Capítulo 13 Matías
Al final, ella lo había alejado. Y, siendo honesto consigo mismo, no podía culparla.
Se dejó caer sobre la cama, intentando ordenar sus prioridades.
Cuatro días. Era el tiempo exacto que le quedaba antes de regresar a Santo Domingo.
Cuatro días para cumplir con el trabajo, mantener el ritmo y evitar cualquier roce innecesario. Después, la distancia haría lo suyo.
Apoyó la cabeza en la almohada y exhaló.
La imagen de Natalia seguía rondando su mente, de manera insistente, despertando en él algo que prefería mantener bajo control.
Ella tenía razón al final. El deseo y la curiosidad no encajaban con el momento ni con sus responsabilidades.
Tenía expectativas depositadas sobre él que no podía permitirse defraudar por una reacción impulsiva.
Se obligó a pensar en el trabajo. Lo demás, lo que Natalia despertaba en él, tendría que esperar.
Solo cuatro días. Aun así, sabía que no sería tan simple.
La presencia de Natalia se le había quedado adherida de un modo que no desaparecería solo con decidirlo.
Podía seguir adelante, sí, pero lo haría acompañado por esa sombra persistente de lo que podría haber sido si él fuera un hombre distinto…
o si la vida no fuera tan precisa al imponer distancias.
El sol de la mañana caía oblicuo sobre el terreno, mostrando toda la belleza del paisaje montañoso ante sus ojos.
El aire olía a tierra caliente y a hojas trituradas bajo las botas del equipo, que se dispersaba en distintas direcciones.
Matías se concentró en revisar unos planos sobre el capó de la camioneta.
Escuchó sus pasos antes de verla.
No necesitó alzar la vista para saber que era ella. En el último par de días había aprendido, sin proponérselo, el ritmo exacto de su andar. Natalia se detuvo al otro lado del vehículo, dejando una distancia prudente entre ambos.
—¿Tiene un momento? —preguntó.
Su tono era profesional, regresando al «usted» de antes.
Matías levantó la mirada despacio. El reflejo del sol lo obligó a entrecerrar los ojos, pero aun así percibió el leve brillo de sudor en la base de su cuello, el castaño dorado de su cabello rebelde y la forma en que sus dedos sostenían una carpeta con más fuerza de la necesaria.
—Claro —respondió—. ¿Qué ocurre?
Natalia abrió la carpeta y extendió unos mapas sobre el capó, procurando que sus manos no rozaran las de él. El gesto fue deliberado.
—Hay una discrepancia en las mediciones del sector norte —explicó—. Si estos datos son correctos, la zona inundable es más amplia de lo que estimamos al principio.
Matías inclinó el torso para observar. El movimiento los acercó más de lo que cualquiera de los dos había previsto. Pudo percibir el delicado aroma de su perfume y la mente se le embotó unos segundos mientras respiraba.
—Déjame ver —murmuró.
Sus cabezas quedaron a escasos centímetros. Matías cerró los ojos un segundo, un parpadeo más largo de lo normal, y se obligó a concentrarse en las líneas del mapa.
—Si esto se confirma —continuó ella con la voz más baja—, habría que replantear la ubicación del acceso principal.
Matías asintió, pero no respondió de inmediato.
Su atención estaba dividida entre el papel y la curva del cuello de Natalia, visible bajo el cabello alborotado por el viento.
Sintió un impulso absurdo de apartar los mechones y trazar con los dedos y con los labios el camino que el sudor había dibujado sobre su piel.
Se enderezó con brusquedad.
—Lo revisaremos en la noche —dijo—. No podemos permitirnos ningún error.
El viento levantó una ráfaga de polvo fino que obligó a Natalia a sujetar los mapas con ambas manos.
Una esquina se soltó y él reaccionó por instinto, atrapándola.
Sus dedos se rozaron. El contacto fue leve, pero ella retiró la mano como si el papel quemara.
Matías tardó una fracción de segundo más de lo prudente en soltarlo.
—Esto no tiene por qué ser extraño —dijo ella sin mirarlo.
—¿Qué cosa?
—Nosotros. Trabajar juntos.
Matías apoyó ambas manos sobre el capó, inclinándose hacia ella.
—No lo es —respondió—, mientras ambos recordemos por qué estamos aquí.
Natalia alzó la vista. Sus ojos se encontraron. Había un desafío en su mirada.
—Lo recuerdo perfectamente —replicó—. ¿Y usted?
La pregunta flotó entre ambos. A lo lejos, una risa de uno de los miembros del equipo rompió momentáneamente la burbuja que los rodeaba. Natalia aprovechó la distracción para recoger los mapas.
—Le enviaré los datos actualizados —dijo, recuperando el tono profesional—, antes de esta noche.
Se giró para marcharse.
—Natalia.
Ella se detuvo, pero no se volvió del todo.
—¿Sí?
Matías dudó.
—Nos vemos —dijo al final.
Ella se alejó y él permaneció inmóvil, obligándose a mirar los mapas otra vez, pero su cuerpo aún recordaba el olor de su perfume.
