Capítulo 11 Matías
Cuando la alarma sonó, demasiado temprano para su gusto, Matías tardó un par de segundos en ubicarse.
El sonido lo había arrancado de un sueño del que no quería despertar.
Pero entonces lo golpeó el calor del cuerpo de Natalia pegado al suyo, y el murmullo de su respiración suave y pausada lo devolvió a la realidad; cerró los ojos para grabar el momento en su memoria.
Ella le daba la espalda mientras él la rodeaba con un brazo, con su cuerpo ajustado al contorno del suyo.
Su proximidad era un imán. Matías se acercó un poco más y le dejó un beso leve en el cuello.
El zumbido insistente de la alarma de fondo era un detalle lejano que lo mantenía consciente, recordándole que todavía había un mundo afuera al que pronto tendrían que volver.
Natalia se removió entre sus brazos, un movimiento que sugería que tampoco recordaba del todo que él estaba allí durmiendo a su lado.
Hasta que de pronto se detuvo, y Matías percibió cómo su cuerpo se tensaba bajo el abrazo.
Se había despertado. Aunque su cuerpo le pedía que se concentrara únicamente en la cercanía de ella, en el aroma delicado que la envolvía y en el calor de su piel, Matías sabía que no era el momento.
Natalia lo observó por encima del hombro, con los ojos llenos de un millón de preguntas no formuladas, y se cubrió los labios con la sábana.
—Buenos días —murmuró con la voz más gruesa por el sueño, intentando esconder la calidez de su aliento y una vulnerabilidad que no quería mostrarle.
Él sonrió de verdad, con esa suavidad que pocas veces se permitía, y apartó con delicadeza las manos de ella y la sábana para besarla en los labios, despacio, con ternura y sin prisas, con el tiempo detenido a su alrededor.
—Buenos días —repitió él en un tono de voz bajo, pero lleno de una intención que no necesitaba palabras.
Natalia lo miró con la intención de descifrarlo. Sus ojos pedían respuestas a preguntas que no estaba lista para formular. Deseaba entender lo que había cambiado y lo que permanecería inmutable. Él entendió que ella no solo necesitaba despertar, sino ordenar todo lo que había pasado entre ambos.
Matías decidió darle algo de espacio, así que la liberó de su abrazo con una sonrisa y la observó mientras se incorporaba, recogiendo la bata olvidada en el suelo y envolviéndose con rapidez, sin volver a mirarlo.
Cada uno de sus movimientos despertaba su deseo, pero se obligó a permanecer quieto y a disfrutar observándola.
Natalia se acercó a la mesita de noche, apagó la alarma y suspiró, todavía sin voltear a verlo.
—¿Dormiste bien? —preguntó él, interesado.
—Más o menos —respondió Natalia, enfrentándose a sus ojos de una vez—. Es decir, he dormido, pero —hizo una pausa e inhaló profundamente—, creo que tenemos que aclarar las cosas.
Matías asintió en silencio.
—Pero ahora no es el mejor momento —continuó ella—. Debemos encontrarnos con los demás… y nadie puede saber nada de esto.
Concluyó haciendo un gesto entre ellos.
Matías se levantó con un movimiento fluido, mostrándose ante ella sin recato.
Natalia tragó saliva y sostuvo su mirada antes de que el rubor le trepara por el cuello.
Él se acercó entonces, sin invadir del todo su espacio, solo lo suficiente para que su presencia fuera tangible, para que supiera que no estaba sola en la incertidumbre.
Natalia se inclinó en su dirección, y él la abrazó.
—Hablaremos esta noche —dijo, dejando que su frente descansara contra la sien de ella y que sus respiraciones se mezclaran.
Permanecieron así, abrazados, mientras la luz de la mañana se colaba por las cortinas, tiñendo la habitación de tonos cálidos y suaves.
El resto del día, Matías no pudo hacer otra cosa que mantenerse atento a ella.
Cada gesto suyo se había convertido en un enigma que lo atraía sin remedio.
Se sorprendió a sí mismo comportándose como un adolescente hormonal, un joven inexperto atrapado en el cuerpo de un hombre de treinta y dos años, cuando siempre se había considerado dueño de su autocontrol.
Incluso llegó a preguntarse si Natalia tenía razón al tildarlo de inmaduro.
Tal vez ella había visto algo que él mismo se negaba a admitir.
Estaba allí, siguiéndola con la mirada sin ocultar del todo su interés, observando la precisión de sus manos al tomar un mapa o una taza de café, y el modo en que la luz del sol se enredaba en su cabello cuando se inclinaba por la ventanilla de la camioneta.
