El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 19 Matías
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Capítulo 19 Matías

—Señor Balmaceda —comenzó Santamarina con voz grave después de que él se sentara frente al escritorio—, no me gusta disfrazar las cosas, así que iré directo al grano.

Matías frunció el ceño, pero asintió. Sospechaba que lo que sea que iba a decir tenía que ver con Natalia y la razón por la que ella no había estado en la reunión de más temprano.

—El trabajo de Natalia está en juego —afirmó, y Matías se puso alerta, pero no dejó traslucir nada en su expresión—. Hemos recibido una queja, y ella misma me confirmó que ustedes se conocían de antes y que ahora son… cercanos. —El silencio que siguió enfrió la oficina un par de grados.

—Eso es... —comenzó Matías, pero Santamarina le hizo un gesto para interrumpirlo.

—He tenido que sacarla del proyecto porque es la única manera de protegerla —dijo.

—Podría protegerla mejor si la deja hacer su trabajo —respondió él con firmeza, a pesar del puño que sentía apretándole el estómago.

Uno de los mayores temores de Natalia se estaba haciendo realidad frente a sus ojos, en un momento en el que ella estaba enfrentando otra posible catástrofe en su vida. No podía permitir que aquello escalara, sin importar lo que pudiera costarle.

Santamarina lo observó en silencio, con una expresión que Matías había aprendido a descifrar en su propio padre, y que detestaba más de lo que se permitía admitir.

—Señor Balmaceda —replicó—, si la mantengo en el proyecto, los rumores crecerán y ustedes tendrán que dejar de verse. ¿Eso es lo que quiere?

Matías le sostuvo la mirada.

—Con todo el respeto, no acepto que interfiera de ninguna forma en mi vida personal —dijo, bajando la voz—. Si es necesario, reconsideraré el contrato y buscaré otra empresa. No es mi primera opción, pero la barajo.

Santamarina se reclinó en su silla, entrelazó las manos y lo miró sin expresión.

—Muchacho, ella es como una hija para mí y me está dejando sin margen de maniobra.

—Hizo una pausa, como si estuviera meditando las palabras, y Matías decidió no interrumpirlo—.

Si cancela el contrato, perderá el adelanto y no recibirá los informes finales, que están prácticamente listos.

No sería beneficioso para nadie. Yo estoy intentando protegerla. ¿Puede decir lo mismo de su postura?

Las palabras dieron en el blanco. Matías sabía que presionar más solo abriría un frente innecesario: romper el contrato implicaría justificar sus decisiones ante los inversionistas en Santiago y escalar una tensión que no le convenía a nadie.

Inspiró hondo, dejó que su primera reacción se disolviera y finalmente asintió.

—Trabajaremos bajo sus términos —concedió, serio—. Pero que quede claro algo: si alguien utiliza mi relación con Natalia para perjudicarla, voy a actuar. Me interesa protegerla más de lo que se imagina, y cuando lo haga, no dejaré espacio para ambigüedades.

Salió de la oficina de Santamarina más molesto de lo que había dejado traslucir.

No le había gustado, ni un poco, que Natalia se viera afectada por lo que estaba ocurriendo entre ellos.

Aunque, dadas las circunstancias, entendía que era algo esperable.

Le sorprendió aún más la manera paternal con la que Santamarina le había hablado de ella.

No como le hablaría a un cliente, sino como un hombre que intentaba proteger a una hija.

Eso, por motivos que se le anudaron en la garganta, le resultó inquietante.

Se quedó un rato más en el auto, con el motor apagado y la ciudad desplegándose a su alrededor. Había respirado profundo, pero la tensión no se le despegaba del cuerpo. Por eso le envió un mensaje a Natalia. Necesitaba comenzar a actuar para cumplir con su palabra: protegerla. Marcó a Rodrigo.

—Hola, Matías —contestó su amigo al tercer timbrazo, con ese deje irónico que siempre le arrancaba una media sonrisa—. ¿Cómo van las cosas en Santo Domingo?

—Hola, Rodrigo. Las cosas son más complicadas de lo que esperaba y tengo trabajo para ti.

—Yo también estoy bien, gracias por preguntar —replicó Rodrigo, obligándolo a sonreír a pesar de la molestia.

—Lo siento, amigo. Me alegra oírlo. Por aquí las cosas avanzan, pero no es de eso de lo que necesito hablar. —Hizo una pausa, escogiendo las palabras—. Conocí a una mujer.

—Ajá.

—Estamos saliendo y necesito ayudarla con algo importante.

Rodrigo dejó escapar una carcajada incrédula.

—Espera, ¿te oyes? Acabas de conocer a una mujer y ya tienes una misión de rescate. —Su tono se volvió serio—. No suena mucho a ti, Matías.

—No tienes que aprobarlo —respondió él con sequedad—. Y te llamo como mi abogado, no como mi amigo. ¿Quedó claro?

—Como el agua, jefe —respondió Rodrigo, sonando resignado más que molesto por su tono.

Matías apretó los ojos un segundo y se frotó la sien izquierda con la mano libre.

—No seas idiota —murmuró—. Es la mujer más sorprendente que he conocido en mi vida. Te mandaré un correo con lo que necesito.

Rodrigo suspiró, mostrando ahora una genuina preocupación.

