Capítulo 16 Natalia
¿Podía un hombre como Matías ser complejo y, a la vez, sencillo?
¿O quizá era ella quien había olvidado cómo descifrar a otro ser humano sin levantar sus defensas, como si escondiera una trampa?
Tal vez el problema no eran las relaciones, sino su incapacidad para creer que lo que estaba viviendo podía ser real.
Si es que lo que tenían podía llamarse de alguna manera.
Estaba segura de una sola cosa: no estaba segura de nada.
Lo más importante era precisamente aquello que existía entre ellos, ese territorio que crecía sin que se atrevieran a ponerle nombre.
Había desistido de sobreanalizar cada palabra.
Él había sido claro cuando afirmó que no podía prometer nada.
Pero esa nada era un concepto demasiado ambiguo.
Y, sin embargo, llevaban una semana sin apenas separarse, plegando el tiempo alrededor de ambos.
El horario de oficina se estiraba como una goma elástica, interminable, mientras ella contaba los minutos para volver con él.
Fundirse en sus brazos, besarlo, respirar su aroma se estaba convirtiendo con demasiada rapidez en una especie de adicción que se había jurado no volver a sentir.
Había reconstruido su vida pieza por pieza, prometiéndose que nunca más dependería del calor de otro cuerpo para sentirse completa.
Pero allí estaba, desmoronándose con una facilidad que la asustaba.
Matías tenía detalles que, en apariencia, eran insignificantes, pero que lo cambiaban todo.
Le regalaba flores casi cada día. Margaritas, lirios, pequeños ramos que decían «pensé en ti» y que, cómo no, la obligaban a buscar el significado de cada flor en internet.
Consideraba sus gustos al elegir la cena, incluso cuando eso implicaba renunciar a lo que él prefería.
La llevaba y la recogía en la oficina, convirtiendo ese gesto en un detalle cotidiano.
Preguntaba cómo había sido su día y escuchaba de verdad, con una atención que la desarmaba más que cualquier caricia.
Si tenía que trabajar hasta tarde, la despertaba con besos en lugares donde hacía mucho tiempo que nadie la besaba: la curva del hombro, la muñeca, la parte baja de la espalda.
Zonas olvidadas que, bajo su boca, volvían a existir.
Entonces ella, que creía haber aprendido a vivir sin necesitar nada de eso, se descubría esperando esos momentos con anhelo.
Lo único peor que desearlo como lo hacía era la certeza persistente de que aquello no podría durar.
La felicidad, cuando llegaba sin condiciones, siempre disfrazaba un préstamo con fecha de vencimiento.
Había aprendido a no confiar en los momentos perfectos y a sospechar de su fragilidad.
La llamada llegó para recordárselo. El número en la pantalla rompió la burbuja con rapidez.
Bastó ese instante para que el mundo le recordara su realidad.
En ese corto intercambio comprendió todo lo que no podía ofrecerle, y cómo imaginar un futuro junto a un hombre como él no podía ser otra cosa que un sueño hermoso… y, por eso mismo, imposible.
Lo único que pudo hacer al llegar a su apartamento fue dejarse caer sobre la cama y llorar.
Y lloró hasta quedarse sin aliento, hasta que las lágrimas se confundieron con el cansancio y le ardieron los ojos.
Hasta que sintió que el cuerpo se le vaciaba de toda la fuerza, convirtiendo el llanto en lo único capaz de sostenerla.
La injusticia de esa realidad se abrió paso en su pecho, transformando el dolor en rabia.
Gritó contra la almohada, con la garganta hecha un nudo, intentando que sus vecinos no escucharan su desesperación.
Era una furia dirigida a todo y a nada a la vez: a la vida, al pasado, a sí misma.
¿Cómo podía poner en palabras lo que le estaba ocurriendo?
¿Cómo explicarle a Matías que pensar en un futuro era un lujo que no podía permitirse?
Había aprendido a convivir con su realidad, o al menos eso se había repetido durante años, convencida de que podía seguir adelante.
Pero bastó una sola llamada para derrumbar ese frágil equilibrio que tanto le había costado construir.
Era la clínica de fertilidad. Sus óvulos estaban allí, congelados, suspendidos en el tiempo y esperando una oportunidad que nunca llegaría.
La última conexión tangible con un sueño que había compartido con Andrew antes de que todo se desmoronara.
La cuota de conservación estaba a punto de vencer, y la renovación tenía un costo que ahora le resultaba imposible asumir.
Pensó en trasladarlos a una clínica en Santo Domingo, pero ni siquiera estaba segura de si el seguro cubriría algo.
