El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 9 Matías #2
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Capítulo 9 Matías #2

El sabor de ella lo llenó todo. Cada roce le disparaba una corriente eléctrica que le bajaba por la columna y hacía que toda su sangre corriera hacia el sur.

La herida le palpitaba, pero el dolor quedaba sepultado bajo la avalancha de sensaciones que esa mujer le provocaba.

Sus cuerpos se apretaron pecho contra pecho y, a través de la tela de la camiseta, sintió los pezones de ella endurecidos.

Sus manos bajaron por su espalda, recorriendo la curva de su cintura con los dedos abiertos hasta agarrar sus caderas.

Tiró de ella con un solo movimiento y la atrajo contra él.

Sus manos se cerraron sobre la tela de la camiseta de Natalia y tiró para quitársela, justo cuando su boca bajaba hasta su cuello, besando su piel dorada.

Ella arqueó la espalda y dejó escapar un gemido mientras sus dedos se aferraban a los hombros de él.

Necesitaba estirar ese momento, porque deseaba recorrerla por completo, conocer cada rincón de su cuerpo, justo como no había podido hacerlo días atrás.

Se separó solo para desnudarse y los ojos de ella recorrieron su torso con deseo.

Extendió la mano y acarició cada uno de sus músculos, antes de deslizarla por su abdomen e introducirla en sus shorts.

Matías cerró los ojos, rindiéndose por completo a esa pérdida de control.

«Por Dios, le encantaba esa mujer y su desfachatez».

Lo único que deseaba era saborearla y darle el placer más intenso que hubiera sentido en su vida.

Natalia estaba recostada sobre las sábanas revueltas, con el cabello corto derramado sobre la almohada como un abanico.

Terminó de desnudarla y se acomodó entre sus piernas.

Pero no pensaba rendirse a ella tan pronto, así que mantuvo sus shorts puestos para resistir la tentación de hundirse en su cuerpo.

La luz cálida de la lámpara bañaba la cama con un resplandor dorado que suavizaba sus contornos.

Sus ojos marrones lo seguían mientras él se inclinaba sobre ella, apoyando las manos a ambos lados de sus hombros.

—Hoy quiero recorrerte entera —murmuró contra su boca.

Natalia suspiró, dejando que el aire escapara de sus labios entreabiertos.

Matías comenzó a descender, besando la piel tibia de su cuello, justo debajo de la oreja, y ella se estremeció.

Trazó una línea cálida con la lengua desde el lóbulo hasta la curva donde el cuello se encuentra con el hombro, y adoró cada una de las pecas dispersas sobre sus hombros y los lunares escondidos en lugares inesperados.

—Cada rincón —repitió contra su piel.

Los labios de Matías continuaron el descenso. Besó su clavícula con devoción, mientras sus dedos alcanzaban la curva de sus senos. Los pulgares trazaron círculos lentos sobre su piel, provocándole un suspiro largo. Se obligó a memorizarla.

Su boca continuó bajando, alternando entre succionar y besar con reverencia.

Besó el esternón, la boca del estómago, el ombligo.

La lengua de Matías se deslizó desde el abdomen hasta el inicio del pubis, dejando un rastro húmedo sobre su piel.

Las manos de él se posaron sobre sus caderas, con los pulgares masajeando los huesos ilíacos con una presión firme que la anclaba al colchón.

—Abre las piernas.

Natalia obedeció y él se acomodó entre ellas para besar el interior del muslo derecho, luego el izquierdo, con la boca caliente y la lengua dibujando espirales que se acercaban peligrosamente al centro sin llegar a tocarlo todavía.

Las manos de Natalia apretaban las sábanas, hechas puños, y tenía los ojos cerrados.

—Mírame —exigió, y ella lo hizo.

Él sostuvo su mirada mientras presionaba la boca sobre su sexo.

Natalia gimió y alzó las caderas, pero él la sostuvo en su sitio.

Repitió el movimiento de sus labios sobre ella y gimió contra su carne, disfrutando de su sabor.

No quería parar; deseaba sentirla explotando justo donde la tenía ahora.

Deslizó dos dedos en su interior sin detener el asedio de sus labios, provocándole pequeños gemidos.

No se apartó cuando Natalia convulsionó contra su boca, con las caderas sacudiéndose sin control mientras un gemido largo escapaba de sus labios.

Continuó acompañándola a través de cada espasmo hasta que ella dejó caer la cabeza sobre la almohada, con el cabello pegado a las sienes por el sudor y el cuerpo ruborizado sobre la cama.

Matías se incorporó para observarla y ella abrió los ojos con una sonrisa; tenía el pecho agitado y las hermosas curvas de su cuerpo relajadas.

—Ahora es mi turno —anunció, y él tuvo la certeza de que estaba perdido.

Se incorporó, empujándolo hasta que quedó tendido sobre las sábanas revueltas.

La miró mientras ella se colocaba entre sus piernas para desnudarlo.

Cuando sus shorts quedaron olvidados, Natalia recorrió sus muslos con las manos hasta aferrar su erección, que se alzaba contra su abdomen.

Inclinó la cabeza y lo tomó entre los labios.

Matías gimió, con las manos aferrándose a las sábanas.

La vulnerabilidad compartida de ese momento los envolvía con la sensación de que el mundo exterior había quedado suspendido más allá de esas paredes.

Él la detuvo con ambas manos en su cabello, decidido a no dejarse arrastrar por esa boca deliciosa.

Natalia se incorporó, colocando las rodillas a ambos lados de sus caderas y deslizándose poco a poco hasta que él estuvo enterrado en su interior.

La piel dejó de ser una frontera para convertirse en un puente, y Matías perdió la noción exacta de dónde terminaba él y comenzaba ella.

Solo existía esa cercanía absoluta, el ritmo, la forma en que Natalia lo rodeaba, lo retenía y lo recibía con una dulzura más desarmante que cualquier arrebato.

Ella comenzó a moverse, con las manos apoyadas sobre el pecho de él y las caderas girando en círculos amplios que arrancaban gemidos de ambos.

Matías la guio aumentando la velocidad y, cuando la sintió deshacerse en sus brazos con intensidad, algo dentro de él cedió también.

La sostuvo con más fuerza de la necesaria, temiendo que, al aflojar el abrazo, ella se evaporara.

En medio de la pasión compartida, con sus respiraciones mezcladas, comprendió con una claridad aterradora que no quería soltarla.

No todavía.

Tal vez nunca.