Esa noche, Matías estaba sentado en el escritorio de su habitación, revisando los correos del día en su laptop.
La lámpara de mesa proyectaba una luz ámbar que llenaba el espacio de calidez.
Estaba leyendo la misma línea por tercera vez, con la ansiedad instalada en el pecho.
Cuando llamaron a la puerta con dos golpes suaves, suspiró antes de levantarse.
Natalia estaba de pie en el pasillo, iluminada por la luz blanca de las lámparas de pared.
Llevaba el cabello húmedo y sostenía su laptop contra el pecho como un escudo.
Su expresión era serena, pero sus ojos delataban su nerviosismo.
—Buenas noches —dijo al verlo.
—Buenas noches —respondió él, apartándose para dejarla pasar—. Adelante.
Natalia entró con cautela, observando el espacio. El aroma del detergente del hotel se mezclaba con el del café que él había dejado olvidado horas atrás.
—Le dije que vendría esta noche —explicó—. Revisé nuevamente los datos del sector norte.
Colocó el equipo sobre el escritorio, al lado de la de él, y la abrió. Matías se acercó a ella. El reflejo de ambos se insinuaba en la pantalla negra.
—Como le dije más temprano, la zona inundable es mayor —continuó ella—. Un veinte por ciento, aproximadamente.
Él extendió los mapas impresos y le hizo un gesto para que continuara. Sus manos se movieron con precisión, tomando un bolígrafo y dibujando unas líneas.
—Si desplazamos el acceso principal hacia el oeste —añadió—, reducimos el impacto sobre el proyecto sin comprometer la logística.
Matías se inclinó para observar. La cercanía de ella lo envolvió como un manto y el perfume leve que ya reconocía se le metió en la nariz. Sintió el impulso de retroceder, pero no lo hizo.
—Treinta metros implicarían rediseñar todo el sistema de drenaje.
—Es cierto, pero ya lo consideré —respondió ella.
Deslizó una hoja adicional hacia él. Sus dedos se rozaron y ninguno retiró la mano. Matías levantó la mirada buscando sus ojos. En ese intervalo, el proyecto dejó de existir, hasta que ella retiró la mano con lentitud.
—Esta es la mejor solución —comentó, aclarándose la garganta.
No estaba claro si hablaba del plano, del proyecto o de ellos.
—Sí —aceptó él—, lo es.
El silencio los envolvió, tirante y lleno de electricidad. Natalia dio un paso atrás, alejándose de él.
—No debí venir tan tarde.
Matías se inclinó un poco hacia ella, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Necesitábamos revisar todo esto —dijo—. No hay nada más.
—Usted y yo sabemos que nada de esto es solo trabajo entre nosotros.
El uso del «usted» fue deliberado, con la clara intención de reforzar la barrera que ya había levantado.
—Somos adultos y podemos mantenerlo así —concluyó Matías—. Profesional.
—¿En serio?
—Creo que ahora mismo lo estamos demostrando con creces.
Natalia lo observó y un corto mechón cayó sobre uno de sus ojos. Matías alzó la mano por instinto, pero se detuvo antes de tocarla. El gesto quedó suspendido entre ambos y Natalia bajó la vista hacia su mano. Sus labios se entreabrieron.
—No —suplicó.
Matías dejó caer la mano.
—Tienes razón —dijo—. Solo son dos días más.
Ella asintió y cerró la laptop con rapidez, sosteniéndola contra su pecho como una armadura.
—Le enviaré los archivos digitales —dijo, recuperando el tono profesional— para que pueda actualizar el informe.
—Gracias.
Caminó hacia la puerta, pero su mano se detuvo sobre el picaporte y miró sobre su hombro antes de abrirla.
—Buenas noches.
Matías permitió que una leve sonrisa suavizara su expresión.
—Buenas noches.
Ella abrió la puerta y salió, mientras él permanecía inmóvil, escuchando el eco de sus propios latidos. «Dos días». Nunca el tiempo le había resultado tan lejano, ni tan peligroso.
***
El viaje concluyó sin contratiempos y el regreso fue silencioso. Ella evitó compartir su auto y él no se lo pidió. Se despidieron con un breve asentimiento al llegar a Santo Domingo.
Matías se encontró otra vez en su frío apartamento de la Anacaona.
El silencio lo rodeaba, solo roto por el sonido tenue del cigarrillo que se consumía entre sus dedos.
Observaba el sol caer tras el cristal de la ventana, tiñendo la ciudad de tonos cálidos que acariciaban cada superficie, excepto a él.
Más temprano había enviado un correo detallado a su padre para informarle sobre el avance del proyecto y dejarle claro que todo estaba bajo control.
Sin embargo, la imagen de Natalia seguía allí, de manera insistente; se colaba en su mente con la misma naturalidad con la que se respiraba.
Recordaba su sonrisa amable y los comentarios sueltos sobre su país de origen.
Esa nostalgia que dejaba escapar cuando lo mencionaba lo había llevado a buscar información por su cuenta, y la situación que encontró no solo confirmó la tristeza de ella, sino que despertó en él una empatía a la que no estaba acostumbrado.