Capítulo 2 Natalia
Se suponía que sería un viaje tranquilo.
Eso era lo que su jefe, Ricardo Santamarina —Santa, para los amigos—, le había dicho la semana anterior. Un viaje para organizar el trabajo de campo, inspeccionar los primeros avances y dejar todo listo para la siguiente etapa del proyecto. Nada más.
No se suponía, sin embargo, que ese hombre hubiera llegado con una semana de antelación y decidiera unirse a ella. No en ese punto tan incipiente del proyecto, y menos durante la fase de trabajo de campo que requería concentración, autonomía y cero interferencias externas. Menos aún del cliente.
Natalia gruñó mientras secaba sus manos con papel desechable en el baño de la oficina. Una última mirada al espejo le confirmó que su lápiz labial rojo permanecía firme, impecable. Al menos eso estaba en orden. Un pequeño triunfo en un día que amenazaba con torcerse.
—Odio a ese idiota —murmuró, haciendo una bola de papel y lanzándola al cesto con una fuerza que casi hizo que rebotara.
Era curioso cómo podía odiar a alguien a quien aún no conocía, pero allí estaba: un sentimiento inmediato e instintivo, un rechazo que no podía racionalizar.
Se pasó los dedos por el cabello, pensando que necesitaba un corte y, ya que estaba, una buena manicura. Pero no había tiempo para eso. Justo cuando su semana estaba a punto de terminar y pensaba disfrutar de un par de días de descanso antes de partir el lunes, se enteraba de esta «sorpresa».
El idiota iba a convertir su trabajo en un infierno. Cada paso se volvería un terreno minado. No podría avanzar con la rapidez necesaria, y él estaría allí, respirándole en la nuca, cuestionando cada elección y su capacidad para tomar decisiones. La sola idea le produjo un nudo en el estómago.
Respiró profundo antes de abandonar el sanitario y dirigirse al salón de descanso.
Allí la esperaba un café que le permitiera resistir lo que quedaba de viernes y sobrevivir a las posibles malas noticias que el día todavía pudiera lanzarle.
El pequeño salón estaba decorado con calidez, en tonos blancos y azules, como el resto de la oficina, con luz suave y el aroma constante a café recién hecho que invitaba a detenerse, aunque fuera un minuto.
Dos cafeteras siempre listas esperaban que cualquiera se sirviera a su gusto.
Natalia sabía que abusaba de la cafeína a diario, pero no se privaría de ese placer, especialmente hoy.
Para su suerte, estaba sola, lo que le permitió refugiarse en su mal humor unos instantes más, mientras imaginaba escenarios imposibles en los que lograba zafarse del viaje y, de paso, del idiota que la acompañaría.
Lamentablemente, el realismo se impuso: era imposible.
Suspiró, dejando que el aroma fuerte llenara su sentido del olfato mientras daba un sorbo.
La amargura del líquido era perfecta, terapéutica incluso.
Había quien prefería un té de tila para relajarse, pero ella disfrutaba de algo más intenso sin culpa.
—¿Deseando que termine el día? —dijo una voz a su lado, que la sobresaltó.
Si había algo que Natalia detestara más que la frase «tenemos que hablar», era a Joseph Maldonado, el colega que nunca dejaba pasar la oportunidad de aparecer en el peor momento posible.
Adjetivos como «idiota», «creído» y «autosuficiente» se quedaban cortos.
Siempre listo con comentarios inadecuados, consejos no solicitados y esa sonrisa de suficiencia que la hacía querer arrancarle el carnet de la oficina y lanzárselo a la cabeza.
Natalia levantó la mirada, dibujando una sonrisa ligera que no ocultaba su irritación. Se obligó a hacer acopio de paciencia: su mal humor estaba empezando a pesarle más de lo que debería.
—Creo que eso es lo que queremos todos —respondió, regresando a su taza de café.
—Sabes, quería hacerte una sugerencia ahora que vas a ir al frente del viaje para el nuevo proyecto, teniendo en cuenta que viene el cliente también —Joseph habló con esa voz que pretendía ser paternalista y didáctica—.
Debes ser muy cuidadosa con los procedimientos.
No queremos que el cliente crea que no nos tomamos en serio nuestro trabajo.
Natalia respiró hondo, contando mentalmente hasta diez antes de siquiera intentar responder. Su paciencia estaba al límite, y podía sentir el tic nervioso en su mandíbula. Probablemente la despedirían si le arrojaba el café a la cara, y ella no estaba en condiciones de perder su trabajo.
