El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 3 Matías
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Capítulo 3 Matías

El amanecer rozaba los ventanales de su apartamento en la Anacaona, derramando una luz oblicua sobre el suelo de mármol y las líneas duras del mobiliario.

Todo lucía como en una revista: los cuadros abstractos, el sofá de cuero gris, la cocina abierta de acero y mármol negro.

Sin embargo, el espacio exudaba una frialdad elegante e impersonal, como su nadie viviera realmente allí.

Matías se encontraba de pie junto al ventanal, con una taza de café en la mano y el ceño ligeramente fruncido.

Desde esa altura, parecía que la ciudad dormía.

Podía ver el parque Mirador Sur extendiéndose como una mancha verde; el mar al fondo, azul plomo.

Y más allá, en el reflejo del vidrio, su propio rostro: los ojos cansados, el cabello revuelto y la barba incipiente.

Él lo tenía todo. O al menos eso afirmaban quienes lo miraban desde afuera, fascinados por el brillo fácil de un apellido, una carrera sólida y un futuro garantizado.

Matías sabía que la verdad era más compleja.

No porque su vida fuera miserable —no lo era—, sino porque el precio de cada logro había sido invisible para todos excepto para él.

Cada decisión había sido tomada bajo la mirada fija y calculadora de su padre.

No era que Sergio Balmaceda lo obligara explícitamente; era peor.

Había moldeado su manera de pensar durante tanto tiempo que, cuando Matías tomaba una elección, debía detenerse para preguntarse si era suya o un reflejo condicionado.

A sus treinta y dos años, con un currículum impecable y una reputación que se había ganado con esfuerzo real, seguía siendo «el heredero».

El hijo preparado. El que, supuestamente, asumiría las riendas de la empresa cuando llegara «el momento adecuado».

Un momento que, según su padre, siempre estaba un poco más lejos de lo que resultaba razonable.

Pero ya no se engañaba. Su padre no planeaba soltar nada.

Ni el poder, ni la empresa, ni a él. Durante mucho tiempo Matías creyó que la paciencia era parte del proceso: aprender, observar, esperar.

Hoy sabía que también había sido una forma de sometimiento.

Dejó la taza sobre la mesa y desabotonó los primeros botones de su camisa blanca.

Odiaba los domingos. Eran los días que más lo enfrentaban a sí mismo.

No había reuniones, no había llamadas, no había ruido que tapara el eco de las cosas que no se decían.

El reloj de la pared marcaba las ocho y media cuando su teléfono vibró. Era un mensaje de su madre, breve y formal, como toda ella: «Buen día, hijo. Recuerda enviarnos noticias».

Matías no respondió.

No recordaba la última vez que había tenido una conversación real con ella.

Vivía en la misma casa familiar donde se había criado y de la que huyó cuando tuvo edad suficiente.

Sus padres compartían el espacio, pero parecían existir en universos separados, donde él nunca había sido más que un espectador.

Ella había aprendido a callar desde joven, y él heredó ese silencio como una parte de su educación.

El café ya estaba frío.

Pensó en todo lo que había hecho ese año solo para no tener que pensar demasiado: los viajes, los negocios, las fiestas a las que iba por compromiso, las mujeres con las que salía sin realmente conectar.

Todo era un guion. Él cumplía con su papel, y el público —la prensa, los socios, los amigos de su padre— lo aplaudía.

«Excepto el viernes pasado».

A veces se preguntaba en qué momento había empezado a vivir la vida que otros habían diseñado para él.

El lujo no lo impresionaba; la vista de la ciudad desde el piso diecisiete era un recordatorio constante de que estaba lejos de todo lo que importaba de verdad.

Miró alrededor del apartamento y se repitió algo que antes le habría provocado culpa: si quería otra vida, tendría que construirla, no heredarla.

No se trataba de rebelarse sin rumbo; era más simple y, a la vez, más difícil: empezar a planear con intención, sosteniendo la cortesía y la estrategia.

Encendió un cigarrillo y apoyó la frente contra el vidrio, dejando que el humo le llenara las fosas nasales.

Consideró la idea de tomar distancia. Un vuelo corto, un par de días en otro lugar.

No sería la primera vez: ciudades como Miami o Madrid le habían dado respiros útiles, espacios donde nadie lo observaba como el heredero de Balmaceda.

Lugares donde podía escuchar sus propios pensamientos sin interferencias.

Pero conocía el patrón: nunca se trataba de escapar, sino de recuperar perspectiva.

