Capítulo 18 Natalia
La paz, aunque efímera, puede adoptar muchas formas.
Al menos eso fue lo que sintió Natalia después de contárselo a Matías.
No profundizó en ciertos detalles. Al fin y al cabo, no era necesario que él conociera todo lo que había detrás.
No le habló de lo que Andrew había significado para ella, ni de cómo su matrimonio se desmoronó pieza a pieza hasta dejarla vacía, ni de la sensación de pérdida que la había acompañado mucho antes del divorcio. Porque ahora su realidad era otra.
Matías no dijo mucho. Escuchó en silencio, sin interrumpirla, formulando un par de preguntas directas, las justas para comprender su padecimiento y los aspectos legales del contrato con la clínica de fertilidad.
No intentó consolarla con frases vanas ni promesas imposibles. Quizás por eso ella pudo hablar.
Natalia se apresuró a aclararle que no buscaba su ayuda; que no se lo contaba para inspirarle compasión o para que intentara solucionar un problema que no le correspondía.
Lo hacía porque necesitaba sacar el veneno que llevaba dentro, ese peso imposible que la estaba ahogando. Y porque se sentía sola.
Ahí estaba la verdad, desnuda y dolorosa. La soledad que había intentado negar incluso ante el espejo. Esa que la acompañaba en cada silencio, en cada madrugada insomne, en cada intento por convencerse de que estaba bien. Quizás no estaba siendo del todo justa con Matías.
Después de todo, él era prácticamente un extraño en su vida, alguien que había llegado sin esperarlo y que, de algún modo, se había quedado allí, ocupando un espacio que ella no había esperado compartir con nadie más.
Tal vez era precisamente eso lo que hacía más fácil hablar con él.
No debía fingir fortaleza ni esconder sus cicatrices.
No tenía que disimular la tristeza ni medir cada palabra.
Con él no existían las expectativas, ni las promesas, ni la obligación de mostrarse entera.
Al fin y al cabo, hacía muy poco que se conocían.
Si él se asustaba, porque cualquiera podría hacerlo al ver la magnitud de todo lo que ella cargaba, podía marcharse sin mirar atrás.
Ella no se lo reprocharía. De todas formas, pronto se iría por completo de su vida.
También había aprendido que la mayoría de las personas no saben qué hacer con la vulnerabilidad ajena, y no los culpaba por eso.
Cuando sintió la garganta seca de tanto hablar, se dio cuenta de que la noche había caído del otro lado de las ventanas de su apartamento, oscureciéndolo todo, y que las luces de la calle eran las que llenaban la habitación.
El silencio los envolvió a ambos, pero Matías no intentó llenarlo de ninguna manera.
Simplemente se inclinó hacia ella, tomó su mano entre las suyas con una suavidad que la desarmó y pronunció dos palabras:
—Estoy aquí.
***
El lunes la recibió con más energía que la de los últimos días. Había dormido bien las dos últimas noches, acunada entre los brazos de Matías, aliviando un poco la presión que cargaba en el pecho y que no se disipaba del todo.
Su única sospecha de que el día tomaría un rumbo extraño fue la sonrisa cómplice que le lanzó Joseph Maldonado en la sala de descanso, justo cuando se servía su primer café.
Fingió no notarla, aunque un presentimiento incómodo se le instaló en la boca del estómago.
Matías iría más tarde para discutir los resultados preliminares con el equipo, así que no había razón para que todos parecieran tan… atentos.
No pasó mucho tiempo hasta que Santa la llamó a su oficina. Bastó ver su expresión para que Natalia entendiera que algo no estaba bien.
—Cierra la puerta, por favor —pidió él con voz grave.
Esa frase, en boca de Santa, era muy mala señal.
—Buenos días, Santa.
—Buenos días, Natalia. ¿Cómo estás?
—Bien —respondió, esforzándose por mantener la calma y que el movimiento nervioso de sus dedos no delatara la ansiedad que sentía.
—Por favor, siéntate —indicó él, señalando la silla frente a su escritorio.
Natalia obedeció, procurando sostener una expresión neutra mientras en su cabeza desfilaban todos los escenarios posibles: una queja de un cliente, un error en el informe, un rumor… o algo mucho peor.
