Capítulo 5 Matías
«El destino tiene un extraño sentido del humor».
O al menos eso creyó Matías cuando la vio, de pie junto a la camioneta, con esa inocencia que no lograba ocultar del todo tras una expresión adusta.
Llevaba una camisa blanca suelta, que el viento movía con suavidad, y un pantalón entallado que se pegaba a sus curvas dejando poco espacio para la imaginación.
Al principio creyó que su mente le estaba jugando una mala pasada.
«No podía ser ella». Sería demasiada coincidencia, una de esas bromas crueles del azar que uno prefiere no enfrentar.
Pero mientras apagaba el motor y bajaba del vehículo, tuvo tiempo de observarla mejor.
El cabello castaño bastante claro estaba alborotado por el viento; el cuello fino y la piel dorada bajo la luz de la mañana.
Las gafas de sol ocultaban su mirada, así que Matías pudo deleitarse perdiéndose en cada una de sus curvas generosas.
Era ella. La mujer de la otra noche. Hermosa, real e impactante.
Verla sin la penumbra del bar, que la había vuelto más misteriosa, ni la música de fondo, lo había dejado sin aliento.
Le provocó una sonrisa tenerla enfrente bajo la luz cruda del día, con el rostro limpio de maquillaje y una expresión de fastidio que, estaba seguro, era para él.
Nada en su aspecto habría llamado su atención antes: ni el cabello muy corto, ni la piel con matices de sol, ni esas curvas demasiado voluptuosas para su gusto otrora refinado.
Sin embargo, ahí estaba, mirándola como si ella concentrara toda su atención.
Matías sintió algo innombrable cerca del esternón, una punzada de sorpresa y deseo.
Era absurdo. Tenía que recomponerse, fingir indiferencia, mantener la compostura que su apellido y su cargo exigían.
Pero su cuerpo no estaba dispuesto a obedecer.
La sola idea de volver a tenerla cerca le desordenó pensamientos que creía controlados.
Ella, por su parte, lo miró como a un insecto molesto antes de abrir los ojos con sorpresa.
Parecía desear que la tierra se la tragara entera.
Aquello sí le arrancó una sonrisa involuntaria.
No había fingimiento en su incomodidad. Era auténtica, tan real como lo había sido aquella noche que no lograba sacarse de la cabeza.
Ahí estaban ahora, frente a frente, condenados a compartir algo más que un recuerdo borroso entre copas y sombras.
«El destino no solo tiene giros increíbles. También tiene un sentido de la crueldad exquisito».
Prefirió darle un poco de espacio para que se recuperara, así que la ignoró justo después de que ella se presentara con voz firme: «Natalia».
El nombre resonó en su mente con una naturalidad inquietante.
Era un nombre hecho para ella. Matías respiró hondo y se obligó a enfocarse.
No podía darse el lujo de estar distraído.
Estaba ahí por un motivo, y ese motivo era el proyecto.
Así que se acercó a Santamarina, que supervisaba la carga del último equipo, para resolver algunos detalles antes de salir.
—Ingeniero —saludó Matías, manteniendo un tono cordial—. Quería revisar con usted algunos puntos antes de irnos. No me gustaría que se nos escapara nada por falta de coordinación.
Santa, un hombre de voz grave y modales serenos, asintió con una sonrisa breve.
—Por supuesto, señor Balmaceda. Justo estaba repasando la lista del material. Tenemos todo lo solicitado, pero me preocupa un poco la conexión de energía en la zona del campamento. El suministro puede ser inestable y no quiero contratiempos.
—Hablé con el proveedor local —respondió Matías, sacando su teléfono y mostrándole un par de mensajes—. Me aseguró que el generador auxiliar estará disponible desde esta tarde. Si algo falla, tenemos margen de maniobra.
—Perfecto —dijo Santa, complacido—. De todos modos, llevamos un respaldo adicional. Natalia insistió en eso, y no puedo decir que se equivoque.
El nombre hizo que Matías levantara una ceja.
—¿Ella es la ingeniera Osorio?
—Sí, la misma. Tiene buen ojo para prevenir errores logísticos. Le garantizo que en eso es una de las mejores —comentó Santa con naturalidad—. No siempre es fácil trabajar en el campo con equipos mixtos, pero ella se gana el respeto sin tener que pedirlo.
Matías asintió, fingiendo indiferencia.
—Lo tendré en cuenta. Me interesa que todo fluya de forma ordenada. Ya habrá tiempo para hablar de los ajustes cuando estemos en el sitio.
—Así será —respondió Santa, cruzando los brazos—. Imagino que irá en su camioneta.
Él lo pensó un segundo, midiendo las implicaciones de lo que pediría.
