El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 6 Natalia
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Capítulo 6 Natalia

Su estrategia era simple y de supervivencia básica: ignorar a Matías Balmaceda todo lo posible dentro de los límites de la cortesía profesional, sin poner en riesgo ni el proyecto ni —más importante aún— su trabajo.

Una misión más difícil de lo que sonaba, considerando que él irradiaba esa clase de energía que hacía imposible pasarlo por alto.

El viaje comenzó en silencio. Él al volante, con las mangas de la camisa arremangadas y las manos firmes sobre el timón.

Ella, a su lado, en el asiento del copiloto, con el cuerpo rígido y la mirada fija en la carretera, concentrándose en el asfalto para evitar el peso de su propia incomodidad.

La atmósfera dentro de la camioneta era espesa y cargada.

Natalia se dedicó a mirar por la ventanilla, observando cómo los edificios se transformaban lentamente en avenidas congestionadas y luego en los primeros indicios del paisaje de salida de la ciudad.

Podía sentir el zumbido del tráfico colándose en su cabeza, mezclándose con sus pensamientos.

Quizás, solo quizás, tendría suerte. Tal vez el tráfico infernal de Santo Domingo haría de las suyas, provocando algún retraso monumental que obligara a cancelar el viaje.

O, en un giro más dramático, un accidente menor podría dejarlos fuera de circulación por unas horas.

«O simplemente morir». A esas alturas, cualquiera de las dos opciones era razonablemente buena.

Intentó distraerse revisando los documentos del proyecto en su tableta, aunque en realidad no leyó ni una sola línea.

Cada vez que él cambiaba de marcha o se acomodaba en el asiento, su perfume —una combinación sutil de madera y algo masculino— llenaba el vehículo.

Y cada molécula de aquel aroma le recordaba, con fastidiosa precisión, la noche del bar.

No era justo. No después de haber decidido enterrar ese recuerdo entre los tantos errores que una mujer promete no volver a cometer.

Así que apretó los labios, enderezó la espalda y se repitió mentalmente su plan: «Ignorar.

Fingir. Sobrevivir». El viaje recién comenzaba, y ya sentía que necesitaba otra taza de café. O una dosis urgente de amnesia.

Todo estuvo bien hasta que pincharon. El retraso sería mínimo, lo supo de inmediato a pesar de su deseo previo.

Lo peor es que la camioneta de la empresa había seguido de largo y ahora la cercanía entre ellos era inevitable.

No esperaba que él supiera cambiar la rueda; mucho menos que lo hiciera sin torpeza y sin quejas, desarmando sus prejuicios.

Cuando terminó, estaba sudado. El calor le había marcado la camisa, la respiración aún le pesaba en el pecho, y esa imagen, atractiva e inoportuna, le devolvió con brutal claridad el recuerdo del bar, de la penumbra y de una versión de él que había intentado archivar como un error aislado.

Natalia apretó los labios, consciente de la trampa. Estaba jodida.

—Santamarina me dijo que haríamos una parada para almorzar —comentó él, rompiendo el silencio después de retomar la marcha.

Ella no respondió de inmediato, concentrada en no girar la cabeza hacia él más de lo estrictamente necesario.

—¿Tienes idea de dónde será? —insistió, con un tono casual, tuteándola con familiaridad.

—No —dijo al final—. Ernesto, el chofer, conoce bien el camino y los mejores lugares para almorzar. Aunque ahora que nos hemos quedado atrás podríamos parar en Baní. Debo advertirle que no espere nada sofisticado.

Matías ladeó la cabeza, evaluando su respuesta, y luego volvió a mirarla con intensidad, ignorando la carretera por un instante.

—¿De dónde eres? Tu acento es distinto.

Esa pregunta la tomó desprevenida. Natalia lo miró a los ojos, buscando la manera de responder sin decir de más. El silencio que siguió estaba cargado de una curiosidad que se sentía demasiado personal para un viaje de trabajo.

«¿De dónde era?» La pregunta era sencilla, incluso banal, pero la respuesta estaba lejos de serlo.