Y siempre regresaba porque, al final, sabía que enfrentar la realidad era parte de ser el hombre en el que esperaba convertirse.

El viento golpeó los ventanales y la mañana delineaba la ciudad con un amarillo suave.

Matías observó el cielo, ordenando todas las respuestas que tenía.

Pensó en su padre —pulcro, calculador, incapaz de concebir el afecto sin control— y en su madre —silenciosa, adaptada a sobrevivir entre las sombras—.

Pensó en la versión de sí mismo que había sostenido durante años, moviéndose entre ambos mundos con disciplina.

Luego pensó en ella: la mujer misteriosa de la otra noche.

Cada detalle de su presencia se había grabado en su memoria con una claridad que lo desconcertaba.

Su cabello corto, oscuro y rebelde, que desafiaba cualquier intento de control, mientras enmarcaba un rostro que no podía dejar de mirar.

La piel dorada de sus hombros y clavículas, suave y cálida, estaba salpicada de pecas dispersas que dibujaban constelaciones, invitando a besarlas una a una.

Sus curvas, generosas y naturales, hablaban de un cuerpo que no se escondía: caderas amplias, cintura que se estrechaba con elegancia, y un pecho firme que desafiaba la gravedad.

En cada movimiento destilaba confianza y misterio, fuerza y sensualidad.

La creía capaz de perturbarlo sin pronunciar palabra, aunque no la conocía de nada, incluso habiendo descubierto sus rincones más íntimos.

Pero fueron sus ojos los que lo atraparon: grandes, oscuros y brillantes, con la inocencia de un cervatillo y, al mismo tiempo, un filo de provocación que lo hacía consciente de cada uno de sus gestos.

Con solo mirarlo, ella parecía retarlo y, al mismo tiempo, mantenerlo a distancia.

Era como un juego del que él no podía apartarse.

Nunca antes había deseado tanto ignorar las reglas.

Nunca había sentido que alguien pudiera remover tantas capas de control en él, despertar su curiosidad y su deseo con una sola presencia.

Esa mujer, con todos sus contrastes, era la encarnación de lo prohibido y lo irresistible.

El pensamiento de ella lo dejaba inquieto, vivo, sorprendentemente vulnerable. Lo había hecho arrodillarse.

Apagó el cigarrillo y tomó aire. «Mataría por arrodillarse entre sus piernas una vez más».

***

Nunca imaginó que conducir en Santo Domingo fuera el infierno que era.

El tráfico tenía vida propia, una criatura caótica y salvaje que se alimentaba de la prisa ajena.

Odiaba salir en el auto, pero odiaba aún más depender de un chofer.

Necesitaba ese pequeño margen de control y sentir el volante entre las manos.

El sol del mediodía caía con una furia implacable sobre el parabrisas, y el aire acondicionado luchaba por mantener una temperatura soportable.

Matías tamborileó los dedos contra el volante mientras avanzaba a paso de tortuga por la avenida.

En ese momento, el teléfono vibró primero y comenzó a sonar con insistencia después.

Al mirar la pantalla, su expresión se endureció: era su padre.

Suspiró antes de contestar.

—¿Sí, papá?

—Por fin. Te llamo hace media hora. ¿Dónde estás? —la voz al otro lado sonaba grave, seca. Su padre estaba acostumbrado a ser obedecido.

—Atascado, como todo el mundo —respondió con calma—. En la avenida Lincoln, creo.

—¿Por qué no contrataste a un chofer? No entiendo esa manía de querer hacer todo tú mismo.

—Porque me gusta manejar —dijo, dejando caer una leve ironía.

Se hizo silencio en la línea. Luego, su padre volvió a hablar:

—Bien. Recuerda revisar toda la información que te envié antes de que te vayas mañana. Esa empresa es pequeña, pero conocen el terreno como nadie. Sabes que no podemos fallar con este negocio. Los socios y yo estamos depositando mucha confianza en ti —aseveró—. No falles.

—Los documentos están revisados desde ayer —respondió Matías, firme—. Con lo que no estoy de acuerdo es con tu idea de seguir manejando todo como si yo fuera un pasante.

—No seas insolente —la voz de su padre se volvió más fría—. Cuando manejes todo, podrás decidir cómo se hace.

Matías apretó el volante con una frustración conocida, antigua, que aprendió a administrar para no dejarse arrastrar por ella.

Podía imaginar a su padre en su estudio, aunque era domingo: traje oscuro, reloj caro y el ceño fruncido mientras confiaba en que el mundo entero estaba obligado a obedecerlo.