—Me gustaría que la ingeniera Osorio fuera conmigo.
Será una buena oportunidad para ponernos al día con los objetivos del proyecto —dijo, manteniendo el tono neutro de quien sabe evitar perfectamente cualquier gesto que traicione lo que en realidad le está pasando por la cabeza.
Al menos para eso le servía la educación recibida por su padre.
Santa asintió.
—Excelente. Es lo mejor. A veces el camino largo ayuda a ordenar las ideas.
Matías asintió.
—Esperemos que así sea.
Y mientras el otro se alejaba para dar las últimas instrucciones, él volvió la vista, fingiendo que observaba el celular, pero en realidad la observaba a ella. A Natalia. Sin dudas, era una distracción peligrosa.
Después de casi una hora de viaje, Matías se dio cuenta de dos cosas fundamentales: ella no diría una sola palabra de manera espontánea, y estaba haciendo un esfuerzo heroico por aparentar que nada había pasado entre ellos.
Era la primera mujer que hacía eso con él.
La constatación le escoció el orgullo, aunque no quería admitirlo ni ante sí mismo.
Estaba acostumbrado a las miradas insistentes, a las sonrisas con segundas intenciones, a cierto tipo de complicidad que siempre terminaba por romper el hielo.
Pero ella, con su aire sereno y la mirada fija en el paisaje, no le daba ni la más mínima rendija por donde colarse.
Aun así, no lograba ignorarla del todo porque una especie de magnetismo la envolvía.
Podía sentirlo incluso cuando movía las manos, cuando ajustaba el cinturón o en la forma en que su respiración se acompasaba con el ritmo de la carretera.
Matías desvió la vista hacia ella, solo un segundo, lo suficiente para volver a sentir ese golpe de curiosidad y una ola de deseo.
Se preguntó si el tono castaño con reflejos dorados de su cabello era natural o si se trataba de un capricho de salón.
Parecía suave, espeso y brillante bajo la luz del sol.
Luego estaban las pecas, apenas visibles en el puente de su nariz, tan sutiles que uno tendría que acercarse mucho para contarlas. Demasiado.
El silencio entre ambos se volvió una presencia sólida.
Solo el sonido del motor y el golpeteo del viento contra la carrocería llenaban el espacio.
A pesar de ello, había algo íntimo en ese silencio, una tensión persistente que lo mantenía alerta, incómodo, pero extrañamente fascinado.
Matías había compartido viajes más largos y conversaciones más triviales con mujeres mucho más dispuestas y, sin embargo, nunca se había sentido tan…
inquieto. Tal vez era la forma en que Natalia miraba hacia el paisaje, sin prestarle atención, ignorándolo.
O tal vez era el hecho de que veía que alguien no necesitaba su aprobación para seguir respirando.
Entonces la escuchó mascullar —un suspiro, una palabra suelta, quizás una maldición al tráfico—, y fue ahí cuando reparó en su acento.
Suavemente musical, con un ritmo que no pertenecía del todo a esa isla.
No era dominicana. Tampoco sonaba centroamericana.
Era un español distintivo, cadencioso, con un dejo de melancolía.
Se preguntó por qué. Y mientras el paisaje cambiaba —palmas, campos, carreteras que se abrían como venas bajo el sol—, Matías comprendió que quería saberlo.
Quería saberlo todo de ella, aunque ella hiciera lo imposible por volverse invisible.
Así que, resignado al silencio, Matías se distrajo elaborando posibles temas de conversación.
Algo inofensivo, quizá: «¿sabes dónde nos hospedaremos?
, ¿cuánto falta para llegar?», banalidades seguras, de las que llenan el silencio sin comprometer nada.
Pero después, sin darse cuenta, su mente derivó hacia otros terrenos más personales.
Preguntas que no tenía derecho a hacer, pero que lo asaltaron igual.
«¿Estás casada?». Era absurdo. No recordaba haberse preguntado jamás algo así de una mujer.
Pero en ella había algo… diferente. No sabía si era la serenidad o la distancia, pero Natalia le transmitía esa sensación de alguien que había amado intensamente y había sobrevivido al naufragio de todo.
Esa idea lo descolocó. Dudaba que una mujer como ella estuviera sola.
Su porte tenía algo de madurez; estaba seguro de que se había reconstruido a sí misma más de una vez.
Pero también exudaba juventud, una energía que contrastaba con su autocontrol.
Si tuviera que adivinar, habría dicho que no pasaba de los veinticinco años.
Sin embargo, su mirada contaba una historia más larga, de esas que se escriben a fuerza de pérdidas.
Quiso preguntarle. Por simple curiosidad, por romper el hielo o tal vez por ese deseo irracional de entender por qué una desconocida podía tenerlo tan pendiente de cada uno de sus gestos.
