El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 9 Matías
24%

Capítulo 9 Matías

«No la molestaría más». No era un hombre que mendigara atención, y mucho menos de una mujer que parecía disfrutar de cada pequeña oportunidad para ponerlo a prueba.

Había aprendido pronto que mostrarse necesitado equivalía a entregar el poder, y él no le cedía el poder a nadie.

Con una vida construida sobre el control y la distancia, las emociones eran un lujo del que prefería prescindir.

Pero algo en ella desplazaba todo ese equilibrio con el que hacía malabares.

No sabía cómo explicarlo, solo que la simple posibilidad de perder el control —y que fuera por ella— lo inquietaba.

Había salido del baño decidido a ignorar su recuerdo y a dejar que su indiferencia hablara por él, como hacía cuando algo lo desbordaba.

Pero el pensamiento de ella se filtraba entre sus defensas como un veneno.

No supo en qué momento dejó de resistirse.

Tal vez fue por la mirada que le dirigió entre los árboles, cuando algo más fuerte que su orgullo y su razón lo arrastró hacia ella.

Luego, el vaso de cristal que sostenía se le resbaló de los dedos y se rompió en pedazos.

Por supuesto, su mejor idea había sido recogerlos todos porque no podía dejarlos en el suelo de la habitación; no vio uno de los más grandes y apoyó la mano directamente sobre él, haciéndose un buen corte.

Por lo que ahora estaba ahí: de pie frente a la puerta de su habitación, con la mano envuelta en un improvisado vendaje de papel higiénico, procurando que la sangre no goteara hasta el suelo.

Se había cortado como un niño torpe, distraído por pensamientos que no tenía derecho a tener.

El corte, aunque no era tan doloroso, evidenciaba su propia estupidez.

La herida podría considerarse un rasguño comparada con la punzada en el ego al estar frente a su puerta.

Se maldijo en silencio. La puerta frente a él permanecía cerrada, con una línea de luz filtrándose por debajo.

Dudó. Podía regresar, vendarse él mismo y fingir que nada había pasado; podía conservar su orgullo intacto.

Pero sus nudillos ya estaban golpeando la madera antes de que su mente terminara de decidirlo.

Con un suspiro resignado, supo que había perdido la batalla que tanto se había prometido ganar.

Ella parecía un pequeño duende. El pensamiento lo hizo sonreír mentalmente, aunque solo exteriorizara un ceño fruncido, esa máscara de seriedad que tantas veces lo había protegido, incluso de sí mismo.

Después de un resoplido, Natalia lo había dejado pasar a su habitación, aunque lucía visiblemente molesta por la interrupción de lo que suponía era el inicio de su sueño.

Cerró la puerta, no sin antes asomarse al pasillo para verificar que nadie los estuviera mirando.

A él le pareció tierna. Aunque «tierna» no era precisamente el adjetivo que hubiera elegido para describirla.

Su mente no pudo evitar disfrutar de la imagen de ella en pijama: un simple short suelto y una camiseta amplia, prendas que no hacían juego y que contrastaban por completo con la perfección que él estaba acostumbrado a ver en las mujeres de su entorno.

Se rio ante la idea de su madre, o de las mujeres que frecuentaba, vistiendo algo así.

Natalia lo miró seria, descolocada por esa sonrisa.

—Veo que de verdad no te duele. Tienes suerte de que siempre lleve un pequeño botiquín cuando viajo —dijo ella, con seriedad y sin mirarlo a los ojos.

—Supuse que eras una mujer preparada —respondió él, ladeando un poco la cabeza.

—Por favor, no pretendas saber nada sobre mí —rebatió, firme, recogiendo unas vendas y unos sobres pequeños que contenían toallitas con alcohol para limpiar heridas.

—Ni siquiera lo intentaría —contestó él, fingiendo indiferencia, aunque no podía evitar sentir curiosidad.

—No es cierto —dijo Natalia mientras revolvía un poco más en su maleta—.

Desde que me viste esta mañana no has dejado de asumir cosas.

Primero pensaste que caería rendida a tus pies, después que lo que pasó entre nosotros era algo que hacía con todos los clientes de la empresa.

Todavía estoy ofendida, por cierto, aunque te hayas disculpado.

Y mientras tanto, insistes en hacerme sentir incómoda…

Mientras hablaba, ella sacaba las cosas y le hacía una seña para que se sentara en la silla acolchada que estaba vacía.

Sobre la otra, había extendido la ropa que usó antes esa noche.

Él ignoró el gesto, manteniéndose de pie y observándola.

Natalia se incorporó y caminó a su alrededor un par de veces, pensativa.

—Veo que se acabó lo de «señor Balmaceda» —la interrumpió, tomando su mano para que dejara de moverse.

Natalia se quedó quieta, estática ante su contacto.

