Capítulo 7 Matías
El hotel en el que se hospedaron era pequeño, pero estaba decorado con esmero.
Las paredes, pintadas en suaves tonos beige y crema, se mezclaban con adornos de madera y tejidos que le daban un aire artesanal y acogedor.
Entre los rincones se alzaban plantas de hojas brillantes y algunos cuadros con motivos naturales, aportando notas de verde que equilibraban la calidez general del espacio.
Todo en aquel lugar invitaba al descanso.
Matías hizo una mueca de satisfacción al entrar a su habitación.
La cama, amplia y perfectamente tendida, invitaba a descansar, las alfombras mullidas amortiguaban el sonido de sus pasos, y las luces cálidas de las mesitas de noche proyectaban un resplandor suave.
Era, pensó, exactamente lo que se necesitaba después de tantas horas de viaje: un sitio donde poder descansar.
Le gustaba bastante, aunque no tenía nada que ver con los hoteles caros a los que estaba acostumbrado.
Sin embargo, una imagen indeseada se coló en su mente: «Natalia».
Con su piel cálida, ese aroma leve a sol que la acompañaba, y el cabello desordenado y brillante, como toda ella.
La vio —o la imaginó— entre esas sábanas revueltas, con los labios entreabiertos y los ojos grandes, ansiosos, esos mismos ojos de cervatilla que lo habían perseguido desde aquella noche.
El recuerdo de ella así, entre sus brazos, le atravesó el pecho.
Suspiró, girando el rostro hacia la ventana y deseando que el paisaje pudiera borrar todo lo que sentía.
Se detestaba por eso. Por estar distraído, por permitir que ella se filtrara en sus pensamientos cuando menos lo esperaba.
No era más que una mujer con la que había pasado un rato y, sin embargo, ahí estaba: ocupando un espacio que no le correspondía.
Se pasó una mano por la nuca, exhalando otro suspiro.
Era exactamente lo que su padre habría esperado de él: que perdiera la concentración, dejándose llevar por los impulsos y cometiendo torpezas de las que luego tendría que hacerse cargo.
Esta vez, más que nunca, esperaba decepcionarlo.
No iba a darle ese placer. Así que enderezó los hombros, apretó la mandíbula y se obligó a pensar en otra cosa: en el proyecto, en las cifras, en cualquier cosa menos en la curva de su sonrisa y en cómo seguro se estaba duchando en la habitación al lado de la suya.
Pero el perfume de Natalia seguía ahí, flotando en el aire, desafiándolo con una dulzura que lo enfurecía.
El celular comenzó a sonar, arrancándolo de golpe de sus pensamientos. Vio el nombre en la pantalla y soltó un suspiro breve. Rodrigo era su mejor amigo y, en la práctica, su mano derecha en la empresa.
—¿Dónde te metiste, Matías? —la voz de Rodrigo sonaba cansada—. Llevo toda la mañana tratando de localizarte.
—En la carretera —respondió él, procurando que su tono fuera neutro—. Estoy revisando el terreno del proyecto.
—Ah, cierto, el famoso viaje. Ya me lo mencionó tu padre otra vez esta mañana cuando coincidí con él en el ascensor —replicó Rodrigo.
Matías sintió esa punzada habitual al escucharlo nombrar, pero no reaccionó de inmediato. Solo respiró hondo antes de responder.
—Por supuesto que lo mencionó —dijo, sin ocultar del todo la incomodidad—. ¿Pasó algo más?
—Nada que no hayas escuchado antes —contestó Rodrigo con un deje de cautela—. Quiere resultados, cifras claras y un cronograma detallado. Dice que los inversionistas de Santiago están impacientes.
—Siempre lo están. —Matías desvió la mirada hacia el paisaje frente a la enorme ventana de su habitación—. Envíales el informe de estimaciones preliminares. Lo dejé en la carpeta compartida anoche.
—Ya lo vi, pero falta la evaluación ambiental. —Rodrigo bajó la voz—. Él mismo sugirió que te lo recordara, como si no supieras hacer tu trabajo.
Matías esbozó una sonrisa.
—¿Te das cuenta de que habla contigo para que me digas lo que podría decirme directamente?
—Lo sé —admitió Rodrigo—. Pero prefiero ser yo quien te lo diga. Así, al menos, no terminas discutiendo con él. Además, de paso puedo molestarte un poco. Dime qué tal el Caribe.