Cada gesto se había convertido en un imán y cada sonrisa era una chispa que lo encendía.
Lo desconcertante era que Natalia parecía ajena al efecto que provocaba en él, o quizás simplemente estaba distraída por sus propios pensamientos, y eso lo volvía aún más adicto a observarla.
El celular comenzó a vibrar en el bolsillo de su pantalón. Matías lo sacó con desgano y miró la pantalla: Rodrigo. Se alejó varios pasos de los demás, internándose un poco entre los árboles.
—Hola —saludó con un tono tranquilo.
—¿Cómo va todo?
Matías desvió la vista hacia Natalia. Ella estaba unos metros más allá, conversando con otro de los ingenieros del equipo, inconsciente de su mirada.
—Sorprendentemente bien —respondió, sin apartar los ojos de ella.
Al otro lado de la línea hubo un silencio breve, cargado de esa atención analítica que Rodrigo siempre ejercía sobre él.
—Suenas animado —dijo finalmente—. Me alegro. Espero que las cosas sigan así.
Matías escuchó con claridad el suspiro que siguió. No necesitaba verlo para imaginar a su amigo pasándose una mano por la cara, agotado.
—Tu jodido primo lo volvió a hacer —añadió Rodrigo—. ¿Estás seguro de que es muy tarde para enviarlo a un internado?
Matías arqueó una ceja y no pudo esconder una sonrisa.
—Bueno, teniendo en cuenta que tiene casi treinta, creo que la única opción sería meterlo en prisión. ¿Qué pasó ahora?
—Sacó de sus casillas a tu padre. Otra vez.
Compró, por debajo de la mesa, algunas acciones de la empresa a dos de los accionistas minoritarios.
Y, para colmo, no se presentó a la última reunión del consejo.
Tu padre está furioso. Dice que va a mandarlo al proyecto más desastroso que tengamos, con tal de quitárselo de encima por un tiempo.
Una carcajada franca escapó de Matías, resonando entre los árboles. Rodrigo no tardó en acompañarlo con otra.
—Gael siempre encuentra la forma de sacarlo de quicio —comentó Matías, todavía riendo—. Siempre lo hizo. Desde niños.
—Sí —respondió Rodrigo—. Solo que antes rompía las ventanas y ahora rompe los balances financieros.
Matías negó con la cabeza, aún con la sonrisa flotándole en los labios.
—Recuerdo cuando intentó vender el auto de su madre sin papeles, ¿te acuerdas? Tenía diecisiete en ese entonces. Juraba que era una «inversión estratégica».
—Y tú lo cubriste —replicó Rodrigo—. Como siempre.
Matías guardó silencio un segundo.
—Igual que tú. Alguien tenía que hacerlo.
—No —corrigió Rodrigo con suavidad—. Nadie tenía que hacerlo. Solo aprendimos a cargar con lo que no nos correspondía.
El comentario quedó suspendido entre ambos. Matías observó el suelo, una capa irregular de hojas secas que crujían bajo sus botas.
—No te alegres tanto —continuó Rodrigo, retomando el tono práctico—. Ahora tu padre quiere resultados concretos de lo que estás haciendo. Dice que teme que termines tomando ejemplo de Gael y empieces a socavar su autoridad.
Matías dejó escapar un resoplido irónico.
—Gael no tiene nada que perder y todo que ganar. Por eso siempre ha sido la oveja negra de la familia, y le encanta. Pero yo no juego a lo mismo. Dime, concretamente, ¿qué espera mi padre esta vez?
—Que el estudio ambiental sea favorable y que nadie, absolutamente nadie, se oponga abiertamente al proyecto —respondió Rodrigo—. Quiere un camino limpio. Sin protestas y sin sorpresas.
Matías soltó un resoplido.
—Un milagro, básicamente.
—Un milagro con fecha límite —añadió Rodrigo.
Matías apoyó el hombro contra el tronco de un árbol, sin perder de vista a Natalia.
—¿Y se supone que logre eso en una semana?
—Por eso mismo te llamo —contestó Rodrigo con resignación—. Tu estancia se va a alargar el tiempo que sea necesario. La orden de tu padre es clara: que no regreses hasta que tengamos las confirmaciones y el proyecto pueda avanzar a la siguiente etapa.
Matías cerró los ojos y se apretó el puente de la nariz con la mano libre.
—Claro —murmuró—. Mantenerme lejos también es conveniente.
Rodrigo no respondió de inmediato.
—No todo es una estrategia contra ti, Matías.
—Lo sé —admitió él—. A veces es solo una estrategia. Punto.
