El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 17 Matías
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Capítulo 17 Matías

La impotencia es una sensación extraña y él no estaba acostumbrado a sentirla relacionada con una mujer.

En general, los únicos conflictos que realmente lo descolocaban venían de su padre, con su carácter impositivo y sus exigencias constantes.

En sus relaciones personales, en cambio, siempre había sabido mantenerse a distancia.

Cuando algún encuentro se volvía demasiado emocional, prefería retirarse a tiempo, desaparecer antes de comprometerse más de lo necesario.

Esta vez, sin embargo, se sentía vulnerable.

Lo que con Natalia debía quedarse en la cercanía, el deseo y la comodidad de algo sencillo y efímero, terminó tomando una profundidad que no había previsto.

En algún momento de esos días se desvió de sus propios límites, y el resultado estaba ahora frente a él: la pantalla del celular vacía y la sensación apabullante de ella cortando cualquier puente, dejándole un silencio sordo que no lograba pasar por alto.

Lo peor era que no tenía ni la más mínima idea de lo que la había puesto así.

Sabía que su conversación había sido en inglés, que ella había vivido bastante tiempo en Canadá, pero fuera de eso, no sabía nada.

Esa falta de información lo carcomía por dentro, haciéndolo sentir impotente y, a la vez, desesperado.

¿Por qué no le había contado? Estaba acostumbrado a que sus citas se abrieran con él de inmediato, buscando su apoyo o compartiendo algo personal, aunque fuera pequeño.

Le daba igual que fuera un pedido de ayuda o una confesión: él podía lidiar con eso.

Pero Natalia se había marchado sin decir una palabra, dejando un vacío que él no sabía cómo manejar.

Ahora que lo pensaba mejor, se daba cuenta de que no quedaba ninguna huella de su paso por el apartamento.

Natalia se encargaba de recoger cada objeto que pudiera delatar su presencia, guardándolos siempre.

Ni siquiera había dejado un cepillo de dientes.

Su pequeño neceser entraba y salía de su bolso cada día, evitando dejar rastro de sí misma en su vida.

Todo había desaparecido, excepto las flores que él había pedido para ella esa mañana.

«Mierda». Y él… él se sentía un idiota. Un estúpido por creer que podía mantener las cosas simples, por asumir que la cercanía física significaba que no necesitaría comprenderla.

El control, tan necesario en su vida, se había convertido en una ilusión.

La impotencia lo envolvía, fría y silenciosa, impidiéndole respirar con normalidad.

Nunca antes había querido tanto algo que no podía tener.

Y, al mismo tiempo, nunca antes había odiado tanto su propia incapacidad para ser sincero sobre sus sentimientos.

Cuando la ansiedad se sumó, ahogándolo, decidió enviarle un mensaje corto, solo unas palabras que no comprometieran demasiado, pero que le permitieran saber algo de ella.

Contrario a lo que esperaba, la respuesta no llegó de inmediato.

El tiempo se arrastraba como un peso sobre su pecho, y cuando finalmente respondió, decía que estaba bien.

Solo eso. Él sabía que era mentira. Lo percibía con claridad en la economía de sus palabras.

No pudo evitar confesarle que se preocupaba por ella.

No hubo respuesta. El silencio posterior le caló más que cualquier reproche.

Miró las flores que ella había dejado olvidadas sobre la mesa, y se preguntó si había sido un acto deliberado o un simple descuido.

Ahora, cada detalle se convertía en un enigma.

Tampoco estaba seguro de cuántas banderas rojas provocaría si aparecía en su apartamento.

Después de todo, ella le había pedido espacio, aunque ahora dudaba de si su interpretación había sido correcta.

¿Y si lo que ella realmente quería era que él la consolara, pero no podía pedirlo abiertamente?

Todo se mezclaba en su mente y no tenía sentido alguno.

Quizás debería llamar a Rodrigo. Él tenía una relación larga y estable, era alguien con experiencia en navegar los delicados límites de un romance serio. Pero Matías sabía que ya no eran niños. No le gustaba la idea de depender de consejos externos para cada reacción emocional.

Finalmente decidió que, si ya era un idiota, un poco más de estupidez de su parte no cambiaría gran cosa.

Tomó el ramo de rosas con firmeza, asegurándose de que no se cayera ningún pétalo en el camino, y agarró las llaves del auto.

Cada paso que daba pesaba más que el anterior, pero había decidido ignorarlo.

Si lo que estaba haciendo era una bandera roja, entonces navegaría entre las alertas sin pensarlo demasiado.