Pero se contuvo. No quería asustarla ni darle la impresión de que buscaba retomar lo que ambos fingían que nunca había sucedido.
Así que permaneció en silencio, con los dedos tamborileando sobre el volante y la mirada fija en la carretera, mientras el aire dentro del auto se cargaba con todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.
Matías se permitió una sonrisa resignada.
Era curioso: él, que siempre había tenido respuestas rápidas y un discurso impecable para cada situación, ahora no encontraba una sola palabra que aportara algo.
El silencio, en este caso, era más honesto.
Quizás porque intuía que, con ella, cualquier palabra podría pesar demasiado.
El golpe fue seco e inconfundible, lo bastante claro como para que Matías redujera la velocidad de inmediato. El volante vibró con una resistencia irregular y el sonido del asfalto cambió, mientras una de las ruedas se arrastraba. Natalia levantó la vista del paisaje.
—Deténgase —dijo sin titubeos.
Matías obedeció y miró al frente. La camioneta de la empresa, que iba unos cientos de metros delante, continuó avanzando sin disminuir la marcha. Ni una luz de freno. Ni una señal.
—No se dieron cuenta —comentó él, más como una constatación que como una queja.
—Seguro asumieron que seguimos detrás —respondió ella, desabrochándose el cinturón—. A esta velocidad hay que estar más atento.
Matías frenó del todo en una zona estrecha de la carretera, flanqueada por maleza y tierra seca. El aire caliente entró de golpe cuando abrió la puerta. Bastó una mirada rápida para confirmar lo evidente: la goma delantera derecha estaba completamente desinflada.
—Pinchazo —dijo.
Natalia se acercó y se agachó junto a la rueda, inspeccionando el daño con atención.
—Clavo —diagnosticó.
Matías respiró hondo. Miró hacia la carretera por la que los demás vehículos pasaban a toda velocidad, luego hacia el horizonte, donde la camioneta de la empresa ya no era más que una silueta lejana.
—Tendremos que cambiarla.
Abrió la parte trasera y sacó el gato hidráulico y el repuesto. Natalia lo observó en silencio con una ceja arqueada.
—No lo imaginaba —dijo al fin.
—¿El qué? —preguntó él sin mirarla, aflojando las tuercas.
—Que supiera hacerlo —respondió—. Pensé que alguien como usted… delegaba esas cosas.
Matías esbozó una sonrisa breve.
—Aprendí temprano que no siempre hay alguien disponible para resolver todos los problemas —dijo—. Quedarse esperando suele salir caro.
El sol caía sobre ellos sin misericordia.
El esfuerzo comenzó a notarse pronto: el calor acumulado bajo la camisa, el sudor deslizándose por sus sienes y la tensión en sus músculos mientras accionaba el gato.
Natalia se mantuvo cerca, sosteniendo una herramienta cuando él se la pedía, apartándose cuando era necesario.
—¿Dónde aprendió? —preguntó.
Matías se enderezó un momento para tomar aire.
—En la universidad —respondió—. Vivía solo. Y después… estuve en otros lugares donde no había mucho margen para el lujo.
No dio más detalles. Tampoco ella los pidió. Cuando la rueda finalmente cedió, Matías la retiró con un esfuerzo final que le arrancó un resoplido involuntario. La camisa se le había pegado a la espalda, oscurecida por el sudor. Natalia también lo notó, y esta vez no apartó la mirada de inmediato.
—Veo que no teme ensuciarse las manos —comentó.
—No me molesta ensuciarme —respondió él, mirándola y humedeciéndose los labios con la lengua.
Natalia desvió la vista, ruborizada, y ajustó el agarre sobre el paquete de toallas húmedas que sostenía.
El cambio terminó sin contratiempos y Matías se incorporó despacio.
Ella le tendió el paquete y él se limpió las manos con cuidado.
El calor lo había dejado exhausto, con la respiración agitada y la piel brillante de sudor.
Natalia le tendió una botella de agua que había sacado de la cabina.
—Tome.
—Gracias.
Bebió largo, sintiendo cómo el líquido frío le refrescaba la garganta. El silencio volvió a instalarse entre ellos.
—La camioneta no va a esperarnos —dijo ella finalmente.
—No —admitió Matías—. Los alcanzaremos.
Volvieron a subir. Antes de arrancar, Matías ajustó el espejo y se volvió a mirarla.
—Gracias por la ayuda.
Natalia lo miró con algo parecido a una sonrisa adornándole los labios.
—Siempre.
Matías puso en marcha el motor.
—Voy a tener que tomarte la palabra.
Ella se sonrojó de nuevo y él sonrió.