Miró sus dedos sobre los de ella y sus enormes ojos castaños se abrieron con sorpresa…

y algo parecido al ¿deseo? Matías lo percibió antes de que ella pestañeara y su expresión se transformara en irritación, intentando borrar cualquier indicio de la vulnerabilidad o de la atracción que había mostrado antes.

El silencio que siguió fue breve, pero eléctrico.

Él no soltó sus dedos; los apretó con su mano sana mientras rozaba con el pulgar el dorso de la mano de ella, en un movimiento mínimo pero que alteró todas sus terminaciones nerviosas.

Sus ojos buscaron los de ella, midiendo hasta dónde podía estirar ese instante sin romperlo.

Natalia respiró hondo con los labios entreabiertos; parecía incapaz de respirar con normalidad y su piel estaba tomando un agradable tono rosado.

Matías supuso que estaba luchando por recuperar la compostura tanto como él, mientras la sensación de proximidad, el calor y la tensión se acumulaban en el espacio entre ellos.

—No puedo negar todo lo que me provocas —murmuró, acercándose medio paso hacia ella.

Natalia cerró los ojos, inhalando. Cuando exhaló, el aire rozó la barbilla de Matías y el efecto fue inmediato, provocando que todo su cuerpo reaccionara.

—Eso no significa que debas decirlo —susurró Natalia, sin retirar la mano.

Su voz ocultaba una advertencia. Matías inclinó la cabeza lo justo para que sus frentes apenas se rozaran. No llegó a tocarla.

—Necesitaba que lo supieras —respondió en el mismo tono bajo—. Para no fingir… todavía más.

El pulso de Natalia se aceleró. Él podía percibirlo en el punto exacto donde sus manos seguían unidas. Ella deslizó sus dedos entre los de él, devolviéndole la caricia con sutileza.

—Fingir también es una forma de defensa —dijo, casi sin voz.

Matías dejó escapar una respiración que rozó su mejilla. Sus labios quedaron a menos de un palmo, lo bastante cerca para que el calor compartido se volviera tangible y lo bastante lejos como para que la espera doliera.

—¿Y ahora? —preguntó él.

—Ahora… —susurró, mirándolo a los ojos— no estoy segura de querer defenderme.

—A la mierda con todo —murmuró, más para sí mismo que para ella, mientras su agarre se hacía más firme y la acercaba hasta que sus cuerpos se tocaron.

No le importó la herida en la mano, donde el papel higiénico se había apelmazado con la sangre seca, ni el temblor en sus dedos al sostenerla.

Solo reparó en el pequeño sonido de rendición que escapó de los labios de Natalia.

Cada fibra de su ser estaba concentrada en ella, en el calor de su proximidad y en el ritmo irregular de su respiración.

Se detuvo, rozando su boca con la de ella, respirando el aliento dulce de su exhalación, sintiendo cómo la fragancia de su piel se mezclaba con los restos del perfume que lo había cautivado desde el primer encuentro.

La luz tenue de la habitación dibujaba sombras en sus rostros, realzando cada una de las reacciones que ella no podía ocultar.

—Dime que no lo deseas tanto como yo —murmuró con la voz baja y áspera por el control que intentaba mantener y la tensión que amenazaba con liberarse.

Observó sus ojos, intentando leerlos, consciente de que en esa locura había una verdad que no quería negar.

Cada latido de su corazón retumbaba en su pecho, resonando con la urgencia de sus emociones y el peligro de cruzar la línea sobre la que ambos llevaban bailando desde el reencuentro.

Natalia permaneció inmóvil, con la respiración agitada y los párpados entrecerrados.

Matías no intentó entenderlo; mientras tanto, la tensión que los envolvía parecía a punto de estallar.

Luego de un instante que pareció eterno, ella se relajó en sus brazos.

Fue un gesto imperceptible al principio, pero cuando la tensión abandonó su cuerpo y sus ojos brillaron enfocándose primero en los de él y bajando luego hasta su boca, Matías permitió, por fin, que sus labios se apretaran sobre los de ella.

El mundo se limitó a ese contacto. Todo lo que había estado conteniendo durante horas estalló de golpe cuando sus bocas se encontraron.

Cerró los ojos y sintió la presión de los labios de Natalia bajo los suyos, cálidos y húmedos.

El latido de su propio corazón resonaba con fuerza, convertido en un ritmo sordo que le martilleaba las costillas.

Su mente borró cualquier pensamiento que no fuera ella.

Sintió sus manos temblorosas aferradas a su camiseta.

La presión de sus labios se sentía perfecta bajo los suyos y, cuando ella dejó escapar un gemido suave, el sonido hizo que él apretara el puño herido de puro deseo.

La lengua de Natalia se movió contra la suya con urgencia, y él respondió instintivamente, de forma profunda, explorándola como quien necesita retenerla para siempre.