El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 12 Natalia
34%

Capítulo 12 Natalia

Decir que no estaba inquieta habría sido mentira porque, en efecto, lo estaba.

Aunque intentaba disimularlo centrándose en su trabajo para evitar que sus pensamientos volvieran a él, bastaba con que cruzara los brazos o inclinara la cabeza para observarla y su respiración se volvía irregular.

Temía que los demás lo notaran; que alguno de sus colegas, siempre tan perceptivos para todo lo que no tenía que ver con el trabajo, hiciera un comentario o le lanzara una mirada insinuante.

Pero, hasta el momento, nadie había dicho nada.

Cuando terminó la jornada y logró llegar a su habitación, dejó escapar un suspiro que no sabía que había estado conteniendo.

Se quitó los zapatos con desesperación y se permitió relajarse un poco.

El agua de la ducha la recibió como un bálsamo.

La tibieza recorrió su piel, disolviendo un poco de la tensión acumulada en sus músculos.

El recuerdo del roce de Matías, de su voz grave, seguía ahí, escondido en algún rincón de su mente del que no podía, ni quería, deshacerse del todo.

Después de vestirse con su camiseta de dormir y la ropa interior, se sentó en la cama con el cabello todavía húmedo.

Tomó el celular. Esa mañana había recibido varios mensajes en el grupo de WhatsApp que compartía con sus tres mejores amigas, aunque no había tenido tiempo de revisarlos.

Desbloqueó la pantalla y sonrió al ver la avalancha de notificaciones.

El grupo se llamaba «Cuatro estaciones», lo que al principio fue una broma antigua, cuando Laura insistía en que debían tener un nombre «con estilo».

Desde entonces, el nombre se había quedado como un sello de complicidad entre ellas.

El chat estaba lleno de mensajes de Irene enviando memes absurdos, de Laura haciendo algún que otro comentario sarcástico y de Elena respondiendo con corazones, queriendo demostrar que seguía ahí, aunque últimamente estaba más ausente de lo habitual.

En los últimos meses, Elena había sido la que más las preocupaba, pero todas la entendían, sobre todo después de lo que había pasado.

Por suerte, Irene se encargaba de acompañarla cuando podía.

Natalia y Laura, en cambio, estaban demasiado lejos para ayudar.

Leyó los mensajes uno por uno, sonriendo con ternura y una enorme punzada de nostalgia.

Dentro de todo, parecían estar bien. Eso, de momento, le bastaba.

Respondió con un par de emojis, algo neutral, sin mencionar nada de lo que estaba revolucionando su mundo.

No quería preocuparlas. Ni siquiera había tenido la conversación que debía tener con Matías; si era honesta, la estaba postergando desde hacía horas, temiendo que cualquier palabra que dijera hiciera que todo se desmoronara.

Al cabo de unos minutos decidió que no podía seguir guardándose todo.

Si no hablaba con alguien, su cabeza iba a estallar.

Pensó en Irene, pero seguramente estaría trabajando en su turno del restaurante.

Y Elena… no, Elena no era una opción en ese momento.

Laura, en cambio, siempre respondía. Siempre estaba ahí.

Abrió el chat privado y escribió: «¿Puedes hablar?».

La respuesta no tardó en llegar: «Dame un minuto, salgo de la ducha».

Natalia esperó y luego intentó hacer una videollamada, pero Laura la colgó de inmediato. A los pocos segundos, sonó la llamada de voz.

—Hola —saludó Natalia con una sonrisa cansada—. ¿Está todo bien?

—Sí, claro —carraspeó Laura—. Acabo de salir de la ducha y supuse que no querías verme desnuda.

Natalia soltó una risa breve.

—Bueno, quizás no sea el mejor momento para eso.

—No me subestimes —bromeó Laura, y luego, al captar el tono de Natalia, preguntó seria—: ¿Qué pasó?

Natalia tomó aire, se levantó de la cama y comenzó a caminar despacio por la habitación, intentando ordenar sus pensamientos.

—Tengo un problema —dijo al fin.

—¿Qué clase de problema? —preguntó Laura sin dudar.

—¿Recuerdas lo que te conté de aquella noche en la discoteca?

—Ujúm. El tipo asombroso del baño.

—Ese mismo. Pues… resulta que terminó siendo el cliente de la empresa.

—¿Qué? ¡No puede ser!

