Capítulo 8 Natalia
«Estaba odiando cada segundo de aquel viaje infernal».
Desde el momento en que subieron a la camioneta, había tenido la impresión de que Matías Balmaceda se había propuesto hacerle la vida imposible.
Él parecía concentrar todos sus esfuerzos en irritarla.
La observaba con el ceño fruncido, convirtiendo su presencia en un enigma que estaba decidido a descifrar.
Aquella mirada insistente, llena de curiosidad, la hacía sentir como una rareza expuesta en una feria.
Quizás él creyó que al pedirle un recorrido nocturno lograría hacerla trastabillar, ponerla a prueba o medir sus límites.
Pero no. Ella estaba preparada para todo, y si Balmaceda deseaba inspeccionar algunos de los puntos de interés del proyecto esa noche, no sería precisamente Natalia quien se negara.
Había, sin embargo, un pequeño detalle que él no sabía: no irían solos.
Como el terreno era desconocido y la carretera algo traicionera, Ernesto se encargaría de conducir, ella ocuparía el asiento del copiloto y Matías Balmaceda quedaría relegado al asiento trasero, lejos de cualquier intento de control.
Natalia no pudo evitar sonreír ante la perspectiva.
Tal vez su sonrisa resultó más maliciosa de lo que había planeado, porque él la notó y arqueó una ceja, con la misma expresión cargada a partes iguales de curiosidad y fastidio que empezaba a resultarle familiar, aunque no por eso era menos incómoda.
Definitivamente, a él no le hizo gracia la distribución propuesta y, aparentemente, tampoco la compañía de Ernesto.
Se notaba en sus labios apretados en una línea fina y pálida y en la manera en la que movía las manos sobre las rodillas mientras buscaba un argumento que nadie le permitiría usar.
Intentó, con cierta ventaja, tomar el volante, pero todos lo desestimaron con firmeza.
Nadie estaba dispuesto a arriesgarse a que el cliente saliera lastimado, y él lo entendió, aunque no lo aceptara de buen grado.
Natalia, por su parte, se permitió una sonrisa.
Pequeña, pero deliciosa. Ese era su triunfo, mínimo, pero suyo.
Después de esa jornada interminable, la situación se alineaba un poco a su favor.
Mientras él murmuraba algo que parecía una protesta, ella se recostó ligeramente en el asiento, satisfecha de poder disfrutar de la carretera sin que su paciencia fuese puesta a prueba.
El contraste entre la tensión que emanaba Matías y la calma de ella la hizo sentir poderosa, creyéndose capaz de controlar no solo el recorrido, sino también las pequeñas dinámicas de sus interacciones.
Aunque nadie más notó su regocijo, Natalia lo celebró en silencio, consciente de que en situaciones como aquella cada ventaja contaba.
Sus miradas se cruzaron en el espejo retrovisor y bastó ese segundo para que la tensión se acumulara entre ambos, cargando el ambiente.
Ernesto, ajeno al intercambio, seguía concentrado en la carretera que se estiraba frente a ellos como una cinta oscura y desierta, apenas iluminada por las luces del auto.
Natalia desvió la vista hacia la ventanilla, intentando concentrarse en la línea oscura de las montañas.
«Era inútil». Sentía la mirada de Matías sobre ella, tan persistente que la piel le cosquilleaba.
No entendía si era desconfianza, simple curiosidad o una extraña forma de medir sus reacciones.
Lo cierto era que él sabía cómo incomodarla, y lo hacía con precisión y cierto grado de deleite nada disimulado.
—¿A qué hora estimas llegar al punto norte? —preguntó él.
—Depende de qué tan rápido conduzca Ernesto —respondió Natalia, aparentando una serenidad que no sentía, aunque no logró disimular del todo la ironía en su tono.
—Imagino que tú ya tienes un horario perfectamente calculado —comentó Matías, con una sonrisa oculta en la voz.
Natalia apretó los labios.
—No confundo eficacia con obsesión, si eso es lo que insinúa.
—Oh, no —replicó él con fingida inocencia—. Solo digo que da la impresión de que te gusta tener el control.
Ernesto carraspeó, incómodo, queriendo disolver la tensión que empezaba a impregnar el aire. La piel de Natalia se erizó ante esa indiscreta referencia.