—Cuando maneje todo… —repitió, dejando escapar una risa—. Supongo que eso significa cuando ya no estés, ¿verdad?

—Mide tus palabras. Tienes cosas más importantes de las que preocuparte ahora que por la sucesión.

El silencio que siguió fue intencional. Matías sabía perfectamente que discutir no valía la pena. Tampoco tenía deseos de hacerlo. Observó el reflejo del cielo en el parabrisas, dejó que el tráfico avanzara unos metros y recuperó el hilo de sus propios pensamientos antes de responder.

—Tengo que seguir conduciendo, papá —dijo al fin, con serenidad—. Ya nos veremos.

Cortó la llamada sin esperar respuesta. El ruido del tráfico lo envolvió de nuevo, y esta vez el sonido le resultó extrañamente liberador.

Al menos en medio del caos de la ciudad, la autoridad de su padre no podía alcanzarlo del todo.

No estaba atrapado, sino que se sabía condicionado.

Esa diferencia era crucial porque le revelaba un punto de partida. Mientras tanto, fingía paciencia.

El viaje había sido un infierno. Matías se preguntó, mientras le entregaba las llaves al valet del restaurante, por qué demonios había insistido en manejar hasta allá.

Cuarenta minutos bajo el sol del mediodía para sentarse a comer solo en La Cassina era una idiotez, pero quedarse en el apartamento tampoco era opción.

El aire dentro del pent-house se había vuelto irrespirable y denso.

Pidió una mesa junto al ventanal, lejos de los grupos bulliciosos que llenaban el lugar ese domingo.

Las copas tintineaban, el murmullo del lujo flotaba como un perfume caro, y todo estaba perfectamente ordenado.

Demasiado. Se aflojó el segundo botón de la camisa, dejó que el aire fresco le rozara la nuca y sintió que podía respirar.

Pidió un risotto de hongos y una copa de vino blanco. El camarero se alejó con una inclinación leve, y Matías se recostó en la silla, observando a la gente. Parejas bien vestidas, algunas familias aparentando ser felices y mujeres que reían con ese tono agudo que siempre le había parecido falso.

Entonces la vio. Una mujer en una mesa vecina, sola, con un vestido rojo que se ajustaba como una segunda piel.

Tenía el cabello recogido en un moño bajo, un par de mechones sueltos enmarcando su rostro.

Lo miró unos segundos, suficientes para que la intención quedara clara.

Luego bajó la vista hacia su copa y sonrió.

Matías sostuvo su mirada cuando volvió a alzarla hasta él.

Había algo mecánico en ese juego, una coreografía que conocía de memoria.

Ella cruzó una pierna sobre la otra; él levantó la copa, inclinándola a modo de saludo.

Ella respondió con un gesto mínimo y una sonrisa ensayada.

El vino le supo menos ácido entonces. Pensó en invitarla a un trago, en repetir la rutina que otras veces lo había salvado del tedio.

Pero, mientras el camarero se acercaba a servirle más vino, un destello de otra mirada le cruzó la mente. Ojos de cervatilla. Oscuros, brillantes, desconcertados mientras el placer se alejaba de ella. Ese mismo placer que él logró devolverle. «Con creces».

Los ojos de la mujer de la otra noche. Sintió un nudo en la garganta. Recordó el roce de su piel, su respiración acelerada, su sabor, ese que anhelaba cada vez que estaba en la ducha. Recordó también su propia voz, mintiéndole mientras la miraba a los ojos:

—Siempre estoy preparado.

«Mentiroso de mierda».

El preservativo había sido una broma. Un regalo absurdo que le había hecho un conocido de su padre en la cena de negocios más temprano ese día.

Un hombre de casi setenta años que solía presumir de sus conquistas en voz alta.

«Para cuando te decidas a ser menos aburrido, muchacho», había dicho entre risas.

La misma cena de la que había salido huyendo para terminar ahí, en una discoteca abarrotada.

Con ella. Matías se miró las manos, estiradas sobre la mesa, los nudillos marcados, el reloj caro, la copa medio vacía.

Todo en su vida estaba perfectamente calculado… menos eso. Esa noche y esos ojos.

La mujer del vestido rojo volvió a mirarlo, esperando que él continuara el juego.

Pero Matías solo sonrió de forma distante, dejó unos billetes sobre la mesa y se levantó sin decir palabra.

Compraría una hamburguesa en el camino de vuelta a su apartamento.

El aire de la calle, aunque caliente y lleno de humo, le pareció infinitamente más respirable que el del restaurante.