—Sí. Y, bueno… puede que anoche… —hizo una pausa, buscando las palabras— …puede que hayamos dormido juntos.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, un grito ahogado.

—¡¿Estás hablando en serio?!

—Ojalá no —confesó Natalia con un suspiro—. Pero sí. Estoy metida en un lío.

—Dios mío, Naty. —La voz de Laura se escuchaba alarmada—. Cuéntamelo todo desde el principio, porque necesito entender cómo pasaste de aquella noche a… esto.

Natalia se dejó caer en la cama con el teléfono apoyado en el oído, mirando el techo como quien espera encontrar las palabras escritas en las sombras.

—No fue algo planeado —contó—. Simplemente pasó. No sé cómo explicarlo. Me ganaron el deseo, la tensión y… no sé. Él estaba ahí, llamando a mi puerta. Es complicado.

—¿Complicado en qué sentido?

—No lo sé, Lau. —Se frotó la frente, exasperada—. Me desconcierta. Tiene una forma de mirarme… como si supiera más de lo que dice. Y al mismo tiempo, me saca de quicio. Es arrogante, y sabe que lo es. Pero cuando está cerca, no puedo pensar con claridad.

—Mmm… suena a un problema mayor —respondió Laura—. ¿Y él qué dice de todo esto?

—¡Nada! Ese es el problema. No dice nada. Solo me mira, actúa como si todo estuviera bajo control, como si esto no lo afectara. Y lo peor es que, cada vez que lo hace, me convenzo de que yo tampoco debería sentir nada… pero lo siento igual.

Laura permaneció en silencio y luego habló con un tono más suave.

—Naty, escúchame. No tienes que castigarte por sentir, porque no es un crimen. Pero ten cuidado. Si ese hombre tiene poder sobre el proyecto, al final también lo tiene sobre ti.

—Lo sé. —Su voz se quebró—. Y eso es lo que más me asusta. No puedo perder esto también. Tú sabes que este trabajo es lo que me ha sostenido.

El silencio que siguió fue largo. Ellas no necesitaban decir mucho para entenderse.

—Prométeme algo —pidió Laura—. Promete que no vas a tomar decisiones precipitadas. Ni con él, ni con tu trabajo. Antes de hacer cualquier cosa, piensa y respira hondo. Si todo se complica, llámame antes de cometer una locura.

Natalia asintió, aunque su amiga no pudiera verla.

—Lo prometo.

—Bien. Y ahora, duerme. Mañana será otro día.

—Bueno, estoy esperando que venga para hablar —murmuró Natalia con una sonrisa débil que no alcanzó a reflejarse en sus ojos.

—¿Y qué piensas decirle?

—Que se acabó —respondió Natalia tras una breve pausa. Su voz sonó más firme de lo que se sentía.

—¿Estás segura de eso? —insistió Laura—. No lo conocemos realmente y no quiero que te haga daño. Ten cuidado, ¿sí?

—¿A qué te refieres? —preguntó Natalia frunciendo el ceño, desconcertada por el cambio en el tono de su amiga.

—A nada en concreto —respondió Laura tras un breve silencio—. Solo… prométeme que me escribirás después, para saber que todo está bien.

—Está bien, te lo prometo. No pasará nada.

—Ojalá tengas razón. Cuídate, ¿sí? Y si se complica, no dudes en llamarme.

—Lo haré —aseguró Natalia, intentando tranquilizarla.

—Te quiero —dijo Laura en un intento de aligerar el ambiente.

—Yo también te quiero. Hablamos luego.

La llamada terminó y Natalia se quedó mirando la pantalla apagada del celular, intentando convencerse de que todo estaba bien con Laura. Afuera, el viento soplaba con fuerza, agitando las cortinas. Dentro de la habitación, todo estaba demasiado quieto.

Era bastante tarde cuando un toque suave resonó en la puerta. Natalia lo sintió más que escucharlo. El corazón se le aceleró de inmediato. Sabía quién era y abrió sin dudar.

Matías estaba ahí, con el cabello húmedo y algunos mechones oscuros pegados a la frente, dándole un aire descuidado y salvaje.

El agua todavía brillaba sobre su piel, y la camiseta oscura ajustada se le pegaba al torso.

Llevaba puestos unos shorts deportivos y lucía un gesto sereno, aunque sus ojos contenían una combinación peligrosa de curiosidad y deseo.

Las manos de Natalia se tensaron al sostener la puerta entreabierta.