—El camino se pone algo difícil más adelante —murmuró Ernesto, sin desviar la vista del parabrisas.
Natalia ignoró el comentario.
—Espero que no le incomode ir en el asiento trasero, señor Balmaceda.
Él rio por lo bajo, divertido.
—El señor Balmaceda es mi padre, a mí puedes llamarme Matías, Natalia.
Su voz se escuchaba tranquila, pero había algo desafiante detrás. Natalia giró la cabeza lo suficiente para captar la chispa en sus ojos brillantes. Odiaba la sensual cadencia de su nombre con ese acento musical, como también odiaba esa seguridad irritante que desprendía y la hacía sentir evaluada.
—Prefiero mantener el trato profesional, señor Balmaceda. Es lo correcto —dijo ella, modulando la voz.
Ernesto apartó la vista de la carretera y la miró, sin entender la escena que se estaba desarrollando justo a su lado.
Matías no respondió, solo sostuvo su mirada en el espejo retrovisor derecho, hasta que una curva brusca en la carretera los obligó a aferrarse a los asientos.
Ernesto maldijo en voz baja, y el vehículo se estabilizó de nuevo.
Matías volvió a recostarse, con una media sonrisa que Natalia captó en el reflejo.
—¿Siempre eres tan… meticulosa? —preguntó él de repente. Su tono no era hostil, pero sí era inquisitivo.
—Solo cuando hace falta —contestó ella, sin girarse—. Lo contrario sería irresponsable.
El silencio regresó, interrumpido únicamente por el zumbido leve del motor de la camioneta. Natalia percibió un ligero cambio en la postura de Matías y fue consciente de que se había inclinado un poco hacia adelante en el asiento, estudiándola con atención.
—Me sorprende que alguien pueda ser tan… imperturbable —dijo, su voz convertida en un murmullo.
—Imperturbable no significa insensible —replicó ella, intentando no perder la calma—. Solo significa que sé cómo mantener la cabeza fría.
Supo de inmediato que había captado su interés al ser consciente de que cada una de sus palabras desataba ese algo que se movía entre ellos. Era una especie de juego. Ernesto, en un intento de romper la tensión, anunció:
—Este es el punto más alejado al que recomiendo acceder esta noche, señor Balmaceda. Mañana podemos ajustar mejor el cronograma.
Natalia asintió, bajándose en cuanto el motor se apagó.
La zona era espesa y boscosa. No existía ninguna luz artificial que iluminara siquiera un poco el camino de tierra.
El aire nocturno olía a humedad y hojas secas.
Cada crujido a su alrededor estaba amplificado en la oscuridad.
Respiró profundo, tratando de calmar la ligera ansiedad que le provocaba el terreno desconocido, justo cuando escuchó la puerta de Balmaceda abrirse y cerrarse con un golpe seco.
Ernesto, por su parte, permaneció en el vehículo, manteniendo las luces encendidas para arrojar un débil resplandor sobre los alrededores.
—¿Esto es lo que quería ver, señor Balmaceda? —preguntó ella, disfrazando de inocencia fingida los nervios que le provocaba tenerlo tan cerca.
Matías no respondió. Simplemente se adentró entre los árboles, moviéndose con una seguridad que la irritó y la preocupó a partes iguales.
Natalia gruñó, molesta consigo misma por el vaivén de frustración y curiosidad que le provocaba su comportamiento.
No quería cargar con la responsabilidad de que él se lastimara en un terreno que no conocían.
—Espere. No vaya por ahí —insistió, apresurándose a seguirlo, sus pasos resonando sobre la tierra húmeda y las hojas caídas.
A pesar de la tensión, Natalia se tranquilizó un poco al recordar que no había animales peligrosos en el país. Sus nervios se centraron entonces en la incertidumbre de la caminata y en él.
—Te dije ya que el señor Balmaceda es mi padre —replicó Matías de pronto, deteniéndose de golpe y provocando que Natalia chocara contra su espalda.
El tono sonaba peligroso, de un modo que no le había escuchado en ninguna de sus interacciones previas.
Sus manos se apoyaron de manera instintiva sobre su impoluta camisa blanca, y un escalofrío recorrió su espalda antes de que se apartara lo más rápido que pudo, dando un paso atrás.
Él se volvió, buscando sus ojos con la poca luz que llegaba desde el auto.