Y aun si lo hacía, ¿cuánto tiempo más podría seguir aferrándose a esa ilusión?
«La endometriosis no es el fin», le habían dicho.
Y tenían razón: no era el fin. Era el comienzo del final.
El lento y cruel desmoronamiento de su esperanza, de la idea de una familia, de la vida que alguna vez había imaginado.
Tejido cicatrizado recubriendo sus ovarios, limitando su fertilidad hasta casi extinguirla.
Esos óvulos congelados eran su última posibilidad, el último vestigio de un futuro que se le escurría entre los dedos.
Y entonces Andrew la dejó. O quizás fue ella quien lo dejó primero, al descubrir la infidelidad que selló definitivamente la distancia entre ambos. Ya no importaba. Nada de eso importaba, no ahora que estaba a punto de perder lo único que aún la mantenía ligada a la idea de tener un hijo algún día.
Se cubrió el rostro con las manos y se permitió un último sollozo, seco y amargo.
La vida seguía, sí, pero Natalia sintió que algo en su interior había terminado para siempre.
Horas más tarde, cuando recuperó algo de control sobre sus emociones, Natalia tomó el celular y les escribió a sus amigas para contarles las novedades, para desahogarse un poco y buscar la cercanía que solo ellas podían ofrecerle.
Elena fue la primera en responder, enviándole un mensaje de voz con ese tono dulce y calmado que siempre lograba tranquilizarla, incluso estando a kilómetros de distancia:
—Natalia… cariño, ¡lo siento tanto!
Entristecer a Elena era lo último que ella deseaba, sobre todo considerando lo que había vivido durante el último año. Pero la ternura de su voz alivió un poco el dolor de su pecho.
—Escucha, quizás podamos encontrar una solución entre todas, ¿sí? No estás sola.
Natalia respondió con voz temblorosa pero sincera:
—Hoy ha sido… un día horrible. Necesitaba escucharlas. No sé qué más hacer.
—Ahora mismo no tienes que hacer nada —contestó Elena—. Entre todas vamos a pensar en un plan para solucionar esto.
Natalia suspiró, cerrando los ojos y dejando que los recuerdos y la tensión la abandonaran. Era un alivio poder hablar sin filtros.
—A veces siento que todo se me viene encima —confesó—. No es que no pueda manejarlo, pero hay cosas que solo se sienten en el pecho. Tú sabes tan bien como yo que la vida es muy injusta.
—Lo sé… pero no estamos hablando de mí. Lo que me pasó ya no tiene remedio, pero en tu caso sí lo tiene —le respondió Elena con suavidad, reafirmando un pacto invisible de años de confianza.
Otro mensaje de voz llegó en ese momento: Irene, también preocupada, había entrado a la conversación:
—¡Natalia! ¿Qué pasó? Estoy preocupada. Escuché tu voz y suenas muy mal, parece que llevas el peso del mundo sobre los hombros.
—Siento que lo hago —admitió, porque la ironía y la honestidad de Irene siempre le habían hecho falta en momentos así—. No puedo seguir pagando la clínica y mis óvulos serán desechados. Reducidos a nada.
—¡No lo permitiremos! —respondió Irene con la voz firme que siempre equilibraba la dulzura de Elena y la calidez de Laura—. Vamos a pensar en una solución, aunque tengamos que asaltar un banco.
Natalia rio y la tensión pareció ceder. Se permitió contarles de Matías, de su trabajo, de la frustración que había acumulado, del miedo al futuro, a equivocarse y de la sensación de estar sola incluso rodeada de gente.
—Recuerdo cuando nos conocimos —dijo Elena con nostalgia—. Todo era más simple entonces, pero aun así tú ya tenías esa forma de ser que hace que todo el mundo quiera estar cerca de ti. Lo que estás sintiendo ahora no te define. Es solo un momento.
—Sí —añadió Irene—. Y aunque los momentos duros duelan mucho, también te muestran de qué estás hecha. Mira todo lo que has logrado hasta ahora, Natalia. No te subestimes.
Natalia sintió que la calidez de sus palabras la sostenía. Se permitió llorar de nuevo.
—Gracias, chicas —dijo finalmente, con la voz algo más firme—. De verdad necesitaba esto. A veces olvido lo afortunada que soy por tenerlas.
—Siempre estaremos aquí —respondió Irene, y su tono tenía un peso que hacía que Natalia se sintiera protegida y acompañada—. No importa la distancia, ni los problemas, ni nada.
