Capítulo 15 Matías
Amanecer junto a ella se estaba convirtiendo en una realidad adictiva.
Era un hábito peligroso del que no quería deshacerse.
Cada mañana, al abrir los ojos y verla ahí, enredada entre las sábanas, con el cabello despeinado y la respiración lenta, algo sin nombre latía en su pecho.
Era una nueva necesidad, un impulso de quedarse, de prolongar ese paréntesis que la vida les había regalado.
Desde el sábado anterior apenas se habían separado, y ya habían pasado cinco días.
Todo había comenzado sin una palabra que definiera lo que estaban haciendo.
Simplemente, se habían dejado llevar. Pasaron el fin de semana en el apartamento de ella, con la ropa suficiente para no morir de pudor si alguien tocaba la puerta, y se dedicaron a existir el uno junto al otro.
Hablaban de todo y de nada. Conversaciones ligeras que se deslizaban entre risas, silencios cómodos y el roce constante de la piel.
Evitaban las preguntas importantes, las que podían romper el encanto, por temor a que la realidad los arrancara de ese sueño compartido.
Ninguno mencionó lo que pasaría después, ni el trabajo, ni los compromisos que aguardaban fuera de esas paredes. Solo el presente importaba.
Matías, acostumbrado a medir los riesgos de cada decisión, se descubría a sí mismo rendido a la improvisación de estar con ella.
Le fascinaba observarla: la manera en que se movía por el apartamento, la naturalidad con la que servía café por la mañana, la forma en que pasaba los dedos por su cabello sin darse cuenta de que lo estaba volviendo loco.
Todo en ella resultaba un contraste brutal frente a la vida que llevaba en Santiago.
Había algo profundamente humano en Natalia que lo dejaba sin palabras.
No necesitaba esforzarse para parecer nada.
No fingía, y eso lo perturbaba más de lo que se atrevía a admitir.
Por las noches, cuando el cansancio los alcanzaba y ella se quedaba dormida sobre su pecho, él permanecía despierto un rato más, observando el vaivén tranquilo de su respiración.
Le gustaba sentir sus curvas, el calor de su piel, el aroma que ya reconocía como suyo.
En esos momentos, se sorprendía deseando que el tiempo se detuviera.
Pero también sabía que ese deseo era una trampa.
Había una parte de él —la que siempre pensaba en lo inevitable— que le recordaba que aquello no duraría.
Que en algún punto él tendría que regresar a su vida.
El lunes marcó el regreso a la realidad.
Ella volvió a la oficina con el cabello aún húmedo por la ducha apresurada y un intento de normalidad en la sonrisa.
Él, por su parte, retomó el motivo formal de su viaje: el proyecto que lo había llevado hasta allí y que, hasta hacía poco, era su única prioridad.
Coincidieron en los pasillos de la empresa, rodeados de gente, de murmullos y pasos que resonaban sobre el piso brillante.
La distancia entre ellos, que el fin de semana había sido inexistente, se volvió de pronto un muro invisible.
Natalia lo miró a los ojos antes de saludarlo con seriedad.
Matías respondió con un gesto breve, acompañado de un apretón de manos.
Sin embargo, sus dedos se demoraron un segundo más de lo necesario, lo justo para que ella sintiera el calor de su piel.
Fue un cruce fugaz, pero bastó para que el resto del día se le hiciera interminable.
Él volvió a sus reuniones y a los informes, pero la imagen de Natalia inclinándose sobre el escritorio mientras él le levantaba la falda lo perseguía con obstinación.
Esa tarde acordaron pasar unos días en el apartamento de él, convirtiéndolo en un refugio alejado de las posibles miradas curiosas de los vecinos de ella y para mantener una distancia prudente de la empresa.
Matías se encargó de los detalles con la misma meticulosidad con la que abordaba sus otras responsabilidades.
La llevaba temprano cada mañana y la dejaba cerca de la oficina.
Incluso, ese mismo lunes alquiló otro auto, uno común, sin el menor rastro de lujo que pudiera delatarlos.
Era una precaución más debido a lo mucho que le importaba protegerla.
Había sido completamente sincero cuando le dijo que no quería que pusiera en riesgo su trabajo.
Sabía que, si alguien llegaba a sospechar de ellos, Natalia sería la más vulnerable.
Él podía marcharse en cualquier momento, pero ella tenía allí su vida, su estabilidad y su reputación.
Aun así, cada vez que la veía salir del auto con paso decidido, con esa energía que lo había cautivado desde el principio, le costaba contener el impulso de alcanzarla y tomarle la mano.
Ese jueves por la noche, en su apartamento, se encontró cocinando junto a ella.
Natalia había insistido en preparar pasta, revisando a conciencia cada rincón de la nevera, evaluando lo que el personal de servicio mantenía siempre surtido y asegurándose de que todo estuviera fresco y en orden.