Santa entrelazó las manos sobre el escritorio y la miró con esa expresión que oscilaba entre la severidad y la preocupación, que ella conocía bien y había buscado no volver a ver dirigida a ella.
—He recibido una queja —dijo sin rodeos, directo como siempre—. ¿Qué tipo de relación mantienes con Matías Balmaceda?
Las palabras se quedaron suspendidas en el aire. Natalia sintió cómo el pulso le golpeaba en las sienes y un nudo se formaba en su garganta. Si hubiera sido otra persona, quizá habría mentido. Pero no a Santa. No después de todo lo que él había hecho, y seguía haciendo, por ella.
Pestañeó un par de veces, intentando ordenar sus pensamientos antes de hablar.
—No es lo que estás pensando —dijo al fin, aunque su voz tembló un poco al terminar la frase.
—No sabes lo que pienso, Natalia —replicó Santa con calma—. Solo necesito que me aclares qué tipo de relación tienes con él.
Ella respiró hondo. No había forma de salir bien de aquello.
—Nos conocimos antes de saber que él era el nuevo cliente —explicó, eligiendo con cuidado cada palabra—. Cuando nos reencontramos aquí —se aclaró la garganta antes de continuar—, las cosas se volvieron un poco más… complicadas de lo que esperaba.
Santa apoyó los codos sobre el escritorio, observándola con algo bastante parecido a la decepción en sus ojos oscuros. Natalia sostuvo su mirada al principio, hasta que bajó la cabeza, avergonzada.
—Sabes que tengo que sacarte del proyecto —dijo finalmente, con un tono más pesado de lo habitual—. Y si el presidente se entera, Natalia, podrías perder tu trabajo.
La frase cayó entre ellos como una sentencia. Natalia sintió que el aire se le atascaba en los pulmones, pero se obligó a mantenerse firme.
—¿Quién dio la queja? —preguntó con la voz convertida en un hilo; tenía la garganta seca y unas gotas de sudor se deslizaban por su espalda a pesar del aire acondicionado de la oficina.
Santa desvió la mirada, incómodo.
—No puedo decírtelo —respondió—, sabes que eso viola las reglas de la oficina, pero estoy seguro de que puedes adivinarlo.
El rostro de Joseph Maldonado apareció con claridad en su mente, acompañado de esa sonrisa burlona que le había dedicado esa mañana en la sala de descanso. Un calor amargo le subió por la garganta y Natalia contuvo el sabor de la bilis respirando con fuerza por la nariz.
Imaginó marcharse hasta su oficina, enfrentarlo y decirle exactamente lo que pensaba de él. Pero sabía que no podía. No sin exponerse y darle la razón a quienes esperaban verla tropezar y cuestionaban el trato amable y cálido de Santa hacia ella.
—No hay pruebas —continuó Santa, rompiendo el silencio una vez más. Natalia se había olvidado de dónde estaba—. Eso es lo único que evitó que fueran directo a ver al presidente.
Natalia trató de procesar la magnitud del daño.
Si no había pruebas, significaba que Joseph solo había insinuado algo, jugando con las apariencias como le gustaba hacer.
Aunque había sido suficiente para ponerla bajo sospecha, y sabía que Santa no podía arriesgarse a que el tema saliera a flote y pusiera en peligro el proyecto completo.
Entendía su postura mejor que nadie y estaba segura de que quizás alguien más había comentado el interés de Matías por ella durante los días que estuvieron juntos fuera de Santo Domingo. Era una maniobra sucia pero efectiva.
Santa la seguía observando, y en su mirada había más compasión que reproche.
—No voy a pedirte que me lo expliques —añadió él con voz más baja—. Solo quiero que seas consciente de todo lo que está en juego.
Natalia asintió, apretando los dientes.
—Lo sé —dijo—. Te prometo que no voy a darle a nadie el placer de verme caer.
—Me parece excelente. —Santa hizo una pausa y miró unos instantes por la ventana.
Natalia se levantó para irse, pero él la interrumpió justo cuando iba a abrir la puerta—: Si quieres pasar tiempo con él, tienes vacaciones acumuladas que puedes pedir.