No podía contarle toda la historia: la partida, la vida que había dejado atrás con cada decisión que la había llevado hasta ese asiento.

«¿Cómo explicarle que sus raíces dolían más cuando estaba sola?

¿Que su pasado la perseguía incluso cuando trataba de esconderlo debajo de una superficie de profesionalismo y seguridad?

» Respiró hondo y dijo, midiendo las palabras:

—De Cuba, aunque hace tiempo que no vivo allí.

Matías sonrió en un gesto apenas perceptible, que podría ser comprensión o simple cortesía.

—¿Y cómo llegaste hasta aquí?

«No podía estarle preguntando en serio».

—Nadando —respondió, molesta por su intromisión y la ligereza del comentario.

Él soltó una carcajada, profunda y despreocupada, que hizo que Natalia frunciera el ceño.

No era solo su descaro, era la manera en que disfrutaba del caos que dejaba a su paso.

Sin previo aviso, aceleró, adelantando a otra camioneta de manera temeraria, sin dejar espacio para que los retrovisores no rozaran.

El motor rugió mientras el corazón de Natalia latía con fuerza, desbocado.

«¡Este idiota está intentando matarnos!».

Llevó una mano al cinturón de seguridad tratando de protegerse de su imprudencia mientras sentía la adrenalina recorrerle el cuerpo, un sobresalto producto del miedo y otra cosa, que la confundía.

Cada adelantamiento era un recordatorio de que aquel hombre no solo era audaz, sino completamente impredecible.

—¿Estás loco? —murmuró para sí misma, mientras trataba de respirar hondo—. Esto no puede estar pasando…

Pero sí, estaba pasando. Y de la manera más absurda y peligrosa posible. Y mientras, él reía, con los ojos ocultos bajo las gafas de sol.

—Ustedes, los cubanos, tienen un acento interesante —comentó, y ella supuso que era más por curiosidad que por mantener una conversación, ignorando por completo que lo había llamado loco apenas unos segundos antes—. Nunca había conocido a una mujer cubana antes.

Natalia lo miró de reojo, sorprendida por la naturalidad con la que soltaba esas frases.

No le quedaba del todo claro a qué se refería con «conocer», y aunque la curiosidad le picaba en la lengua, decidió no preguntar.

Se reclinó un poco en el asiento, cruzando los brazos con un gesto que pretendía ser indiferente, pero que en realidad la traicionaba: podía sentir cómo cada palabra de él se filtraba dentro de ella, removiendo recuerdos que había intentado mantener bajo control.

—Cuánta alegría por ser la primera —dijo, ladeando la cabeza mientras lanzaba el comentario al aire y esperaba su reacción.

Matías dejó escapar una exhalación, sin apartar la mirada de la carretera mientras el sol de la mañana se reflejaba en el parabrisas.

—Pareces molesta. ¿Fue algo que dije?

—Para nada —replicó ella, con un hilo de voz cargado de ironía—. Solo no me gusta jugar al gato y al ratón.

Él ladeó la cabeza.

—No te entiendo.

—Esto —dijo ella señalando con un gesto mínimo el espacio entre ambos—. ¿Tiene algún punto del proyecto que quiera comentar, o solo pretende torturarme?

Un destello de sonrisa se dibujó en los labios de Matías.

—Eres la primera mujer que dice que mi presencia es una tortura.

Natalia frunció el ceño, sin apartar la vista de la carretera.

—Aunque ahora que hablas del proyecto… ¿en tu empresa suelen poner al frente de los nuevos proyectos a ingenieras de veinticinco años? —Matías la miró por el rabillo del ojo, divertido.

—No entiendo a qué se refiere —replicó ella con firmeza—. Si ninguna mujer le ha dicho antes que su presencia puede ser torturante, quizás es porque ha estado rodeado de mujeres inadecuadas. Para su información, tengo treinta años, y en mi empresa saben muy bien lo que hacen.

Él dejó escapar un silbido bajo.

—Vaya… pareces mucho más joven.

Natalia arqueó una ceja, conteniendo un suspiro de exasperación.

