El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 10 Natalia
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Capítulo 10 Natalia

«Arrepentirse no tenía sentido». La primera vez, podía considerarlo un desliz, sobre todo porque no sabía quién era él.

La segunda, en cambio, había sido una decisión consciente.

Una decisión insensata, eso sí, pero una decisión, al fin y al cabo.

Su cuerpo, antes renuente a entregarse con facilidad, había respondido con sorprendente rapidez a las caricias de Matías, que parecía decidido a conocer cada línea, cada curva, cada punto vulnerable de su piel, recorriéndola con la intención de aprenderla de memoria, aunque fuera imposible.

Cada roce de sus manos, cada beso profundo, la había hecho deshacerse, olvidarse de todo e ignorar la prudencia.

—Vaya —murmuró Natalia, rompiendo el silencio apacible que se había instalado entre ellos.

Él la miró con una ceja arqueada. Estaban frente a frente, desnudos y acostados de lado sobre la cama.

—No había ninguna preparación esta vez —continuó ella, manteniendo la voz baja—Estoy limpia, por cierto.

Matías se incorporó, apoyándose sobre el codo y provocando que la luz resaltara los músculos definidos de su abdomen y su pecho.

La tensión en sus bíceps era evidente y Natalia no pudo evitar que su mirada se desviara hacia el tatuaje que recorría su brazo: un fénix, envuelto en llamas, con líneas elegantes y estilizadas.

Él frunció el ceño y bajó la vista, recorriéndola con la mirada.

Pareció notar que no habían tomado precauciones.

Ese gesto provocó que la atmósfera se cargara de sorpresa y electricidad.

Ahora ambos estaban midiendo el terreno bajo sus pies al tener que enfrentarse a esa conversación inesperadamente íntima.

Incluso más que todo lo que ya habían compartido.

—Lo siento. No suelo hacer las cosas así —confesó él, con la voz baja y cargada de sinceridad—También estoy limpio, por cierto.

—Oh, no te estoy culpando —precisó Natalia, con una sonrisa leve y conciliadora—. Al fin y al cabo, es responsabilidad de ambos. Solo quería que supieras que no tienes nada de qué preocuparte.

Matías frunció el ceño, concentrado en descifrar el matiz de sus palabras. Sus ojos no se separaban de ella, intentando leer entre líneas, mientras la tensión crecía entre ambos.

—¿Estás tomando la píldora?

Natalia soltó una pequeña risa, dividida entre la diversión y la incredulidad.

—Vamos a decir que es más complicado que eso —respondió, con un toque de cansancio en la voz—. De igual manera, no tienes que preocuparte por un heredero no deseado.

Matías no sonrió. En cambio, alzó una ceja, sutil pero inquisitiva, dando la impresión de haber detectado en sus palabras algo más que lo que Natalia había querido mostrar.

—Deberíamos curarte esa mano —comentó ella, intentando aligerar el ambiente—. Solo necesito ir al baño antes.

Se levantó de la cama con un movimiento ágil, dejando a Matías quieto y pensativo entre las sábanas.

Cuando cerró la puerta tras de sí, el clic del cerrojo resonó como un estruendo.

Apoyó la espalda contra la madera fría, sintiendo cómo el contraste con el calor de su cuerpo le electrizaba la piel.

Cubrió su rostro con ambas manos, intentando contener el torrente de emociones que la atravesaba.

Quiso gritar, pero su voz se ahogó entre sus manos.

Tembló al reconocer con incredulidad lo que había pasado, el miedo que se ocultaba tras la emoción del momento y el persistente deseo por él.

Cada respiración era un esfuerzo por calmar la tormenta que la recorría y cada latido de su corazón parecía un tambor que intentaba ser escuchado por todos en el hotel.

La realidad regresó a ella de la forma más íntima posible: con el calor húmedo que descendía lentamente entre sus muslos.

La sensación la sacudió por la certeza desconcertante de que, pese a la imprudencia compartida, nada germinaría de aquel encuentro.

No habría consecuencias creciendo en silencio dentro de su cuerpo.

Para ella solo quedaría el eco de un recuerdo que ya comenzaba a desvanecerse.

Sin promesas de futuro allí, ni la posibilidad de un mañana que reclamar, ellos dos, juntos, no serían más que un momento intenso, pero efímero.

La certeza de la ausencia la entristeció más de lo que habría imaginado, dadas sus circunstancias.

