Capítulo 14 Natalia
El sábado era, sin duda, su día favorito de la semana.
Tres razones bastaban para llenarle la mañana de anticipación.
Primero, no había que trabajar, y el simple hecho de no tener horarios que cumplir era relajante.
Segundo, podía dormir hasta tarde, dejar que el sol se colara por la ventana y acariciara su rostro mientras ella disfrutaba del lujo de no hacer nada.
Y tercero, saldría a hacer las compras, una pequeña rutina que siempre la animaba.
Le gustaba caminar por los pasillos del mercado y perderse entre aromas y colores mientras su mente se desconectaba.
En apariencia, ese día no lucía diferente.
El cielo estaba despejado y el sol entraba cálido por las ventanas, prometiendo una jornada tranquila.
Solo un detalle amenazaba con ensombrecer esa calma: no dejaba de pensar en Matías.
Se regañó mentalmente, frunciendo el ceño mientras agitaba las manos en un gesto de frustración silenciosa.
La decisión estaba tomada, firme y clara: había logrado que la semana terminara con éxito, sin contratiempos y cumpliendo con su obligación profesional.
No podía permitir que un pensamiento inoportuno alterara su serenidad ganada con tanto esfuerzo.
Quizá el lunes tendría que verlo, o quizá no.
Todo dependía de lo que el destino, o Santa, decidiera para ella.
Si tenía suerte, no se cruzaría nunca más con él. Fin. Problema resuelto.
Aun así, mientras se levantaba de la cama y se estiraba despacio, sintiendo cómo cada músculo despertaba con el movimiento, una parte de ella no podía evitar una punzada de anticipación.
Un murmullo en su interior le recordó que no siempre es posible mantener todas las decisiones y que, a veces, las personas aparecen cuando menos se espera.
Sabía que, aunque quisiera, el control no siempre era absoluto.
Sacudió la cabeza y sonrió para sí misma.
No podía permitir que sus pensamientos se desbordaran tan temprano en la mañana.
Había café caliente en su futuro inmediato, la lista de compras y, sobre todo, un sábado por delante que prometía tranquilidad.
Si podía controlar algo ese día, era su rutina.
El timbre del intercomunicador sonó justo en el momento en que Natalia se disponía a llevarse la taza a los labios.
El aroma del café recién hecho se mezclaba con el calor suave de la mañana, mientras su cabello alborotado caía en mechones desordenados sobre su frente y sus ojos somnolientos todavía luchaban por enfocarse.
Frunció el ceño, confundida, y levantó el telefonillo. No esperaba a nadie a esa hora.
—¿Sí? —preguntó con la voz ronca. Se aclaró la garganta—. ¿Quién es?
—Natalia —la voz de Matías, grave y precisa, hizo que el mundo se detuviera y la taza casi se deslizara de sus dedos.
Se mantuvo en silencio, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. El sonido de su nombre pronunciado por él, incluso a través del intercomunicador, tenía un efecto tangible, un tirón en el estómago que no esperaba sentir de nuevo.
—¿Puedo subir?
Natalia pulsó el botón para abrirle la puerta de manera automática, mientras su mente giraba a mil por hora.
No estaba preparada para recibir a nadie, y mucho menos a él.
Sus mejillas se calentaron y dudó si debería haberlo dejado subir.
Sin embargo, algo en la determinación de su voz le quitó las ganas de protestar.
El timbre de apertura sonó y ella dejó el telefonillo a un lado, apoyando la taza de café en la mesa con un gesto torpe; necesitaba asegurarse de que todavía tenía control sobre algo.
Respiró hondo, intentando recomponerse, y se dirigió hacia la puerta, abriéndola justo cuando él se detenía en el umbral.
Se miraron en silencio, evaluándose. Natalia recordó de pronto que aún llevaba su ropa de dormir, mientras él estaba ahí, impecable con una camisa gris arremangada y un pantalón azul oscuro.
El mismo aire elegante de siempre lo envolvía.
Ella le hizo un gesto para que entrara, tratando de mantener la calma, aunque su corazón latía con fuerza y sus manos traicionaban su nerviosismo al ajustarse los cortos mechones de cabello detrás de la oreja.
Esperaba que él no lo notara. Matías no sonreía.
De hecho, estaba más serio que nunca, manteniendo esa expresión intensa que la traspasaba.
Natalia sintió un escalofrío al darse cuenta de lo fácil que podría leerla.
—¿Puedo ofrecerte un café? —preguntó ella.
Sabía que después tendría que descubrir cómo había averiguado su dirección, aunque en ese momento su prioridad era mantener la calma.
—Está bien —respondió él, asintiendo antes de acomodarse en el sofá que ella le señaló con un gesto.
Natalia se dirigió a la cocina, preparando con cuidado una taza humeante, y luego regresó, dejando el café frente a él.
Ninguno se atrevió a romper el frágil silencio que se había instalado entre ellos.
Bebieron de sus tazas al mismo tiempo, ambos sentados en el sofá, convirtiendo el simple acto de sorber en una tregua que les permitiera ganar unos segundos antes de enfrentar lo inevitable.
Mientras Matías miraba alrededor con disimulo, Natalia no pudo evitar que su mente se fijara en cada detalle del apartamento.
Sabía que ese espacio hablaba mucho de ella.
Los estantes organizados, los libros con los lomos algo ajados —que mostraban las huellas de haber sido leídos y no colocados de manera decorativa—, los cuadros que colgaban de las paredes y las fotografías enmarcadas.
Allí estaba ella junto a sus amigas, riendo en playas soleadas.