—Si eso intentaba ser algún tipo de cumplido, sonó fatal —dijo, con la voz cargada de sarcasmo—. Y está sobrevalorando su opinión si cree que me interesa la percepción que tiene sobre mi apariencia.

—Tienes las uñas afiladas, y creo recordar que también muerdes —replicó él, con un tono oscuro, como una advertencia que rozaba lo provocador.

—Si finalmente vamos a hablar de eso, solo tengo algo que aclarar —dijo Natalia, controlando la respiración para no perder el hilo de su ira—: no fue importante.

Pasó y punto. Nadie tiene que saberlo, y nosotros no tenemos que mencionarlo.

No lo conocía, ni usted me conocía a mí. Fin de la historia.

Matías ladeó la cabeza, con una sonrisa leve, parecía decidido a desafiar su intento de cerrar el tema.

—La verdad, no creo que sea tan sencillo. Al final de cuentas, ¿cómo puedo saber que no haces eso con todos tus clientes?

—¿Acaso me estás llamando prostituta? —exclamó Natalia, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello, tiñendo de rojo sus mejillas.

—Para nada —replicó él, con esa calma que la irritaba aún más—. Solo es una duda razonable.

—Eres un idiota prepotente e inmaduro —soltó ella, dejando escapar toda su frustración—. Me da igual lo que creas que vales o qué tanto te gustes a ti mismo cuando te miras al espejo.

Hizo una pausa, respirando hondo para no dejar que la indignación le temblara en la voz, y continuó con un tono firme:

—No me acuesto con mis clientes, ni con mis colegas, ya que estamos.

Y aunque sé que no te debo ninguna explicación, te la daré igual porque estamos hablando de mi trabajo, y no lo vas a poner en riesgo.

Olvida esa noche. Haz como si no me conocieras de nada y déjame hacer lo que tengo que hacer estos días. Después, cada uno seguirá su camino.

Matías se quitó las gafas con un gesto y la miró a los ojos, ignorando el tráfico otra vez. La intensidad de su mirada consumió toda su furia. Lucía dispuesto a reconocer que Natalia no se dejaba intimidar.

—Está bien —aceptó, en voz baja—. Como quieras.

Natalia respiró hondo, segura de que, aunque la batalla estaba ganada, el terreno común entre ellos era aún peligroso.

***

Ella dejó que el paisaje tranquilo de la carretera la calmara.

Al principio, los valles sembrados de arroz se extendían como una alfombra verde infinita bajo el cielo azul intenso.

Las nubes blancas flotaban perezosas, moviéndose lentamente sobre el horizonte, y entonces su mente comenzó a relajarse, a desconectarse del caos de su vida, de los problemas de la semana y de la presencia incómoda de Matías a su lado.

Conforme avanzaban, los campos de arroz dieron paso a tierras más densas, pobladas de caña de azúcar, plátanos y mangos que se mecían con la brisa.

Todo verde intenso, abrumador, un color que absorbía cualquier rastro de tensión que le quedara en el cuerpo.

Estaba segura de que, si bajara la ventanilla, el olor a tierra le traería recuerdos de su infancia y de todos esos lugares que no había visitado en años.

Al principio, el silencio entre ellos era pesado.

Cada tanto Matías rompía la quietud con comentarios breves sobre la carretera o las curvas, pero siempre de forma superficial, sin invadir realmente su espacio o presionarla para que le prestara atención.

Natalia se permitió observarlo de reojo, reparando en la forma en la que su mirada se concentraba en la carretera y en los detalles del paisaje.

Su cabello despeinado y sus manos, apoyadas con naturalidad sobre el volante, transmitían un aire de autoridad que no sabía si admirar o no.

Ella, por su parte, miraba hacia afuera casi todo el tiempo, dejando que la línea de árboles y las montañas lejanas fueran un refugio para sus pensamientos.

Cada curva de la carretera la empujaba un poco más lejos, aunque la presencia de Matías le generara una corriente subterránea de tensión y, sorprendentemente, curiosidad.

Se preguntaba cómo alguien podía sentirse tan incómodo y a la vez tan intrigado por una sola persona.