El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 4 Natalia
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Capítulo 4 Natalia

La maleta que había preparado para la semana era pequeña, práctica y, sobre todo, minimalista.

Natalia nunca había sido de las que viajaban con exceso de equipaje.

Prefería llevar solo lo esencial y así disfrutar de la sensación de poder moverse sin lastres.

Había doblado cuidadosamente cinco camisas blancas idénticas, de telas frescas, junto con el mismo número de pantalones azules, cómodos y resistentes.

En un compartimento lateral guardó las botas que usaba para trabajar fuera de la oficina y se puso un par de zapatillas deportivas, limpias y flexibles, porque sabía que entre caminatas y horas de pie no habría mucho margen para el descanso.

La ropa interior, suficiente para la semana, ocupaba un pequeño neceser junto a sus artículos de aseo, siempre ordenados y en frascos de viaje.

A pesar de lo rutinario del proceso, sintió un cosquilleo al cerrar la cremallera de la maleta.

Los viajes por trabajo se habían convertido, de algún modo, en su respiro.

Siempre eran un cambio de escenario que le permitía salir de la monotonía de la oficina y del ruido constante de la ciudad.

Le gustaba esa sensación de estar en movimiento, de dormir en hoteles impersonales donde nadie la conocía y podía ser, por unos días, una versión más relajada de sí misma.

Mientras revisaba por última vez el contenido del equipaje para verificar que no dejaba nada, Natalia pensó en lo metódica que se había vuelto con los años.

Cada prenda tenía su propósito y cada objeto un lugar.

No había dejado sitio para los «por si acaso». No en su maleta ni en su vida.

Era temprano cuando llegó a la oficina y el ambiente era de esos que anuncian el inicio de un viaje largo.

Había mucho movimiento, voces cruzadas con el sonido de las cajas cerrándose y de puertas que se abren y se cierran sin pausa.

Los técnicos estaban terminando de cargar los equipos de medición, mientras otros guardaban los alimentos y las mochilas en la camioneta de la empresa.

El aire olía a café recién hecho, al metal de las herramientas y al polvo del almacén.

Santa supervisaba el proceso con su acostumbrada precisión, los brazos cruzados y esa mirada sagaz.

Era meticuloso hasta el extremo; nada quedaba al azar cuando él estaba a cargo y Natalia se había acostumbrado a relajarse en su presencia.

—Asegúrate de que el equipo de topografía esté completo —le indicó a uno de los asistentes—. Y revisa que los refrigeradores portátiles estén bien cerrados. No quiero accidentes en la carretera.

Natalia observó en silencio mientras se acercaba. Ernesto, el chofer, la saludó con su cordial sonrisa de siempre y tomó su maleta.

—Buenos días, ingeniera —dijo con amabilidad, antes de colocarla con cuidado en la parte trasera del vehículo.

—Buenos días, Ernesto —respondió ella, alisándose la camisa con un gesto distraído. Luego, mirando hacia Santa, preguntó con una ceja arqueada—: ¿Dónde está él?

Santa levantó la vista de los documentos que tenía en las manos, atento al matiz implícito en la pregunta.

—Buen día para ti también —replicó con media sonrisa, antes de añadir—: En camino, según el mensaje que me envió hace unos minutos.

Natalia soltó una exhalación.

—Pensé que se hospedaría en uno de los hoteles frente al Malecón —protestó.

—Para nada —respondió Santa, encogiéndose de hombros—. Alquiló un apartamento en una de las Torres de la Anacaona.

Ella soltó una risa incrédula.

—Vaya… las cosas que hacemos cuando hay dinero para gastar.

Santa la miró por encima del borde de sus gafas, en un gesto que era mitad advertencia y mitad complicidad.

—No empieces, Natalia. Dale tiempo. —Su tono era ligero, pero su mirada bastaba para recordarle que el viaje apenas iba a comenzar.

Ella pensó en responder, pero el sonido grave de un motor interrumpió la conversación.

Una Range Rover Sport negra, impecable y con los vidrios polarizados, se estacionó junto a ellos.

El reflejo del sol sobre la carrocería hizo que Natalia entornara los ojos.

Santa bajó los documentos, y un murmullo recorrió al equipo cuando el vehículo se apagó.

Natalia no necesitó verlo salir para saber quién era.

Su cuerpo la traicionó incluso antes de que su mente pudiera reaccionar.

El hombre descendió del vehículo despacio, consciente de que todos lo estaban observando, pero acostumbrado a la atención.

Llevaba una camisa celeste arremangada hasta los codos, mostrando el trazo insinuante de un tatuaje en el brazo izquierdo.

Los lentes oscuros ocultaban sus ojos, pero no su porte confiado ni la elegancia que emanaba de él, envolviéndolo.

Dio la vuelta al vehículo, saludó a Santa con un apretón de manos y luego se giró hacia ella.

Natalia apretó los labios, esforzándose por mantener una expresión neutral.

Pero cuando él la miró, una mueca involuntaria le cruzó el rostro y sintió que la sangre le abandonaba las mejillas.

El cabello negro, cortado de manera elegante, pero rebelde, lo delataba.

Aunque fueron sus ojos, cuando se quitó los lentes oscuros con un gesto pausado, los que se enfocaron directamente en ella, con intensidad.

Él no dijo nada, pero la curva perceptible en una de las comisuras de sus labios fue suficiente para confirmarlo: claro que la recordaba.

«¡Que la tierra me trague!». Estaba resultando difícil contener el impulso de dar un paso atrás.