Hubo un silencio más largo esta vez, de esos que solo existen entre amigos que han sobrevivido a demasiadas batallas juntos.
—¿Estás bien? —preguntó Rodrigo al fin, bajando la voz.
Matías volvió a mirar hacia Natalia. Ella lo observaba desde lejos, con el ceño ligeramente fruncido. La curiosidad y la cautela brillaban en sus ojos. Su imagen suavizó un poco la molestia que siempre le causaba pensar en su padre.
—Sí —respondió—. Estoy… bien.
—Ese «bien» tiene matices —replicó Rodrigo—. Te conozco.
Matías dudó. Nombrarlo en voz alta lo convertía en algo real.
—Conocí a alguien —dijo al fin.
—Vaya —murmuró Rodrigo, después de un silencio elocuente—. Eso sí que no lo esperaba. ¿Es grave?
—No lo sé.
—¿Te importa?
Matías tardó en responder.
—No lo sé.
Rodrigo exhaló despacio.
—Entonces es grave.
Matías dejó escapar una risa.
—No empieces.
—Alguien tiene que hacerlo. Tú no eres precisamente bueno reconociendo cuando algo te afecta.
—Me afecta todo —respondió él—. Solo que aprendí a no demostrarlo.
—Ese es exactamente mi punto.
Matías observó cómo Natalia decía algo al ingeniero con el que hablaba y luego apartaba un mechón de cabello de su rostro.
—No puedo permitirme más distracciones en este momento —dijo, más para sí mismo que para Rodrigo.
—Las personas no son distracciones —replicó su amigo—. A veces son lo único que hace que todo lo demás tenga sentido.
Matías guardó silencio un par de segundos.
—¿Lo dices por ti? —preguntó.
—No es de mí de quien estamos hablando.
Su tono sonó cortante y frío. Matías supo que había algún trasfondo adicional debajo de esa respuesta, pero decidió no indagar.
—Escúchame —continuó Rodrigo—. No te estoy diciendo que te lances al vacío. Solo… no hagas lo de siempre.
—¿Qué es «lo de siempre» según tú?
—Convencerte de que puedes vivir sin nada ni nadie. Encerrarte en el deber y convertirte en una versión más joven de tu padre.
El golpe fue certero. Matías apretó la mandíbula.
—No soy él.
—No —concedió Rodrigo—. Pero llevas años intentando demostrarlo de la forma equivocada.
El viento se levantó entre los árboles, arrastrando el olor de la tierra seca.
—Dime una cosa —añadió Rodrigo con suavidad—. Cuando la miras, ¿sientes que tienes que huir o que podrías quedarte?
—No lo sé.
—Estás jodido.
Matías se rio.
—Puedes decirle a mi padre que cumpliré, como siempre —dijo al fin—. No será un problema quedarme más tiempo.
—Bien. —Rodrigo hizo una breve pausa antes de añadir—: Cuídate, ¿sí?
Matías sonrió.
—Claro, amigo. Tú también.
—Y Matías…
—¿Sí?
—No tienes que cargar solo con todo.
Matías no respondió de inmediato.
—Lo tendré en cuenta.
Colgó. Guardó el teléfono en el bolsillo y se quedó quieto.
El peso de la llamada y su significado lo rodeaban como una sombra familiar, pero su atención seguía fija en Natalia.
Ella acababa de volver la mirada hacia él y eso bastó.
Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
El proyecto y su padre podían esperar. Ella, en cambio, no.
A estas alturas de su vida, Matías intentaba no engañarse a sí mismo.
Había verdades que simplemente se imponían, y una de ellas era su deseo de tenerla cerca.
Anhelaba esa proximidad: la calidez de su piel, el ritmo de su respiración y el entendimiento que existía entre ellos.
Incluso al desearla, sabía que lo que compartían podía desvanecerse sin promesas. A pesar de esa posibilidad, la idea de no tenerla cerca despertaba en él una inquietud innombrable.
Tenía claro que la vida impondría distancia entre ellos y que sus caminos estaban destinados a no coincidir al final.
Pero precisamente por eso la quería ahora, con la claridad de quien sabe que lo valioso no siempre es lo que permanece, sino lo que deja una marca.
Eso era lo que deseaba: que ella quedara grabada en su memoria y en su tacto con intensidad.
Porque cada segundo a su lado era, también, una forma de despedida.
El deber y el deseo se convirtieron en fuerzas que tiraban de él en direcciones distintas. Contra todo pronóstico, no estaba seguro de querer soltarse de ninguna.
Respiró hondo y regresó hacia el grupo.