Al final de cuentas, ese mismo anhelo había destruido su vida antes.

Ahora, en medio de tanta intensidad, comprendió que nada de lo que sentía podía alterar el pasado, que seguía allí, intacto, y que el presente no ofrecía más refugio que una memoria breve de su propia fragilidad.

Se inclinó hacia atrás, respirando con lentitud, intentando aceptar la paradoja de sentir tanto sin pertenecer a nada.

Se limpió, evitando la ducha. No quería ofenderlo.

Sospechaba que, si lo hacía, probablemente le diría que era la primera mujer que se duchaba inmediatamente después de estar con él.

Sonrió ante la idea, divertida, aunque en el fondo sentía el eco de su toque sobre su piel y no quería que el agua borrara el recuerdo.

Decidida a enfrentar las consecuencias de sus decisiones, y segura de que lo encontraría vestido y listo para marcharse, se envolvió en una de las mullidas batas de baño disponibles.

No quería encontrarse con él desnuda sabiendo que estaría ansioso por irse.

Mientras se ajustaba la bata, respiró hondo, tratando de controlar la mezcla de emociones que la atravesaba.

Su sorpresa fue enorme al encontrarlo dormido, bocarriba y arropado por las sábanas que le cubrían hasta la cintura.

La escena, íntima y cotidiana, la dejó sin aliento.

Su respiración suave y el ceño relajado contrastaban con brutalidad con el torso musculoso y expuesto.

Por un momento, Natalia se quedó paralizada, dudando entre regresar al baño y encerrarse allí toda la noche, o avanzar y pedirle que se fuera a su propia habitación.

La indecisión la paralizó; cada opción estaba cargada de implicaciones que no estaba segura de querer enfrentar.

Al final, tomó aire y se decidió por lo segundo.

Avanzó hasta la cama hasta quedar de frente a él.

Matías abrió los ojos con pereza, la mirada aún velada por el sueño, y esbozó una sonrisa somnolienta al verla.

Ese gesto tan humano y sincero hizo que Natalia sintiera un extraño calor recorrerle la espalda.

—Demoraste —murmuró, incorporándose y dejando que la sábana se deslizara aún más sobre su torso, revelando más piel bajo la tenue luz de la habitación.

Natalia tragó saliva, consciente de que cualquier mirada podría delatarla, y se obligó a no recorrer con los ojos su cuerpo expuesto. El calor que emanaba de él llenaba el aire entre ellos.

—Ven —exigió Matías, con la voz ronca.

Ella lo miró y él se incorporó por completo en la cama, olvidándose del todo de la sábana y el pudor.

Estiró los brazos sin despegar la vista de sus ojos, moviendo los dedos con seguridad hasta que liberó el nudo de la bata, dejándola caer al suelo a sus pies.

La piel de Natalia reaccionó de forma involuntaria al aire frío de la habitación y Matías sonrió un poco, con las pupilas dilatadas, que absorbían el verde de sus ojos convirtiéndolos en dos pozos negros.

—Eres muy hermosa —murmuró, y la suavidad de su voz parecía más una plegaria que un cumplido.

Con un movimiento, le hizo espacio a su lado y la guio, sin soltarle la mano, para que se acostara junto a él.

Sus brazos musculosos la rodearon con un calor protector, marcando una cercanía que la hizo sentirse vulnerable y, al mismo tiempo, segura.

Entonces el mundo se limitó a ese espacio donde solo existían ellos dos.

—Yo… —comenzó ella, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta, insuficientes para expresar todo lo que sentía. Matías percibió la lucha en su rostro y negó suavemente, sin dejar de abrazarla.

—Mañana —intervino, con voz firme, pero sin perder la suavidad—. Mañana podremos ponerle nombre, debatirlo o analizarlo todo lo que quieras. Ahora no es el momento.

Natalia lo miró, intentando procesar sus palabras.

«Mañana». La sola idea le provocaba vértigo.

Para ella, ese futuro inmediato era un territorio lleno de preguntas que sabía que ninguno de los dos estaba preparado para responder.

Su atención se desvió entonces hacia la mano de él, aún entrelazada con la suya.

—Tu mano… —dijo, con un hilo de preocupación—. No la has limpiado bien.

Matías siguió su mirada y esbozó una sonrisa resignada.

—Mi mano está bien —respondió con tranquilidad—. Dejó de sangrar hace mucho.