Le diré al presidente que te asigné el proyecto de Puerto Plata.
Natalia se giró para mirarlo.
—Yo…
—Tendrás la información de Puerto Plata disponible esta tarde. Piensa lo de las vacaciones.
La reunión se llevó a cabo según lo previsto y Natalia se mantuvo al margen, limitándose a observar los gráficos proyectados en la pantalla desde su buró, a través de los enormes vidrios que separaban el salón de reuniones del resto del piso.
Era una suerte que la sala de reuniones quedara tan cerca de su cubículo y que ese día no hubieran bajado las cortinas, como solían hacer a veces.
Desde allí, Natalia podía observarlo a pesar de ya no formar parte.
No podía escuchar lo que hablaban, pero sí percibir los gestos y el lenguaje corporal de Matías cuando entró a la sala.
El traje gris oscuro, caro y perfectamente entallado, se amoldaba a su cuerpo con elegancia.
Ese color contrastaba con el tono verde claro de sus ojos y con el brillo oscuro de su cabello.
Durante unos segundos, Natalia se permitió mirarlo.
Solo mirar. Hasta que él levantó la vista.
El momento fue tan breve como un parpadeo, pero suficiente para dejarla sin aliento.
La tensión en su mandíbula, donde se marcaba un músculo, el ceño fruncido al no verla entre los presentes, y después…
esa mirada directa que cruzó el cristal y la encontró.
El mundo a su alrededor se desdibujó hasta casi desaparecer.
Natalia sintió un revoloteo extraño en el estómago que la tomó por sorpresa. Eso era justo lo que más temía.
Después de la reunión, cuando él pasó cerca de su silla, el aire pareció volverse más denso.
Matías le dedicó una mirada breve, arqueando una de sus espesas cejas negras, mientras buscaba una respuesta que ella no podía darle en ese momento.
Natalia sintió que su corazón se tensaba, pero desvió la vista, fingiendo revisar unos datos en la pantalla de su computadora, concentrándose en cualquier cosa que no fuera la forma en que él la observó al pasar o el aroma masculino de su perfume que se le había colado por las fosas nasales y le nublaba el juicio.
Santa apareció tras él, indicándole el camino hacia su oficina.
Cerró la puerta detrás de ellos, y el sonido seco resonó en el silencio; o al menos así fue como lo sintió ella, porque las personas a su alrededor no se inmutaron.
Natalia se quedó quieta, con los dedos inmóviles sobre el teclado mientras se imaginaba el tipo de conversación que estarían teniendo ambos hombres.
Estaba segura de que su nombre saldría a colación y solo esperaba que todo quedara ahí y que no hubiera mayores consecuencias para ella.
Sabía que Matías preguntaría por qué la habían apartado del proyecto y estaba segura de que insistiría para que volviera.
Lo que él no comprendía, al menos todavía, era que su insistencia no era buena para ella.
Cada uno de sus gestos, por bienintencionado que fuera, la colocaba en la mira de quienes esperaban perjudicarla.
En ese entorno, donde los rumores valían más que los hechos, bastaba una sospecha para arruinarlo todo.
Cuando él salió de la oficina de Santa, no la miró.
Pasó junto a su escritorio con el mismo paso firme de siempre, sin siquiera detenerse y sin un gesto que lo delatara.
Solo entonces, cuando la puerta del ascensor se cerró tras él, Natalia se permitió soltar el aire que había estado conteniendo.
El silencio de la oficina volvió a ser el mismo de siempre, y la tensión que le oprimía el pecho comenzó a disiparse poco a poco.
Santa no volvió a mencionar el tema y la información del nuevo proyecto estuvo en su bandeja de entrada a media tarde.
Natalia sabía que, al menos por el momento, su relación con Matías oscilaba en un frágil equilibrio sostenido por el secreto.
Suspiró, intentando retomar el ritmo del día, cuando el leve zumbido del teléfono sobre el escritorio la hizo mirar.
Un mensaje.
«Nos vemos en la tarde, cervatilla. No te preocupes por nada».
El corazón le dio un salto y una sonrisa se dibujó en sus labios. Natalia permitió que esa pequeña chispa la alcanzara porque, al fin y al cabo, también tenía derecho a ser feliz.