Conduciendo, su mente no dejaba de reproducir, una y otra vez, la reacción de Natalia: la sorpresa en su rostro, la tensión en sus hombros y la forma en que evitó su mirada antes de salir del apartamento.

Lo más desconcertante era ese extraño deseo de pertenecer que había empezado a sentir.

Necesitaba más de ella, y no en un sentido físico.

Quería consolarla, decirle que estaba ahí para apoyarla y borrar de su rostro las huellas de las lágrimas que, estaba seguro, había derramado.

Esperaba no asustarla con su intrusión, que entendiera que aquel gesto no era más que un intento torpe de acercarse a ella de la única manera que sabía hacerlo, de demostrarle que también podía contar con él.

Fueron necesarios dos intentos antes de que ella contestara el telefonillo. Su voz sonó adormilada. Ya caía la tarde, tiñendo el cielo de tonos anaranjados, pero todavía era temprano como para pensar en dormir.

Matías supuso que no había comido nada en todo el día. Por eso se había detenido para comprar algo de comida para llevar de camino. Había comprado para los dos, esperando que pudieran compartirla y, de paso, que ella accediera a confiar en él lo suficiente para contarle lo que había pasado.

Mientras subía por las escaleras del edificio, sintió crecer su nerviosismo. No sabía si Natalia lo recibiría con el mismo gesto cordial de siempre o si lo vería como una intromisión. Pero ese era un riesgo que estaba dispuesto a correr.

Ella había abierto la puerta, pero no la vio al entrar. Matías cerró tras de sí y dejó la bolsa con la cena sobre la mesa, sosteniendo el ramo de rosas con una mano, sin saber muy bien cómo actuar a continuación.

Natalia salió a su encuentro con el rostro limpio, pero los ojos aún enrojecidos por el llanto reciente.

Se había lavado las marcas de su tristeza, pero la vulnerabilidad que mostraba ahora, en un gesto tan auténtico y completamente nuevo para él, lo dejó sin palabras.

Su pecho se tensó y un cosquilleo incómodo le subió por la espalda hasta la nuca.

Ella esbozó una pequeña sonrisa al verlo ahí, de pie con las flores, y Matías supo que ese momento era suyo, que no podía dejar pasar la oportunidad de acercarse.

—Las olvidaste —dijo, mientras le extendía el ramo.

Natalia vaciló, moviendo las manos con nerviosismo, aferrándose al dobladillo de su camiseta demasiado grande.

—Lo siento —respondió con un hilo de voz—. Gracias por traerlas.

—Está bien —replicó él, aproximándose con cuidado como si un imán gigante lo atrajera hacia ella—. Traje algo para cenar, si quieres. Podemos compartirlo —la miró a los ojos—; o puedo irme.

Sus palabras sonaron más firmes de lo que se sentía en realidad.

Sabía que ella tenía que poder decidir. Si prefería alejarlo y quedarse sola, entonces respetaría su decisión, aunque le costara cada segundo de su propia calma.

Ella lo miró. Supuso que sus ojos buscaban en los de él alguna señal de juego o de mentira, pero solo había honestidad cruda y un verdadero deseo de acompañarla, de quedarse allí, a su lado, mientras ella decidiera hasta dónde dejarlo entrar.

—Podemos compartirla. Al fin y al cabo, tú la compraste —dijo, bajando la mirada hacia el paquete marrón que contenía la comida.

—Eso es lo de menos, y lo sabes —respondió él, acariciando su mejilla, intentando que lo mirara—. Si me quedo, es porque quieres que esté aquí. No necesitas decir nada. Solo quiero hacerte compañía —añadió.

—¿Por qué te importa? No somos nada —susurró ella, y su voz se quebró.

Matías se quedó en silencio. Comprendió de pronto cuánto podía doler una sola línea, un simple «nada».

Una simple palabra convertida en una barrera que ella usaba para protegerse.

Nada. Sí, «nada», pero lo suficiente para que su corazón latiera más rápido, intentando descifrar cómo atravesar del todo ese muro.

—Me gusta pensar que somos algo —respondió él con la voz baja pero firme, cargada de una certeza que lo sorprendía incluso a sí mismo.

—Tenía entendido que no te gustaban las etiquetas —replicó Natalia con un dejo de desafío, manteniendo la distancia.

—«Algo» no es una etiqueta, es un hecho —insistió Matías, acercándose un paso—. Somos algo, porque lo que siento ahora mismo no entra en la definición de «nada». No se trata de ponerle nombre, sino de reconocer lo que pasa entre nosotros.

