Capítulo 19 Matías #2
Matías no supo qué responder. Su madre era una mujer distante, no tan fría como su padre, pero casi una sombra de él, siempre presente de manera sutil pero apenas destacando del resto del mobiliario elegante de la mansión donde ambos vivían.
Quizá era precisamente por eso que Matías había aprendido a desconfiar de las mujeres de su círculo.
Todas habían sido entrenadas para parecerse a su madre, y eso no era lo que él quería para sí mismo.
—Envíale mis saludos —respondió, colgando antes de soltar un gruñido que dejaba escapar parte de su frustración.
Se recostó en la silla para que la tensión que la llamada había generado se disipara poco a poco. La ciudad seguía su ritmo, indiferente, mientras él se veía obligado a reconocer que, en su familia, el control siempre había sido una norma inflexible.
Le resultaba sorprendente cómo la presencia de Natalia en su vida se estaba convirtiendo en un bálsamo.
Todas las molestias de ese lunes interminable parecieron desvanecerse cuando ella cruzó el umbral de su puerta.
De repente, el estrés del trabajo, los informes pendientes y la presión constante de su padre quedaban relegados a un segundo plano.
Él acababa de regresar del gimnasio y de nadar unas cuantas vueltas en la piscina, y el contraste de su cuerpo húmedo con la calidez de la habitación lo hacía sentirse más vivo que nunca.
Los ojos de Natalia lo recorrieron sin disimulo al verlo, deteniéndose en el tatuaje de su brazo izquierdo, antes de subir a su rostro y fijarse en sus labios.
Ella se descalzó con un gesto sencillo, dejando caer su bolso oscuro sobre la silla, y él se acercó, sonriendo.
Matías la abrazó, sintiendo cómo sus cuerpos se amoldaban el uno al otro, y ella jadeó, dividida entre la sorpresa y la diversión al notar su cabello y su piel todavía húmedos, para devolverle el abrazo con la misma intensidad.
Sus labios se encontraron en un beso largo y cálido.
Él la sostuvo con firmeza, levantándola un poco, guiándolos hacia la ducha mientras evitaba tropezar con los muebles.
La ayudó a desvestirse pieza a pieza con familiaridad, intercalando besos sobre su cuello y sus hombros.
Cuando el agua caía sobre ellos, resbalando por su piel desnuda, Matías no podía dejar de pensar en lo perfecta que se veía allí, entre sus brazos, provocando que todo el exterior desapareciera para dejar solo la necesidad de estar juntos.
—No me has dicho lo que significa tu tatuaje —comentó Natalia mucho más tarde, mientras descansaban entre las sábanas, abrazados, con los cuerpos aún cálidos después de la ducha.
—El renacimiento —respondió él, acariciando con suavidad su corto cabello castaño, que se desparramaba apenas sobre su hombro.
—¿El tuyo?
—Sí, aunque en su momento también fue una forma de marcar distancia con mi padre —admitió.
—¿Por qué?
—Le molestan los tatuajes. Los considera vulgares.
—Soltó una exhalación—. Durante años me entretuvo verlo fruncir el ceño cuando lo veía.
Supongo que era mi forma de aparentar que era dueño de mis decisiones.
—La miró con una media sonrisa—. Dicho en voz alta, suena más idiota de lo que uno cree a los veinte.
Ella sonrió y apoyó la cabeza sobre su pecho una vez más.
—Los padres a veces sacan lo peor de nosotros —comentó Natalia, y su tono delataba una nostalgia palpable—. Si tanto quieres marcar tu independencia, ¿no hay algo más que puedas hacer?
—No sin renunciar a todo lo que conozco —respondió Matías, deslizando los dedos por el brazo de ella con suavidad—.
No es eso lo que quiero —continuó—. Prefiero pensar que, cuando llegue el momento, se retirará y me cederá el control.
Después de todo, construyó un imperio con el dinero que mi madre heredó de su padre.
Sería injusto arrasar con eso. —Otra pausa, mientras meditaba, hasta que decidió ser del todo sincero—: Eso no es lo que mi abuelo hubiera querido.
—¿Conociste a tu abuelo? Yo no conocí a los míos.
—Sí, lo hice. Lamento que no hayas conocido a los tuyos. Mi abuelo murió hace varios años, pero era el único que realmente me entendía. Era muy distinto a mi padre… y también a mi madre. Aunque ambos heredamos sus ojos.
—Son unos ojos hermosos —susurró Natalia, rozando sus labios contra su pecho.
—¿Y tus padres? —preguntó él, sosteniéndola más cerca—. Nunca me has hablado de ellos.
—Están bien, pero no tengo la mejor relación con ellos.
Viven en España desde hace años, y mi vínculo con mi madre es…
complicado —confesó—. Mi padre hace lo que ella quiere, y ella nunca aceptó la realidad de cómo terminó mi matrimonio.
Mi madre me culpa, aunque no me lo diga directamente, y no me ha perdonado que viniera para acá en lugar de irme con ellos.
—Vaya… podríamos decir que somos dos descarriados sin apoyo paterno —bromeó Matías, provocando que ella esbozara una sonrisa pequeña pero sincera.
—Fueron buenos padres y lucharon mucho para sacarme adelante en condiciones imposibles.
Pero me he dado cuenta de que, cuando crecemos, muchas veces no les gustan los adultos en los que nos convertimos.
Prefiero mantenerme en paz con ellos, contarles poco de mi vida, aunque siempre me mantengo presente.
Hemos encontrado un equilibrio frágil, pero que funciona.
—Ojalá pudiera aspirar a algo parecido con los míos, pero en mi caso lo veo difícil —confesó él, recostando la cabeza en la almohada y fijando la mirada en el techo; tal vez esperaba que verbalizarlo dejara salir parte de la frustración que llevaba mucho tiempo guardada.
—Eso también me preocupó cuando pensé en ser madre: parecerme demasiado a la mía —admitió Natalia en un hilo de voz, buscando su mano bajo las sábanas y entrelazando sus dedos.
—Por lo que me cuentas, no creo que te parezcas en nada —respondió Matías, apretando su mano y girando el rostro para mirarla a los ojos.
—Tú tampoco te pareces a tu padre —dijo ella con un dejo de certeza que no admitía dudas, incorporándose sobre los antebrazos para dejar su rostro a pocos centímetros del suyo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó él, entrecerrando los ojos. Sabía que la vulnerabilidad se estaba asomando en su expresión.
—Simplemente lo sé —contestó, inclinándose para rozar sus labios con un beso suave.
Justo ahí, y a pesar de todo lo que se decía a sí mismo, Matías comprendió lo que probablemente sentiría si alguna vez se hubiera enamorado.