—Seguro —dijo finalmente, alzando los hombros. Joseph la miró con el ceño fruncido, esperando alguna reacción más intensa.
«Idiota», pensó ella con una pequeña sonrisa interna. «No voy a caer en tu juego».
—Si me disculpas, algunos tenemos que trabajar —y sin esperar más, tomó su taza y se dirigió a su cubículo, donde al menos podría disfrutar del café en paz, lejos de comentarios inoportunos.
Mientras caminaba, su mente repasaba cada detalle del viaje que se avecinaba.
La agenda, los procedimientos, las posibles preguntas del cliente, los imprevistos que siempre surgían en el trabajo de campo.
Cada pensamiento se mezclaba con irritación porque tenía que reconocer que Joseph llevaba algo de razón en lo que le había dicho.
Se sentó en su silla, dejando que la taza caliente le recordara que todavía había pequeñas cosas bajo su control. Tomó un sorbo largo, cerrando los ojos. El café era un recordatorio de que ella podía mantener la calma, aunque todo el entorno conspirara contra su tranquilidad.
Sacó su agenda y revisó los horarios del viaje, anotando puntos críticos y preparando respuestas para posibles preguntas incómodas. Un pensamiento fugaz la hizo sonreír a medias: «Por lo menos, si voy a odiarlo, voy a hacerlo con conocimiento de causa».
El teléfono sobre su escritorio vibró, interrumpiendo sus pensamientos. Era un mensaje de Laura, una de sus mejores amigas. Ni los miles de kilómetros que las separaban interrumpían su comunicación: «¿Lista para el viernes eterno?».
Natalia sonrió y respondió con un rápido «A duras penas», cerrando la notificación. Lista o no, tendría que enfrentar lo que restaba de día.
Tomó un último sorbo de café. Todavía quedaba trabajo por hacer y varias horas para el fin de semana.
Aunque no lo admitiera del todo ni siquiera frente a sí misma, sentía una pequeña chispa de anticipación por el viaje.
Le gustaba mucho su trabajo y sabía que, a pesar de todos los idiotas y las complicaciones, saldría adelante.
Esa noche, mientras esperaba a que la mascarilla exfoliante que se había aplicado en el rostro hiciera efecto, Natalia se dejó atrapar por el silencio que envolvía todo su apartamento.
Sus dedos jugueteaban con la tela de la toalla sobre la encimera del baño y permitió que su mente flotara hacia pensamientos que rara vez se atrevía a enfrentar.
No se atrevía a salir esa noche. No después de lo que había pasado la vez anterior.
Su vida a esas alturas, pensó, no se parecía en nada a lo que había imaginado para sí misma a largo plazo. Y, sin embargo, tenía que reconocer que era afortunada. Mucho.
Había logrado mudarse a un país con oportunidades, tener un trabajo que le ofrecía no solo estabilidad, sino un salario que le permitía vivir cómodamente.
Su apartamento, aunque pequeño, era acogedor; cada rincón reflejaba su gusto y esfuerzo.
Vivía sin grandes lujos, pero con la libertad de permitirse ciertos caprichos que la hacían feliz.
La poca familia y los amigos que había dejado atrás en su país natal no podían decir lo mismo.
Pero la distancia y el éxito no borraban todo lo que llevaba consigo.
¿Qué se siente por esa tierra destrozada de la que escapaste?
Dolor. Crudo, sordo, clavado en el centro del pecho, un dolor que nunca desaparece del todo.
Desarraigo. La sensación persistente de ocupar un lugar que no te pertenece del todo, aunque hayas trabajado y luchado por ello.
Aunque lo intentes, nunca lo haces completamente tuyo.
Y nada de eso importa hasta que te quedas sola.
Sola como cuando Andrew se fue. Aunque en realidad fue ella la que tomó la decisión, pero él se marchó mucho antes, de otras formas que duelen más.
Sola como cuando todos los planes de futuro se hicieron añicos, dejando tras de sí las fotografías enmarcadas, los sueños sin cumplir y una cuenta pendiente en la clínica de fertilidad.
—Bueno, él envió la mitad del dinero al final —murmuró para sí misma, encogiéndose de hombros. Ya no había remedio.