Era él. El extraño del bar. El aire pareció espesarse a su alrededor, denso e imposible de respirar.

Su corazón latía con tanta fuerza que podía sentirlo en la garganta y en los oídos.

Pensó que todos a su alrededor también podrían oírlo.

No tenía idea de cómo actuar en aquella situación absurda en la que, para colmo, se había metido ella sola.

Cada segundo resonaba demasiado alto, como un reflejo del universo burlándose de ella.

Ahí quedaba su famoso mantra de no acostarse con clientes.

Una regla que se repetía cada vez que salía de viaje: «No mezcles trabajo con deseo.

No des un paso en falso». Hasta ahora, no había sido un problema.

«Terrible. Poco profesional». La dejaba expuesta y vulnerable si él decidía abrir la boca.

Bastaba una palabra suya para que su reputación se tambaleara tanto como su trabajo.

Pero él no dijo nada. Solo la miró. Esa mirada lenta, indicándole que aún recordaba la manera en la que ella había temblado como una hoja bajo sus manos, su boca y su cuerpo.

Natalia tragó saliva. Se obligó a sostenerle la mirada, aunque el rubor le subía por el cuello.

Fingir indiferencia era lo único que podía hacer.

Fingir que no lo recordaba, aunque su cuerpo sí lo hiciera.

—Natalia Osorio —saludó, extendiendo la mano con un gesto firme que intentaba disimular el temblor que le recorría los dedos.

Él respondió con una leve sonrisa, ladeada, convirtiendo aquel saludo en un juego entre ambos.

—Matías Balmaceda —dijo con voz grave y modulada, con el mismo acento que la había enloquecido hacía apenas unos días, cuando su cuerpo y el de ella se habían confundido bajo las luces cálidas de aquel bar.

El aire pareció espesarse aún más, si es que era posible, y Natalia temió que Santa lo notara. No podía ser verdad. No después de todo lo demás. «¿Era culpa del destino? ¿O simplemente mala suerte en su máxima expresión?».

Matías apartó la vista de ella y la dirigió hacia Santa, quien se mantenía ajeno, o fingiendo estarlo, a la tensión que acababa de instalarse en el aire.

Ella, en cambio, se obligó a dar un paso atrás.

Tenía que recuperar la compostura, recordarse que era una profesional y que aquello no era una comedia romántica, sino su trabajo.

Se alejó, dejándolo con Santa, quien la miraba con una ceja levantada, como quien intenta armar las piezas de un rompecabezas invisible.

Pero ni ella misma lograba entender qué estaba ocurriendo.

Solo sabía que el pasado había decidido alcanzarla, con una sonrisa peligrosa y unos ojos verdes que parecían dispuestos a desbaratar el control que tanto le había costado sostener.

—Dime que cambió de idea y que ya no irá —murmuró Natalia, casi sin mover los labios cuando Santa se acercó a ella para verificar los últimos detalles antes del viaje.

—Para nada —respondió él, revisando la lista en sus manos—. De hecho, pidió que fueras con él en su camioneta. Dice que así podrían ponerse al día antes de llegar.

—No —su negativa fue tan tajante que Santa levantó la mirada, sorprendido.

—¿No? —repitió, arqueando una ceja—. ¿Y por qué no?

Natalia improvisó con rapidez, consciente de que el tono de su voz la había traicionado.

—Porque él no conoce el camino —mintió sin pestañear—. No voy a arriesgarme a que nos perdamos en la carretera.

Santa soltó un bufido que mezclaba ironía y cansancio.

—Por favor, Natalia. Te recuerdo que existen mapas, GPS y varias aplicaciones para ayudarlo a llegar de un punto a otro. Además, irían detrás de la camioneta de la empresa. —Hizo una pausa, ladeando la cabeza con esa mirada que siempre lograba atravesarla—. ¿Pasa algo más que no me estás contando?

Ahí estaba. Esa maldita intuición suya. Natalia bajó la vista, sintiendo cómo la incomodidad se le colaba por los huesos.

A veces olvidaba que Santa no era solo su jefe, sino alguien que la conocía mejor de lo que ella misma estaba dispuesta a admitir.

Durante estos últimos años, él y su esposa, Marcia, habían sido una especie de red silenciosa.

Fueron los que la ayudaron a sostenerse cuando llegó a la ciudad y quienes la invitaban a cenar cuando la soledad pesaba demasiado.

Santa la había visto en su peor momento, y por eso mismo era el último ante quien quería parecer vulnerable.

—Está bien —cedió al fin, soltando un suspiro que más que una rendición era una confesión disfrazada.

Mientras hablaba, giró un poco el rostro, lo justo para lanzar una mirada rápida hacia Matías Balmaceda.

Él estaba de pie junto a la camioneta, revisando su teléfono con esa arrogancia natural.

El sol se reflejaba en su cabello oscuro, y la camisa, arremangada por encima de los antebrazos, marcaba la tensión de unos músculos que ella recordaba bien.

Por fortuna, él no la miró, ignorando su presencia.

Natalia soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo.

—Bien —dijo Santa finalmente, guardando los documentos en su maletín—. Entonces ya está todo listo. Vayan con cuidado, y recuerda que él es el cliente, no el enemigo.

«Eso está por verse». Ella observó cómo Matías se giraba despacio, con esa maldita sonrisa que pretendía derretir la voluntad de cualquiera. Aunque, al menos por ahora, parecía dispuesto a mantener el secreto y eso era suficiente para ella.