Natalia contuvo la respiración un segundo, antes de exhalar y llevarse la mano a la comisura de uno de sus ojos. Él se preguntó si intentaba secar las lágrimas antes de derramarlas, escondiéndolas.

—No puedo dejarte entrar —dijo finalmente, con la voz quebrada, temblando—. Lo siento mucho. Al final, tú regresarás a tu vida y yo seguiré aquí, donde ese «algo» puede volverse todo… y no tendré una vía de escape esta vez.

Sus ojos se encontraron en un instante que pareció eterno, y Matías sintió el peso de sus palabras como un golpe directo al centro del pecho. Tenía razón. Cuando él se fuera, ella se quedaría ahí, con todo el peso de lo que había entre ellos y todos los recuerdos.

—No puedo decirte que no me iré —dijo él, arrastrando las palabras.

—No te estoy pidiendo que me lo digas —respondió Natalia con firmeza—. Estoy reconociendo un hecho.

— Te aseguro que voy a regresar —insistió Matías, acercándose un poco más, convirtiendo la distancia entre ellos en poco más de unos centímetros.

Natalia levantó el rostro para mirarlo a los ojos, con su nariz rozando la de él, mientras compartían el aliento.

—Las promesas no significan nada para mí —replicó ella contra sus labios.

—No es una promesa —dijo él con la voz grave, con la mente obnubilada por la cercanía de ella—. Es un hecho. Voy a regresar porque necesito descubrir todo de ti, y no voy a parar hasta hacerlo.

Ella respiró hondo y se alejó un paso.

—¿Descubrirlo para qué? —preguntó—. ¿Responder a tus dudas y después irte? Puedo contarte todo ahora, si quieres, así nos ahorramos mayores problemas en el futuro.

—No lo entiendes —dijo él—. No sé lo que siento, pero sí sé que estoy sintiendo demasiado por ti. Y parece una locura, lo sé, porque apenas te conozco —se interrumpió, respirando hondo antes de continuar—, pero eres la mujer más genuina que he conocido en toda mi maldita vida.

Matías se pasó una mano por el cabello, frustrado, buscando orden en medio del caos que le provocaba estar así frente a ella. Se sentía más expuesto que si estuviera desnudo.

—No tengo la menor idea de cómo gestionar todo esto —continuó, dando un paso hacia adelante, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera salirse de su cuerpo—. Pero si te digo que regresaré, es porque lo haré. Una y otra vez, hasta que decidas creerme.

Tomó aire, bajando su mirada hacia ella, como queriendo grabarse su rostro en la memoria.

—Me gustas mucho, Natalia. Y no quiero que te sientas sola. No sé qué nos deparará el futuro, porque no soy adivino, pero hay algo dentro de mí que no me deja alejarme de ti. Y no pienso ignorarlo.

Ella lo observó en silencio, dudando. Él, en cambio, acarició su mejilla con la yema de los dedos en un roce suave.

—¿Quieres ponerle una etiqueta? ¡Hagámoslo! —exclamó, buscando sus ojos—. Novia, pareja, amante, compañera… lo que quieras. Pero no me digas que esto no significa nada.

Sus palabras flotaron entre ambos.

—Está bien —murmuró ella al fin—. Vamos a sentarnos y te contaré lo que pueda.

Matías dejó que lo guiara hasta el sofá y se mantuvo en silencio, otorgándole el espacio necesario para que hablara cuando estuviera lista. Él apenas respiraba, ansioso por saber más, por entender.

Cuando Natalia comenzó a hablar, el asombro reemplazó cualquier otro sentimiento.

Escucharlo todo lo hizo comprender, de golpe, la magnitud de lo que ella enfrentaba.

La endometriosis no era un mal menor; era un padecimiento serio que no solo afectaba su salud, sino también sus sueños y sus deseos más íntimos.

Además, ella lo había afrontado sola, cuando la persona con la que había elegido tener una vida se había alejado sin mirar atrás.

Matías observó su rostro con atención mientras hablaba, asombrado por la manera en que se negaba a presentarse como víctima a pesar de todo.

Cada frase le hablaba del peso de su realidad.

La frustración por una fertilidad amenazada, la angustia de ver cómo los años avanzaban mientras las opciones se reducían.

La impotencia de depender de tratamientos y circunstancias que escapaban a su control.

Quiso decirle algo, ofrecerle consuelo, pero entendió que no había palabras que pudieran aliviar esa sensación de pérdida y de lucha que ella cargaba.

Solo podía estar allí, escuchando, dejando que su presencia hablara por él, reconociendo la valentía de Natalia y prometiéndose que no la dejaría enfrentar nada de eso sola.