—Aprecio el gesto —respondió Matías, frotándose la frente con los dedos, cansado—. Dile que el proyecto sigue su curso y que el Caribe sigue tan soleado como siempre.
Rodrigo soltó una carcajada.
—Espero que el sol no te queme las ideas —dijo, antes de cambiar el tono a uno mucho más serio que Matías conocía bien—. ¿Todo está bien contigo?
Matías dejó que el silencio respirara entre ambos antes de contestar. Podría haber dicho la verdad, podría haber descargado el peso que llevaba encima e incluso podría hablarle de Natalia, pero esa no era una conversación para tener por teléfono.
—Más que nunca —respondió finalmente, con un tono tan medido como la mentira que acaba de pronunciar.
***
El baño tampoco lo decepcionó. Amplio, limpio y elegante, olía a jabón neutro y a toallas recién lavadas.
Todo estaba bien ordenado, aunque sin ostentación.
En el toallero, un par de piezas blancas y esponjosas esperaban para ser usadas.
Imaginó el vapor llenando el espacio, el agua tibia cayendo sobre su piel, borrando el sudor, el cansancio y el peso invisible de las horas.
Una ducha. Eso era todo lo que necesitaba para sentirse humano otra vez.
Aunque era consciente de que el día aún no había terminado con él.
Se desnudó sin mirarse en el espejo. No era vanidoso; contrario a lo que Natalia había insinuado antes, él no se adoraba a sí mismo.
No había placer en observar su propio reflejo.
Las mujeres, en cambio, sí lo hacían. Siempre lo habían hecho.
Lo evaluaban con esa ambición nada disimulada detrás de una sonrisa coqueta.
Primero era su físico. Luego, inevitablemente, su apellido.
El atractivo abría la puerta; el dinero la cerraba detrás de ellas.
No se engañaba. No lo buscaban a él, sino a lo que significaba.
El hijo del empresario. El heredero del imperio.
El hombre al que todos decían admirar, aunque la mitad solo midiera el beneficio de estar cerca.
Él había aprendido a corresponder las atenciones con gestos vacíos: interés, encanto, deseo.
Aunque ya no se reconocía del todo en ese juego.
En los últimos tiempos, estaba seguro de que no se reconocía en nada.
Mientras el agua comenzaba a correr y el vapor ascendía con lentitud, se descubrió preguntándose en qué momento había dejado de distinguir el placer de la costumbre y la compañía del vacío. Aparentemente, había cruzado una línea que nadie más de su entorno parecía notar.
***
La cena de esa noche lo sorprendió con una variedad inesperada.
El hotel ofrecía un menú sencillo, pero todos coincidieron en que preferían salir a recorrer algo del lugar.
Ernesto, el chofer, conocía bien la zona y los llevó hasta un pequeño restaurante familiar, famoso —según dijo— por servir los mejores platos caseros de la región.
El sitio tenía un encanto rústico: mesas de madera oscura, lámparas de luz cálida y el aroma de la carne asada mezclado con cilantro fresco.
Matías imaginó que el equipo de ingenieros optaría por sentarse aparte, manteniendo cierta formalidad, pero estaba equivocado.
En pocos minutos unieron varias mesas con un movimiento improvisado, y todos terminaron compartiendo una mesa alargada, acomodados sin jerarquías, riendo y conversando como viejos conocidos.
Pidieron de todo: yaroas humeantes, mofongo, filetes de pescado, hamburguesas rebosantes de queso.
El murmullo de las voces se mezclaba con la música suave de fondo, y, a pesar del ambiente festivo, Matías sintió algo parecido a la tranquilidad.
Hasta que reparó en ella. «Otra vez». Natalia estaba sentada frente a él.
No podía evitarlo. Tenía la espalda recta, el cabello algo revuelto, y la luz del restaurante acariciaba su piel dorada.
Contrario a lo que él habría esperado —una mujer que comiera con la delicadeza de quien no quiere mancharse ni un pensamiento—, ella comía con apetito real.
Devoraba su hamburguesa y sus patatas fritas con gusto.
No había nada vulgar en ello, solo una naturalidad desarmante.
Matías la observó en silencio, fascinado.