—Hay algo más de lo que no hemos hablado y que me inquieta bastante. Tu padre mandó a Gael a Cuba.

Matías se sorprendió, porque Cuba no era el primer destino en el que pensaba cuando se trataba de las Empresas Balmaceda.

—Dijo que era para explorar un mercado emergente, pero me huele a cortina de humo.

—¿A Cuba? —La mente de Matías se alejó de Natalia mientras trataba de entender ese nuevo problema en el que estaba metido Gael—. ¿Qué hizo ahora ese idiota?

—Bueno, de momento se subió al primer avión rumbo a La Habana —contestó Rodrigo—.

Tu padre, en cuanto lo supo, ordenó a sus abogados que vigilaran los movimientos de sus tarjetas.

Creo que intentan dejarlo sin recursos. Estoy siguiendo todo desde acá, pero puede que tengas que intervenir si se desmadra.

—Gael no mide nunca las consecuencias. Se lanza al vacío y después ve si trae paracaídas.

—Exacto —confirmó Rodrigo—. Y eso puede perjudicarte a ti y a la empresa si el lío escala. No me parece prudente abrir operaciones en La Habana ahora mismo.

Matías exhaló.

—Tienes razón. Mi padre es demasiado prudente como para arriesgarse con un movimiento así ahora. Veremos cómo termina lo de Gael. Me mantendré al tanto —dijo Matías, antes de continuar—: Cuando revises los documentos de Natalia que te voy a enviar, nos ponemos de acuerdo sobre los pasos a seguir.

—¿Natalia? —preguntó Rodrigo, y él podía adivinar una sonrisa a través del teléfono.

—Ese es su nombre.

—Es un lindo nombre.

—Idiota —murmuró—. Para tu suerte, este asunto requerirá que vayas a Canadá.

Se hizo el silencio al otro lado.

—¿A Canadá? ¿Me estás jodiendo? No puedo salir de la empresa ahora.

—Puedes —replicó Matías—, y lo harás. No será mucho tiempo. Además, Natalia tiene una amiga allá que podrá facilitarte lo que necesites.

Rodrigo suspiró, resignado.

—Está bien. Envíame la información y organizaré todo.

—Perfecto. Saluda a Martha de mi parte.

—Se lo diré —combino Rodrigo, haciendo una pausa—. Por cierto, Martha ha estado reuniéndose con tu madre. Dice que es para hacerle compañía. Ya sabes cómo es. —Otro suspiro—. Además, me ha apretado un poco con lo de la boda.

Matías dejó escapar una risa burlona.

—Quizá es hora de dar el brazo a torcer, amigo. ¿Cuántos años son ya? ¿Tres, cuatro? Martha tiene más paciencia que la mayoría de las mujeres que conocemos.

—Tienes razón —dijo Rodrigo, bajando la voz, pero dejando que la duda se filtrara en sus palabras—. Quizá va siendo hora de planteármelo en serio.

Cuando colgaron, Matías fue directo a su apartamento a enviarle los documentos a Rodrigo.

Natalia le había comentado que su amiga Laura vivía en Toronto, así que tendría que hablar con ella esa misma noche y explicarle su plan.

No quería hacer nada a sus espaldas, pero tampoco deseaba que ella rechazara su ayuda antes de siquiera conocer los detalles.

Tampoco quería hacerle más daño si la situación no salía del todo como esperaba; por eso le pediría los avances del caso a Rodrigo.

Se acomodó frente a la ventana, observando cómo la ciudad de Santo Domingo se extendía bajo la luz del mediodía.

Fumaba uno de los cigarrillos que Natalia detestaba cuando estaba con él, dejando que el humo se elevase en espirales lentas hacia el techo.

Había abandonado la chaqueta del traje y la corbata sobre el respaldo de una silla, mientras dejaba entreabierta y arremangada la camisa blanca.

Se había bronceado un poco en los días que llevaba ahí.

La tranquilidad de ese momento se rompió cuando comenzó a vibrar su celular, que descansaba sobre la oscura mesa de centro.

Observó la pantalla y frunció el ceño cuando la calma lo abandonó. Su padre solía provocarle ese efecto, incluso en la distancia.

—¿Sí?

—¿Cómo van los informes? —preguntó su padre.

—Avanzando.

—No es suficiente. Necesito que regreses a Santiago. Hay asuntos importantes que atender aquí.

Matías frunció el ceño, la molestia subiendo convertida en un calor que le recorría la espalda.

—Aún no puedo. No he terminado lo que vine a hacer a Santo Domingo. Cuando los informes estén listos y el proyecto pueda pasar a la siguiente fase, entonces regresaré. Al fin y al cabo, eso fue lo que me dijiste la última vez que hablamos.

Se hizo el silencio.

—Tienes razón —aceptó su padre—. Termina esta fase y regresa. Te estaré esperando en quince días como máximo.

—No sé si ese tiempo será suficiente.

—Tendrá que serlo. —La voz de su padre era fría y cortante, tan precisa como una hoja de acero recién afilada.

—Eso no lo decido yo —respondió Matías, igualando el tono, con la tensión escalando en ambos lados de la línea.

—Bien. —Su padre hizo una pausa—. Tu madre me pidió que te dijera que te extraña.