—Eso no significa que esté bien —replicó ella, con una seriedad inesperada—. Podría infectarse.

—Sobreviviré, no te preocupes.

—No seas terco.

Él dejó escapar una exhalación que se pareció demasiado a una risa.

—¿Siempre das órdenes después de…? —dejó la frase inconclusa, pero la curva de su boca la terminó por él.

Natalia sintió el calor subirle al rostro, pero no apartó la mirada.

—No son órdenes —murmuró—. En realidad, es sentido común.

Hizo un amago de soltarse para levantarse, pero él apretó sus dedos, deteniéndola.

—Natalia…

—Déjame verlo —insistió ella—. Por favor.

Hubo algo en ese «por favor» que pareció desarmar su resistencia.

Matías aflojó la presión y permitió que ella se incorporara.

La sábana se deslizó con el movimiento, y el aire más fresco acarició su piel.

Tomó su mano con cuidado, girándola para examinarla.

La herida era bastante larga, aunque no era profunda, pero la piel estaba enrojecida y aún quedaban rastros de sangre seca.

Parecía que en cualquier momento sangraría de nuevo.

—Te duele —afirmó.

—He tenido heridas peores.

—Eso no significa que no te duela.

Matías la observó en silencio mientras ella agarraba las toallitas desinfectantes de la mesita de noche y comenzaba a limpiar con delicadeza.

—No —añadió—. No me duele.

—Eres un mal mentiroso.

—En realidad, soy bastante pragmático, ¿no te parece?

Natalia sopló sobre la piel irritada y él se tensó.

—¿Ves? Sí que te duele.

—No esperaba que fueras tan meticulosa.

—Y yo no esperaba que supieras cambiar una rueda.

El comentario quedó suspendido entre ambos. Matías arqueó una ceja.

—¿De verdad eso te sorprendió?

—Solo un poco.

—¿Por mi «posición»? —preguntó, usando sus propias palabras con una leve ironía.

Natalia vaciló.

—No es eso… es solo que… —se detuvo, consciente de lo fácil que era herir a alguien con suposiciones.

—Que pensabas que no podría ensuciarme las manos.

Ella negó de inmediato.

—Pensé que no tenías por qué hacerlo.

Matías la miró a los ojos y su expresión se suavizó.

—No tenía que hacerlo, pero a veces es necesario recordar que uno puede.

Natalia terminó de limpiar la herida y, sin pensarlo, deslizó el pulgar con suavidad sobre la piel sana de su mano, un gesto que ya no tenía nada de práctico. Sus dedos permanecieron entrelazados.

—¿Qué quieres de mí? —inquirió, con la voz convertida en un murmullo.

Matías no apartó la mirada.

—No puedo responderte eso —confesó—. Te mentiría si tratara de explicarlo, porque la verdad es que no lo sé.

Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella.

—Ahora mismo, lo único que necesito es esto, y no sé si eso sea suficiente para ti.

Natalia sintió que su pecho se apretaba por la honestidad de su respuesta.

—Puedo irme si eso es lo que prefieres —continuó—. No estoy aquí para presionarte… pero necesito que seas sincera sobre tus expectativas.

La sola idea de que se levantara y se marchara provocó un vacío en su estómago.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó ella, con curiosidad genuina, pero temerosa de escuchar la respuesta.

Matías ladeó la cabeza.

—¿No es obvio?

Se inclinó y depositó un beso suave en su coronilla. El gesto fue tan inesperado, tan desprovisto de urgencia, que un escalofrío le recorrió la nuca.

—Hace mucho que no duermo acompañada…

Sintió el brazo de él rodearla con mayor firmeza, acomodándola contra su pecho.

—Entonces somos dos —replicó él.

Natalia apoyó la frente contra su hombro, escuchando el ritmo constante de su respiración. Su mano, aún atrapada entre las de él, descansaba con la serenidad de haber encontrado por fin un lugar donde permanecer.

—No me prometas nada —pidió ella, sin abrir los ojos.

—No lo haré.

—Ni mañana, ni después.

El silencio estableció un acuerdo tácito entre los dos.

Natalia suspiró, dejando que el calor que desprendía del cuerpo de Matías y la cadencia de su respiración deshicieran una a una las defensas que había levantado durante años.

Esta vez, la idea de quedarse entre otros brazos, aunque solo fuera hasta el amanecer, no le pareció un error.