Capítulo 13 Matías #2
No pudo evitar hacerle algunas preguntas a Ernesto sobre ella, disfrazándolo como interés por todos los miembros del equipo.
Supo entonces que vivía cerca de la empresa, que llevaba dos años allí y que, más allá de su profesionalismo, era reservada con su vida privada.
Nadie había oído hablar de alguna pareja anterior.
Era eficiente, meticulosa, bien preparada y mantenía relaciones cordiales con todos, aunque no sin mostrar su carácter.
Mientras el humo del cigarrillo se mezclaba con la luz cálida del atardecer, Matías aceptó lo evidente: la distancia no había atenuado sus sentimientos.
Se recostó en el sillón, dejando que la tarde lo envolviera.
No tenía un manual para esto, y no lo necesitaba.
Podía racionalizarlo, buscarle un orden, hablar con Rodrigo y analizarlo como un problema más, pero no lo haría.
Su amigo solo le diría que estaba complicándose la vida, y quizás tendría razón.
Sin embargo, había tanto en ella que escapaba a cualquier simplificación y lo mantenía en una zona que no terminaba de entender.
Sacudió la cabeza, tratando de alejar los pensamientos que se le pegaban a la piel.
No, Rodrigo no era una buena opción. Nadie lo sería, a excepción de alguien que entendiera el arte de sentir sin perder la cabeza, pero que tampoco racionalizara demasiado.
Miró su reloj de muñeca. Apenas eran las siete de la tarde en Santo Domingo y en Italia sería cerca de la medianoche.
Respiró hondo, exhalando el humo del cigarrillo con desdén antes de apagarlo contra el cenicero.
Tomó el celular con determinación; llamaría a Alessandro.
Timbró un par de veces antes de que su amigo contestara.
Su voz adormilada le llegó con claridad desde el otro lado de la línea.
—Pronto, pronto… —saludó Alessandro con un bostezo—. ¿Quién es a esta hora?
Matías sonrió mientras ajustaba la postura en el sillón.
—Hola, amigo, soy yo, Matías.
—Ciao, Matías. ¿A esta hora? ¿Qué pasa, hombre? Suenas… ¿estás bien?
—Necesito hablar —admitió Matías sin rodeos—. No puedo explicarlo bien por mensaje y necesito un consejo.
—Ajá… Vamos, suéltalo.
Matías inhaló, con el humo del cigarrillo aun flotando en la habitación, y decidió ir directo al punto.
—Es una mujer. No logro sacármela de la cabeza y cada día todo me lleva de vuelta a ella. Y no es solo atracción; es… otra cosa.
—Hmmm. Déjame ver si entiendo. ¿Es deseo o es algo más? Porque tú siempre has sido pragmático, Matías. Me sorprende bastante escucharte así.
—Es complicado —admitió—. Claro que la deseo, pero también me intriga a un nivel que no puedo explicar. No estoy en posición de perder la claridad, lo sabes, y aun así… no puedo ignorarla.
—Ahh —Alessandro soltó un suspiro—. Te metiste en un terreno complicado y no tienes ni puta idea.
—Exactamente. —Matías dejó escapar una risa baja y seca—. Y no quiero estropearlo más. Pero tampoco puedo fingir que no pasa nada. Ahora mismo parezco un adolescente. No me reconozco.
—Escucha —pidió Alessandro—. Primero, baja la velocidad. Segundo, acepta que lo que sientes es válido. Entre adultos nada es tan limpio como quisiéramos y el orgullo estorba más de lo que ayuda. Pero también tienes que mantener tus límites claros. No te dejes arrastrar por los impulsos.
—¿Y cómo se supone que haga eso? —preguntó Matías, frustrado—. Siento que cada vez que estoy cerca de ella pierdo el control.
—Pues eso: mantén la cabeza fría, pero no te engañes fingiendo que no pasa nada. Analiza tus pasos y piensa en lo que implica cada cosa que hagas. No te apresures. Si te mueve así, por algo será. Solo necesitas aclarar si de verdad vale la pena y no es solo que estás apresurándote.
Matías dejó que las palabras de Alessandro se asentaran.
—La verdad es que ella se alejó y, aun así, no logro sacármela de la cabeza.
Al otro lado de la línea, Alessandro guardó silencio unos segundos.
—¿Y estás seguro de que no es por eso que sigues pensando en ella? —preguntó—. A veces confundimos el golpe al orgullo con el afecto, incluso con algo más. Queremos lo que perdimos solo porque nos lo quitaron. El orgullo es pésimo consejero.
Matías aceptó la posibilidad. Se apoyó bien contra el respaldo, mientras sus dedos marcaban un ritmo sobre el apoyabrazos.
—Lo sé —admitió—. Pero no es solo el orgullo. Es… la sensación de que ella ha movido cosas que yo no estaba seguro de que estuvieran ahí.
—Ya veo… Entonces lo que tienes que hacer no es pelear contra lo que sientes. Tienes que entender qué es exactamente lo que quieres, sin rodeos, y luego darle la opción de aceptarlo o no.
—No suena tan complicado. Gracias, amigo.
—Para eso estamos —respondió Alessandro con una sonrisa audible en la voz—. Ahora piensa y recuerda: controla lo que puedas controlar y deja que lo demás siga su curso. Pero, sobre todo, no te niegues a sentir. Eso nunca funciona.
—Lo intentaré —dijo Matías, incorporándose—. ¿Has hablado con Gael en estos días?
—Sí, resulta que quiere que me vaya de vacaciones con él a algún lugar, pero no ha soltado prenda todavía. Le dije que no puedo, que tengo trabajo aquí.
—De verdad no entiendo cómo ustedes se hicieron amigos —confesó Matías, frunciendo el ceño.
—Cosas de la escuela, supongo. La adolescencia es así —Alessandro se rio—. Antes lo odiaba y ahora es un hermano para mí.
—Después de todo, tiene suerte de que siempre le cubramos las espaldas. ¿Tú cómo estás?
—Tan bien como tú. Disfrutando de los placeres de ser un adulto responsable.
Matías dejó escapar una carcajada y su amigo lo imitó al otro lado de la línea. Una voz de mujer se escuchó apagada a través del teléfono. Alessandro bajó la voz para despedirse.
—Ciao, Matías. Tengo algunos pendientes que resolver por aquí.
—Sí, puedo imaginarlo.
La risa de Alessandro fue lo último que escuchó antes de colgar el teléfono.