La distancia entre ellos se había reducido con ese gesto sin que ella se diera cuenta, y Natalia percibió un ligero temblor en el aire, como si la propia noche contuviera la respiración.
Se habían alejado bastante del vehículo y supuso que Ernesto ya no podría verlos.
Su corazón empezó a latir con fuerza, y su mente traidora le recordó con claridad la noche en el bar: el mismo perfume amaderado, la misma seguridad, la misma presencia que le alteraba los sentidos sin esfuerzo.
Sintió que su cuerpo reaccionaba sin que su mente interviniera.
El aire frío de la noche intensificaba cada sensación, y Natalia comprendió que el terreno desconocido no era lo único que la mantenía alerta.
Matías la miraba con una media sonrisa casi invisible en la penumbra.
Natalia, incapaz de evitarlo, dio un pequeño paso atrás, consciente de la electricidad que se tejía entre ambos.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Matías en un murmullo, borrando la distancia que ella había ampliado antes.
Su voz tenía el peso de alguien que rara vez se permitía mostrarse vulnerable. La oscuridad se cerraba alrededor de ambos, ofreciéndoles un respiro del mundo.
—No veo nada —respondió Natalia, igual de bajo, con la voz temblorosa. No quería que ni el viento ni los árboles percibieran el torrente que hervía en su interior.
Él acercó su rostro al suyo y ella pudo sentir su respiración a menos de un palmo.
—Mentirosa —dijo, rozando sus labios contra los de ella—. Estoy deseando que me pidas que me arrodille otra vez entre tus piernas. Puedo asegurarte que lo haré con gusto.
El gemido entrecortado de Natalia murió en su garganta cuando él se separó, rozando su brazo mientras caminaba hacia el vehículo, dejándola con una sensación de escozor en la piel y con una cálida sensación en el vientre.
***
El bendito silencio de su habitación la recibió como un abrazo cálido, envolviéndola en una sensación de calma que había estado deseando disfrutar durante todo el día.
Cada detalle del lugar, desde las cortinas cerradas hasta la luz tenue de la lámpara de noche y el suave aroma a limpieza, contribuía a que su cuerpo y su mente se relajaran.
Solo quería cambiarse de ropa, dejar atrás la odiosa jornada y hundirse entre las sábanas.
Respiró hondo y deseó que el aire arrastrara todo su cansancio y la irritación del día.
Deseaba, con todo su ser, que una buena noche de sueño fuera suficiente para borrar las incomodidades y la tensión de las horas pasadas.
Esperaba que el resto del viaje, los encuentros, las inspecciones y los silencios cargados de electricidad se suavizaran, que la rutina reemplazara la presión, y que, al despertar, pudiera enfrentar la jornada siguiente con la serenidad que necesitaba.
Justo cuando se había cambiado de ropa y estaba arropada entre las sábanas, dejando que el calor la envolviera y la calma empezara a asentarse en su cuerpo, un toque firme y urgente en la puerta la sacó de su remanso de paz.
Gimió por lo bajo, deseando que fuera cualquiera excepto Matías Balmaceda.
Con un suspiro resignado, abrió un resquicio de la puerta, asomando parte del rostro.
No iba a permitir que la viera en pijama, sin sostén, vulnerable ante su mirada inquisitiva.
Su corazón latía con fuerza, mezcla de irritación y algo más que no quería admitir.
«Pero si ya lo ha visto todo», pareció murmurar una burlona voz en su cabeza.
Natalia la apartó con un gesto, resistiéndose a la idea y tratando de mantener el control.
Matías estaba allí, con el ceño fruncido.
Su mano izquierda estaba envuelta con suficiente papel de baño como para que ella no reparara de inmediato en el corte que se ocultaba debajo.
Aunque muy pronto la visión del vendaje improvisado hizo que saltaran todas las alarmas. ¿Qué había pasado?
—Lo siento —dijo él, sin la menor señal de humor—. He roto un vaso y me he cortado. No es nada grave. ¿Tienes algo para limpiarlo?
Natalia frunció el ceño, dudando entre cerrar y proteger su intimidad o dejarlo entrar a pesar de todo. La tensión en el aire era palpable. Ella respiró hondo, consciente de que la noche estaba lejos de terminar en paz.