era incluso mejor cuando podía defenderse sola.
Esa noche, en el apartamento de él, donde habían pasado juntos las últimas semanas, después de compartir la cena, Matías tomó su mano para conducirla hasta el sofá. Sus dedos entrelazados contrastaban con el torbellino de emociones que ella sentía por dentro cada vez que él la tocaba.
—Debo regresar a Santiago la semana próxima —admitió, y en su voz había un matiz de dolor tan claro como el que sintió ella en el centro del pecho—, pero volveré lo antes posible.
Natalia sabía que ese momento llegaría, pero no imaginó que fuera tan pronto ni que doliera tanto. Se acomodó junto a él, permitiendo que el calor de su cuerpo la envolviera, y suspiró con un dejo de resignación.
—Lo entiendo —dijo, aunque la voz le temblaba de una forma perceptible.
Matías la rodeó con un brazo, atrayéndola más cerca, y la sostuvo como si quisiera protegerla de todo, incluso de sí mismo. Su mirada era intensa, penetrante, y por unos segundos, Natalia se perdió en sus ojos verdes, brillantes bajo la luz cálida del apartamento.
—Regresaré, Natalia.
—No hagas promesas que no puedas cumplir.
—No es una promesa. Es un hecho.
Ella bajó la cabeza y apoyó la frente contra su pecho, dejando que el ritmo de su respiración la arrullara, que el latido de su corazón se sincronizara con el de él. Sentía cómo cada palabra de Matías se filtraba dentro de ella, despertando emociones que había intentado mantener bajo control.
—Hay tanto que estoy sintiendo por ti —confesó él después de varios minutos de silencio, con un murmullo entrecortado, mientras ella percibía cómo su aliento le movía el cabello—, que no sé cómo procesarlo sin sentirme completamente sobrepasado.
Ella sonrió. Sus palabras eran un bálsamo que aliviaba parte del miedo que la embargaba.
—Si dices que vas a regresar, entonces ya sabes dónde estaré —respondió, con un tono desafiante, aceptando su verdad y ofreciendo la suya.
Matías la estrechó más, dejando que la proximidad hablara por ellos cuando las palabras ya no alcanzaban. Natalia se permitió quedarse allí, abrazada a él.
—Rodrigo también va a regresar a Santiago —comentó Matías después de un tiempo—. Su estancia en Toronto se ha extendido más de lo previsto, pero dejó todo el proceso encaminado con la clínica. Tus óvulos estarán protegidos, y confío en que podremos garantizar su traslado a salvo hasta aquí.
Sus palabras flotaron en el aire como un recordatorio de todo lo que habían vivido en tan poco tiempo.
Natalia sintió crecer en su interior la gratitud y una leve punzada de vulnerabilidad.
Durante semanas había intentado no pensar demasiado en el tema, pero escucharlo decirlo en voz alta con esa convicción la desarmó por completo.
—Muchas gracias por eso —murmuró con la voz entrecortada, sin encontrar palabras suficientes para expresar lo que sentía.
Era una gratitud que iba más allá de lo tangible: no solo le estaba devolviendo una esperanza, sino también una parte de sí misma que había creído perdida. Matías tomó su mano sin dejar de abrazarla. Sus dedos se mantuvieron entrelazados, como si siempre hubieran estado destinados a hacerlo.
—No tienes que agradecerme nada —dijo en voz baja—. Esto no es un favor, Natalia. Es algo que quiero hacer. Porque mereces tener opciones, mereces sentir que el futuro todavía puede darte algo bueno.
Ella levantó la mirada hacia él y en sus ojos encontró una sinceridad tan limpia que le costó sostenerla. Su pecho se contrajo un poco porque no estaba acostumbrada a que alguien la cuidara sin pedir nada a cambio.
—No estoy segura de merecer tanto —admitió ella con una media sonrisa.
—Entonces déjame ser yo quien te lo recuerde —respondió Matías, rozando con el pulgar la piel de su mano, con un gesto suave.
El silencio que siguió fue reconfortante, cargado de todas las palabras que ninguno de los dos se atrevía a decir todavía. La noche creó un refugio en el que ambos podían ser vulnerables, dejando que la incertidumbre del mañana se desdibujara frente a la certeza de ese instante.
—Antes de irme, podríamos escaparnos el fin de semana —sugirió Matías con una sonrisa.
Natalia levantó la vista hacia él, sorprendida.
—¿En serio? ¿A dónde iríamos?
Matías se encogió de hombros con naturalidad. Parecía dispuesto a desafiar cualquier plan demasiado elaborado.
—A donde quieras.