¿En qué momento sucedió? ¿Tanto se había perdido en el trabajo, en el estrés de todos los cambios, sin darse cuenta de cómo él se alejaba cada vez más?
Siete años de matrimonio, cuatro intentando tener un hijo, un futuro que creía seguro…
y todo terminó. El tiempo había pasado. Andrew había seguido adelante: se casó con aquella italiana que alguna vez había sido «solo una amiga» y ahora esperaban un hijo juntos.
No era que ella estuviera al pendiente; la información simplemente había llegado, flotando en el aire, inevitable.
Si era lo suficientemente honesta consigo misma, podía admitir que lo que más extrañaba de estar con Andrew, en la actualidad, era el sexo. Satisfactorio, intenso, cálido… y al alcance de su mano.
Había estado casi dos años sin tener intimidad con otro hombre: el mismo tiempo que llevaba viviendo ahí.
No era que no quisiera; simplemente, las oportunidades habían sido escasas, y sus expectativas ahora eran mucho más altas que cuando tenía veinte años.
No era de las que se dejaban llevar por el impulso ni de las que podían conformarse.
O eso creía hasta hacía una semana. Aunque, pensándolo bien, aquella noche había sido solo un lapsus de locura.
Nada más que un capricho, un momento prestado en el que se permitió sentir sin medir las consecuencias.
Y, sin embargo, las imágenes persistían.
Aquellos ojos, intensos y desafiantes, la perseguían incluso cuando no quería pensar en ellos.
Las manos, firmes y seguras, que habían explorado cada curva de su cuerpo con urgencia, saltaban en su memoria en los momentos más inesperados.
Y su boca, cálida, insistente, que se había posado sobre ella con tanta hambre, la visitaba en sueños, obligándola a recordar sensaciones que creía que no iba a sentir nunca más.
Era absurdo y, al mismo tiempo, irresistiblemente real.
Su mente sabía que todo había sido un desliz, pero su cuerpo no estaba dispuesto a olvidarlo.
Cada recuerdo traía consigo un cosquilleo, un calor que la hacía sonreír sola, aunque sabía que nunca se repetiría.
A veces se encontraba preguntándose si, en otras circunstancias, aquellos momentos hubieran podido despertar algo más profundo o si simplemente habrían sido una chispa que ardería demasiado rápido hasta consumirse por completo.
Mientras lo pensaba, la nostalgia, el deseo y un dejo de arrepentimiento se instalaban en ella, recordándole que, aunque aquella noche había terminado, ciertas sensaciones nunca mueren del todo.
El trabajo, además, ocupaba la mayor parte de su vida, dejándole poco espacio para socializar.
Y no estaba lista para aventurarse en nada más serio desde la ruptura; no todavía, al menos.
Pero ¿quién podía juzgarla? La oficina era un terreno prohibido.
La regla no escrita era clara: no te acuestas con colegas, y menos con los clientes.
Todo eso terminaba en problemas, y Natalia ya había tenido suficientes en su vida como para arriesgarse a uno nuevo.
El pitido de su teléfono rompió el hilo de sus pensamientos.
La alarma le recordó que había pasado el tiempo y era hora de retirar la mascarilla.
Suspiró, dejando que el vapor del baño acariciara su rostro mientras retiraba el producto.
Decidió poner un poco de música, un intento de acallar el silencio que amplificaba sus recuerdos y su melancolía.
«Es el agotamiento del viernes». Solo recordaba a Andrew cuando estaba muy cansada, después de una semana larga, o cuando un imbécil estaba a punto de arruinarle la próxima.
Su reflejo en el espejo le devolvía la imagen de alguien que había sobrevivido.
Sus ojos cansados, pero aún brillantes; su rostro apenas marcado por las preocupaciones, con un brillo juvenil que no era del todo acorde a su edad.
Natalia se recordó a sí misma que, pese a todo, estaba ahí.
Su vida no era la que había planeado, y tal vez nunca lo sería.
Pero estaba viva, tenía independencia y podía elegir sus batallas, incluso si a veces eso significaba lidiar con recuerdos dolorosos.
Se apoyó contra el lavamanos y cerró los ojos, dejando que la memoria de Andrew y el recuerdo de aquel extraño se mezclaran en una combinación extraña: nostalgia, deseo y la determinación de que nada de eso la definiría.
Al abrir los ojos, Natalia se prometió a sí misma algo sencillo: podía sentir, podía recordar, podía desear… y, aun así, tenía que seguir adelante.