Intentó que no se notara, pero el temblor de sus dedos la traicionó.

Aun así, se hizo a un lado con rapidez para dejarlo pasar.

Él la observó sin decir nada. Cuando ella cerró la puerta, el sonido seco lo hizo sonreír.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Natalia, arqueando una ceja.

—Nada.

Matías extendió una mano y tomó la de ella con suavidad. Tiró de su cuerpo con delicadeza, acercándola unos centímetros, los suficientes para que Natalia sintiera el calor que emanaba de él; pero ella retrocedió con cuidado, retirando su mano. Él soltó una exhalación.

—Debemos aclarar las cosas —dijo Natalia.

Matías asintió y ella le indicó con un gesto la silla acolchada frente a la cama.

Él la arrastró antes de sentarse. Natalia, en cambio, se quedó en el borde del colchón, con las piernas juntas y las manos entrelazadas sobre las rodillas.

La lámpara encendida a un lado recortaba sus siluetas.

Todo lo demás quedó afuera: el murmullo distante de los grillos, el soplido del viento; incluso el tiempo parecía ralentizarse.

Solo estaban los dos y esa tensión que llenaba el aire, creciendo con cada respiración.

La madera crujió con el movimiento de Matías, que acercó un poco más la silla, aunque no lo suficiente como para invadir su espacio, pero sí para reducir la distancia a algo íntimo.

—Lo que pasó anoche no puede repetirse —declaró Natalia, mirándolo a los ojos.

Lo dijo rápido, como quien arranca una venda. Notó cómo la decepción cruzó el rostro de Matías, fugaz pero visible.

—Esto no es profesional —continuó ella con una voz más suave—. No es ético y… puedo perder mi trabajo. Ese es un riesgo que no estoy dispuesta a correr.

Matías se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. La miró con seriedad.

—Nunca pondría en riesgo tu trabajo, Natalia. Lo sabes.

Ella enfrentó su mirada. La seguridad de su tono era un arma peligrosa, y esa misma certeza era la que la había confundido desde el principio.

—No es solo eso —replicó ella—. No se trata de ti ni de mí. Se trata de lo que somos fuera de esta habitación. Y de lo que representas.

Matías alzó una ceja, curioso.

—¿Y qué represento exactamente?

Natalia soltó una risa amarga.

—Poder, dinero y decisiones que afectan a personas que ni siquiera conoces. Y yo no puedo ser una pieza más en ese juego.

—¿Eso es lo que crees?

—Eso es lo que sé —respondió ella con convicción, aunque el pecho le dolía al decirlo.

Matías se reclinó en la silla, cruzando los brazos. Su rostro se ensombreció.

—No pensé que me juzgarías tan rápido.

—No te juzgo —replicó ella, bajando un poco la voz—. Solo intento protegerme.

Natalia sintió la garganta seca y el corazón acelerado.

Quería mantener la distancia, pero la parte de ella que recordaba sus manos, su respiración sobre su cuello y el calor de su piel temblaba ante la idea de que él se levantara y se fuera sin decir nada más.

Matías, en cambio, parecía debatirse entre insistir o respetar el límite.

Pasó una mano por su cabello húmedo, como quien necesita ordenar sus propios pensamientos antes de hablar, y murmuró:

—No quiero complicarte la vida, Natalia. Solo… necesitaba verte.

Ella sabía que esas palabras no buscaban manipularla, pero igual se le clavaron bajo la piel.

—Y ya me viste.

Él esbozó una sonrisa triste. Natalia se levantó del colchón y dio un paso hacia la puerta.

—Si lo que quieres es seguir jugando, Matías, yo no soy la persona indicada —dijo sin mirarlo.

Él no reaccionó de inmediato; procesó sus palabras, respiró hondo y solo entonces respondió:

—No estoy jugando —dijo despacio, con firmeza.

Ella se giró, enfrentando su mirada.

—Entonces no vamos a complicarlo más.

Matías se incorporó también. La diferencia de altura era evidente, pero él no la utilizó como arma. No avanzó hacia ella, sino que se quedó dónde estaba, sosteniéndole la mirada con intensidad.

—De acuerdo —aceptó—. Te dejo en paz.

Ella asintió, sintiendo una punzada en el esternón.

—Gracias —carraspeó.

Matías dio unos pasos hacia la puerta y la observó antes de girar el picaporte.