Había una con sus padres en Varadero, la última vez que los tres habían estado en Cuba.
Todo lucía familiar y cálido, como un claro reflejo de su vida cotidiana y de sus afectos.
Pero al mismo tiempo, Natalia era consciente de la brecha que existía entre su mundo y el de Matías.
Todo lucía bonito ante sus ojos, sí, pero en la mente de él seguramente parecería modesto, simple, tal vez incluso insignificante.
Esa diferencia de clases entre ellos la incomodaba, porque no sabía cómo gestionarla y dudaba que, a estas alturas de la vida, aprendiera a hacerlo correctamente.
El silencio se hizo más pesado, y Natalia notó cómo la mirada de Matías se posaba en ella con intensidad.
No había reproches en sus ojos, ni siquiera curiosidad evidente.
Lo que veía en el brillo de esos ojos claros la hacía preguntarse si él también estaba buscando descubrir todo lo que ella quería ocultar y, quizás, deseando comprenderla.
—¿Puedo preguntar cómo sabes que vivo aquí? —demandó, rompiendo el silencio en un intento de serenidad que no alcanzaba a disimular la inquietud en su pecho.
Matías sostuvo su mirada antes de responder. Parecía estar calibrando si valía la pena o no mentirle.
—Ernesto me lo dijo —admitió, con esa honestidad seca que lo caracterizaba—. Lo que no sabía era cuál de todos era tu apartamento, así que… fui llamando en cada intercomunicador hasta dar contigo.
Natalia parpadeó, procesando sus palabras.
Contuvo la expresión de asombro, aunque por dentro no sabía si reírse o enfadarse.
Vivía en el segundo piso, en el apartamento veintiuno, y había cinco apartamentos por piso.
Eso significaba que él había llamado, uno por uno, a seis apartamentos hasta llegar al suyo.
Podía imaginar la escena: la voz de Matías resonando en los intercomunicadores del edificio, su acento marcando cada sílaba, provocando la confusión de más de un vecino.
—Eres… persistente —comentó, alzando una ceja.
Él no sonrió.
—Imagino que quieres saber por qué vine.
Natalia asintió, sin confiar en las palabras. Matías apoyó las manos en sus rodillas, inclinándose hacia adelante.
—No puedo dejar de pensar en ti —confesó, con un suspiro resignado.
Silencio. El sonido del tráfico lejano se filtró desde la calle, un recordatorio de que el mundo seguía su curso mientras Natalia no supo qué responder.
Su primera reacción fue buscar una salida racional, algo que rompiera el peso de aquella frase.
Pero nada vino. Solo lo miró, sintiendo el vértigo que le provocaba sus palabras.
El corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo.
—No voy a decir palabras de las que no esté seguro y tampoco voy a mentirte. No sé qué es todo esto, ni hacia dónde va, pero hay algo que sí tengo claro: estás en mi mente cada instante del día… y todas las noches.
La sinceridad en su tono hizo que Natalia se quedara inmóvil, temiendo que cualquier movimiento rompiera el delicado equilibrio que había entre ellos.
—Tenía que decírtelo —continuó él—, para que no pensaras que lo que pasó no significaba nada para mí.
—Pero no me conoces —replicó ella, intentando aferrarse a la razón—. No sabes quién soy, ni lo que quiero, ni lo que busco. Y yo no te conozco a ti.
Matías la miró a los ojos con una intensidad que casi la obligó a apartar la mirada.
—¿Tú piensas en mí? —preguntó, alzando una ceja.
Ella bajó la vista hacia la taza de café que se enfriaba entre sus dedos. Dudó. El silencio se alargó hasta que sus labios se movieron.
—Lo hago —susurró.
Él asintió, con una leve sonrisa adornando sus labios.
—Y no me conoces de nada, como bien dijiste. Ahí tienes tu respuesta.
Natalia sintió un nudo en la garganta. Había lógica en lo que decía, y eso la desarmaba porque se sostenía sobre una verdad que no quería admitir: no hacía falta conocerlo del todo para pensar en él.
—La salida fácil sería olvidarnos de todo esto —aceptó él—. Fingir que no pasó nada. Cada uno sigue su camino y ya está. Pero no quería hacerlo sin decirte todo esto antes.
Hizo una pausa breve, buscando sus ojos.
—Me dijiste que no podías perder tu trabajo, y lo entiendo. No quiero que pierdas nada por mi culpa.
Se pasó una mano por el cabello mientras respiraba.
—Mi vida tampoco es lo que crees —añadió—. Es verdad, no te conozco. No sé de dónde vienes, ni qué te hizo ser quién eres, ni qué sueñas. Pero si te soy sincero, me gustaría saberlo.
—No deberías decirme esas cosas —murmuró, con un reproche cargado de anhelo—, porque no sé si puedo seguir fingiendo que no me importa.
Matías no respondió. Se levantó con un gesto tranquilo, tomó la taza de las manos de ella y la dejó junto a la suya sobre la mesa baja frente al sofá.
Solo el leve sonido de la porcelana sobre la madera rompió el silencio.
Luego, alzó una mano y la llevó hasta su rostro, rozando con el pulgar la línea suave de su mejilla.
—No puedo dejar de pensar en estos ojos de cervatilla que tienes —murmuró él, con una voz tan baja que era un roce de aire entre ellos.
Sus palabras flotaron, suspendidas en el cálido silencio de la habitación, antes de que Matías se inclinara hacia ella, acortando la distancia que los separaba.
Natalia no se movió. El corazón le latía en los oídos.
Cerró los ojos justo cuando sus labios se encontraron, y todo lo demás se desvaneció.