La forma en que levantaba la vista para responder a algún comentario, la manera en que reía, exuberante y sincera, el movimiento distraído de sus dedos cuando apartaba un mechón rebelde de sus ojos.
Todo en ella era genuino, y eso lo desconcertaba.
Entonces ocurrió: una diminuta gota de salsa quedó suspendida en la comisura de su labio.
Ella, sin reparar en su atenta mirada, la lamió antes de recurrir a la servilleta.
Fue un gesto fugaz e inocente. Pero a él lo recorrió una corriente tan intensa que el aire se le congeló en la garganta.
Su pechuga a la plancha, a pesar de que estaba bien sazonada, se le antojó insípida.
Por un instante, con un deseo tan absurdo como incontrolable, quiso ser esa hamburguesa que ella devoraba sin piedad.
La conversación siguió su curso, obligándolo a apartar la vista para no parecer un desalmado.
Alguien propuso brindar, otro hizo una broma sobre el viaje, y las risas llenaron todo.
Matías apenas escuchaba. Seguía mirándola cada pocos minutos, aunque Natalia no había mirado en su dirección ni una sola vez.
Supo que la distancia que ella intentaba imponer entre ambos solo servía para intensificar la atracción que lo estaba consumiendo por dentro.
—¿Está todo bien? —preguntó Natalia, volviéndose hacia él después de ignorarlo durante toda la noche, con el ceño fruncido y mirando su plato. Era evidente que creía que no le había gustado la cena.
—Sí —respondió él, con una media sonrisa—. Pero creo que mañana pediré una hamburguesa.
Lo dijo con un tono ligero y buscando su mirada.
Ella la sostuvo, antes de bajar la vista hacia su propio plato, todavía a medio comer.
La expresión en su rostro era difícil de interpretar: un cruce entre fastidio y...
curiosidad. El bullicio a su alrededor le permitió continuar.
Las risas del grupo y el murmullo de las conversaciones cruzadas les daban una suerte de improvisada privacidad.
—Quiero disculparme —dijo, bajando la voz.
Ella alzó la vista de inmediato, sorprendida. La mirada que le dirigió fue directa, pero sin hostilidad.
—¿Por qué?
Matías respiró hondo.
—Por lo que dije en el auto —continuó—. Fue una estupidez. Me comporté como un idiota.
Un silencio breve se interpuso entre ambos. Natalia dejó la servilleta sobre la mesa y lo observó durante un par de latidos, sin apartar los ojos. No parecía ofendida, pero tampoco dispuesta a suavizar la situación con una sonrisa.
—Lo noté —respondió con la fría honestidad que la caracterizaba. Luego añadió en voz más baja—, pero aprecio que lo reconozca.
Matías asintió.
—¿Haremos algún recorrido nocturno? —preguntó cuando casi habían terminado la cena—. Tengo entendido que para el informe medioambiental es necesario considerar todas las condiciones en cada zona del proyecto.
Natalia alzó una ceja, observándolo con cierta cautela, evaluando si su interés era genuino o solo una excusa para alargar el día. Había un poco de ambas, si era sincero consigo mismo.
—Sí, lo haremos —respondió con un tono profesional—. Podemos comenzar mañana.
Matías asintió, aunque no estaba del todo conforme con la idea.
—Preferiría hacer un recorrido previo —replicó—. Algo breve, esta misma noche. Solo para tener una impresión general del terreno. Así podría enviar un reporte corto más tarde y adelantar parte del trabajo.
Ella lo estudió en silencio.
—¿Un recorrido nocturno improvisado? —preguntó con un matiz irónico perceptible en su voz—. No parece el mejor momento, considerando el cansancio del día.
—Lo sé —admitió él, encogiéndose de hombros—. Pero debo comunicar algún avance a los inversionistas. Prometo no quitarte mucho tiempo, y tampoco iremos a la zona montañosa.
Natalia exhaló despacio, sin dejar de mirarlo. Luego tomó su copa, bebió un sorbo y asintió.
—De acuerdo. Si insiste tanto, lo acompañaré. Al final de cuentas, para eso estoy aquí.
—Perfecto —dijo Matías—. Prometo no hacer demasiadas preguntas.
Ella asintió, antes de apartar la vista.
—Está bien —murmuró, mientras se levantaba de la mesa.