Elena envió un último mensaje antes de despedirse, acompañado de unos corazones:
—Ahora respira hondo, toma un té y recuerda que, después de todo, sigues siendo tú: fuerte, inteligente y capaz de manejar cualquier cosa que venga.
Natalia se sintió más ligera. La presencia de sus amigas no borraba los problemas, pero los hacía más llevaderos, repartiendo el peso entre todas.
Le extrañó un poco que Laura no hubiera escuchado sus mensajes. Tal vez había salido a cenar con su esposo, pensó con una punzada de melancolía. Al menos una de ellas tenía todo aquello que deseaba: una vida estable, amor, un hogar sin grietas.
Envió unos corazones y un mensaje cariñoso de despedida al grupo, agradeciéndoles por estar siempre ahí. Luego salió del chat y buscó el número de Irene.
—¿Cómo está? —preguntó Natalia, sin necesidad de aclarar a quién se refería.
Ella contestó enseguida.
—Viviendo un día a la vez —respondió Irene, y el cansancio se filtraba en su voz—.
Ya logré que donara todas las cosas de él que tenía guardadas, y volvió a dar sus conferencias con normalidad.
En apariencia, quien no la conozca diría que está bien.
Come, se arregla, sigue una rutina… pero tú y yo sabemos que eso no significa nada.
Natalia asintió, a pesar de que Irene no podía verla. Sentía un nudo formándose en su garganta.
—Entiendo.
—No sé si alguna vez volverá a ser la Elena que conocimos —añadió Irene, más suave ahora, permitiéndose un segundo de vulnerabilidad.
—No necesitamos que lo sea —murmuró Natalia—. Solo tenemos que asegurarnos de que no pierda las ganas de vivir.
Hubo una breve pausa al otro lado de la línea. El sonido de una respiración profunda, cargada de empatía y tristeza.
—¿Como tú? —preguntó Irene finalmente, sin rodeos, como solía hacer.
Natalia fue incapaz de responder. El silencio se extendió entre ambas, lleno de lo no dicho y de lo que dolía demasiado poner en palabras. Irene comprendió y suspiró antes de continuar.
—Lamento mucho, mucho todo esto, Naty. Pero recuerda algo —dijo con voz firme—: un hijo no te define. No serás menos mujer, ni menos valiosa, por no tenerlos.
Natalia tragó saliva. Había escuchado esa frase antes, pero eso no lo hacía más sencillo.
—Lo sé —respondió al fin, con voz baja—. Y ni siquiera sé si finalmente quiero ser madre… pero una cosa es que puedas decidir sobre tu cuerpo, y otra muy diferente es que te arranquen la posibilidad.
Irene guardó silencio. Natalia lo agradeció, porque lo único que necesitaba era alguien que la escuchara, que la sostuviera sin ofrecer soluciones.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo —dijo Irene al final—. Nadie puede. Y si un día sientes que no puedes más, llámame. No importa la hora.
Natalia sonrió.
—Gracias, Ire. No sé qué haría sin ustedes.
—No lo sabrás nunca, porque no te vamos a dejar averiguarlo —bromeó ella, logrando arrancarle una sonrisa.
La tristeza cedió espacio a la gratitud. El dolor seguía ahí, pero ya no era un abismo.
—Sigue cuidando de Lena —pidió Natalia.
—Lo haré, no te preocupes.
Cuando colgó, vio que también tenía un mensaje de Matías: «¿Cómo estás? Recuerda que puedes contar conmigo».
Lo miró unos segundos. Pero ¿podía hacerlo realmente?
Dos semanas saliendo, compartiendo algunos fragmentos de sus vidas, no era tiempo suficiente para depositar la confianza que requería abrirse de esa manera.
No podía decirle lo que estaba pasando. Temía que cualquier palabra se convirtiera en un malentendido.
No quería que pensara que pedía ayuda económica, cuando eso era lo último que necesitaba de él.
Por más tentada que se sintiera por la idea, debía contenerse.
Ya había entendido, incluso sin que él lo mencionara, que mantenía una relación complicada con su padre, el verdadero dueño de todo, y no quería arrastrarlo a problemas que no eran suyos. No por ella, al menos.
Respiró hondo antes de teclear su respuesta: «Estaré bien.
Gracias por preocuparte». Lo envió con cautela, consciente de que no podía dejarse llevar por su necesidad de apoyo en ese momento, que involucrarlo sería un error, porque él se iría tarde o temprano.
Lo que estaban viviendo era solo una aventura, aunque ninguno de los dos le hubiera puesto nombre.
El siguiente mensaje de él no se hizo esperar: «No tengo cómo no hacerlo».