Matías empezó observándola, divertido, mientras ella sacaba los ingredientes y le comentaba con entusiasmo sobre las salsas y las especias.
Como no tardó en exigir su ayuda, fue ascendido a pinche de cocina, encargado de cortar la cebolla y todo lo demás que a ella se le ocurría.
Aunque no cocinaba con frecuencia, él no era un novato.
Alessandro se había encargado de enseñarle los secretos básicos de la cocina italiana durante su estancia en Nueva York, cuando él y Rodrigo habían coincidido en el posgrado de negocios.
Mientras removían la pasta en la olla, Matías se dio cuenta de lo mucho que disfrutaba de esos momentos y de lo diferentes que eran de lo que se suponía que sería su vida con una mujer.
Natalia reía cada vez que él intentaba añadir demasiado condimento o confundía el tiempo de cocción, y él la miraba, intentando grabar en su mente el brillo de sus ojos.
Cuando finalmente se sentaron a cenar, el plato humeante entre ellos lucía como un triunfo compartido.
—¿A que está buena? —preguntó Natalia después de probar el primer bocado.
Esa era otra de las cosas que Matías encontraba irresistibles: la forma en que ella comía, con ganas, disfrutando de cada sabor, sin preocuparse por disimular ni por cumplir con ninguna expectativa social sobre la apariencia o el peso. Esa naturalidad lo desconcertaba y lo atraía a partes iguales.
—Deliciosa —respondió él, dejando que el arrastre en su voz se prolongara un poco más.
Natalia lo miró con una expresión cargada de picardía y Matías sonrió ante su gesto.
—¿Me vas a contar alguna vez cómo te mudaste a esta ciudad? —preguntó, intentando que su curiosidad sonara casual, aunque era evidente que quería conocer cada detalle de su vida.
Ella se tensó un poco, llevó el vaso a sus labios y bebió agua. Tal vez era un gesto para ganar tiempo, tal vez para infundirse valor. Matías no estaba seguro, y eso solo lo intrigaba.
—Recibí una oferta de Santa. Estaba pasando por un momento delicado en mi vida personal y, además, había colaborado antes con la empresa a través de la compañía en la que trabajaba en Canadá. En ese momento, me pareció la mejor decisión y… acepté.
Matías asintió, dejando que sus ojos recorrieran su rostro mientras hablaba. Había tanta determinación y vulnerabilidad en su manera de contarlo que despertó aún más su curiosidad.
—Debió ser un cambio grande.
—Sí… lo fue —admitió Natalia, bajando la mirada de vuelta a su plato.
—¿Puedo preguntar sobre ese momento delicado de tu vida que te impulsó a aceptar? —preguntó Matías, sin dejar de mirarla.
—Mi divorcio —respondió ella, encontrando sus ojos, y él entendió que no era el momento de preguntar nada más.
Continuaron comiendo en silencio, ambos sumidos en sus pensamientos, dejando que el aroma de la pasta llenara la habitación.
—¿Y tú? ¿A cuántas mujeres dejaste esperándote en Chile?
—A ninguna —respondió él, recobrando la compostura y sonriendo un poco—. Prefiero mantener la discreción en todas mis relaciones.
—Entiendo —dijo ella, aunque el brillo de sus ojos delataba claramente que no entendía en absoluto.
Matías lo notó y sintió que esa brecha podía hacerse insalvable si no aclaraba su posición. Respiró hondo y se inclinó un poco hacia ella.
—No me malinterpretes —añadió—. Lo que quise decir es que no tienes que preocuparte porque haya alguna mujer esperándome en Chile. Ninguna espera por mí y ninguna ocupa mi tiempo ni mis pensamientos.
—Claro.
Entonces Matías quiso saber por qué se había separado de su esposo.
Sin embargo, comprendió que no era el momento de preguntar.
No quería presionarla ni romper la confianza que estaban construyendo.
Así que dejó que el silencio hablara por ambos, mientras su mente se debatía entre el deseo y la impaciencia de conocerla por completo.
El sábado despertó mucho antes que ella, con una energía que no recordaba haber sentido desde hacía semanas.
El sol se asomaba por la ventana, tiñendo la habitación de tonos cálidos, y Matías sonrió para sí mismo, decidido a hacer de aquel día algo especial.
Sin perder tiempo, ordenó un ramo de rosas enormes y pidió que llegaran un poco más tarde para no interrumpir la calma de la mañana.
También encargó un desayuno especial en su restaurante favorito, sabiendo que Natalia apreciaría el detalle.
Antes de que llegara todo, bajó a la piscina para nadar y hacer algo de ejercicio, disfrutando de la tranquilidad del lugar y del sonido del agua.
Regresó una hora después al apartamento y la encontró en la ducha; el vapor llenaba el espacio, dibujando siluetas difusas a través del cristal. La observó en silencio, fascinado por la simple belleza de aquel momento. Sin dudarlo, se despojó de su ropa y se unió a ella.